Parálisis facial

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Un sufrimiento en silencio

Hace un año sufrí una parálisis facial, un mal repentino que nadie sabe explicar satisfactoriamente.  Se me presentó de pronto, sin que me diera cuenta de que estaba perdiendo el dominio de los músculos de mi cara del lado izquierdo por segundos y aceleradamente.  Era temprano en la mañana y había decidido ir a comprar pan para ese desayuno de domingo. Pero esa compra nunca se dio.  Cuando me vi en el espejo antes de salir, me quise maquillar un poco pero solo lograba lastimar mi ojo izquierdo.  Me quedé observando y noté algo extraño en mi cara, algo que no podía definir.  Inmediatamente fui donde uno de mis hijos, el que considero más tranquilo, y le pregunté si me notaba algo extraño.  Nunca olvidaré su respuesta:  No.  Solo que no pestañea de un ojo. ¡Nada! ¡Solo no pestañeaba! En ese momento sentí un profundo temor de estar sufriendo un derrame cerebral y le pedí de urgencia a mi marido que me llevara al hospital.

Son muchos los programas de televisión que hablan de los casos de un derrame cerebral, momento en el cual hay que actuar rápidamente.  Antes de salir, mi esposo me pidió que alzara los brazos, y como lo hice sin problema, me aseguró que no era un derrame cerebral.  Para mis adentros me dije: ¿Y quién sos? ¿El doctor Who?  Llegué al servicio de emergencias del Hospital Calderón Guardia y me atendieron muy bien.  Una doctora me examinó y me dijo: es una parálisis facial.  Le pregunté torpemente, pues ya era muy notorio que no podía hablar bien, a qué se debía y su respuesta fue algo como “no se sabe”, “un virus”, “un aire”. Me recetó unas pastillas y me remitió a un médico especialista sin darme mayores detalles y me incapacitó diez días.  Como profesora, al cumplir los diez días, otro domingo fatídico, lloré desesperada pues sentía pánico de enfrentarme a mis compañeros de trabajo y a TODOS mis estudiantes adolescentes (soy profesora de todo el colegio en dos diferentes cursos).  Ahí empezaba mi calvario.  Un largo camino de voluntad, miedo, llanto y un sentimiento profundo de soledad, pero también de descubrimiento, humildad y perseverancia.

Un año después, puedo hablar de lo vivido.  Por ejemplo, intenté acupuntura.  Las agujas me provocaron pequeños moretones debido a lo cual la doctora privada a la que decidí acudir, me mandó un examen de sangre.  Ahora sé que fueron las agujas, pero en ese momento de tragedia, para mí podía ser cáncer en la sangre, debido al origen “desconocido” de los moretones. Da risa, pero en ese entonces no.  Esa misma doctora, a la que consulté dos meses después del “evento”, fue la que me dijo que la dosis recetada inicialmente no fue la adecuada.  Quiso solucionarlo recetándome más esteroides, pero creo firmemente que fue demasiado tarde: las secuelas que pudieron evitarse con la dosis adecuada ya no eran “recuperables”.  Eso lo sé ahora: la doctora de emergencias no multiplicó mi peso por los gramos del medicamento.  Pregunto: ¿será porque nadie me pesó cuando ingresé al consultorio de emergencias? La carencia de un simple acto rutinario y una rápida multiplicación, tendrían repercusiones inconmensurables para mí.

Fui a las sesiones de terapia a las que me remitió el especialista (quien sí deseo aclarar NO ERA NEURÓLOGO, SINO FISIATRA) y ahí estuve durante casi tres meses, dos veces por semana, con una boleta amenazante que colgaba sobre mi cabeza como una espada de Democles: “Si falta a una sesión de terapia, no se le atenderá más”.

Los días seguían transcurriendo.  Me había enfrentado a mis estudiantes con mi cara torcida. No podía pronunciar ni la “p”, ni la “b”, ni en general, los sonidos bilabiales. Y esas bellas criaturitas llamadas “adolescentes”, de las que medio mundo reniega, me entendieron, me apoyaron y decidieron pasar por alto todas las limitaciones con las que su profesora debería lidiar en adelante.  Por eso, y por las razones que siempre he tenido, amo a mis estudiantes y los amaré el resto de mi vida.

Fui teniendo leves mejoras.  Todo el mundo me aconsejaba terapias privadas con electricidad, y lo consulté con el famoso fisiatra, quien de nuevo me falló: “Ya se verá cómo avanza, todavía es muy pronto (¿casi tres meses?), pero si usted decide ir a una terapia privada, la sacamos del sistema.”  Sistema. ¿Sistema?  Ese sistema me recetó mal, ese mismo sistema me había mandado donde él y me tenía yendo a que me masajearan la cara durante escasos 10 minutos dos días por semana y me mandaba a la casa con una hoja de ejercicios básicos. Ese médico fue el mismo que me recetó dos botellas de lágrimas artificiales que duran UNA SEMANA después de abiertas (algo que descubrí TRES MESES DESPUÉS), me mandó a comprar a la farmacia de sus papás un caja de parches para el ojo (que la Caja Costarricense del Seguro Social no proporciona) y seis inyecciones de vitamina B12 (que tampoco receta la Caja). Era deprimente.

Decidí pasar a la terapia particular y abandonar, alegremente, el “sistema”.  Mi hija mayor me recomendó una excelente clínica de fisioterapia ubicada en Coronado, y ahí me puse en manos de jóvenes licenciados en la materia, quienes con su carisma y entusiasmo, me dieron un gran tirón, me sacaron a flote, trabajaron con ahínco mis gestos de expresión y pude sentir una seria mejoría. La inversión económica fue muy grande, hay que aceptarlo, pero había que hacerlo.

La semana pasada cumplí mi primer año después de aquel fatídico domingo, y puedo asegurar que no soy la misma. No. He pasado doce meses juntando piezas de mi misma.  He aprendido a verme a la cara y a reconocerme en esa que perdió los gestos familiares.  Aprendí a maquillarme diferente y a aceptar que el tiempo tiene su propia marcha. Un año después me río, y con eso quiero decir que accedí de nuevo a ese acontecimiento en la vida de todo ser humano que se llama “risa”.  Descubrí todos los pasajes más siniestros de mi personalidad; encontré mis monstruos, recorrí el laberinto del minotauro, aquel que alguna vez analicé con mis alumnos cuando leíamos a Borges.  Los cielos poco a poco se aclaran, y entendí que siempre, siempre, todo se puede poner peor.

Por esa razón, quisiera poder ser de ayuda para las personas que en este momento están sufriendo de una parálisis facial y decirles en primer lugar, que cuiden de la dosis inicial que les recetan, porque debe ser fuerte y es por tres o cinco días cruciales.  No se les ocurra ignorarla, por el contrario, síganla al pie de la letra.  A mí se me secaba mucho la boca, entraba en estados de pánico por eso, pero si les pasa, traten de respirar rítmicamente y serenarse, no se van a morir, créanme.  Vayan a la terapia, y si pueden, paguen una privada.  Si no pudieran, trabajen en su casa, dedíquense a ustedes, diez o quince minutos diarios.  Véanse al espejo, no importa lo que vean.  Díganse “lo podés lograr” cada vez que se acuerden. Y no se desanimen porque se les sale el líquido por un lado de la boca, o la comida también o si les “llora” un ojo.  Esos estados pasan.  Unos los superan más rápido que otros, pero a la inmensa mayoría se les quita.

Por mi carácter, muchas situaciones las pasé sola.  Pedí poca ayuda familiar.  En mi casa la vida continuó. No sé si no me comentaban mucho acerca de mi aspecto para hacerme olvidar o si realmente lo pasaban por alto.  Unos respondieron mejor que otros, y sé que me equivoqué mucho.  Quise muchos abrazos que no pedí, y no me dieron otros que solicité. Por ejemplo, mi mejor amiga me falló estrepitosamente.  En medio de todo este proceso, mi fe fue de gran apoyo, y personas que nunca creí, aparecieron en mi camino para darme la mano, puestas por la mano de Dios. Mi hija menor ha sido mi paño de lágrimas, y también mi conexión con la realidad. Como por mucho tiempo dejé de sonreír, muchos se alejaron.  Durante meses me victimicé y me definí como enferma. Cuando alguien me saludaba en alguna parte le contaba todo lo sucedido.  También por ratos me odié, odiaba mi cara diferente, la expresión que adquirí, mi ojo torpe, mi ceja caída, la comisura de mi boca que no termina de arquearse en una sonrisa.  No entendía (y aún sigo sin entender) porqué mi cerebro no encuentra el camino para enviar los impulsos eléctricos que mueven los músculos de mi cara.

Hoy, me sigue molestando el sonido que se genera en mi oído izquierdo cuando tenso ciertos músculos, el aire acondicionado que me resulta mortal, los ventiladores que son mis peores enemigos y mi maquillaje que dice “a prueba de agua” por el constantes lagrimeo que me provoca el viento.  Sin embargo, poco a poco puedo disfrutar de una paleta de dulce y succionar mejor que antes su sabor. Recuperé casi totalmente el parpadeo. Mis pestañas volvieron a parecerse bastante a las que tenía (se habían transformado de crespas a lisas).  Puedo pintarme los labios sin parecer un dibujo distorsionado y cuando mastico no se me cierra el ojo izquierdo.  Decidí cambiar mi imagen comprando otro aro para mis lentes y me corté el pelo diferente.

Si esta parálisis me dio por estrés, estoy tratando de que cada cual haga su vida a su manera (de todos modos lo van a hacer); si me dio por un virus, estoy alimentándome bien; si me dio por un “viento”, me abrigo antes de salir y uso bufandas.  Practico en mí misma técnicas de medicina alternativa.  Medito.  Me ejercito más regularmente que antes.  Puedo verme a los ojos y reconozco que he sido valiente.  Me compro flores si creo que las necesito.  Llevo un pequeño diario y sobre todo, comprendo mis grandes limitaciones, disfrutando de los pequeños momentos de paz que llenan mis días.  Todo puede estar peor, lo sé, pero hoy, en especial, puedo asegurarles algo:  estoy mejor que ayer.  Así que comprendamos una cosa: de todos y cada uno de los maravillosos músculos de los cuales se componen nuestros fabulosos cuerpos, solo hemos perdido el movimiento de un puñado.  Podemos recuperarlos, y mientras lo logramos, vivamos intensamente este periodo oscuro.  Mañana será otro día.

PRUEBAS DE BACHILLERATO DE ESPAÑOL

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A propósito de los ítemes de lectura de textos no literarios utilizados por el
Ministerio de Educación Pública de Costa Rica

Este año 2014, como ha sido desde que las pruebas de bachillerato existen, los ítemes correspondientes a fragmentos de lectura de textos no literarios, carecen de la imprescindible referencia o fuente bibliográfica.
Como profesora de español, filóloga, siempre me ha parecido poco adecuado que, en un examen de idioma, donde se va a evaluar la comprensión lectora, no se cite el texto de donde se ha tomado la lectura. El problema que se genera a partir de dicha carencia, es que no conocemos si el contenido procede de un texto adecuado para la edad de los estudiantes evaluados, o si, por el contrario, propone ideas incomprensibles, con un grado de dificultad o de razonamiento que no son del todo decodificables para ellos.
Esta breve nota pretende llamar la atención sobre este punto, el cual no he sabido que haya sido discutido y mucho menos solventado hasta el momento.
Curiosamente, los ítemes que corresponden a las lecturas obligatorias y sugeridas por el MInisterio, sí cuentan, al pie de texto, con la referencia correspondiente.
Léase el siguiente ítem, correspondiente a la pregunta 8 de la prueba ordinaria, de noviembre de 2014:
“Desde hace aproximadamente treinta años, el encuentro entre las ciencias humanas y la problemática ambiental ha empezado a constituir una serie de temáticas y sub campos disciplinares. Esto, en términos generales, perfila la perspectiva humanista en la discusión ambiental, la que en mayor medida había sido asumida por las ciencias físicas. Se ha pasado de una construcción sociohistórica denominada naturaleza a una denominada ambiente, si a la primera correspondió el desarrollo y constitución de las ciencias humanas en el contexto de la modernidad, a la segunda construcción, le corresponde la incertidumbre de la posmodernidad y la transformación de las ciencias sociales, en concordancia con la reestructuración de los paradigmas científicos.”
Mis dudas son puntuales, aparte de la obvia sobre su procedencia. ¿Sabe, conoce y discrimina realmente un joven de 17 años, cuáles son las ciencias humanas y las físicas? ¿Hasta dónde será capaz de comprender que el encuentro entre las ciencias humanas y la problemática ambiental “ha empezado a constituir una serie de temáticas y sub campos disciplinares”? Yo esperaría que más de un profesor de Español considere difícil de comprender para un estudiante de bachillerato, la expresión “sub campos disciplinares”, ¿o no? Sin llegar a que “esto perfila la perspectiva humanista”, ¿perspectiva humanista asumida por las ciencias físicas? Quisiera equivocarme al creer que, a este punto, el nivel de dificultad del texto es grande y sigue creciendo al proponer el paso de una construcción sociohistórica del término “naturaleza” a la de “ambiente¨ (sin dejar de anotar que me preocupa la utilización de un texto en el cual no se aplica el tema de lógica de octavo nivel, referente al “uso y mención”). Pero siguiendo con el análisis, como si no fuera suficiente, el texto introduce una variable significativa: la incertidumbre de la posmodernidad, la cual, por si fuera poco, va “en concordancia con la reestructuración de los paradigmas científicos”.
Ojalá me equivoque, y, para el momento de terminar de leer el ítem, todos los jóvenes costarricenses que resolvieron este examen, hayan podido contestar acertadamente lo que les pidieron:
“En el texto anterior, el concepto “construcción ambiente” está relacionado con la
A) perspectiva y el actual desarrollo de la sociohistoria.
B) serie de temáticas y sub campos disciplinarios, desde hace décadas.`
C) constitución de las ciencias humanas, en el contexto de la modernidad.
D) incertidumbre de la posmodernidad y la transformación de las ciencias sociales.”
¿Qué se está evaluando con este tipo de pregunta? ¿Qué demuestra una respuesta acertada y qué una equivocada? Si, como se nos ha explicado, en la prueba de bachillerato hay preguntas muy difíciles y otras muy fáciles, como toda prueba bien balanceada, ¿qué demuestran sus contrapartes, cuando preguntan si un verbo es regular o irregular, o si una palabra es derivada o compuesta?
He escuchado a defensores del bachillerato preguntarse qué sería de la educación secundaria si se eliminara esta prueba y que, seguramente, los profesores ya no enseñarían nada. Razones como estas me hacen dudar, no solo de los profesores, sino también de un sistema educativo que, sin un oneroso examen nacional, se derrumbaría en un abismo.

Mamá

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Mamá

´Yo no quiero tener hijos¨, frase de moda, muy actual, temida, malentendida, criticada. Esa es, para muchas mamás una bofetada, que le puede doler, pero que definitivamente, le abre los ojos. Le abre los ojos a destiempo, le abre el telón de una obra muy suya, una obra en la que actuó con aciertos y desaciertos (como suele ser la maternidad) y en cuyo papel seguirá ¡hasta el fin de los tiempos!
Decir todo lo que significa en la vida de una mujer el hecho de llegar a ser madre, es casi una necedad. Hay tomos enteros destinados a ese tema, antiguas enciclopedias y montones de artículos y libros digitales en la red. Pero de la que quiero hablar es de la mamá cuando los hijos crecen. Esa señora que será rechazada cuando quiera dar ayuda, y no causará el efecto esperado cuando se crea muy graciosa o bienvenida. Esa mamá, como mamá que es, ocupará un espacio indefinido, a menudo trazado en un claroscuro, que para los hijos es clarísimo: mamá es mamá. Con toda la obviedad que encierre esa frase. Porque llega un momento en que los hijos, si se tiene la buena o la mala suerte de que le cuenten algo, será para que se los oiga, no para que ´se meta`en sus asuntos, o se cometa el sacrilegio de opinar y, mucho menos, de tomar partido. Eso sin contar con las épocas enteras en las que el silencio de sus vástagos la lleve a transitar los territorios de la adivinación, siempre resbalosos e inseguros, pero por sobre todo, inciertos.
La mamá con hijos grandes pasa, de ser la que decide, a la que tendrá que aprender mucho sobre el raro artilugio de la invisibilidad, la invaluable virtud del silencio, el arte de olvidar, la destreza de aparecer casi ùnicamente en emergencias y la dicha de contar con viejas amigas a las cuales recurrir cuando, una tarde cualquiera, a ese hijo ya crecido, se le ocurra reconstruir historias donde el único héroe fue él y, posiblemente por ello, le debamos todo lo que somos o tenemos. Esa mamá, de ser la protagonista, pasará a personaje secundario. Uno muy importante, que deberá, cuando se le pida, resolver problemas de todo tipo y que, depués de tanta vuelta y revuelta, se dará cuenta de que la idea de no tener hijos no es tan loca como parece.

Educación: una búsqueda constante y universal

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Sin duda alguna, hablar sobre educación da para mucho. Y hoy no es la excepción, ni a nivel nacional ni a nivel regional (consúltense las Metas Educativas para el 2021).  Uno de los más claros ejemplos es el de Estados Unidos de Norteamérica, donde se encuentra muy candente la puesta en marcha de lo que han llamado Common Core, una propuesta que busca unificar estándares, y esta vez, se trata de estándares muy elevados.

En ese sentido, puedo decir que el Common Core, en específico, me ha hecho reflexionar sobre nuestro “equivalente”bachillerato nacional, ese de tan temidas pruebas, el cual siempre he considerado y considero un verdadero desperdicio de recursos si no se restructura de manera profunda y, por qué no, de forma muy similar (se vale copiar) a lo que se está pretendiendo en nuestro vecino país del norte. 

En primer lugar, no es posible, en la prueba de Español (materia que imparto) algún genio maquiavélico haya estructurado varias preguntas sobre la existencia o no de encabalgamientos en poesía, donde el signo de puntuación presente, hacía dudar al estudiante.   O tal vez fueron peores las preguntas sobre la obra Bodas de sangre, obra que, perfectamente hubo estudiantes en el país que no leyeron debido a la amplia variedad de lecturas posibles para undécimo año. Tales preguntas, dicho sea de paso, requerían haber hecho, no solo la lectura, sino el análisis de los personajes y, por supuesto, habérselo aprendido de memoria, ya que no hay manera posible de que nadie pueda deducir la respuesta. Lo mejor de todo esto es que, cuando me atrevo a externar este tipo de comentario ante mis colegas, me arriesgo (obviamente me ha pasado) a que, con expresiones de asombro (interpretación muy condescendiente) se me diga: “Tranquila, vos apelás la pregunta, y ya.” O peor: “Pero si siempre anulan como cuatro preguntas, así que eso compensa los resultados.” Eso significa que, cómplices todos de una irremediable mediocridad sin sentido, al final nos debemos aferrar a los números y ya. Tranquilos. Si hay cientos de estudiantes que estudiaron, leyeron, se preocuparon o no, pero que de igual modo no lograron superar la prueba, o sea. ¡cero estrés! Siempre queda el viejo y efectivo recurso: ¡Los estudiantes son unos vagos!  Y no digo que algunos no lo sean, pero yo creo que no solo hay estudiantes vagos, también hay algunos profesores vagos, algunos directores vagos, algunos cordinadores vagos distribuidos a lo largo y ancho del territorio nacional.

La educación, esa que ha preocupado a la humanidad por siglos de siglos, ha tenido el cambio como una de sus constantes.  Y de eso se trata, de cambiar, modificar, introducir variaciones que vayan de acuerdo con los tiempos.  En la actualidad, los estudiantes no son, digámoslo con todas sus letras, NO SON como hace diez años, ni siquiera como hace cinco.  Ya los muchachos no quieren sentarse a oir y oir, copiar y copiar. Los jóvenes con los que yo trabajo quieren preguntar, tienen dudas, cuestionan. Desean ser partícipes de su formación.  Pueden llegar a ser verdaderos gestores de su aprendizaje.  Por ese motivo, entre otros,  no es posible que, después de que muchos profesores han imaginado, creado e implementado nuevas formas de dar clases, esos estudiantes lleguen a un examen de bachillerato donde se les pregunta si un grupo de palabras se formó por derivación, composición o si son onomatopeyas.  No puede ser que toda la fuerza y el entusiasmo de docentes innovadores se reduzca a que los estudiantes reconozcan entre formas verbales regulares e irregulares, tipo “corrieron” y “durmió”.  Preguntas como estas hay otras muchas, que, por referirse a conocimientos tan básicos, plantearlas de manera “ingeniosa” y complicada las ha llegado a convertir en absurdas.

No pongo en duda que mover toda la plataforma educativa que se ha construido a lo largo del tiempo en nuestro país sea una empresa gigantesca.  Pero tampoco dudo de que se puedan modificar, no solo los contenidos, sino el enfoque de las pruebas en sí mismo.  Numerosas veces he expresado mi malestar por ellas, así como mi deseo de que desaparezcan.  Con el tiempo y la experiencia, me he resignado a concebir su cambio. No es posible seguir ingnorando que los estudiantes de hoy son diferentes.  Es insostenible negarle el paso a la tecnología en el aula.  Es imperdonable el miedo a introducir nuevas corrientes, enfoques, objetivos y evaluaciones a lo que, como ya dije y por su naturaleza, es sinónimo de trasformación. Es imperativa la unificación de voluntades dispuestas a aventurarse en lo desconocido, con el pensamiento puesto siempre en el bien común y en la construcción de una patria donde el entusiasmo y el empeño por alcanzar la excelencia y hacer posible una nueva realidad, sea el objetivo común de unos ciudadanos que reconocen su responsabilidad con el futuro.

Estudiantes difíciles

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… o hasta “imposibles”

Escribo esto después de un año de imponente silencio en mi blog. Hoy lo que me mueve a escribir es mi experiencia de este año con un grupo de estudiantes calificados como difíciles. Me la pasé ansiosa y preocupada. Pasé un año lectivo cargada de frases referentes a todo lo negativo que pudieran tener estos estudiantes, y eso me llevó tanto tiempo y me robó tanta paz que, al final de mi curso, cuando vi toda la superación que habían logrado, el empeño que pusieron en mi materia, las buenas relaciones que habíamos establecido y el gran cariño cultivado entre nosotros durante estos meses, honestamente me quedé atónita. Estos jóvenes, a quienes había vigilado de cerca y reprendido, mi grupo guía, también me habían hecho reir. Algunos abrazos inesperados me habían llegado, a lo largo del curso, solicitando consuelo. Me di cuenta de que había poesías que jamás hubieran nacido si no las hubiera insinuado. Vi hacia atrás y me acordé de los ensayos de hermosos bailes a los que había ido, en los cuales fui testigo de su ingenio y su talento artístico. Había usado su camiseta el Día del Deporte, y recordé las fotos que les tomé ese y otros días. Los había escuchado recitanto versos de la Ilíada, y había visto sus caras de asombro cuando descubrieron que Catulo amó, odió y lloró la muerte de un hermano (poema CI) tal cual ellos pueden sentir hoy. Estaba ahí cuando me dijeron que, después de todo, don Quijote no era tan loco como lo pintan. Los acompañé a cuidar niñitos de prekinder y kinder, y conocí su lado maternal y paternal.
Estuve muy preocupada todo el año, temiendo lo peor, pero también viviendo intensamente al lado de una generación singular. Estuve muy ocupada escuchando comentarios negativos, y alguna vez la frustración me hizo llorar, pero mi corazón, una vez más, trabajó por su cuenta. Mientras mi cerebro y mis oídos trataban de procesar informaciones distorsionantes, mis manos les hacían galletas y dibujaban premios, mi corazón les seguía los pasos en sus canciones y, poco a poco, ganaba terreno en los de ellos.
Al final, tuvieron que ser los resultados académicos los que me sacaran de las nieblas. Todos ganaron mi curso, y en el resto de materias, solo un par han tenido problemas.
No fue lo esperado. Unos estudiantes difíciles, con predicciones altamente negativas, salieron adelante. Solo puedo hablar de mi materia, pero sentir el abrazo de agradecimiento de un estudiante que estoy segura, hizo trampa en una de mis pruebas, y al que le di un voto de confianza, no tiene precio para mí.
Hoy, al terminar el año, mis hipótesis renacen: en la enseñanza el amor es un ingrediente vital, es la sal. El humor, la pimienta. Las sonrisas, hermosos recipientes. Y las palabras, en vez de dardos, jamás deben dejar de decir cuánto uno ama a sus estudiantes, pues son esa cubierta que jamás le sobra a los pasteles.
La pregunta es si los estudiantes difíciles lo son 100% o si seremos los adultos los que, endurecidos y temerosos, restamos importancia al porcentaje que le toca al amor, a la risa, al llanto y a la comprensión en esta jamás escrita y nunca terminada receta de la educación.

RODELL SCHNEERINGER DE RAMÍREZ

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“All successful people men and women are big dreamers.

They imagine what their future could be, ideal in every respect,

and then they work every day toward their distant vision, that goal or purpose.”

Brian Tracy

Llegué al Colegio Saint Paul hace seis años, y aún sigue fresca en mi mente la primera impresión que me causó conocer a doña Rodell, esa libre pensadora, curiosa incansable, trabajadora tenaz e inquisitiva mujer.

No creo que haya nadie que no se impresione con el simple hecho de cruzar con ella algunas palabras.

Doña Rodell es la fundadora del Centro Educativo Saint Paul, institución que se ha forjado un serio reconocimiento nacional y se ha logrado posicionar en los mejores lugares dentro del campo educativo.  Ella soñó con hacerlo y ha luchado por cada centímetro conseguido, no solo en cuanto al espacio físico propiamente, sino en todos los niveles.

Impetuosa e impositiva, es, como toda persona emprendedora, alguien polémico.  Sin duda, contará con grandes amigos y con quienes no estén de acuerdo con su perspectiva, pero, aunque sea posible que para ella esa sea una etapa superada, no es algo que logre opacar, en lo más mínimo, la magnitud de su personalidad.

Siempre la he visto trabajando, viendo en el horizonte perfiles de nuevos retos, que pueden llegar a ser indivisables para otros.  Preocupada por su colegio, ha sabido construir un ambiente de trabajo muy singular, propicio para el desarrollo personal de sus subalternos y siempre seguro para encontrar en él un sitio donde lo emocional va de la mano con lo espiritual y material.

Doña Rodell es de esas personas que sabe vivir y lo hace plenamente. Ve esta existencia como una gran aventura y comparte esa visión generosamente.  No esconde nada.  Es una mujer tan plena, que solo sabe repartir energía, un remolino de energía capaz de arrastrar todo a su paso.

Quienes como yo, la admiran, hemos aprendido a ver en ella todas sus fortalezas y todas sus debilidades.  Hemos reído con sus chistes y hemos llorado sus angustias.  Porque ha sido así con quienes la rodean: no les ha escondido nada y les ha hecho partícipes de todo lo que está a su alcance. Los nacimientos de sus hijas y ahora de sus nietos, la congojas familiares, la lejanía de su tierra natal, sus aniversarios de boda, sus anécdotas personales, la extensión de cada metro cuadrado de la insitución, realizado con el más auténtico de los esfuerzos, así como sus más categóricos enojos.  Esa es ella: un volcán, una laguna, un mar embravecido, un atardecer, una samba, un bolero, un abrazo, un regaño, una gran madre, una compañera.

Veo en doña Rodell una visionaria entregada a la labor de ver crecer en Costa Rica, esa pequeña patria que ha hechado profundas raíces en su corazón, una propuesta educativa profundamente humana.  Ella, sin duda, entra a la historia de nuestro país con paso firme para engrosar la lista de tantos y tantos emigrantes que pusieron un día su pie en nuestro suelo para vivir el presagio de los embrujos más poderosos de nuestra tierra y se empeñaron en hacernos grandes, y sembraron la semilla de un árbol poderoso sin olvidar de colocar, en medio de nuestro paisaje, el espejo mágico donde poder imaginarnos y hacernos posibles, lo cual, muchas veces, solo se logra a través de la mirada de alguien que viene desde afuera y es capaz de revelarnos, como algo desconocido, nuestras enormes potencialidades.

A doña Rodell, mi más sensible y cariñoso tributo, por su fortaleza, su sabiduría, su profunda preocupación y su incansable labor en el campo de la educación privada de nuestro país.