Breve retrospectiva de un accidente
Estaba en la parada alrededor de las seis de la mañana. Probablemente, acababa de compartir el desayuno con sus dos hijos. Horas después, supimos por las noticias que, en su pequeña familia, él era el padre y la madre. Un muchacho sencillo, trabajador y amoroso. ¿Qué pasó? Mientras salía de su casa, sonriente como siempre, ya venía de camino el ebrio irresponsable que lo iba a dejar sin una pierna. Ahí estaba, en la parada de bus, como otro día más de su vida, junto con otras personas. Todas acabadas de levantar, todas tranquilas, iniciando sus labores cotidianas.
Influenciados por el lenguaje cinematográfico, podríamos ver, en una escena paralela, cómo se aproxima, en la cima de su inconciencia, un beodo, y, ante la inminencia de la fatalidad, nos erizamos en nuestros asientos.
Lo que vemos en la siguiente escena es espeluznante. Aquella pacífica parada, similar a otras muchas desperdigadas por la ciudad de San José, se convierte en el tétrico escenario de una tragedia. Grito y dolor se esparcen por el aire, desvanecimiento y confusión. Ya no habrá más tranquilidad en varias vidas. Lo cotidiano se disuelve entre el pánico y las sirenas. Fue así como un joven padre perdió su pierna y una muchacha se encuentra gravemente herida. Un instante bastó.
A nosotros, como espectadores estupefactos, nos toca quedarnos con el estupor.
No estoy segura de cuál sea el objetivo de los noticiarios al informar sobre los hechos posteriores, pero, después de tanto sinsabor, después de habernos visto practicamente obligados a asistir, en primera fila, a la trágica devastación de un ser humano, como si bajara un ángel directo de un trono celestial, fuimos testigos de la grandeza de un alma. Ese muchacho, admirado por ser padre y madre de sus pequeños hijos, conocido por su alegría y entusiasmo por el futbol, quien acababa de perder media pierna, aparecía frente a nuestros ojos sonriente y tranquilo.
El valor que tiene un periodista para preguntarle a alguien en esas circunstancias, qué es lo que más desearía tener, me hunde en el más profundo de los desconciertos y seguirá siendo un misterio para mí por los siglos de los siglos. Pero la respuesta recibida ha sido la lección de humildad más grandiosa que me han dado. Una guitarra. Él estaba sin su pierna y quería una guitarra para cantarle a Dios. ¿Cómo puede haber almas tan generosas en este mundo?
¿Cómo podrá seguir su vida quien, sumergido en una embriaguez incauta, arrancó un trozo del físico de alguien cuya grandiosa fortaleza permanece intacta?




