El Día Mundial de la Poesía

Posted: marzo 22, 2012 in Uncategorized

Podría decir que, ese día, hice algo tan simple como leer a mis estudiantes la Oda a la poesía, de Pablo Neruda.  Pero nada que se relacione con la palabra de Neruda puede ser simple.  Me explicaré.  Los miércoles tengo menos clases, y, de camino al colegio, se me ocurrió que les iba a leer esa oda en clase.  No tenia relación directa con el tema que estamos estudiando, pero aún así, decidí tomar el riesgo.  Dos de mis seis grupos se llevaron ese gusto, cuando, antes de terminar la clase, les anuncié la lectura.  Era un grupo particularmente inquieto.  Quizás por eso me sorprendió el inusitado silencio que  se mezclaba con las palabras del poeta, las caras de asombro, que, por momentos y muy mal pensada, se me ocurrieron como de poca comprensión.  Como calculé mal  el tiempo, el timbre de final de clase sonó, pero nadie se movía, en cambio, permanecían escuchando.  Un grupo esperaba fuera, y al terminar, muy entusiastas me preguntaron si me podían traer un poema al día siguiente.  Un tanto escéptica les dije “Claro que sí.”, mientras los escuchaba saludando a los que entraban con un “Feliz Día de la Poesía”.  A este siguiente grupo también les leí el texto, y también les gustó, aunque no tuvieron la misma iniciativa del anterior.

Hoy, cuál no sería mi sorpresa que, antes de empezar las clases, con mucho ánimo, algunos estudiantes me anunciaron sus poemas.  Casi lo había olvidado, como un incidente pasajero.  Sin embargo, me trajeron sus trabajos, los leímos en clase e incluso se preocuparon por saber si yo “escribía poesía”.  Al contestar afirmativamente, me pidieron que leyera uno de mis poemas (claro que fue A Neruda) y hasta aplausos hubo.

Ahora tengo, prensados debajo de mi computadora, los poemas que escribieron.  Son un manojo de alegría que despavilaron mi capacidad de asombro, como cada vez que un estudiante se me ha acercado, a lo largo de mis años como profesora, y me ha preguntado si quiero leer lo que escribió.  Es el eterno camino de la poesía, esa, la que Neruda hizo panadera, la que transita irremediablemente por pupitres, pizarras y cuadernos, la que sacude, anima y embelesa.  Ella vino hasta mí escrita a lápiz, en papeles arrugados y tímidos a darme un beso en la mejilla y a decirme, de un dulce modo, que sigue viva. Yo le contesto, con vergüenza, gracias porque me hizo abrir un espacio inesperado y fuera de programa, como solo puede darse una poesía.

Esta entrada nace como respuesta al carnaval de blogs, propuesto en el blog Internet en el aula, red social docente para una educación del siglo XXI, cuyo tema es El futuro de la educación.

Imaginar cómo será la educación en diez o veinte años depende mucho de nuestra experiencia personal al respecto. Esto quiere decir que, si te encuentras en el primer mundo, la imaginarás de una manera, pero si estás en el tercer mundo, tendrás que poner los pies en la tierra de forma muy dura, como es el caso de cientos de colegas docentes latinoamericanos.

La cuestión educativa en países que van arrastrando problemas serios de acceso a libros e infraestructura aún en el siglo XXI, deberá tender a dar esas mínimas posibilidades a cientos de comunidades que, a duras penas, pueden contar con un maestro para alumnos de diversos grados. Si el salto se piensa dar del “no tener nada” a digitar una computadora, la cuestión no es así de fácil como suena. Las comunidades atrasadas tecnológicamente, lo están, por cierto, económica y socialmente. Esto va ligado a una incomprensión total de los avances que ya están altamente desarrollados en algunos puntos del planeta, y me refiero asuntos como la falta de apoyo en los hogares, al mal manejo del equipo que se pueda facilitar (ligado a la ignorancia de los cuidados que requiere un material electrónico) y también al saqueo del que son víctima fácil instalaciones educativas vulnerables que no cuentan ni siquiera con servicio de vigilancia.

Imaginar, por tanto, si seguiremos usando libros de texto, podría convertirse en “usaremos” libros de texto, probablemente, los desechados por otros usuarios estudiantiles del mundo. En ese sentido, no se puede hablar de una generalización de soportes digitales conectados pues, posiblemente, en muchos países latinoamericanos, los roles de estudiantes y docentes apenas si habrán variado.

No es mi deseo sonar pesimista. Personalmente trabajo con todos los adelantos y facilidades del mundo digital. Enseño a estudiantes de avanzada, que cuentan con toda clase de dispositivos electrónicos, al igual que yo. Ellos pertenecen a las clases privilegiadas del país, y yo a los profesores privilegiados también. Es solo que esto no me vuelve ciega de los problemas con los que deben luchar, día a día, miles de niños y adolescentes del tercer mundo, nativos de tierras olvidadas, donde no hay luz ni medios de transportes adecuados que los ayuden a llegar, tan siquiera, a unas instituciones educativas tristemente olvidadas. Hablo de los docentes que no han contado nunca con una pizarra blanca, y siguen luchando con la tiza, la cual deben ahorrar.

Sin duda alguna, el futuro de la educación deberá ser inclusivo, y va a depender de lo que hagamos hoy, pues de la formación actual dependerá lo que piensen y decidan estos educandos, ya que para entonces serán ellos los que estén trazando la dirección del mundo.

Mi aporte a este carnaval de blogs se enfoca no en imaginarnos cómo será la posición de las aulas en el futuro, sino en que, en ese futuro, se logre posicionar a la mayor cantidad de población dentro del mapa del acceso a la educación, minimizando las diferencias abismales de la actualidad, donde existen miles de niños cuya única preocupación es tener qué comer o madres iletradas a quienes, sumidas en la extrema pobreza, solo les interesa saber si sus hijos estarán vivos mañana.

En el tanto enseñemos a nuestros estudiantes a pensar, a ser críticos, a ser proactivos con respecto a sus congéneres menos privilegiados, los ayudemos a cambiar sus patrones de consumo reconociendo la fragilidad de los ecosistemas mundiales, les abramos los ojos con respecto al consumo responsable, buscando aquellos productos que no sean el resultado de trabajo infantil esclavo, por ejemplo, estaremos entonces trazando una senda profunda y fecunda hacia la distribución sana y auténtica del conocimiento. Sí, grandioso, que se haga utilizando todas las herramientas digitales actuales, pero más grandioso aún cobijando al mayor número de seres humanos bajo la consigna de un mundo más justo, sano y provechoso para todos.

El reto de los profesores de lengua

Contra el fin del mundo

Como filóloga, una de las iniciales experiencias que tuve a la hora de corregir aquellos primeros artículos y tesis, consistió en enfrentar a sus autores, quienes la mayoría de las veces no comprendían el por qué de mis correcciones. Ellos se mostraban disgustados, y hasta ofendidos, de que sus escritos no estuvieran perfectos. De hecho, algunas veces pensé que me pagaban por escuchar tal cosa. Esto ocurre porque, por regla general, quien ya culmina un largo proceso académico, está plenamente convencido de su dominio de la lengua. Lo que no comprende la mayoría de las personas es que eso equivale a que yo, por corregir tesis de química, ingeniería civil o fisioterapia, creyera ser ya un profesional en esas áreas.

La cuestión es que, por hablar español y al servirle nuestra lengua como instrumento diario para establecer nexos de todo tipo, el hablante se ve a sí mismo, como un maestro. ¿Para qué estudiar la materia de español por once años si yo ya sé hablarlo desde que tenía uno?

Empecé mi carrera docente siendo profesora de español como segunda lengua, y en ese campo, con estudiantes japoneses, ingleses, alemanes o koreanos, hasta ese momento, pude contemplar, gracias a la perspectiva que tenían esos mismos estudiantes, la grandeza de nuestra lengua. A partir de ese momento, establecí nexos afectivos con su hermosa y riquísima capacidad expresiva, y, con esa impronta, -que no se adquiere en la facultad – pasé a la segunda fase de mi experiencia profesional: convertirme en profesora de español en secundaria.

He andado ya mucho por este camino, y entiendo que mi pasión por nuestro idioma me ha convertido en una profunda estudiosa de la amplia gama de posibilidades que existen para enseñarla. Es quizá esa pasión y ese amor, los que me mueven hoy a escribir.

Debo aclarar, en primera instancia, que mis años de experiencia en la enseñanza, han sido en la educación privada de mi país y por tal razón, mi preocupación nace a raíz del privilegio que se le otorga en ella al dominio de la lengua inglesa, cuya injerencia en nuestra vida diaria es absolutamente innegable.

Hoy veo en aquellas lejanas experiencias, los primeros pasos que me ayudarían para enfrentar luego, como profesora, a mis futuros estudiantes. En primer lugar, y también como madre de niños que estudiaron en escuelas privadas, puedo referirme a los libros de preescolar y a las teachers, ambos maravillosos. Por medio de ellos, el estudiante entra en contacto con las primeras letras, las cuales formarán palabras en inglés (gloria para los padres). También las primeras lecturas serán en inglés. Ni qué decir de las exposiciones, de los carteles en clase, de las propias clases, donde solamente se hablará en inglés. Le siguen a esto los libros de Spelling, Mathematics y Science, todo, hasta tercer grado, será en inglés. Tanto, que cuando se les empieza a dar dichas materias en español, el niño tiene que hacer todo un esfuerzo mental, muy aunténtico, para asimilar los “primeros” contenidos en nuestra lengua. El énfasis en esos primeros años se hará con el objetivo de que el estudiante logre leer, escribir y expresarse oralmente en inglés. Y la sociedad se confabula en hacerle los honores a tal situación, todos nos ufanamos del dominio que alcanzan nuestros hijos en esa lengua extranjera, y casi que nos enojamos con los profesores de español y sus mensajes sobre las faltas de ortografía, llegando incluso a renegar, con pleno convencimiento, de la enemiga número uno de los dictado: la tilde, la cual se cree (por ignorancia) que ya, en este siglo, debiera haber desaparecido.

Una vez en el colegio, los talent shows, los family days, los foros, las discusiones, todo, es en inglés. Los profesores de dicha lengua, campean por las aulas, los pasillos y la sala de profesores, hablando en esa lengua y con ello dejando pensar que dejan a un lado a los colegas “salados” que no les entiendan. Si hay profesores extranjeros, rápidamente comprenderán que no les es necesario aprender ni una palabra en español (lo cual les serviría para interactuar con los profesores de Estudios Sociales , Matemáticas o Español) pues les es suficiente moverse dentro del círculo de los angloparlantes. La categorización está hecha: el inglés gana y el español pierde. Los chicos sacan de la biblioteca libros en inglés, piden los últimos títulos de las publicaciones norteamericanas o inglesas. Se llega incluso a exigir que en los recreos, entre ellos, se hablen en inglés. A los profesores de Literature, Grammar o Drama, también se les prohibe hablarles en español. Carteles, anuncios, comunicados, son en inglés. Algunos estudiantes osados, incluso lanzan sus frases o expresiones en dicho idioma en medio de las clases que son en español, dando por sentado que el profesor de dicha materia no va a entender. El dominio del inglés es motivo de alarde, de orgullo, y si no lo hablas, sos un completo “perdedor”.

Sin embargo, desde mi experiencia, puedo asegurar que estas personitas no son más que víctimas del sistema. Como antes dije, creen y pretenden que, con ser hablantes del español (cosa que está por verse) ya no precisan de mayor adiestramiento. Si a eso sumamos la vox populi (incluyendo manejada por padres y por muchos maestros) de que la obra cumbre de nuestra literatura, don Quijote de la Mancha, es el libro más aburridoooooooooo, absurdoooooooo e inoperanteeeeeeeee jamás escrito, creo que ya tenemos más o menos armado el panorama para que a pocos les interese estudiar nuestra lengua y saber algo sobre nuestra literatura y sus orígenes. Como decir, para los estudiantes de instituciones bilingües, TODO pasa en inglés: los últimos libros, las últimas series, las últimas películas, las últimas canciones, las últimas investigaciones, las últimas teorías, TODO está en inglés. Para ellos, se asocia al español, por decir algo,con las telenovelas mexicanas (sin comentarios). En el cine, con películas, cuanto más, de Almodovar , pues los jóvenes no conocen NADA sobre el cine latinoamericano (y, de paso, en ese medio no se te ocurra ni por asomo ir a ver una película doblada, POR FAVOR, es la máxima polada). Libros en español… pueden citar, digamos, ¿la colección de títulos de Paulo Coelho? (pues ignoran que son traducidos).

Ese es, en pocas palabras, el marco dentro del cual yo me he propuesto enseñar a pensar… en español. Con este objetivo, a lo largo de mis años de enseñanza, he intentado, para empezar, algunos ejercicios de traducción con mis estudiantes, y no han sido precisamente un éxito. Evidencian la debilidad en el vocabulario, la dificultad de construir enunciados coherentes y el escaso manejo de los diferentes tipos de cláusulas nuestro idioma. Eso sin hablar de la deficiencia en el uso de los tiempos verbales, las preposiciones, la puntuación y la ortografía. Los muchachos no son nada ciegos, en poco tiempo se dan cuenta de que el español no es fácil y de que les falta camino por andar. Planteo mis propias argumentaciones, y les explico que mi objetivo es enseñarles a pensar, y que, para hacerlo, debemos manejar vocabulario de alto nivel, para lo que me he visto en la necesidad de rescatar la importancia de conocer y manejar principios de retórica. Esta ciencia ligada a la producción del discurso oral por estar enfocado a un auditorio específico, requiere sin embargo el manejo de diferentes métodos de escritura, así como también enfoca las cualidades del orador y su arte en ingenium, ludicium y consilium. Se le enseña al estudiante, por tanto, a pensarse a sí mismo como generador de un discurso, y con ello, a tomar en cuenta a un receptor y la necesidad que tiene este de que se le plantee una alocución coherente. Pero no termina ahí, además, he comprendido la necesidad de estudiar con mis alumnos principios de lógica, los diferentes tipos de falacias (para usarlas y para descifrarlas), la construcción de analogías (y la deconstrucción del sentido que encierran), hasta llegar a los tipos de argumentación, sin dejar de lado el estudio de algunos principios filosóficos ligados al relativismo, el objetivismo, la actitud racional y la mítica, la paradoja y el absurdo, los cuales deben aprender a reconocer, no solo en la convivencia diaria, sino en muchas de las informaciones y actitudes del contexto cultural.

En este sentido, resulta evidente la necesidad de poner en práctica técnicas como la del debate, la cual ayuda a adiestrarlos en la defensa y el ataque de las diferentes argumentaciones, para lo cual he llevado a cabo otras actividades como las de juicios públicos, donde se han decidido posturas sobre temas como la eutanasia o el poder de un libro en la vida de las personas. Esto ha obligado a los estudiantes, no solo a construir sus argumentaciones, sino a organizarse en la búsqueda de “testigos” apropiados o de expertos que les ayuden a sustentar sus propuestas, así como a colaborar con sus compañeros en el respeto a los diferentes papeles que se cumplan dentro de la clase, convertida para entonces en sala de juicio. Se logra, por ende, que el estudiante estructure su pensamiento mediante la elaboración de ideas que lo ayuden a defender su posición con respecto al tema, no solo de manera teórica o planificada, sino también intuitiva y rápida, tal y como se requiere en una situación similar en la vida real.

Como se puede ver en la breve descripción anterior, enseñar a pensar es un proceso meticuloso que se debe planear con tiempo, con una gran apertura de pensamiento y con una dosis importante de rigurosidad. Si se hace de ese modo, los resultados llegan a ser asombrosos, pues si un estudiante maneja las competencias comunicativas de su lengua materna será capaz de producir un pensamiento claro y estructurado y por lo tanto, estará muchísimo mejor capacitado para desenvolverse en otro idioma. Primero debe estar la excelencia en el desempeño lingüístico en su lengua, y después todo lo demás.

Debo añadir la necesidad de dedicar tiempo al estudio de la literatura de manera paralela a lo anterior. Es de suma importancia iniciar el análisis formal del texto, lograr delimitar sus componentes; reconocer la presencia de arquetipos, así como discutir los estereotipos retratados en una obra, comprendiendo a la literatura como un producto social. Tengo que reconocer la innegable necesidad en que me he visto de dar un recorrido por la literatura griega, lo cual he hecho desde Homero (leyendo la Ilíada) hasta la Comedia Nueva, para llegar a la literatura romana, alcanzar la Edad Media, y llegar al Renacimiento español, con la lectura completa del Quijote, lectura que propuse como una reconstrucción de su texto mediante la escritura de un diario. Esta actividad la han llevado a cabo mis estudiantes escribiendo desde la perspectiva del protagonista, o de algún otro de los personajes, ya sea en un blog , o utilizando la plataforma de edu.glogster.com. Con ello, he conseguido que los muchachos, no solo asimilen el texto, sino que lo transformen en una experiencia de vida, y construyan una nueva realidad, desarrollando así su capacidad creativa y, con ello, su pensamiento. Como práctica textual, este ejercicio ha sido valioso, sin embargo, no he olvidado la escritura del texto formal, al cual he llamado texto académico. Con ello, les he reforzado la necesidad de evitar el plagio, de construir citas, de manejar un sistema de referencias bibliográficos como el APA (American Psychological Association), así como de conocer los componentes del registro escrito y las operaciones lógicas involucradas en su psicología.

No voy a obviar el hecho de que nos hemos dejado llevar, innegablemente, por la fuerza de la expresión poética, no solo mediante el estudio de los tropos con sus hipérboles, metonimias, ironías y metáforas, sino con la construcción y discusión de posibles sentidos mediante el análisis de las propuestas del yo lírico. La poesía, para muchos, ha dejado de ser algo innecesario, enredado y difícil, para convertirse en una forma viva de expresión. En este proceso, también he abierto un espacio donde ha tenido su lugar el estudio del lenguaje publicitario, descifrando todo aquello de lo que se nos quiere convencer, y como resultado hemos llegado a producir, por ejemplo, nuestra propia campaña publicitaria en contra de las atemorizantes teorías del fin del mundo, tan de moda últimamente.

Hay muchas sendas que cruzar, y me resulta difícil reconstruir paso a paso lo que hago en mis clases. Les he enseñado a mis alumnos, por ejemplo, la necesidad de respetar las variantes lingüísticas del español en los diferentes países, así como he tratado de que comprendan la razón de ser de los sociolectos y de que reconozcan y valoren la existencia de los diferentes dialectos en nuestro país. Por otra parte, también, he conseguido que entiendan que no hay palabras buenas ni malas, sino contextos dónde se utilizan, o no, determinados términos; cuestión ligada al dominio pragmático-discursivo de la lengua. En el rango del estudio del origen de nuestro idioma, el sustrato ocupado por el latín toma un rango importantísimo en mi propuesta, razón por la cual les enseño a manejar un promedio de 35 latinismos y quince frases latinas de uso común, en el entendido de que dichos usos permanecen vivos en el habla culta, norma que ellos deben dominar. Por supuesto que hemos discutido, también, de manera general, las recientes propuestas de la Real Academia Española de la Lengua en el ámbito gramatical y ortográfico, reconociendo el hecho de que ha habido algunos pocos cambios, pero que la mayor parte de los planteamientos conocidos hasta hoy, prevalecen todavía. Creo que mis estudiantes tienen claro el hecho de que la lengua es algo vivo, cambiante, pero a la vez, estructurado.

Para mí, enseñar español, es, como se puede observar, la más titánica y enbelesante de las labores, sobre todo si se entiende que debe estar íntimamente relacionada con enseñar a pensar. Enseñar a pensar es capacitar al individuo joven en el desarrollo y el desempeño eficaz de sus competencias lingüísticas, hecho que no puede darse si no existe y se construye un amor y una lealtad total hacia la gran estatura de la lengua materna, la cual tienen muy clara, por ejemplo, los alemanes, con Goethe; los ingleses con Shakespeare: los italianos con Dante o los franceses con Montagne, pero que en nuestro pequeño país pareciera irse cada vez más relegando a un muy mal desprotegido lugar, con nuestro Cervantes y su vilipendiado Quijote, a quien se le categoriza con el lugar común de loco, sin comprender toda la riqueza que encierra su propuesta de transgredir lo establecido, negándose, como se negó, a morir disminuido por la superstructura social que deseaba verlo desaparecer sin darle problemas a nadie. Enseñar a pensar es eso, posibilitar la existencia de seres dispuestos a dar la lucha y a enfrentar el mundo de una manera diferente, en su idioma y a viva voz.

Declaratoria de duelo y de reflexión nacional

Qué triste sombra se tendió sobre un colegio costarricense, y, por ende, de todo nuestro país,  con la muerte de cinco de sus estudiantes.  A raiz de esto, surgen muchas preguntas, muchas reacciones, dudas, resquemores.  Todos culpan al conductor, otros distribuyen responsabilidades, pero pocos, lastimosamente, se ven en el espejo.

Algo, sin duda, ha causado esta tragedia, y no es la eventualidad de un simple accidente.  Los adolescentes son adolescentes, ellos, sin duda, no son capaces de prevenir el peligro que se cierne en medio de una carretera sin tránsito aparente.  Un adulto tal vez les haya dicho “no se paren en media calle”.   Pero no podía, como a chiquitos de kinder, decirles “pasen para adentro ya”.  ¿Cómo intervenir en las serenatas de quinto año?, ¿cómo hacer para mantener una actitud vigilante sin privar a los jóvenes de sus actividades?  La verdad, nada es suficiente en el estado de indefección total que estamos viviendo,

A pocos o ningún muchacho de diecisiete (y menos de dieciocho) le gusta ni tan siquiera “considerar” que padres de familia se hagan presentes en la serenata.  Y lo cierto es que una mínima, una ínfima parte de los padres está dispuesto a asistir.  Tampoco ningún colegio, que yo sepa, legitima la actividad, y, el resultado final de esta mezcla de ingredientes, es que la gran mayoría de las serenatas se da sin supervisión alguna.  Para colmo, no bastando con una, hasta han llegado a ser dos, una de mujeres a hombres, y otra, de hombres  a mujeres.  En esta nueva moda, los colegios privados las han convertido en “fiestas temáticas”, donde se mandan a hacer ropa especial o camisetas alusivas.  Sin embargo, conozco de padres dispuestos a asumir el reto de ir a estos festejos.  Son padres y madres que pasan mala noche, posiblemente, pero que lo hacen con gusto, con tal de velar por los hijos propios y por los ajenos.

Y así ocurre también en muchas fiestas, en las cuales los padres, en vez de hacerse los tontos o “escaparse” un rato, permanecen en sus casas para que se mantengan los límites. No les basta con un “se porta bien”, pues esa frase en oídos de la mayoría de los adolescentes, no tiene ningún significado.  Son personas serias, valientes que asumen el “riesgo” (para muchísimos lo es) de ser llamados polos, anticuados o abuelos. La pregunta es:  ¿pueden evitar una eventual tragedia?  Tristemente, eso no es posible, porque no es en la fiesta o en la serenata en donde radica el mal, es mucho más allá, es en una superestructura que va más allá del individuo.

En este caso particular, el culpable fue un guarda carcelario, es decir, alguien que vigila la seguridad en un centro penintenciario, el mismo que, fuera de su trabajo,  sale y atropella a nueve jóvenes, matando a cinco, y escapa.   ¿Qué siniestra paradoja encierra esto? ¿Será un caso de desdoblamiento de la personalidad? ¿Será que este individuo, que calificó momentos después ante su esposa este quíntuple homicidio como “una torta”, realmente considera lo que hizo dentro de la categoría que tendría quebrar una vajilla? ¿Tendrá que ver algo ese término tan ilegítimamente utillizado hoy llamado “libertad”? Lo digo y reflexiono sobre esto porque en nombre de una supuesta libertad se están cometiendo grandes faltas.  Hoy, como se nos repite constantemente en todos los medios, somos libres de elegir, libres de movernos, libres de ataduras, llámense estas  ”trabajo”, “estudio”, “padres” o “compromisos” en general.  Como profesora que soy, les he preguntado a mis estudiantes: ” ¿Cada uno de ustedes necesita un policía para hacer lo debido?”  Ellos, cuando ya me conocen, saben que yo no  estoy dispuesta a serlo, pues mi propuesta consiste en que cada uno se vigile a sí mismo. Es algo que no repito más de una vez a cada generación.  Pero, en la vida cotidiana, ese “vigilarse a sí mismo”,¿lo hacemos?, es decir, hablando en términos educativos, ¿se nos guía para hacerlo desde pequeños para llegar a convertirnos en adultos responsables o se nos muestra un catálogo de reglas cuyo incumplimiento nos hace, simplemente, temer las consecuencias?

Si bien es cierto, vivimos rodeados de reglas (listados de reglas), reglamentaciones, leyes y legislaciones, tambien es verdad que cada vez con mayor frecuencia, en nuestro país se considera como “el más listo” quien decifre, decodifique o como se llame, un “vacío” que permita darle vuelta a lo regulado, reglamentado o legislado y, de ese modo, permitirse el lujo de virlarlo.  Estatal o institucionalmente, todo parece estar consolidado sobre la base de lineamientos más o menos específicos, pero también parece que cada persona buscara la oportunidad de no pagar lo que debe, de no cumplir susdeberes, de defraudar el fisco, de declararse enfermo cuando se está sano, de tomar lo que no es suyo, de ganar a costa de otro, de crear nuesvas ideas, diseños y hasta edificios fumando la famosa hierba, de engañar al confiado, de conseguir testigos falsos, de vender lo que no le pertenece, y de ahí, a los mal llamados males “menores” como no detenerse ante los altos, los semáforos o las personas, no ceder el lugar a los motociclistas, no disminuir la velocidad cuando el accidente es inminente, y pensar que no estamos ebrios cuando en realidad sí lo estamos, y debido a eso corremos el riesgo de cometer cualquier tipo de atrocidad.  ¿Entonces? ¿Es eso libertad? ¿Es libertad escoger el atajo para ganar? ¿Es libertad apoderarse de lo ajeno, engañar, confundir, y todo lo demás mientras “no me atrapen”? ¿Somos libres porque somos diestros en “pedir perdón” en vez de “pedir permiso”?

Suponemos que todo padre de familia desea ver crecer a sus hijos en un ambiente sano y seguro,  anhela que su bebé se convierta en un adulto responsable.  Sin embargo, pareciera, por los hechos, que cada vez hay más provocando lo contrario, pues de otro modo este sería un mundo perfecto.  Pero, aunque todo apunte a lo contrario, no es tarde para enmendarnos.  Cada cual puede, si lo desea, iniciar su propia campaña, sin esperar que se dé (gracias a la iniciativa de otro) un movimiento nacional mágico  que nos lleve a convertirnos en lo que soñamos.  A mí, de momento, me parece necesario, en primer lugar, no dejar una actitud vigilante de parte de quienes deseen tomar cartas en el asunto y continuemos, o comencemos, a poner límites a las actividades potencialmente peligrosas de nuestros adolescentes.  Cambiemos en nosotros lo necesario en nuestra propia vida predicando con el ejemplo.  Coloquemos las piezas sueltas en su lugar, ojalá, un lugar estratégico.  Redoblemos los cuidados, retomemos las discusiones familiares sobre asuntos serios, convoquemos nuestro sentido común fortaleciendo lazos de afecto.

En momentos como estos, no abramos paso al miedo irracional, sino por el contrario, continuemos o empecemos a enfrentar la vida con enérgica valentía, sin evadir responsabilidades que nos atañen a cada uno de nosotros y no a entes fantasmas, los cuales, de todos modos, probablemente requieran de muchísimo tiempo para que tengan efecto, pues esta terrible pérdida de cinco jóvenes prospectos nos ocurrió a todos, y debemos reaccionar cuerda y racionalmente, pero sobre todo, sin dilación.  Cada cual en su casa, enseñe lo que se requiere, pues estamos viviendo momentos en los que los vigilantes de lo nuestro somos nosotros mismos, y eso deben aprenderlo los muchachos aceptando los cuidados de los adultos responsables y, si es necesario imponerles la autoridad de los padres, hacerlo, porque el peligro está en todos lados.

Facundo Cabral no ha muerto

Posted: julio 10, 2011 in Uncategorized

Guatemala decretó tres días de duelo nacional por el asesinato de Facundo Cabral en su suelo, perpetrado por vándalos sin nombre ni apellido.  Tres días que bien podrían ser decretados de duelo por esa patria adolorida, esa que ha visto morir a tantos y tantos, esa vestida de luto por un hermano argentino que le vino a susurrar al oído palabras de amor, de paz, de aliento, y a la que contestó con una lluvia de balas.  Guatemala es una hermana enferma, como lo es México, como se esconde en El Salvador, como se disimula en Nicaragua, y como se oculta bajo una gruesa capa de maquillaje en Costa Rica.  Y eso sin nombrar ni una sola patria suramericana, que ya merece cada cual una página en el libro de la violencia, porque detrás de Cabral hay una lista gruesa de nombres de personas de paz, de esos que no aguanta el mundo, muerta y silenciada.

Si de la cuna a la tumba es una escuela, qué clase de graduación estamos teniendo en estos países desgraciados sin derrotero.  Cuánto hombre y mujer violento, violentado, anda y se cruza, un día de tantos, con cualquiera y ¡pum! la bala, la azarosa bala, la que te acaba, te cierra el libro de un manotazo y mete su mano pútrida en la desventura de cualquier familia.

Facundo se llamaba a sí mismo un milagro.  Y ahora que lo pienso, es verdad.  Un milagro andar cantando esa gloria a la vida, esa filosófica presencia del amor, ese salir de lo que tantos llaman “nada” y, con una guitarra, pintar de nuevo el mundo.    Yo no sé qué le diría, en un mágico momento, a quienes lo aniquilaron, tal vez, en un acto propio de él, le habría lanzado una de sus frases En la tranquilidad hay salud, como plenitud, dentro de uno. Perdónate, acéptate, reconócete y ámate. Recuerda que tienes que vivir contigo mismo por la eternidad.  Le toca ahora a Guatemala bajar la cara con vergüenza ante este acto vil con sello guatemalteco, pero le toca al asesino vivir consigo mismo por la eternidad.

Claro que Facundo no ha muerto, porque jamás iba a morir en la memoria colectiva esa voz de hermano grande, de hermano sabio y alegre, que viajó liviano cabalgando las notas de su guitarra.  Si toda la vida está, como él decía, en un instante, qué triste ese segundo donde se confabuló la historia para llevárselo.  Y sin embargo, anduvo la tierra como quiso, nació, ganó, bajó, subió; ahora ha muerto, y si la historia es tan simple, ¿por qué nos estamos preocupando? Quizás porque nos toca seguir viviendo y no hemos aprendido la simple lección de las almas grandes como la de Facundo: Culpar a los demás es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella. Y aunque nos duela, este ritmo de vida, esta insaciable conducción sin restricciones, esa sed de tener, de desechar, de volver a consumir, de alienar, de sentirse más, de olvidar quiénes somos, es un arma peligrosa abandonada en las manos de un ser cualquiera para que dispare a quien le ponga la puntería.

Decir que su muerte fue un error, suena poco menos que  increíble, no es leal a la memoria de Cabral, porque bien se pudieron esperar a que la supuesta verdadera víctima estuviera sola.  No, todo fue bien pensado por esas pobres almas muertas que andan sembrando la mala semilla para estrangular el mundo.  Pobres, pues ellas son las verdaderas víctimas de esta calamitosa convulsión agónica en la que nos encontramos sumidos.

Estas, por última vez, en dondequiera

Don Enrique en la presentación de la Nueva Ortografía de la Lengua Española

Leo, con hondo pesar, que don Enrique ha muerto. Porque era conocido así de simple en la Facultad de Letras de Universidad de Costa Rica: don Enrique.  Fue mi maestro en el área de lingüística, algunas veces con aquel horario temible de las siete de la mañana.  Con esa voz profunda, de mar calmo pero lleno de toda clase de posibilidades, descubrí el mundo fascinante, no solo de la lingüistica, sino de la semántica, la semiótica, las lenguas aborígenes costarricenses y otras muchas que él dominaba con su característica serenidad.

Siempre de prisa, parecía que don Enrique no te conocía.  Error.  Él sabía quién eras, qué curso llevabas, todo.  Con los años, por supuesto, se convirtió indudablemente en la figura del viejo sabio, pero ¿no es que siempre lo fue?  Serio, riguroso, simpático; tan pronto te recitaba el sistema fonológico  del suajili (sin omitir su origen histórico), como te hacía una broma, la cual celebraba con una risa que resonaba por todo el edificio de Letras.  Eso sí, andaba siempre de prisa, como si quisiera estar en todas partes, de ahí mi frase introductoria, extraída de algún lugar de mis múltiples lecturas y dedicada a él con inmenso respeto y cariño:  estas por última vez en dondequiera.  Así lo siento, así lo veo, caminando ágilmente, desapareciendo en momentos en los que pudiera figurar o apareciendo cuando más lo necesitabas.

A don Enrique Margery le debo mi permanencia en la Facultad de Letras precisamente porque él sabía quién era yo y supo leer en mi cara, un día, la tribulación particular que me estaba haciendo dimitir de la carrera.  Por eso se acercó después de la clase, esa vez era un curso vespertino.  Recuerdo que cogí mis cosas para salir, dispuesta a no volver a la universidad, y, en ese instante me llamó y me preguntó, con esa voz que podía abarcarlo todo, con ese gesto paternal que jamás olvidaré:  ”¿Qué te pasa?”  Con un tanto de resistencia de mi parte, supo detener su cotidiano apresuramiento y se quedó en medio del pasillo a escuchar mi pequeña tragedia personal.  Después de haber perdido a mi mamá, años atrás, acababa de perder a mi padre de un infarto.  Me sentía, a pesar de no ser una jovencita, perdida en medio de una horfandad que me privaba de todas las respuestas que, ahora,  nunca iba a tener.  Casada, con hijos pequeños, con un deseo de estudiar que en realidad era una batalla contra todos y contra todo, me sentía derrotada. Las cosas perdían sentido para mí.  No podía seguir con mis cursos, al borde de los exámenes, con ese duelo y tantos detalles que finiquitar.  Pero don Enrique me detuvo y me dio esa órden que yo necesitaba:  ”No, mija, usted tiene que seguir.  La vida sigue y usted no puede salirse ahora, con todo lo que ha ganado.  Tiene que seguir, porque si se sale ahora, se va a arrepentir toda su vida.”  Y así fue.  Mientras un maremagnum de certezas tiraba de mí hacia el abandono académico, una sola frase, con todo el peso de un maestro, me retuvo, pudo más que mil tormentas.

Claro que recordamos las enseñanzas de nuestros grandes maestros, el conocimiento que nos legaron como estudiantes y como ciudadanos del mundo, pero yo recuerdo a don Enrique por una sola frase que me acompaña cada día cuando deseo tirarlo todo por la ventana:  tengo que seguir.

Hoy, utilizar los recursos en red es relativamente fácil, es cuestión de poner interés. Mulltiplicar, compartir, expandir el conocimiento, esa es la norma, el imperativo actual.
Use, expand and create the possibility of universal knowledge. Let’s do it.