Tragedia en el puente sobre el río Tárcoles

Una tragedia con nombre y apellido.

Qué tristeza ser testigo de una desgracia semejante a la sufrida hoy en nuestro país.  Costa Rica, país de paz, vive una guerra en las carreteras, dice un anuncio gubernamental.  Pero una guerra de la que  nuestros gobernantes son cómplices evidentes.  Es aberrante que ahora salga la Ministra de Obras Públicas y Transportes a decir que un rótulo alertaba a los camiones acerca de la capacidad del puente, en la ruta 137.  Denigrante que salgan del Colegio de Ingenieros y Arquitectos diciendo esto y aquello.  Ahora, lo que falta, es que le echen la culpa al chofer.

Lo cierto es que en nuestro país estamos vivos por gracia divina.  Mi hermana, quien vive en el extranjero desde hace cuarenta años, cada vez que viene de paseo me dice lo mismo:  “¡Aquí no pasan más desgracias porque Dios es muy grande!”  Pero pasan.  Pasan y van a pasar, no como en este caso, en un puente al que muchos podrían haber tenido en un cómodo lugar llamado olvido, sino en lugares medulares, específicamente, en puentes que, a semejanza del que ahora personifica una tragedia, datan de una centuria sin que se les haya, ni siquiera, pasado pintura, no digamos, revisión.

Se le olvida al señor Presidente y a su Ministra que gobiernan vidas.  Felices, inauguran trenes  para que transiten sobre rieles prácticamente de la época de los vaqueros del Lejano Oeste norteamericano.  Los puentes (lo vi con mis propios ojos en un reportaje de televisión) son los mismos de las primeras épocas durante las cuales se inauguró el tren al Pacífico, con el detalle de que NI SIQUIERA les quitaron el herrumbre por aquello de las cámaras de televisión.  Esto es una bomba de tiempo. Sin ir muy lejos, el famoso puente de la platina en la autopista General Cañas, cuyo tránsito es realmente escalofriante, sufre también de fallas significativas ante las cuales se están, descaradamente, cerrando los ojos.

Recomendaciones.  Un ingeniero recomendó que se cerrara el puente.  Un rótulo, triste y solo, recomienda no pasar con sobrecarga.  El Colegio de Ingenieros y Arquitectos recomienda alerta roja.  El chofer del bus que se precipitó al abismo, recomendaba que los pasajeros se bajaran, aunque hoy nadie lo hizo. Son muchas recomendaciones juntas.  Hoy vemos cómo se utiliza el condicional “esta tragedia podría repetirse”, ¿cuándo vamos a utilizar el futuro simple, tal y como corresponde:  “esta tragedia se repetirá.”

En Parrita, el puente sobre la vía principal da miedo, terror y, finalmente, como todo en Costa Rica, risa. Todos los habitantes del país se reían hace poco tiempo por el video que se publicó en Youtube sobre la platina, para lo cual se subtitularon algunas escenas de la película La caída.  Que no sea una siniestra premonición.  Por asuntos menos trascendentales se ha lanzado la ciudadanía a las calles.  Yo me pregunto, si a usted le dicen que el avión en el que se va subir le falla el tren de aterrizaje en cualquier momento; si le dicen que al bus en el que se está subiendo le van a fallar, eminentemente, los frenos; si le aseguran que su carro, hoy o mañana, se le va a quebrar el eje, ¿insistiría en utilizarlos?  Entendámonos, tragedias como estas, tienen, de una u otra manera, nombre y apellido.

Quincuagésimo aniversario

Bodas de Oro conmigo misma, yo, mi fiel compañera por cincuenta años.

CIMG1714He aquí que he pasado por todas esas bodas , en las que le dije el sí a la vida. Claro que muchas fueron hechas de manera inconsciente, pero todas, a su manera, se me quedaron marcadas indeleblemente.

Sé decir, por ejemplo, que jamás superé la de papel, al que sigo amando como el primer día.  Llegaron después el algodón y la piel, que pasaron alegres y se marcharon.  Igual sucedió con el lino, ese que alguna vez me prestara la tibieza de su abrigo.

Llegué, más tarde, a la madera -como quien llega a su nido- y con ella pacté el dulce secreto de una hermandad eterna.  Me marcó el hierro, en su momento, con las primeras lanzas de la conciencia ; la lana me dio alergia, y luego, muy maleable, llegó el bronce, queriendo parecer invulnerable, pero con una fortaleza endeble.  El barro, por su parte, supo decirme un gentil “hasta luego, nos vemos”.  Ya vendrían el aluminio y el acero, antípodas minerales, custodios de las ollas y de las cucharas.

Más me gustaron la seda y el encaje, ellos me acompañaron por los primeros viajes al misterio velando mis sueños.  Ellos fueron la antesala al cristal en donde supe decantar las primeras torpes uvas, sin siquiera adivinar el vino.  Vendría luego la obsidiana, tensa, hiriente, venía armada de pies a cabeza.  Ella me dio la ira y el enfrentamiento, con el cual iba a dar forma al cuarzo, firme líquido, agua congelada del universo, cristal maestro, puerta que me posibilitó aventurarme a navegar  la acuamarina, libre y celeste: había adquirido la rara belleza de la calma y la claridad mental, para después  cruzar el centro de la tierra por el cauce sagrado de la amatista.  Tenía entonces 19 y creía haber encontrado un cierto equilibrio emocional, pero aquel habría de ser el año en que perdí a mi madre.  Me volví, por ello,  de porcelana, quebradiza, rota; años después, vendría a descubrir en la sólida liquidez de la plata,  que podía adaptarme y relucir de nuevo.  Tuve en mi vida, para ese entonces,  un lugar para el sándalo: me bauticé en su aroma ocre y divino.  Llegarían  después los tiempos duros y frágiles del cromo, acerada época que le sirvió de cuna a las frutas maduras que le siguieron.

Con el estaño, más tarde, no me dejé doblegar por los problemas, sabía ya para entonces que, aunque a veces débil, estaba construyendo el edificio de mi familia.  Fue así como aparecieron en mi vida las primeras perlas, el adorno esencial de los treinata años, el bello fruto de mar que guarda en sí una tierna sensatez tornasolada.  Amé después, como una sirena embravecida, el coral.  Era como si entre sus brazos pudiera adivinar tiernas suavidades de espuma.

Entonces llegué al rubí, con su centro de sangre, roto de arteria, luminoso.  Tenía los famosos cuarenta, me sentía completa (y lo estaba).  Ya después supe que aquella edad era solo la antesala de la sabiduría y verdad que encerraba el zafiro, cielo profundo y mar – de nuevo el mar- como amigo recurrente de mi historia.

Hoy llego al oro, reluciente, nítido sol, centro gravitacional de mis planetas lunares.  Me siento revestida de su tibia compañía.  Dorada era la ciudad mítica, doradas son las coronas, dorado todo lo que tocaba Midas.  Yo no pretendo eso.  Ya va muy manchada la tierra con su carga avara de codicia.  Ahora me siento y puedo contemplar la frágil angustia de la primavera, disfruto a secas el verano, aprendo el idioma del invierno.  Me sé capaz de lo que soy capaz, y, en medio, puedo adivinar que no sé nada, confirmando por mí misma el sabio adagio.

He cruzado cincuenta fronteras y aquí voy, de camino.  Ya no busco el ansia de la llegada, sino el disfrute del tránsito. Estoy, soy, permanezco, y tomo conciencia de ser la alquimista mítica de mi propia existencia.

Niños de alto riesgo-calle

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Un taller de poesía en el Oratorio Sor María Romero. en San José, Costa Rica

En una aventura inusual, me embarqué como moderadora en un Taller de Poesía para niños de alto riesgo-calle.  Este término se utiliza para referirse a niños que, sin vivir en estado de abandono, son hijos de protitutas, drogadictos o ya han incursionado en este tipo de prácticas.  Fue una experiencia increíble que empecé de la manera más ingenua.

Como exalumna salesiana, sentí el prurito de la ayuda social.  Como exalumna del colegio María Auxiliadora, me llamaba el nombre de Sor María Romero, cuya obra social no tiene precedentes en Costa Rica.

Llegué al oratorio y ofrecí mis servicios, que no encajaban como maestra pues no lo era, ni como servidora doméstica pues estaba sobre capacitada.  Ante el desconcierto de la Coordinadora que me miraba con ojos desconsolados, se me ocurrió ofrecer un Taller de Poesía, motivada, como estaba en ese entonces, por haber participado yo misma en algunos talleres.  Sin embargo, no comprendía, en ese momento, la dimensión del asunto.

Cuando llegué el primer día, llena de entusiasmo y con la mayor de las ingenuidades, me encontré con un puñado de niños que estaban desayunando rodeados con letreros que decían:  No somos insectos, somos seres humanos, somos niños, merecemos un nombre. Aclaro que, por aquellos días se hablaba en Costa Rica de “los chapulines”, término que hacía referencia -y aún se sigue haciendo- a grupos de vándalos, en su mayoría casi niños, los cuales se daban a la desdichada costumbre de asaltar transeúntes.  Actuaban en bandada y eran muy temidos.  Se les llamó así, los chapulines.  Ya solo aquella primera entrada me impactó.  Ciertamente, yo misma usaba ese término, el cual pasó, con el paso del tiempo (cosas del lenguaje) a ser un apelativo para todo niño pícaro.  ¡Entonces, yo iba a trabajar con chapulines!, descubrí, en segundos, el agua tibia. ¿Qué esperaba, niños bien alimentados, robustos y cuidados?  La realidad estaba ahí, y a partir de ese momento, empezaba la historia más dulce y dolorosa que mi alma de madre y poeta iba a experimentar.

Ese primer día me dediqué a conocer a mis pupilos.  De todos los edades, tamaños y colores.  Recuerdo de ellos sus caritas desconfiadas y duras, sus miradas perdidas y su olor, un olor dulce y profundo que llamaba a la conciencia con el lejano eco del jabon barato y del humo de la leña.  Algunos apenas si estaban peinados, metidos sus piececitos en zapatos desproporcionados y sin medias.  Había una niña delgada, rubiecita y desmedidamente triste que me conquistó como conquistan las rocas inaccesibles a los exploradores.  Así habría de permanecer: misteriosamente inaccesible, pero únicamente de la forma en que yo quería que fuera accesible, pues, en realidad, no lo estaba.  Ya hablaré de ella más adelante.

Escollo uno:  no tenían cuadernos.  Ellos recibían clases con una maestra, y con ella tenían un cuaderno para todas las materias.  La posiblidad de que trajeran un cuaderno para mi taller era cero.  Aquel mismo día, salí a comprarles un cuaderno atractivo para su edad, con muñecos de colorines, forrado con plástico.  Un lápiz también.  Por supuesto, cuando se los di, fue una fiesta.  Era como si tuvieran entre sus manitas un tesoro soñado, algo maravilloso.  Lo veían por todos lados, ¿es mío? sí, y le podían poner el nombre, pero yo los recogería cada día.

Detalle:  la mayoría apenas escribía.  Para todos, la poesía era exactamente un universo separado. ¿Poesía para niños? Sí, en el mundo maravilloso que yo conocía, no en aquellos corazones heridos y violentados.  Corazones llenos, saturados de realidad.

Viene la hora de la receta. ¿Cómo hice? ¿Cómo abrí una hendija en aquellos muros? ¿Qué los hizo hablar? Pues…no sé.  Pero pasó.  A partir de aquel momento inicié mi camino hacia el encantamiento, me salieron las notas adecuadas cual flautista de Hamelin.  Empezamos hablando, decíamos cosas, hablábamos de los días, del invierno, ¿qué tengo que decir de la lluvia? ¿Cómo es la lluvia?  Así, supongo, iniciaron un viaje hacia adentro jamás llevado a cabo.  Empezaron a leerse, a conocer las sensaciones y darles forma en trazos torpes y redondos.  Trazos amados y temidos.  Hablamos de deseos.  Hablamos de Costa Rica (corría setiembre, Mes de la Patria) y a mí se me tenía que ocurrir hablar de patria a aquellos hijos dejados de la mano, niños nacidos de seres marginales. Y sí, ellos también tenían qué decir de su patria, y eran expresiones lindas. ¡Dios, descubrí por segunda vez el agua tibia, un agua tibiamente amarga:  la patria los reducía a insectos indeseables, y ellos la amaban!

Así fue, íbamos, seguíamos los días o los días nos seguían a nosotros.  Llevábamos un paso, a veces una marcha.  Podría decir que éramos un conjunto más o menos alegre.  Ella, la niña triste, seguía triste.  Solo a veces le salía la nostalgia en lo que escribía o se volvía inusitadamente menos triste.  Pero solo en lo que escribía.  Decía todo sin decirme nada directamente.

En uno de tantos días, llegó el pequeño que no era pequeño.  Su edad, evidentemente corta, me resultaba indescifrable.  Se me ocurre ahora que podía tener unos ocho años. Era moreno y violento, con una violencia adusta, nebulosa.  Cuando llegó no habló.  Se mantuvo sentado sin decir nada.  Así fue durante varios días.  No sabía qué hacer con él.  Le di un cuaderno y se le quedó viendo como quien ve un estorbo.  Lo apartó bruscamente.  Mi primer “enganche” no había servido.  Me tocó averiguar “por otros medios” que no sabía escribir. ¡Lo que faltaba!  La Coordinadora prácticamente “lo colocaba” cada día en mi clase con alivio:  ella tampoco sabía qué hacer con él.

Me rompí la cabeza pensando cómo remediar aquello, hasta que se me ocurrió la música. ¡Claro!, iba a llevar música para embrujarlos a todos, y,de paso, a él.  Dicen que la música actúa hasta sobre los seres irracionales.  Así que me iba a servir de maravilla con aquel niño de corrientes subterráneas tan, tan profundas.  Y así lo hice.  Me llevé a los Nocturnos de Chopin en mi cartera, grabados en un casete.  Había que ver mi grabadorcita, tan pequeña como el sonido que iba a salir de ella, pero que, en la medida de mi entusiasmo, equivalía a llevar un micro componente Lg Xa63 Mp3 Am/Fm Usb Ripping o algo aún más exótico.

El aula en la que daba mi taller daba frente a una de las calles más transitadas de San José, 25 metros más arriba de donde se ubica, acrualmente, el Oratorio.  El ruido era infernal.  Ahí iban a escaparse las nocturnales notas de Chopin.  Se me escaparon sin apenas notarse, imperceptibles, tímidas.  Cuando al fin se oyó “algo” (literalmente) aquellos pares de ojitos, aquellos dolidos círculos, lagunas con remolinos donde ya habían naufragado tantos veleros, se tornaron mansos.  Por momentos, la furia de las corrientes dolidas se apaciguaron y se fueron acercando al maestro, quien llegaba a aquellas almitas desde su recorrido sin tiempo, las derretía, les hablaba un idioma jamás conocido y siempre familiar, latido inmenso en donde encontraron un refugio de nunca jamás sus corazones.

Yo sé que aquel día no hubo ruido que viniera de la calle, no hubo pupitres rotos donados de no sé donde.  No hubo pisos ni paredes húmedos.  No hubo puerta desvencijada.  Calleron frente a mis ojos las resistencias, esas, tan anchas como cien muros de Berlín juntos.  Nos conectábamos en otra dimensión sin hablarnos.  La grabadora, ínfima entre las ínfimas, habló el idioma que todo el mundo habla desde que está en un vientre, no importa si es de una santa madre o de una prostituta.

A partir de entonces, aquel pequeño, el oscuro, se fue volviendo claro.  Me fue posible ir transcribiendo sus palabras, pequeñitas y frágiles como rocío.  Quiero tener un perro.  Un pastor alemán.  Eran sus primeros versos.  Estuve contenta unos días, hasta que la niña triste rompió a llorar.  Su llanto era terriblemente amargo y silencioso.  Yo me atreví a acariciarle el pelo. ¿Qué pasó? ¿Por qué está llorando?  Finalmente me lo dijo:  “Mi mamá me encontró trabajo como empleada doméstica y no voy a volver.”  Tenía doce años.  Me quedé atónita.

Lo que les narro pasó hace años.  Hasta el día de hoy logro sacarlo de mi baúl más secreto, callado y doliente, sin llorar.  Mi aventura duró hasta las vacaciones de fin de año y no regresé.  Me enfrasqué en otras ocupaciones, me volvió a tragar, con su fuerza tremenda, la cotidiana seguridad del día a día.  Pero jamás olvidé.

Con aquellos niños de alto riesgo supe que había un amor de madre que trascendía la escoria y la basura, cuando participé en una incursión a la zona roja, buscando niños que las prostitutas escondían en cualquier parte, llámese cuartucho, caja, cueva excavada en patios laberínticos, excusados de hueco.  Ellas no los querían soltar, pensando que se los iban a arrancar de su lado.  Ese no era el objetivo del Oratorio.  Había que explicarles que solamente se trataba de que los niños fueran durante el día, recibieran alguna instrucción y, por la tarde, ellas podían ir a recogerlos.  Solo en casos muy graves, intervenía el Patronato Nacional de la Infancia.

Sí, yo estuve ahí, fui testigo y, en cierto grado, parte.  Pude vivir de cerca el hecho inalienable de que en el ser humano más pequeño y violentado, existe el mágico momento de la poesía.

UN HOMBRO QUEBRADO

….o el lado claro de la luna

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Hasta para quebrarse hay que tener actitud, ¿quién lo diría?  Porque quebrarme el hombro fue toda una experiencia, de principio a fin.  Ni qué decir sobre la incapacidad de un mes para ir a trabajar, la ausencia y el vacío inicial, en fin, toda una gama de nuevas percepciones.  En primer lugar, la no-aceptación:  ¿quebrada yo? ¡Jamás! Queda en evidencia que era falso: sí lo estaba.  Luego, la cadena de errores que derivó en el incidente.  Primero, fui a comprar una perrita muy lejos de mi casa.  La cachorra vivía tan libremente que no conocía collar ni correa, además, por la naturaleza de su raza -border collie- era amante de….las carreras.  Luego, vino el error de parar a comer algo frente a la playa, yo con el animal semi-atado, sintiéndome culpable de llevarlo por primera vez de esta manera, le aflojé la correa y ella aprovechó para escaparse.  En mi angustia, me lancé a alcanzarla, adivinando que se me iba a perder.  Por supuesto, la caída (nada elegante) fue fatal para mi hombro, y, de ahí en adelante, los hechos se desencadenaron.  En mi mente, una serie de remordimientos me impidieron dormir por días.  Me imaginaba a la perrita perdida por aquellos lugares tan agrestes, y yo sin noticias, a pesar de que dejé mis datos en el lugar.  Jamás apareció.

En mi casa, para todos fue extraño que la mamá no estuviera “como siempre”, es decir, súper activa, súper dispuesta a todos los actos heroicos cotidianos que han formado parte de la supervivencia familiar por años de la vida.  Y es que yo vivía mi propio tránsito por el mundo de las quebraduras.  En primer lugar, no podía ni bañarme.  Vestirme era una odisea.  Descubría poco a poco que mi brazo izquierdo era inteligente y capaz, que en la casa muchas cosas están más allá de metro y medio de altura, que los cuchillos, las puertas, las tijeras, los cinturones, el “mouse” son para derechos, o, al menos, requieren de una readaptación cerebral para la cual no estaba preparada.  Ni qué decir el descubrir que tener dos brazos “móviles, útiles y sanos” es una bendición pocas veces valoradas y cuyo bienestar tiene una relación directa con la funcionalidad de sus correspondientes extremos:  las manos; porque,además, en medio de todo, ¡descubrí que un viaje por los botones es una expedición desesperante!

Y es que solemos pensar que nuestras manos son entes independientes, casi como el sorprendente “dedos” de Los locos Adams.  Pero ¡qué va!, desde el lejano hombro, extraños mensajes se extendían a mi mano gritando ¡no, no puede! ¡alto, eso es demasiado! Yo luchaba contra un espacio exterior huraño e indomable.  Además, río adentro, la nostalgia.  Había llorado a mi antigua perra Nix por casi siete años, hasta que me sentí preparada para tener otro perro en la casa, y ahora regresaba sin él y con mis capacidades completamente disminuidas.  Supongo que me puse insoportable, pero estaba demasiado ocupada descifrando mi entorno, antes familiar y amigable:  me volví intraducible para la familia, y creo que algo de eso se me quedó para siempre.

Actitud.  Sí, se necesita actitud para sobrellevar los incidentes como este.  Me volví más limitada, y supongo que con ello, más humana.  Descubrí que era (soy) vulnerable.  Adiós tijeras, cuchillos y, casi, cucharas.  Pártame la carne, por favor.  Ayúdeme a vestirme, por favor.  Necesito peinarme, por favor.  Quiero acostarme, por favor.  Me gustaría maquillarme, por favor.  Se me cayó la prensa, por favor.  Hay que ir de compras, por favor.  Auxilio, tengo que secarme porque ya me “medio bañé”, por favor. Quiero vestirme, por favor. (¡Gracias a Dios existen las sandalias, por favor!).  En fin… aunque no todo fue tan mal.  En medio de todo, me volví física:  descubrí la ley de la gravedad, no solo porque me había caído, sino porque cada noche, al yacer en mi cama, un lejano llamado proveniente del centro de la tierra llamaba a mi hombro y lo hundía en un dolor profundo que echaba raíces oscuras:  dejé de dormir, de comer, de reir, de llorar, de escribir, de leer tranquila.  (La verdad, visto en retrospectiva, la tranquilidad para mí es una obsesión.)

Pero, como todo, se me abrió una nueva gama de posibilidades.  La vida seguía sin mis esfuerzos.  El mundo giraba sin mi impulso.  Qué bien, eso quería decir que me podía mantener al margen sin que el planeta se resquebrajara. Bien. Empecé a dormir, a comer, reir, llorar, escribir (gracias por las computadoras, Dios) a leer tranquila.  La dosis de dolor permanecía, entonces me acordé de que mi ámbito de dolor era más amplio de lo que siempre me había dicho a mí misma.  Me acordé de mi docilidad, de mi tendencia al reposo, de mis silencios, de mis cavilaciones, de que, en vez de correr, siempre amé caminar, y que caminar despaCIMG0953cio era una de mis características particulares.  Y empecé a recorrer el camino olvidado de la ciudad, sus calles, sus museos y su gente. Conseguí leerme, y entre eso, supe que era tiempo de amar otra vez a una mascota.  Y aquí está:  se llama Gala y llena un espacio amplio y tibio de mis días.

Hoy, no tengo que ver el calendario lunar para saber que ya es cuarto creciente.  Una llamada en mi hombro vuelve mi mirada hacia adentro, para encontrar que hay una hermosa luna creciente en mis huesos, dulcemente dolorosa.  Entonces, entro en comunión con el cosmos, conmigo misma y con otros.

DÍA DE LA PAZ: 21 DE SETIEMBRE

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Así ocurre que me encuentro con un Día de la Paz.   No sé si estoy predestinada a descubrir lo que ya ha sido descubierto, pero me tropecé con esta celebración como si fuera algo creado ayer, cuando en realidad se inició hace años.  Pero como no puedo pasar  -por más contradictorio que suene- un día en paz, o sea, sin inventar nada, me di por organizar algo especial para difundir esto de un Día de la Paz en mi colegio.  Y lo conseguí.  Resultó algo sencillo pero impresionante.  Una vez que tomé la iniciativa, aparecieron estudiantes involucrados con una organización que lleva las siglas de CISV, dispuCIMG1302estos a difundir, de manera clara y directa, aspectos muy relevantes sobre la guerra en Irak y en Afganistán que dejaron impactada a una población estudiantil bastante acostumbrada a NO VER nada que no les guste.  Con determinación, los compañeros explicaron en qué consistía el movimiento al que pertenecían, cómo se había iniciado y cómo había culminado la idea que tuvo Jeremy Guilley hace diez años.  Ellos tomaron la palabra, inflaron globos blancos y movieron a toda la población estudiantil para formar una flecha humana, apoyando el Human Arrow Project, direccionada hacia Lituania, país en donde se pretenden implantar leyes en contra de los Derechos Humanos.

Cantamos, en memoria de John Lennon, su hermosa canción Imagine.  Formamos una paloma de la paz con poemas sobre el tema y nos unimos al proyecto impulsado por la Universidad Nacional de Costa Rica “Un millón de firmas en contra de las armas nucleares”.  CIMG1309Un grupo de jugadores de futbol organizó un Torneo por la Paz.  Un muchacho de octavo año fue el director de ceremonias, leyó incluso uno de los mejores poemas escrito por un compañero de generación.  Hubo muchos comentarios ese día, hasta de aquellos que no suelen ser muy expresivos.

Analizando lo que pasó ese 21 de setiembre, veo que lo que se dio fue  una suma de buenas voluntades.  Mi iniciativa no cayó en terreno estéril, sino fértil.  Hubo gente dispuesta a actuar y todos salimos ganando.  Quién iba a decir que un día en el cual prácticamente no abrí la boca, en realidad iba a poner en práctica un precepto que una vez me llenó de gran emoción:  ser ese director de orquesta del que habla Benjamin Zander, el cual, al ritmo de las circunstancias, posibilita que el gran talento de otros salga a relucir.

Violencia en el aula

El iceberg de la violencia

Cada vez crece más la preocupación por la violencia entre los niños y los jóvenes. Tal vez, nadie mejor para testimoniar esto que los profesores, quienes son los  acompañantes por horas y horas de este sector de la población, a veces,  durante más tiempo que los mismos familiares.

Pero, echemos un ojo a los comportamientos habituales en clase o en los recreos:   “¿Necesitas un lápiz?”…  ¡allá te va!, y el proyectil es lanzado inmisericordemente al necesitado, quien, con gran alborozo, trata de atraparlo en el aire. “¿Quién me presta un borrador?”, grita uno desde la otra esquina del aula, “¡Yo!”, ¡y allá te va el otro proyectil, en medio de un estallido general de risas!  “¿Viste? ¡Ganamos el partido!”, y allá te va un buen golpe que hace perder el equilibrio al desafortunado ganador, que, sin pensarlo dos veces lo devuelve… ja,ja,ja, todos celebran los ires y venires de golpes y palabras soeces.  “¿Qué pasa aquí?”, ruge la voz del profesor. “¿Qué estás haciendo, Pedro, por qué estás empujando a Juan?” “No, profe, tranquila, si estamos celebrando el gane.” “Entonces, ¿por qué se están pegando?” “Es que somos muy amigos.” Poco antes, esa profesora u otro docente compañero suyo, ha preguntado en clase:  “¿Por qué le tiras el lápiz a tu compañera, (el borrador, el libro, el tajador) si se lo puedes dar en la mano?” “Tranquilo, profe, es que si me levanto usted me anota.” Risas del emisor y de los espectadores (menos del profesor). En otro momento por ahí, una muchachita le pide ayuda a un compañero, “No entiendo este ejemplo, ¿cómo se hace?”, “No sé, yo tampoco entiendo”, le contesta el  compañero, indiferente. “¡Explíqueme, no se haga el tonto, si veo que ya lo está terminando!”, le reclama la muchacha, quien ya le asestó un golpe en el brazo, el cual le hizo saltar al suelo el lapicero. “¿Qué le pasa? ¿Por qué me tira el lapicero?”, le dice el otro, quien a su vez no pierde la oportunidad de lanzarle una patada a la joven, con toda intención, mientras se agacha a juntar el lapicero. “No me patee.”, le reclama ella, con el ánimo encendido, e impulsivamente, le raya el cuaderno, haciéndole una gran marca al trabajo de él. “¡Eh, vea lo que le hizo a mi cuaderno!”, le dice mientras le arruga la práctica a su compañera y la lanza al suelo. “¿Qué están haciendo ustedes dos?”, interviene ya el profesor, “¿Por qué están jugando con la práctica?” “Es que ella me rayó el cuaderno, profe, vea.” Y le enseña el feo rayonazo. “Yo no fui.”, afirma la agresora, con una linda carita de ángel. “No peleen y sigan trabajando.  De otra manera, mañana no vamos a ver la película.” Todos saltan de sus asientos, “la película” se convierte en ese espacio mágico y maravilloso que suena a “no hacer nada”, el mismo que en la mente del profesor suena “¡Cómo les gusta esa técnica didáctica tan atractiva que es utilizar el cine para los objetivos del aula!” y le ayuda a olvidarse del pequeño incidente entre los muchachos.

La punta del iceberg se ha asomado.  Pero, como exploradores entusiastas, tratemos de averiguar qué hay más adentro, agachémonos de manera que nuestro oído pegue al suelo e intentemos escuchar de qué manera ese iceberg tan quieto e imponente, está vivo y tiene un lenguaje profundo, muy profundo.   Resulta que el profesor, o la profesora, (usemos el género gramatical que no intenta  rozar esas tan actuales  sensibilidades que nos obligan a complicarnos con las y los, ellos y ellas, etc.), alegremente, cual pastor con su rebaño, inicia la proyección de la película mientras sus polluelos se picotean unos a otros por alcanzar el mejor lugar (llámese suelo, silla, mesa, etc.) sin respeto alguno a las mínimas reglas de urbanidad.  En fin, volvamos a la película.  Se inicia:   es la vida un minero.  Las acciones transcurren lentamente, en un juego de claroscuros alucinante, la música (tétrica) invade el salón.  Los personajes, sucios y desarrapados, se mueven en la pantalla reflejando la tragedia de los mineros, absorbidos por la cruel mina y el desalmado capataz, quien los maltrata y no les paga el salario debido.  El profesor está que llora, desfallecido de ver (por enésima vez) aquella impresionante realidad.  ¡Ay, si la cámara enfocara el rincón de atrás, o el de la izquierda, o la segunda fila, donde los estudiantes, hartos algunos de que no se muera nadie y de que no hayan asesinado al capataz a punta de ametralladora, idean sus propias armas y se molestan unos a otros con toda clase de instrumentos punzantes como lápices o reglas, o, ingeniosamente, se han hecho de una hoja en donde dibujan al capataz panzón que yace muerto mientras uno de los mineros se le sienta encima. ¡Qué serie de risitas sofocadas se despiertan por todas partes, mientras el profesor, embebido en la escena donde la madre muere, ya no escucha más que sus pensamientos!  Otros, más sosegados, duermen sin que ya nada los despierte sino el timbre de cambio de lección.  Un par de sesiones dura la película.  Al terminar, el profesor empieza a lanzar preguntas sobre qué les pareció la película, si les gustó, qué les pareció la trama, la realidad terrible de los mineros explotados, etc.  A mí la película no me gustó, dice una chica atrevida. ¿Por qué?  Es que no entendí qué pasaba.  Yo tampoco. Ni yo. ¿Por qué el chiquito trabaja en la mina? La película era aburrida. ¿Por qué los mineros no hacían nada? ¡Yo hubiera explotado todo para que no hubiera mina! ¡Yo también! ¡Pum, plam, puf!  Los ruidos de las explosiones se extienden por el aula, a ver cual suena más fuerte mientras el profesor trata, en vano, de acallarlos. ¿Cómo que no pasa nada? ¿No vieron cómo aquella pobre madre se lanza al hueco desesperada? Y…. Pero profe, ¿por qué tenemos que ver películas tan feas? Profe, es que en esa película de verdad que no pasa nada, dígame una cosa, ¿el capataz al final se muere o no? ¿Por qué no llega el ejército, mata a los malos y salva a los mineros?, culmina brillantemente uno de los más callados.

Lo que pasa es que aquella película, seleccionada con cuidado por el docente, carece de violencia manifiesta, el ingrediente básico de la entretención, pues, al final de cuentas, ¿a quién se le ocurre, a los trece años de edad, que de una película se “aprenda algo”. Así, y por lo tanto, una película que “enseñe” (léase: evidencie, denuncie, muestre problemas sociales o económicos a manera de documental) es un bostezo.  Ya ningún joven quiere aburrirse con espectáculos aleccionadores, lo “mejor” son los filmes donde, todos contra todos, haya persecuciones, matanzas, explosiones, fuegos apocalípticos, carreras, vuelcos espectaculares, miles de balas desperdigadas sin ton ni son, algún histérico que requiera una buena bofetada para recobrar la cordura y, por supuesto, un héroe, un amor, un hijo que se salve, y alguna otra cursilería estereotipada que remueva fibras emocionales. ¡Qué horror!, grita el profesor, ustedes no entienden nada, dos horas gastamos viendo esta película y no entendieron ni pizca.  Es una barbaridad, carecen de sensibilidad, de sentimientos… no pueden entender lo que estaba pasando, algo tan terrible.  Lo que pasa es que ustedes viven en una burbuja, lejos de los verdaderos problemas, ustedes creen que la luna es de queso, ustedes…. ¿Ustedes?  ¿No estará el mismo profesor ejerciendo violencia sobre sus estudiantes agitado por una rabia celestial que lo induce a volcar su furia sobre los ahora asustados muchachos?

¿En dónde empieza y en dónde termina el círculo de la violencia?  Científicos asentados en la Antártida, estudian actualmente la dinámica de icebergs que son tan o más grandes que Europa.  Ellos se dedican a estudiar su comportamiento y, sabiéndose afianzados en un territorio que en realidad se está desplazando, apoyan su oído en el congelado suelo y escuchan, en medio de aquel terrible silencio que puede haber en el continente helado, el sonido que emana del centro de los icebergs.  Sonido que, escuchándolo, adquiere las dimensiones de una queja. Volvamos, entonces, a la escena en donde nos inclinábamos a escuchar esos sonidos del iceberg, el cual, con su inconmensurable masa, murmura, en una clave indescifrable, requiebros lastimeros, reclamos que evidencian nuestro necio empeño de seguir sordos a lo que pasa.  A negarnos a nosotros mismos que somos parte de esta trama que busca violentar a quienes, de otro modo, no conocerían la violencia.  Corre, ensúciate, resbala y cae.  Corrómpete, grita, grita tan alto que nadie sobrepase tus gritos, imponte sobre el resto, hazte sentir, aniquila, ridiculiza, no perdones, ábrete paso, empuja, destruye, no te detengas, no observes, no te deleites frente al silencio, haz ruido, ensordécete con la estridencia de música sin control, embelésate frente a lo grotesco, odia, repudia, alega, enriquécete con lo que puedas, arruina tu inocencia, mancíllala rápido, desecha cuanto puedas, contamina, olvida, sáciate de todo en el menor tiempo posible, no aguantes nada de nadie, si te casas, divórciate, si te divorcias vuélvete a casar, no tengas hijos, y si los tienes, que aprendan a defenderse rápidamente, que corran, se ensucien, se resbalen y caigan, que se corrompan, griten, que griten tan alto que sobrepasen tus gritos, que se impongan sobre ti, que se hagan sentir, que te aniquilen y te ridiculicen, que no te perdonen, que se abran paso, te empujen, te destruyan, que no se detengan, no te observen, no se deleiten frente a tu silencio, ya para entonces debido a tu vejez, que hagan ruido y te ensordezcan, que te muestren todo lo grotesco que han conseguido, que te odien y te repudien, ya para entonces habrán mancillado todo, te habrán desechado, no habrán tenido hijos, y si lo hicieron, que aprendan.

El iceberg, ese que siempre hemos creído mudo, habla, habla y sigue su ruta, se desplaza mar adentro, roto y desquebrajándose.  Ahí está, frente a nuestros ojos, se nos viene encima. ¿Cómo no podemos verlo?

Educar para el estrés

Con cuatro hijos a la cola, no me es muy difícil decir que tengo experiencia en cuanto a escuelas y colegios se refiere.  Por todos ellos he escuchado una frase que, aún hoy, se sigue repitiendo:  ya sus hijos están grandes y deben aprender a hacer las cosas solos.  Pero tal vez, la que más ha sentido (y resentido) frases como esta, es mi hija menor.  Ella se ha sentado conmigo a razonar de la siguiente manera:  cuando estaba en primer grado, nos decían que ya éramos grandes, que no éramos chiquitos de kindergarden, que teníamos que comportarnos.  Más adelante, en tercero o cuarto, nos decían lo grandes que estábamos ya.  No éramos los chiquitos de primer grado.  En sexto, éramos los mayores de la escuela, se esperaba de nosotros que no fuéramos como los de tercero.  En sétimo, ya estábamos en el colegio, no éramos los pequeñines de sexto grado:  habíamos dejado los años de escuela atrás para convertirnos en colegiales.  En segundo, no éramos ya los más pequeños del colegio, teníamos “experiencia”.  En noveno, ya casi salíamos del colegio, estábamos crecidos, éramos adolescentes que teníamos que comportarnos como grandes ya.  En décimo, bueno, en décimo son prácticamente universitarios, ya tienen que saber cuál carrera van a seguir, deben presentar exámenes y trabajos con calidad universitaria.  Los están preparando para LA VIDA ALLA AFUERA.  Debo decir que mi hija no ha llegado a undécimo, y con ello, terminado su secundaria, pero como profesora de ese nivel sé que los jóvenes del último nivel de secundaria YA ESTÁN en la universidad.  No se desperdicia un instante para hacérselos saber.

Finalmente, mi hija se ríe (por no llorar) preguntando-se y preguntando-me:  “¿Cuándo tuve la edad que tuve?, ¿cuándo fui pequeña o me dejaron ser pequeña, si siempre he sido la más grande?”  Y es que muchas veces los adultos sentimos miedo de que nuestros niños no crezcan, que se queden inmaduros, que no asuman la vida. Nos mortificamos pensando en que serán unos flojos, perezosos… que olvidarán cómo se crece.  Queremos entrenarlos, como decir, hacerlos fuertes para “lo que vendrá”.  Pero “lo que vendrá” puede ser y no ser… puede ser terrible, puede ser fabuloso, puede que llegue y puede que no llegue. Educar para el futuro es un trabajo loable, siempre y cuando no olvidemos el presente.

Queriendo educar, adiestramos.  Vamos favoreciendo adiestramientos “para poder hacer, hacer y… hacer”. Y ¡ay! de quien no haga. Debes hacerlo así, debes presentarte así, debes escribir así, debes pensar así, debes caminar así, contestar así, sentarte así, decidir así, marchar así, solo así vas a lograr las cosas.  Y en la categoría de cosas va todo: familia, casa, carro, club, éxito, fama… porque son cosas con mayúscula. No camines, corre. Vamos, anda, corre que te alcanzan.  No vaya a ser que te detengas a pensar un poquito, o que te extasíes ante un árbol, o que te preguntes por qué pasa esto o aquello, o que se te dificulte un tema, o quieras, por el contrario, ahondar una materia.  Anda, corre, ¿qué esperas?, la vida no se detiene a esperarte.  Mientras tú te quedas rezagado, mirando, analizando, disfrutando un instante, una cierta etapa, pues alguien te pasa por encima y no quieres eso, ¿verdad?, nadie lo quiere.

Quizás por esa y otras razones, educar se convierte en un estrés para todos.  Cumplir programas que no hay quién los cumpla totalmente, cumplir horarios que no alcanzan para los programas; aborrecer actividades que saquen a los estudiantes de clases que más bien faltan; dejar de lado momentos que piden reflexión porque “no hay tiempo”; mandar a consulta con Orientación a algún estudiante que se nos acerca con confianza, pensando que lo conocemos; evadir respuestas de preguntas incómodas porque están “fuera de tema”; buscar ansiosamente el aula de profesores en los recreos para “aislarse”, pasar inadvertidos pequeños incidentes porque no hay tiempo para eso ni me toca a mí; mandar proyectos a la casa que se convierten en verdaderas odiseas familiares, pero los cuales permiten cumplir con los ya mencionados programas que no hay quién los cumpla, para iniciar de nuevo el círculo del corre-corre.

Vivir estresados, enseñando a estresarse.  ¿En primer grado? ¡Olvídate, ya tendrás tiempo para jugar cuando te pensiones! Ahora, ¡a trabajar, que ya no estás en el jardín de infantes!

La belleza de los objetos

A menudo, en la búsqueda de sentidos profundos, de valores humanos, dejamos de lado los objetos, incluso se les llega a ver con desprecio. Cuando un alumno llora porque se le perdió un lápiz, lo primero que se le ocurre al maestro es regañarlo, ¿cómo llora por un lápiz? ¡un lápiz no vale nada!  Pero si después pierde el bulto, bueno, a ese sí debiera valorarlo.  ¿Cuéstión de tamaño?  Para un pequeñín que apenas se empieza a adentrar en el mundo de la economía, de donde se agarra para poder juzgar o sopesar el mayor o menor valor de uno o de otro objeto.  Otras veces, cuando algo ya no está tan “bonito”, tan “limpio”, tan “nuevo” (todas estas son apreciaciones personales), decidimos, de buenas a primeras, que hay que botarlo.  El valor emocional de tal objeto, sobre todo si no es nuestro, ya no interesa.  Olvidamos, así, de pronto, que aquello probablemente haya adquirido una connotación valorativa, la cual, muchas veces despreciamos.  ¡Luego nos quejamos de que, en un mundo materialista, botamos y desechamos millones de “cosas”!…¿Contradictorio, no?

Quizás no sea una de las relaciones más claras que haya encontrado, pero, observando cómo este fotógrafo cuya muestra adjunto, logra captar, en la inercia de la imagen, el poder de ciertos objetos, me puse a reflexionar sobre su belleza y su valor intrínseco, no solo como producto del intelecto humano, sino per se, el cual, sin duda, hemos olvidado.  Enseñamos muchas veces que las “cosas” no valen, y está bien, ¿pero hasta dónde es totalmente cierto?

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Afganistán: un país de hombres, hombres muertos y viudas

¿Quién ayuda en una cultura para que prácticas detestables se perpetúen, sino es la educación misma?  Afganistán es un país de hombres, en donde las mujeres “son” solamente si un hombre les otorga un lugar en la sociedad, una existencia, la cual, de otra manera, no poseen.  Y en un país así, conflictuado, invadido, dominado por extremismos, nacer mujer es una desgracia, pero lo cierto es que, de una mujer a otra, de ancestrales madres o, posiblemente, de actuales maestras, a la mujer se le instaura la resignación.  No digamos de ahora, momento al que podríamos llamar “después de” la invasión, sino desde muchísimo antes.

En el video adjunto se habla de que las mujeres quisieran recuperar la vida que tenían antes, pero la pregunta es ¿cuál vida? Es de suponer que se trata de una vida “normal” en la que el número de hombres muertos respondía únicamente a la tasa de mortalidad correspondiente.
Ir a la universidad, como se muestra ahí, ya implica disfrazarse. La astucia de una mujer la hace ocultar, con su atuendo, que vive en un refugio para viudas. Pero sigue siéndolo.  Cuando se gradúe y logre un puesto como maestra, ganará un pequeño salario.  Aspira a ganarlo para poder ¿qué?, ¿vivir independientemente?, según vemos, no. ¿Valerse por sí misma?, no. Por supuesto, será importante no verse obligada a mendigar, pero lo inconcebible será que, probablemente, desde su puesto como educadora, vaya a ayudar a perpetuar un sistema, no digamos anacrónico  sino inhumano (propio del s.XVIII se dice en el video, ¿en qué universo?, digo yo).

Las mujeres en occidente desconocemos un trato similar, por eso, un deseo tan simple como el que puede expresar una mujer afgana pone de manifiesto la extrema humillación en que ha vivido:  desea vivir como antes… y antes era tener una existencia otorgada por el tiempo que le durara un marido.  Veo la mujer madura que aparece en las imágenes y pareciera tener cierto nivel eductivo, pareciera más segura  Pero aún ella misma, ojalá sea por la naturaleza del reportaje, se nota casi anulada por verdades más grandes, las cuales apenas si describe.

Sigo sin entender exactamente cómo, dos millones de viudas, sometidas a la prostitución, a la mendicidad o al ultraje, no vislumbran un futuro distinto para sus hijas ¿siguen esperando que algún día termine la guerra, algún día se detenga la destrucción? y, si bien no regresarán a sus muertos, ¿esperan que algún día sus hijas tengan lo que ellas perdieron:  una vida “normal”, o sea,  encontrar un marido y continuar sometidas?

Me opongo a la supremacía de un sexo sobre su opuesto.  Hoy más que nunca, el mundo precisa de inteligencias, de creatividades, de conciencias, y, por lo que sé, ninguna de ellas llevan el sello de un género, ni mucho menos, un velo que oculte la expresividad que dan los ojos a un rostro humano.  Sin embargo, va ser trabajo de mujeres romper con tan terribles barreras impuestas por los hombres y perpetuado por otras que han vivido subyugadas. Y no creo que vaya a ser un movimiento pacífico.

Nos toca a nosotros desde aquí, educar para que nuestros descendientes tengan claro que, ninguna práctica que vaya en contra de  derechos legítimamente universales y humanos, puede ser legitimada por ninguna religión ni por ninguna cultura (por  ancestral que sea).Por tal razón, no podemos permitir que haya hoy alguien que ignore o permanezca indiferente ante lo que sucede en lugares como Afganistán, no vaya a ser que, en algún momento, se conviertan en víctimas de algo semejante.

LA MUJER SALVAJE

flamingo dic 07 1 053
He aquí que tuve acceso a una reflexión especialmente refrescante. Va para todas esas mujeres que están moviendo el mundo a través de su participación activa, sea ésta cual fuere. Desconozco quién la escribió.

LA MUJER SALVAJE

La creatividad cambia de forma. En determinado momento tiene una forma y al siguiente otra. Es como un espíritu deslumbrador que se nos aparece a todos, pero que no se puede describir, pues nadie se pone de acuerdo acerca de lo que ha visto en medio de aquel brillante resplandor. ¿Son el manejo de los pigmentos y los lienzos o los desconchados de la pintura y el papel de la pared unas pruebas de su existencia? ¿Qué tal el papel y la pluma, los macizos de flores que bordean la calzada del jardín o la construcción de una universidad? Sí, por su puesto. ¿Planchar bien un cuello de camisa, organizar una revolución? También. ¿Tocar amorosamente las hojas de una planta, concertar el <>, cerrar el telar, encontrar la propia voz, amar bien a alguien? También. ¿Cuidar el matrimonio como el vergel que efectivamente es, excavar en busca del oro de la psique, encontrar una palabra hermosa, confeccionar una cortina de color azul? Todo eso es fruto de la vida creativa. Todas estas cosas pertenecen a la Mujer Salvaje, al Río bajo el río que fluye incesantemente hacia nuestra vida. Algunos dicen que la vida creativa está en las ideas y otros dicen que está en las obras. En la mayoría de los casos da la impresión de encontrarse en un ser sencillo. No es la virtud, aunque eso está muy bien. Es el amor, es amar algo –tanto si es una persona como si es una palabra, una imagen, una idea, la tierra o la humanidad—hasta el extremo de que todo lo que se pueda hacer con lo sobrante sea una creación. No es cuestión de querer, no es un acto individual de voluntad; es simplemente algo que se tiene que hacer.

En la tradición arquetípica se tiene la idea de que si alguien prepara un lugar psíquico especial, el ser, la fuerza creativa, la fuente del alma se enterará, se abrirá camino hacia él y establecerá en él su morada. Tanto si esta fuerza es convocada por el bíblico <> como si lo es por una voz que, como en la película Field of Dreams en la que un campesino oye una voz que lo insta a construir un campo de béisbol para los espíritus de los jugadores difuntos, le dice: <>, el hecho de preparar un lugar adecuado propicia la venida de la gran fuerza creativa.

La creación de algo en un punto determinado del río alimenta a los que se acercan a él, a las criaturas que se encuentran corriente abajo y a las del fondo. La creatividad no es un movimiento solitario. En eso estriba su poder. Cualquier cosa que toque, quienquiera que la oiga, vea o perciba, lo sabe y se alimenta. Es por eso por lo que la contemplación de la palabra, la imagen o la idea creativa de otra persona nos llena y nos inspira en nuestra propia labor creativa. Un solo acto creativo tiene el poder de alimentar a todo un continente. Un acto creativo puede hacer que un torrente traspase la piedra.

Por esta razón, la capacidad creativa de una mujer es su cualidad más valiosa, pues se ve por fuera y la alimenta por dentro a todos los niveles: psíquico, espiritual, mental, emotivo y económico. La naturaleza salvaje derrama incesantes posibilidades, actúa a modo de canal del parto, confiere fuerza, apaga la sed, sacia nuestra hambre de la profunda vida salvaje. En una situación ideal, el río creativo no tiene ningún dique y ningún desvío y, sobre todo, no se utiliza indebidamente.

El río de la Mujer Salvaje nos alimenta y nos convierte en unos seres que son como ella: dadores de vida. Mientras nosotras creamos, este ser salvaje y misterioso nos crea a su vez y nos llena de amor. Somos llamadas a la vida de la misma manera que las criaturas lo son por el sol y el agua. Estamos tan vivas que damos vida a nuestra vez; estallamos, florecemos, nos dividimos y multiplicamos, fecundamos, incubamos, transmitimos, ofrecemos.

Está claro que la creatividad emana de algo que se levanta, rueda, avanza impetuosamente y se derrama en nosotras, no de algo que permanece inmóvil esperando –aunque sea de manera tortuosa e indirecta—que nosotras encontremos el camino que conduce hacia él. En este sentido jamas podemos <> nuestra creatividad. Esta siempre ahí, llenándonos o chocando con cualquier obstáculo que se interponga en su camino. Si no encuentra ninguna salida para llegar hasta nosotras, retrocede, hace acopio de energía y embiste con fuerza hasta que consigue abrir una brecha. La única manera de evitar su insistente energía consiste en levantar constantes barreras contra ella o dejar que la negligencia y el negativismo destructivo la envenenen.

Si buscamos con ansia la energía creativa; si tenemos problemas con el dominio de la fertilidad, la imaginación y la ideación; si tenemos dificultades para centrarnos en nuestra visión personal, actuar en consecuencia o llevarla a su cumplimiento, significa que algo ha fallado en la confluencia entre las fuentes y el afluente. A lo mejor, nuestras aguas creativas discurren a través de un ambiente contaminado en el que las formas de vida de la imaginación mueren antes de alcanzar la madurez. Con harta frecuencia, cuando una mujer se ve despojada de su vida creativa, todas estas circunstancias se encuentran en la raíz de la situación.

Puesto que la Mujer Salvaje se encuentra en el Río bajo el río, cuando fluye hacia nosotras, nosotras también fluimos. Si la abertura que va de ella a nosotras está bloqueada, nosotras también nos bloqueamos. Si sus corrientes están envenenadas por culpa de nuestros complejos negativos interiores, del ambiente o de las personas que nos rodean, los delicados procesos que configuran nuestras ideas también se contaminan. Y entonces somos como un río moribundo, lo cual no se puede pasar por alto, pues la perdida de una clara corriente creativa constituye una crisis psicológica y espiritual.

Cuando un río esta contaminado, todo empieza a morirse porque, tal como sabemos en la biología medioambiental, cada forma de vida depende de todas las demás. Nada ni nadie es independiente, se necesita de otros seres alrededor para poder vivir, por eso los peces no brincan fuera del agua, los pájaros no se zambullen y los lobos y otras criaturas que se acercan al río para refrescarse se van a otro sitio o se mueren por haber bebido agua corrompida o haber devorado una presa que a su vez se había alimentado con las moribundas plantas de la orilla.

Entonces nos sentimos enfermas y queremos salir adelante. Vagamos sin rumbo fingiendo que nos las podemos arreglar sin la lujuriante vida creativa o bien simulándola; pero no podemos y no debemos.

¿Cómo, me pregunto yo siendo mujer, se nos puede pasar la vida ignorando nuestra fortaleza indomable? ¿No nos revela esta reflexión todas esas connotaciones tan negativas con las que cargamos a la palabra “salvaje”? Pasando por un camino rural, vi cómo estaban construyendo una larga acera. La sorpresa era que la obra era dirigida por una mujer con delantal. Me bastó verla para sentir su fuerza, nacida posiblemente de su determinación por acabar, en un vecindario antes sin tránsito, con el hecho lamentable de que en Costa Rica no hay aceras en las áreas rurales. Seguía el camino y yo en él midiendo los metros y metros por los que se iba a tener que extender la acera, pero en mis adentros sonreí pensando “si una mujer está al mando, ojalá una mamá que trata de proteger a sus hijos, esta acera va a tener la extensión que deba tener.” Hoy, mi pensamiento dice: si una mujer salvaje decide hacer algo, lo hace.