A propósito de los sensatos

Borges, a sus 85 años, nos recomienda en su poema Instantes, cometer más errores. Suena atroz. Me gusta pensar que con eso se refiere, específicamente, a lo de no mortificarse con la perfección, como continúa en el verso siguiente. Relajarse y ser más tonto, ¿hacerse el tonto? Tal vez. Correr riesgos, viajar, contemplar los atardeceres. Comer más helados y menos habas… pero bueno, supongo que vivió tanto porque no siguió tales consejos… Vivir sensatamente, para los que lo hacen, podría resultar, al final de la vida, aborrecible. Así le pasó a él. Vivir el momento…¿quién dice que los sensatos no viven cada momento? Además, viajar liviano y descalzo podría traducirse en muchos problemas, tanto en verano como en invierno… y sin paraguas, ni qué decir.

Ver más amaneceres, jugar con niños… En fin, ¿cuál poeta no retomaría la vida en sus postreros momentos –si le da tiempo, por supuesto- y no los aprovecharía para lanzar, líricamente, una que otra frase metafórica?

Pues bien, creo que algo queda por rescatar de lo anterior.

Lo de cometer más errores me sigue molestando. Repito. Los errores son inevitables, no creo en la posibilidad de cometerlos intencionalmente. Se trata de preocuparnos menos con eso de ser perfectos, no temerles, no limitarnos a ellos, no magnificarlos. Equivocarse puede ser superado.

Me gusta lo de ser más tonto, no sé por qué, pero siempre he identificado la inteligencia con la intolerancia, el orgullo y la autosuficiencia, las cuales muchas veces existen solapadamente. Y es que no necesariamente se trata de ser tonto, sino tal vez, más ingenuo. Ir por el mundo con menos prevención, aunque aumente la posibilidad de sufrir más desengaños. Supongo que a eso se refiere Borges.

Sin embargo, lo de cuestionar la sensatez o divorciarla de los buenos momentos es lo que más me estorba del poema. La sensatez nos salva, precisamos de ella. Es más, creo que los buenos momentos dependen de este imprescindible ingrediente.

La insensatez seduce. Tiene brillo, es hilarante. Va y viene llena de una aparente alegría. La encontramos en los rostros de muchos conocidos, amigos o familiares que viven despreocupadamente. Mientras nosotros estudiamos, ellos se divierten. Cuando más nos abruman los trabajos y las investigaciones, ellos pasan a nuestro lado y se despiden para irse a sus fiestas. Van a nuestra boda y disfrutan a muerte, porque -como se encargan de hacernos saber- ¡permanecen solteros!

Alguno que otro sufrirá un traspiés, pero la intensa luz que irradian los insensatos nos impide darle la correspondiente medida. Acuden al bautizo de nuestros hijos, y a lo mejor llegan a ser padrinos o madrinas, porque su insensatez nos sigue atrayendo. Una que otra vez, en las reuniones que coincidimos, habrá muchas bromas sobre nuestra sensata y aburrida vida, tantos hijos, tantos préstamos, tanto dinero en escuelas, en uniformes, en libros. Tantos buenos ratos perdidos, tantas chicas o chicos que no conocimos, tantos bares nuevos que no estrenamos, películas que nos perdimos, obras de teatro que no imaginamos, viajes que no realizamos… ¡Ah!, la insensatez, qué bella. Y no es que el matrimonio, los hijos o los grados académicos nos vacunen contra ella. No. Está en todas partes.

El cónyuge que realiza verdaderos esfuerzos por no perderse de los bares, las películas, los viajes, la compañía a la que supuestamente renunció, es un gran amigo de lo insensato. Tiene un pie en tierra firme y otro en el abismo, pero ¡se le ve tan contento! ¡Ese sí sabe hacerlo!

En cambio el sensato se queda en casa, cumple con sus responsabilidades y, probablemente, se pierde uno que otro estreno, moda, fiesta o viaje. Pareciera que la vida le pasara por encima y lo superara. Mientras estudia, se hace cargo de los que hacen poco o nada. Cuando trabaja, lo hace intensamente. Busca las responsabilidades, se siente atraído por ellas, pero más de una vez suspira… ¡oh insensatez! que bella pareces.

Estamos tan obnubilados por lo insensato que nos olvidamos de todo lo que vamos construyendo y, a veces, hasta llegamos a despreciarlo. En el proyecto matrimonial invertimos con valor el tesoro de nuestros sentimientos. Con nuestros hijos, la vida nos abre puertas desconocidas, nos olvidamos de nosotros mismos, renacemos. En nuestra casa, las paredes se llenan de recuerdos donde el amor y el empeño crecen vigorosos. En nuestros días sin bares o teatros, inventamos la obra irrepetible de cada día, en la cual, sin duda, el ingenio fue un invitado. Nuestro trabajo sosegado sustentó nuestra familia y aquellos otros, esos que jamás conocimos, sin duda, no nos hacen falta. Pasamos por la vida sin ver muchas cosas, pero vivimos intensamente otras. Cuidamos de nuestra pareja, pasamos noches en vela a la par de un hijo enfermo. Nos preocuparon las mensualidades, los gastos. Tuvimos mascotas, nos complicamos… y, por eso mismo, ¿hasta qué punto, me digo, no fuimos insensatos?

El valor de educar

Mejor que educar en valores, es educar con valor. Porque hay que tener valor para enfrentar en el aula las mil y una circunstancias que se presentan y nos ponen a prueba.

Enfrentar al que llora porque se siente mal y no sabemos qué tiene, y nos tambaleamos dudando “¿será cierto?”; levantar al que se cayó con todo y pupitre y preguntarle qué le pasó, mientras nos dominamos para no enojarnos ante el descuido, el juego que precedió a la caída, el alumno inquieto que sufrió el accidente. Enfrentar al que se niega a trabajar con la pareja asignada, y cuando sondeamos las razones de tal negativa se nos susurra: “es que estamos enojados”, y entonces recordamos nuestras propias experiencias de trabajo con personas que no nos agradaban, mientras se nos cruzan alguna serie de mandatos o amenazas que moverían de inmediato al insurrecto que no sigue instrucciones porque nuestra actividad está perfectamente planeada en un grupo donde perfectamente tenemos el ansiado número par de alumnos.

Enfrentar al que nos pide permiso para ir al baño inmediatamente después del recreo, con cara de urgencia…y sabemos que los permisos de esta clase están prohibidos por la Dirección.

Enfrentar a quien no se atreve a hablar, a discutir, a preguntar o al que no para de hablar, siempre discute todo o pregunta hasta llegar al absurdo.

Educar con valor porque abrazar al que se siente mal requiere detener la clase, decidir si dejar solos a los demás y correr a la enfermería o permitir que lo acompañe su mejor amigo (que en última instancia no sabemos qué tan amigo es y, muchas veces y casualmente, no es el mejor estudiante de todos)

Valor porque aceptar la probabilidad de un accidente “verdadero” no es tan loca y requiere de valor evitar falsear la imagen de un estudiante ante los otros.

Requiere valor decidir cuán importante es un ambiente cordial en clase, para lo cual llamamos aparte a los enojados y les explicamos que la necesidad de resolver la actividad en parejas se debe a un objetivo académico específico, o hasta llamar a otro par de estudiantes y negociar la posibilidad de intercambiar a los muchachos… requiere de valor, porque invertimos tiempo, lo cual, seguramente, no ayuda en la disciplina general o nos retrasa.

Educar con valor porque en cualquier momento surge la oportunidad de que el callado hable, de que el tímido exponga su opinión y el que discute no encuentre más argumentos, o quizá, el que pregunta neciamente, logre un día, dar con la pregunta central que nos ayude a fortalecer nuestros planteamientos.

Valor para que nuestra clase sea un espacio vital y requiere valor enfrentarlo con vitalidad. Que en ese espacio sea posible llorar, quejarse, preguntar… que sea posible enfermarse, toser, tener ganas de ir al baño aunque sea para estirar las piernas y refrescarnos por dos minutos… que sea posible ahí consolarnos, reír, bailar y, en última instancia… crecer, crecer como seres humanos que nos queremos y a ratos nos repudiamos; que estudiamos y nos cansamos; que podemos tener dolores que “no se ven” como de cabeza, de ojos, de tobillo; un lugar donde puedo aprender a “ser” sin temor a ser avergonzado y puedo comunicar mis temores y que mi perrito se murió o que me nacieron siete gatitos, claro, no a mí sino a mi gata blanca. O podemos hablar del libro que me regalaron y me gusta o no, y también comentamos el hambre que tenemos, que estamos sedientos y que hace calor o frío. En ese espacio podemos dejar olvidado nuestro lapicero preferido y podemos regresar a recogerlo. Podemos actuar incorrectamente y, aunque seamos reprendidos lograremos rehacernos, reconciliarnos, alcanzaremos aprender mucho y podremos cuestionar para qué nos sirve.

En el espacio de nuestra aula es posible educar con valor sin esperar un trofeo. Reconfortar al enfermo sin ser doctor, acompañar sin juzgar, escuchar sin censurar, corregir sin humillar, resolver el problema de una cremallera que no sube o que se bajó para siempre, un ruedo suelto o un borrador que mancha la hoja.  Y es que a menudo tenemos medida para las situaciones…para el dolor o la tragedia, pero de acuerdo con nuestra perspectiva de adultos.  Olvidamos la angustia que causa el solo hecho de llegar tarde a clase; que no te crean cuando se te olvidó la tarea, que tu perro se haya escapado en la noche; que tu abuelo está enfermo o que tu corte de pelo no te sienta.  

En ese pequeño territorio que tarda el tiempo de una clase, podemos ser el hada o decidir ser el ogro. Lo que yo me digo es: si enseñar es una aventura, ésta puede convertirse en una de las más bellas e impredecibles o en una torturante y aniquiladora. Es quien está a cargo el que decide.

El Día de la Tierra

De pronto, en medio de mi trajín diario, me di cuenta -como quizá lo hago cada año- de que el 22 de abril era el Día de la Tierra. Sin embargo, esta vez no quise dejarlo pasar, sino celebrarlo con mis estudiantes y proyectarlo a todo el colegio en una fiesta que resultó maravillosa.

Como yo, otros tantos redescubrieron el día, y aunque para algunos era la primera vez que lo escuchaban, todos se identificaron de inmediato con el tema.

Al principio, hubo miradas indiferentes (nunca faltan), pero luego, todos fueron quedando cautivados con las imágenes que se iban proyectando en una pantalla grande, y en donde se mostraba cómo se ha celebrado este día en otros puntos del planeta o cuan maravilloso luce nuestro hogar desde el espacio, magnífico y fecundo; hasta las fotografías en las cuales se observaba con claridad la terrible contaminación en que se encuentran muchos de nuestros mares y ciudades.

Al compás de lo anterior, escuchamos la narración pausada del porqué se eligió esta fecha, quién la promovió y el deseo de convertir a nuestro colegio en un lugar limpio donde, personas conscientes de la imperiosa necesidad de actuar, construyan un ambiente armonioso.

Era el Día de la Tierra. Un día sonoro e inmenso, que nos sobrepasaba a todos. Un solo día de reflexión, de sintonía de corazones.

Cantamos ese día, y el canto era nostálgico y aleccionador, nos daba un mensaje que nos sacudía con su ritmo y a la vez nos movía las conciencias.

Hubo preguntas ese día. Preguntas que no son comunes: ¿qué hacemos hoy por la Tierra?… ¿a quién vamos a culpar después?…¿adónde vamos a ir cuando no haya adónde ir?

Todos tuvimos en nuestras manos un recordatorio sobre la huella de carbono que vamos dejando a nuestro paso por el mundo…¿será profunda y negra, como anuncio de la noche que fabricamos para el futuro?

También hubo narraciones ese día. Supimos cómo una compañera había bajado muy profundo en el océano y ahí había encontrado latas de refresco.

Desconozco el momento exacto que me dispuse a asumir el reto, a buscar la letra de la canción, a proponerlo en la Dirección, a mover voluntades, pero si me detengo a reflexionar en este instante, siento que obedecí a una voz grabada profundamente en mi ser que me decía: levántate y anda… haz algo, y como Lázaro, lo inerte que yacía dentro de mí cobró vida: decidí correr la voz.

A la llamada de ese imperativo me moví y se movieron muchos más. Probablemente, hace mucho tiempo mis maestros sembraron la semilla de la preocupación sobre el medio ambiente en mí. Y estoy segura de que, sobre todo, lo aprendí de mi padre, amante insigne de los árboles. Por eso me siento agradecida.

Era el Día de la Tierra y de todos los que habitamos en ella. Ese momento tendrá repercusiones, las estoy esperando, porque mi trabajo no terminó ahí, es imposible, es como si una fuerza telúrica se apoderara de las voluntades en un llamado ancestral y terrible por ser agonizante.

Vamos, levántate, haz algo más que vegetar, aceptar y resignarte. El tiempo de dormir ha pasado.

De celulares y carros

Viajamos recientemente a Guatemala…pero cuánto lo pensé. Me hicieron grandes advertencias sobre la inseguridad en aquel país, los ataques en las calles, las maras, en fin… no me aconsejaban caminar por las calles, tomar un taxi y, menos, alquilar un carro. No debía conversar con extraños, salir después del atardecer y JAMÁS, pero jamás, deberíamos ir al centro histórico o al mercado de artesanías sin un guía autorizado. Hasta el último momento sentí un gran temor y una gran indecisión.

Pese a lo anterior, mi sentido común y los razonamientos de mis hijos mayores que no viajaban con nosotros, me hicieron ver la situación de manera más tranquila. ¿Adónde puede ir un tico que sea REALMENTE más peligroso que vivir en Costa Rica, transitar por una calle en San José, o llegar a la casa? Con las precauciones del caso, en efecto, no creo que existan muchos lugares tan peligrosos como nuestro suelo nacional.

En 15 meses, 38 muertos…9 asesinatos por asalto en lo que va del año…¿y el botín? celulares, carros, obras de arte, joyas… ¡Qué extraño!, cuando voy a pagar el celular a la sucursal del ICE en San Pedro, la fila generalmente llega hasta la calle. Debo explicarle al guarda que restringe el acceso la razón de mi ingreso, y, para mi sorpresa, la fila para pagar ¡está vacía! Miles de líneas para celular, y, como ya se ha demostrado, muchas líneas perdidas por falta de pago. Todos queremos un celular pero no todos tienen dinero para pagar la cuenta… ¿Cuántos, además, desean tener uno y están dispuestos a matar a cualquiera por obtenerlo?

Las quejas por el mal estado de las carreteras son constantes y muy bien sustentadas. Pero, al igual que los celulares, todos queremos carro, ojalá regalado… Muchos lo llevan a la práctica y, en cuestión de segundos, se llevan la preciada prenda a costa de la vida y del dolor ajeno.

Ir a Guatemala resulta, después de todo, casi un juego. Entre la congoja de saber que uno de nuestros hijos salió sin su celular y no nos podrá llamar en caso de emergencia, está la zozobra de que lo use “y se lo vean” o que lo asalten y, sin muchas preguntas, lo acuchillen o lo baleen … Entre la idea de que atraviese San José caminando y transite por varias calles solitarias hasta llegar a la casa; que salga tarde de clases; que espere mucho en una parada de bus desierta; que un chofer borracho lo atropelle… está la opción de endeudarse en un carro, le quiebren un vidrio en la primera rotonda, puente o túnel, que sufra un bajonazo o hasta que lo maten en la puerta del garaje.

¿Pensándolo dos veces para viajar a México, Colombia, Brazil, New York, Pekín, Tokio o cualquier “peligroso” país centroamericano? Si de estar preparado se trata, nadie mejor que un tico… vivimos en tal entrenamiento diario que nos han salido ojos en la espalda, no damos la hora si nos la preguntan, no vamos solos ni al baño, no contestamos llamadas de números desconocidos, no decimos para dónde vamos ni de dónde venimos, elegimos la modalidad de “privado” para nuestros teléfonos, tenemos perros entrenados, dormimos con la luz prendida, pagamos a tres guardas, no abrimos la puerta cuando tocan el timbre, tenemos un arma, las mujeres nos olvidamos de usar cartera y hemos aprendido a enviar mensajes de texto al puro cálculo metiendo la mano en el bolsillo. Transitamos solo por avenidas concurridas e inspeccionamos a cada transeúnte que se acerca a cruzar la calle.

Hemos perdido la tranquilidad y, a cambio, somos malcriados, desconsiderados, desconfiados, groseros… en una palabra: ahora somos “ligth”… ya nos acostumbramos a decir “salado” y nos regodeamos de que “casi me toca pero no me tocó a mí”. Todo por un estilo voraz de vida que nos dice quién somos por lo que tenemos, adónde vamos y con quién nos codeamos. Deseamos “entrar” en círculos cada vez más reducidos de “VIP” que, para cuando llegamos, ya han subido a otros superestratos. En esa cola, ¿por cuál número van y cuál es el que le tocó a uno?

Cuba, mártir o santa

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Hace pocos días nos llegaron las últimas noticias desde Cuba: ya los cubanos pueden comprar celulares, computadoras y hasta pueden hospedarse en los hoteles antes reservados para los turistas. Qué alivio y qué perturbador. Porque para comprender los alcances de estas noticias es necesario haber estado en Cuba hace poco y haber observado “de primera mano”, lo que era y posiblemente seguirá siendo por un tiempo, Cuba NO para los cubanos, el mundo NO para los cubanos, los avances tecnológicos NO para los cubanos; pues la realidad cotidiana para ellos ha sido tiendas inaccesibles, restaurantes inaccesibles, hoteles inaccesibles, medicinas inaccesibles, comidas inaccesibles, medios de transporte inaccesibles, libros inaccesibles, comunicaciones inaccesibles, entretenimiento inaccesible, libre expresión inaccesible, y así repetidamente en una lista, a su vez, inaccesible por desconocida para los extranjeros pero muy, muy extensa por intuición.

¿Cuánto tardará en despertar este pueblo que por 49 años ha estado convencido de que en Cuba hubo, hay y habrá solamente tres jóvenes revolucionarios -como tan campantemente anuncian cada cierta distancia vallas enormes en sus carreteras-? ¿Cuánto tardará en tomar las riendas de su destino, un joven de 49 años después de tener por padre a un enajenado que lo decidía todo?

Recorrí La Habana de principio a fin por calles y callejuelas. No vi a nadie con una sola escoba, con un solo tarro de pintura, con una esponja, limpiando aquellas casas de hermosísimas y sucias escalinatas de mármol y agonizantes fachadas. Razón: era prohibido. Prohibido porque ¿de dónde sacó, camarada, para comprar pintura en el mercado negro con prohibidos dólares? Hablé con jóvenes de la edad de mis hijos que no conocían una computadora. Vi carretones cargados con familias enteras que se desplazaban un domingo a la playa donde “era permitido” ir. Vi cabezales a los que se les enganchaban dos “vagones” los cuales se llenaban hasta reventar de gente; eran los llamados “camellos”. Les tenía gran temor por el ruido de sus motores, la velocidad con la que se desplazaban y su aspecto siniestro. Los cubanos los llaman “tanda’e tres”: sexo, sudor y lágrimas, porque, una vez adentro, cualquiera de esas tres palabras se te puede convertir en realidad. Vi una novia acongojada porque su noche de bodas estaba arruinada por un trámite traspapelado en el Comité Central de no sé qué cuántos. Oí a un niño que nos preguntaba “¿me tengo que ir con ustedes?”, después de regalarle unos confites. Escuché a una joven preguntarme cuándo me iba para ir a recoger mis pantalones de mezclilla. Vi a un equipo de futbol juvenil jugar un partido SIN ZAPATOS y vi al equipo costarricense, después de ganarles y con mucha vergüenza por supuesto, quitarse hasta las medias y dejárselas de regalo…quizás lo más triste fue observar la alegría con que se dejaban aquellos sudados tesoros.

Yo no sé si Raulito, como se le ha conocido en algunos medios al hermano de Fidel, hace bien o mal en no destapar la olla de una sola vez. No sé tampoco qué va a pasar con la bendita posibilidad de comprar celular o computadora, porque “entre dicho y hecho hay un gran trecho”. Pero, en realidad, las posibilidades múltiples y los últimos acontecimientos demuestran una inquietud, posiblemente acumulada durante años, por Raúl.

El pueblo cubano es un fenómeno mundial sin precedentes. Formado por gente buena y leal, ha elevado a la sétima potencia estas características. Ha tocado fondo en pos los ideales representados por aquellos tres jóvenes revolucionarios cuya fecha de nacimiento suena, para los más jóvenes, como sinónimo de tiempos farahónicos. Han comido lo que el Comandante les ha permitido comer; han vestido lo que el Comandante les ha permitido vestir; han leído y repetido lo que el Comandante les ha permitido leer y repetir; han pensado a unísono con él; han aplaudido un discurso repetido y vergonzosamente pronunciado, una y otra vez, en la plaza de una añeja revolución. Esta revolución venció a un gobierno deplorable pero convirtió a la ciudadanía en un ejército desdibujado y feroz al que se le enseñó a odiar la diferencia, a desconfiar, a dejar de imaginar porque había un Otro, el Comandante, que era el único que “sabía”. ¿Qué sabía?, pues de carros nuevos y buenos, como los Mercedes Benz blindados y último modelo en los cuales se desplazaba por entre ruinosos Ford del año 1950. ¿Qué sabía?, sabía que el mundo avanzaba, y las comunicaciones y los descubrimientos y entonces decidió que nadie podía saberlos, y si los sabía, no tendría acceso a ellos.

Pero no basta creerse un dios, autoproclamarse padre de un pueblo o dictador de un país. Hace falta el apoyo popular y un enorme mecanismo de represión, una organización cuyos tentáculos se extiendan hasta por debajo de las camas o de la piel. La fragua en donde se forjó la Cuba de hoy es complicada. La red de las imposiciones se mezcló, para un pueblo afectuoso, con las emociones más profundas y las certezas más equívocas. El mal trago de la pobreza y el silencio, se lo bajó Cuba entera al ritmo de un son que, mientras para ellos era un medio de supervivencia, para el resto del mundo se convirtió en el himno inexplicable de un pueblo sonoro, amable y oprimido.

No dudo del amor que Fidel puede sentir por su pueblo, pero en nombre del amor se han cometido en este mundo grandes atrocidades. Se habla de mártir cuando alguno muere en nombre de una causa, entonces, Cuba entera sería la gran mártir del socialismo recrudecido. Cayó Rusia, pero no cayó Cuba. Qué orgullo el continuar blandiendo tal bandera. Asentada en míseros individuos, junto con ella se denigró el más elemental derecho del ser humano a ser respetado y a tener respeto por sí mismo.

A este país mítico, atrapado entre las garras de un tiempo y unos jóvenes igualmente míticos –dos de ellos muertos hace décadas- lo hemos visitado muchos como quien acude a un gran museo: el museo de la supervivencia y la necesidad. Hemos llorado en el vestíbulo del edificio consagrado a José Martí y sus ideales de libertad: “La libertad-reza una de sus frases- para ser viable tiene que ser sincera y plena. Si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.” Y el remedo de república que creó Fidel seguía eligiendo una y otra vez al mismo individuo que les escribía esta y otras frases semejantes en letras doradas y enormes, como enorme era la desvergüenza de un hombre que traicionó los fundamentos del pensamiento martiano hasta lo indecible. Un hombre sin decoro, como diría Martí, le robó el decoro al pueblo de Cuba. Lo violentó, lo redujo al miedo y la impotencia, le doblegó el pecho recio que con tanto orgullo levantó en su única y verdadera victoria contra Batista. Y Fidel encontró sus cortesanos, se rodeó de todas las águilas convertidas, rápidamente, en ovejas. Los talentos se volvieron serviles, y Fidel delimitó su feudo, a costa del dolor de todos, a costa de la rabia de muchos, a costa del pensamiento de unos pocos persistentes y “necios”.

Entonces anidó el odio, el recelo, la hipocresía. Todos repudiados, en su momento, por Martí como los vicios más bajos de un pueblo. La patria dejó de ser la dicha de todos, para convertirse en una desgracia colectiva. Y aún así, Cuba siguió amando, porque no ha habido, ni habrá, amante más fiel que ella sobre la tierra. Recela, odia a veces y, por supuesto, dirá una que otra mentirilla blanca, pero siguió fiel a su hombre, mientras la dominó y le pegó “para que se le quedara tranquila”.

¿Mártir? ¿Santa? Cuba, posiblemente, nos dará muchas sorpresas en un plazo corto y será un tema que, conforme salga a la luz pública, nos mantendrá interesados en cada movimiento; porque no dudo que los habrá a montones y serán, todos, justos. Asistiremos entonces a ver concretarse lo que un día nos dijera aquel gran poeta: Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército.

Mi collar, mis afectos

 

 mi collar

Viajé a Guatemala, y como tantos miles y miles de personas, me enamoré de ese país. Poco a poco, lo sé, irán saliendo a lo largo de lo que escribo, impresiones pasajeras, que irán surgiendo acompañando otros relatos…como sucederá ahora, gracias a una gargantilla que me compró mi esposo en una calle de Antigua.

Era una mañana llena de sol, recién salíamos de la mágica experiencia de las catacumbas de la Catedral, cuando, en una esquina, una pequeña familia de indígenas que vendía sus artesanías, se nos acercó. La niña más pequeña, enseguida nos cautivó. Era alegre, con una alegría que le venía de todo su cuerpecito moreno y apretado y se le salía por unos ojos increíblemente redondos y oscuros. Al sonreir, nos mostraba unos dientecillos blancos diminutos, como quien nos enseñara en carne y hueso el consabido símil de los granitos de maíz.
Así fue como, por la impronta de un encanto, le compramos a la madre los collares.

El collar en mientes, consiste en una fila de mujeres indígenas unidas por un confitillo de cuentas. Pintadas con primor, lucen sus trajes llamativos, peinadas al centro sus largas cabelleras negras. Y es precisamente su hermosa sencillez la que ha llamado la atención de mis estudiantes, quienes, atraídos por su raro colorido siempre se acercan a curiosearlo. De ahí nace el collar de mis afectos.

Son cinco las indígenas representadas. Pero ellas, como dije, con sus enaguas de colores y su pelo peinado en dos largas trenzas, no son ya más las cinco indígenas cuya razón de ser desconozco. Son cinco de mis alumnas, es más, son diez o quince. Todas se han encontrado un sitio en mi collar.

-Esta soy yo y esta es usted… yo soy la amarilla.

- Yo soy la verde, esta.

- Pero profe, no hay ninguna con mi color de pelo- exclama otra.

- No importa – le respondo- se lo voy a pintar castaño.

- Aquí estoy yo- dice, finalmente, otra.

Así, la historia se repite, a lo largo de los recreos, cuando nos encontramos en los pasillos, a la salida de la soda, en el almuerzo. Ellas me han preguntado el significado del collar y yo no he sabido qué contestarles, pensando en mi falta de curiosidad al comprarlo y no haber hecho la misma pregunta a quiénes lo diseñaron, allá en Antigua, la ciudad mágica. Pero, como tantas circunstancias en la vida, la respuesta la tenía el collar mismo. Él la gestaba y me la estaba dando cada día, porque, en la maraña de las significaciones, lo que es y significa algo, viene desde un milagroso “nosotros”.

En efecto, aquel nudo de cuentas y figuras, de colores trenzados y de caras, guarda el dulce significado del encuentro y de los afectos. Así me mezclo yo a la semántica de la enseñanza, donde todo es uno y uno es todo. Cinco figuras que me traje de allá, son hoy sus múltiplos en el encaje prodigioso donde me encuentro inmersa. Yo soy esa, vos aquella. Ahora sé lo que significa: es mi collar… mis afectos.

Enamorate de mí

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A todos nos llega el momento… es así de fácil, pero no es el momento de morir (no me siento tan siniestra) sino de algo más bello: el momento de enamorarse. Sin embargo, como bien dice la sabiduría popular, para muchos, es más fácil dar que recibir. Dar amor, atención, darnos el lujo de sentir que ese alguien despierta en nosotros un raro cosquilleo, les es a muchos, más fácil que permitirle a ese otro enamorarse de quien somos. Ya sea porque no nos sentimos especiales o, quizá, porque tenemos algún defecto el cual magnificamos, o porque no respondemos al ideal de belleza del momento… alguna de las razones anteriores (si no todas u otras más) se convierte en un verdadero escollo infranqueable para el amor.

Numerosos libros, artículos y comentarios dispersos por el mundo hablan de ello: si no nos amamos a nosotros mismos no podemos encontrar el amor pleno… a veces ni simple compañía. Ojalá fuera pasajero, como sucede en algunos adolescentes, no, más bien, podría durar años, décadas o toda la vida: ciertas personas viven relegadas, condenadas al claustro de la soledad. No me voy a referir a la tristeza o al aburrimiento, porque, probablemente, encuentren la manera de vivir entretenidas y hasta, incluso, contentas. La pregunta subyacente es ¿por qué? ¿Qué hace que una persona amable, cortés, sincera, inteligente, atractiva y con otros tantos atributos, o no, permanezca sola?

Dejarse amar es una actitud, una opción personal. Permitir que el otro ingrese en mi territorio y se ”aposente” en él, es una decisión como cualquier otra. Decir “‑sí, enamorate de mí” de lo que soy y no soy, de mi cotidiana manera de vivir, de mis silencios, de mis torturas, de mi dolor por los muertos que arrastro o por los vivos que tengo, de mis traumas y mis miedos, de mi pereza y de mi empeño inútil por lograr victorias intrascendentes. Enamorate de mis vicios y mis carencias, de mis ocultos secretos, de mi no saber bien lo que quiero, de mis iras y mis bondades, de lo hábil que soy para olvidar o para recordar infinitos detalles. Enamorate de mí, de mis canciones que a nadie le gustan, de la música que tengo y de la que puedo o no puedo ejecutar en una guitarra o en el viento. De mi risa, sonora o callada, de mi fe en Dios o de mi terrible ateísmo. Enamorate, vení, Enamorarse de mis imposibles es posible, no tengo miedo. Podés encontrar tesoros, podés encontrar todos mis monstruos, ¡qué sé yo! Vos andarás a mi vera, yo a la tuya. Odiémonos -¿por qué no?- a ratos. Porque amar también tiene sus vacaciones, y amar-amar-amar, amarlo todo siempre, así, por siempre, sea quizá cosa de santos. Decir “aquí estoy, ni modo, yo, en todo caso, tomaré la ruta difícil de encontrarte a vos también, y no todo lo encontrado me va a gustar. Vamos, así somos, la perfección no existe”.

Eso, todo eso y más, es una opción personal, íntima. Les puedo asegurar que el viaje es largo y duro, pero vale la pena. Les puedo asegurar también que no querrán terminarlo, a pesar de las lágrimas, porque habrá momentos de risa. Habrá dolor- ¿cómo no haberlo?- decepción, momentos de duda, pero es necesario resistir, continuar construyendo esa obra maravillosa y única del amor y, sin miedo, si no hemos encontrado todavía a nadie, decir: enamorate de mí…

¿Cuánto vale esa infracción?

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¿Cuál es el trasfondo de la conducta irresponsable? En tránsito y según lo publicado en La Nación hoy 26 de enero es el bajo monto de las multas. Pero, ¿no será más bien porque no hay una multa para cada persona y cada situación? Llegar a un parqueo y estacionar rápidamente ignorando al que ha estado varios minutos esperando con la direccional encendida, se hace… porque NO HAY MULTA. Tomar el lado izquierdo en una calle sabiendo que en unos metros esa vía dará giro solo a la izquierda, para lograr meterse en el carril derecho “a la brava”, como sucede todos los días en la carretera hacia Sabanilla por la rotonda de Betania, se hace… porque, digamos… NO HAY MULTA. Llegar a un semáforo en rojo (o a varios, según la ruta y la hora) y respetarlo como a un simple alto, es una conducta común, pero ¡yo sé por qué: es porque no hay un tráfico a la vista y por lo tanto… no hay multa! Transitar por el carril rápido en las autopistas a una velocidad de carril lento, se hace, ¡porque no hay multa! También ir a 120 por la misma autopista, jugando un nintendo de la vida real, ¡lindo!, es porque ¡no hay tráficos ni multa! Ignorar el semáforo en rojo de un paso peatonal como el de la Pops de Curridabat, pues claro que se hace porque… ¡no hay multa a la vista! Quedarse atravesado en la rotonda de la Hispanidad interrumpiendo el tránsito hacia San Pedro porque vas hacia Zapote…qué más da, porque ¡no te multan! O al bus que te presiona a dos milímetros de la parte trasera del carro para que, no sé, literalmente volés sobre la fila que tenés delante, ¿quién lo multa? Tal vez, quien te da un pitazo apenas el semáforo pasa a verde y, si no acelerás locamente, te pasa despacio al lado (se le olvidó su prisa) y te grita cualquier clase de improperios, ese tal vez dejaría de hacerlo si hubiera una multa de un monto adecuado para tal conducta inadecuada.

Seguir ignorando que somos un pueblo inmaduro e indisciplinado me parece necio. No hemos superado la etapa de la niñez durante la cual abríamos el bolso de mami a escondidas para buscar algún tesoro; o asaltábamos las galletas cuando no había “moros en la costa”; o dormíamos con nuestra mascota a escondidas u ocultábamos un vaso quebrado; todo porque nuestra edad no nos permitía comprender el porqué de los límites: las galletas debían alcanzar para toda la familia, el vaso iba a ser descubierto y en el bolso de mami podía haber documentos que no se podían extraviar.

Pero crecimos, es la ley de la vida. Sin embargo, no fue posible madurar socialmente nuestra conducta. No nos dimos cuenta de que vivimos en un mundo en el cual las reglas son necesarias y establecemos extrañas analogías en virtud de las cuales hacer trampa en un inocente juego de mesa está al mismo nivel que ignorar un semáforo o parquear en zona amarilla: ninguna de las dos conductas es incorrecta si nadie nos descubre. No me interesa el bien común, sino que el mundo marcha al paso de mis congojas. Si tengo prisa, un conocido se convierte en mi mejor amigo en la fila del comedor, con tal de adelantarme al resto. Compro mi tesis, copio trabajos, borro el nombre de otro y coloco el mío, cambio fechas de cheques, falsifico firmas, aporto facturas de compras inexistentes, engordo gastos, me embolso viáticos, copio en exámenes, aseguro haber cumplido con mis deberes sin haberlos hecho, aporto pruebas falsas, busco testigos que jamás vieron nada, huyo del lugar de los hechos, borro pistas, compro licencias, permisos, constancias, me enfermo estando sano, me hago el muerto o me hago el vivo según las circunstancias. Bailo al ritmo de cualquier son, siempre y cuando me convenga.

Señora viceministra de Transportes, peca usted de ingenua en su rápido análisis de lo que se vive en las calles, porque probablemente el taxista que se cita en la noticia, rápidamente pasará de acumular cuatro multas de 20 mil colones, a digamos cuatro de 40 mil y algunas más, tal vez 15, por conducir sin la revisión técnica al día, lo cual, probablemente, lo convertirá en un héroe en la cantina que frecuenta y de donde saldrá para seguir pecando. Al fin y al cabo, si lo logran pescar, los magistrados de la Sala Cuarta encontrarán el medio para que salga libre.

Mientras tanto, en las aulas, maestros y profesores luchamos por “educar en valores”. Asistimos a reuniones, conversamos y planeamos la manera de lograr inculcar en nuestros educandos el valor de la honestidad, la tolerancia o del respeto. La sociedad nos ha encargado de ser los gestores de una ciudadanía ética y moralmente enaltecida, de la cual, por supuesto, todos los demás se desentienden. Uno va a la escuela para que lo eduquen, para que le enseñen, para eso existen los maestros, ¿no? En casa, en la calle, en las oficinas, los periódicos, las revistas, la internet o la televisión, todo ese conjunto de prácticas y vivencias en donde se desarrolla el individuo desde su más tierna edad, eso no, no educa. Fue hecho y existe en un mágico “universo paralelo”. Solo así me explico que nadie se sienta responsable de lo que pasa, se repite y se recrudece ante nuestros ojos.

Español y Matemática: el divorcio mítico

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Cuántas veces no he escuchado, cuando felicito a un estudiante por su buen trabajo, decir: “Ah, es que yo soy bueno en Español, pero en Mate……soy pésimo”, o al contrario, al entregar una nota baja o mala: “Ay, odio el Español, lo mío son las Matemáticas…” En otras ocasiones, hasta en el aula de profesores es materia de discusión. “Yo es que iba malísimo en Español, pero en cambio, era un as en Mate.” Uno que otro se arriesgará a lanzarme la temible pregunta “¿A vos no te pasaba al revés?”

¡ERROR! Me encantaban mis clases de matemática y a uno de los pocos profesores que recuerdo, estando ya en quinto año, es a don Edwin Bogantes, que en paz descanse. Hasta lo llegué a visitar en su casa de Atenas montones de años después de graduarme. Tres, en efecto, eran mis preferidos: don Edwin, don Guillermo (maestro de Música en la escuela) y sor Bernarda (de Español) en el colegio. Y estas son, casualmente y según he podido ir sabiendo con el correr de mi vida, las tres áreas hermanas, tres ninfas hijas de las mismas aguas: Música, Matemática y Español.

Porque para mí, requiere tanto pensamiento lógico ir armando una oración que ir resolviendo una ecuación. Tanto misterio encierra el sentido de una frase, como una fórmula o el sonido de las notas dibujadas en un pentagrama. Tan musical resulta construir una melodía, como ir despejando incógnitas o desentrañando sentidos.

No está divorciado el comprender el planteamiento de un problema en Física o cualquier otra disciplina similar, como poder llegar a dilucidar la validez de una tesis, lo cual nos llevaría, quizás, a descubrir todo un argumento falaz. De igual modo, se puede comparar con la distribución armoniosa o intencionalmente distorsionada de un compás musical. No es el azar lo que actúa en esos casos, no es la iluminación divina o la casualidad. Es algo tan sencillo, como tres hermanas que se juntan a conversar.

No es tampoco extraño encontrarnos con personas que disfrutan el poder conjugar esas tres artes y logran resultados sorprendentes. Tal vez se les pueda tildar como poseedores de una gran genialidad, pero también puede ser que se traduzca en personas sencilla, pero poderosa y simplemente, creativas.

He podido observar que quien es bueno en Mate, como la llamamos familiarmente, se lleva la admiración de todos. Se susurra su nombre en los pasillos, se le envidia o hasta se le odia, pero jamás se le ignora. He notado, por otra parte, que el bueno en Español, ehhhh…., es un raro: escribe (la mayoría de las veces poesía) pero no le gusta que nadie lo lea (es mostrar el alma). A veces es solitario (¡es un observador!) y muchas, un incomprendido o un ser inadvertido por la mayoría. El músico, probablemente, vuelva loco a todo el mundo, tararea por la calle, inventa melodías, le sigue el ritmo a lo que le rodea (literalmente), mas, vive asido a las palabras porque, a menudo, la música le llega con letra y todo. O si no, baste que se las insinúen, para que logre acomodarlas rápidamente: en su cabeza la fórmula es sencilla; la medida, automática.

Pero, he aquí que, muy temprano en la vida, viene la sanción social. No, no, no, no. ¿Sacó mala nota en el examen de Español?, ¡ah!, por supuesto, es que usted es bueno en Matemática. O lo contrario. Yo, en ambos casos, aconsejaría poner a funcionar un dispositivo, bastante oxidado en estos días, llamado voluntad. Primo hermano del interés. Si se trata de un niño con facultades matemáticas, le toca a los mayores agregar una pequeña extra, hasta lograr tener “buena voluntad” y entonces guiar al pupilo hacia las sendas de las palabras. Acción similar con respecto a los números se debería tomar en el otro caso.

Vemos entonces como se van sumando factores y más factores en la consecución del éxito de las nuevas generaciones, herederas de un mundo construido matemáticamente, víctimas de una maquinaria fabricada por las palabras. Pero es sencillo: se trata, cuando mucho, de desmitificar ese divorcio ancestral y poner en evidencia los lazos que unen estas ciencias.

Al final, con mi visión esquemática y un tanto fantasiosa de la realidad, no veo porqué ni los pensadores críticos señores dueños de las palabras tienen que tener ese seño fruncido, o los matemáticos un halo misterioso y distraído, si pueden, dando un paso, llamar rápidamente a la Música. Seguirle el paso a la armonía del mundo no sería entonces, como es, un objetivo tan pesado; ser reflexivo, tan tedioso y ser exacto, tan exigente.

Detrás de la pizarra

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La pizarra de mi aula tiene un “moderno diseño” que consiste en no ser plana sino curva, debido a que está montada en un marco especial. Resulta que ese marco, en la parte superior, tiene algunas aberturas. En ocasiones, se me perdieron varios objetos misteriosamente. Podrán imaginarse dónde estaban.

El afortunado día que me subí en una silla para cambiarle la batería a mi reloj, tuve la suerte de descubrir las aberturas y su contenido. Encontré tres borradores de pizarra, de los cuales solo dos eran míos; una goma Pritt, una libretita, un patito de plástico, un marcador y algunos lápices. No sé qué me mortificó más, si tratar de entender cómo habían llegado hasta ahí o el hecho de haber “develado” el misterio de las desapariciones. Porque detrás de la pizarra estaban esos dos borradores que me exigieron ir a la oficina de suministros con cara de perrito arrepentido a pedir uno más y con ellos se esfumaba el cuento según el cual yo era víctima de algo o alguien -misterioso o no- empeñado en molestarme. .

La goma estaba seca, la libretita arrugada. Al marcador y los lápices los podía usar y al patito le faltaba el pico. Pero no era solo eso. La cuestión era quedarse sin argumentos, sin misterios.

Detrás de la pizarra estaba la respuesta al enigma. Por meses escribí en ella sin saberlo. Por horas me quejé, por minutos dudé. Yo solo podía ver la pizarra, porque era grande y blanca. Ni siquiera malas intenciones hubo, ya que, posteriormente, observé cómo algunos de mis alumnos más altos encontraban oportuno, después de usarlo, colocar sobre la pizarra el borrador. La historia se repitió, probablemente, con las demás cosas.

Después de aquello, me ha dado por creer que todos tenemos nuestro “detrás de la pizarra”. Como por ejemplo, con la tendencia a buscar explicaciones imposibles para hechos cotidianos y entonces andamos por ahí difundiéndolos con un halo de misterio. O como cuando sospechamos que nos acechan o nos quieren perjudicar los que nos rodean y persistimos en detectar comportamientos suspicaces que jamás existieron.

Es más, a veces nosotros mismos somos esa pizarra curva con hendiduras. Detrás de esa fachada blanca donde los otros ven tantas y tantas expresiones, tenemos nuestros secretos. Inocentes unos, no tan inocentes otros. Para algunos, inocuos, pero tal vez, para otros, atractivo. Es claro que detrás de la pizarra se puede esconder lo inimaginable, ahí está, es solo que no lo podemos ver o no queremos que lo vean. La cuestión es descubrirlo o que nos lo descubran.