Archivos Mensuales: diciembre 2007

Cómo leer un libro sin morirse de aburrimiento

Estándar

 

lector

Yo diría que, el primer paso, sería tirar el libro por la ventana al primer bostezo, a la primera excusa que emerja del ambiente y nos haga, como al descuido, separarnos de la lectura. Si te resulta fácil y, hasta deseable, que pase “algo” para dejar el libro por ahí, entonces ya no te vas a morir de aburrimiento leyéndolo. Sólo hazlo. Déjalo, abandónalo, que se lo encuentre otro (a lo mejor lo engancha).

Si el tal libro es uno de lectura obligatoria, recurre a la autosugestión, plantéate un reto intelectual. Piensa en tu peor enemigo, y si no lo tienes, imagínate a ese alguien que siempre se destaca, que siempre te hace sentir “feo”. Lo puedes hacer. Imagínatelo así, cuando se levanta, cuando capta la atención del profesor o de los compañeros o de la oficina, del grupo de amigos, de lo que sea, y suena así… interesante, y cita partes de un libro, y todos se quedan admirados, y en cambio a ti… te ignoran por completo. Hasta sus risitas suenan despreciativas cuando les sueltas tu famoso indiferente y heroico: “Yo no leo” o “¿Hay resumen?”. ¡Ah!, derrótalo, tú puedes. Toma a tu enemigo (ese libro tan inocentemente culpable de tu indecible odio) y ráyalo, escríbele al margen comentarios rabiosos de su contenido, despedázalo con tus palabras cínicas, encuéntrale errores, contradicciones, falsos testimonios, amordázalo, hazlo caer en el ridículo, subraya esas frasecitas inocuas y absurdas que dejan ver cierto racismo o tendencia política o retorcidos caminos criminales. Tú puedes, vamos, házlo. Quédate sin dormir (ya lo has hecho por otros motivos menos sádicos) y aparécete con esa aura victoriosa que solía tener tu…tu lo que sea: amigo, cuasiamigo, cuasienemigo, archirecontraenemigo, compa, etc. Eso quedó en el pasado. Ahora entrarás victorioso, te acercarás al grupo, todos te mirarán. Ahí viene el lector de resúmenes resabidos, el que nació vacunado contra el vicio de la lectura, el yonilocomeloleo. ¡Sorpresa! ¿Qué tenemos? Ante la consabida pregunta de si te dormiste en la primera página, tu “desde ahora” grupo de reverentes admiradores abre su boca en gesto magnífico. Haz soltado tu leí de pé a pá esa reverenda basura. Unos se rascan la cabeza, otro se pone serio, el chistoso suelta una broma que nadie sigue, tu cuasi archi recontra lo que sea se espanta y, estupefacto, con un toque de despectiva complacencia, te hace la primera pregunta de su comprobación de lectura. Y tú, desde la cima del poder, le dejas ir, en vez de la respuesta, otra pregunta. Sagaz, directa a su pecho descubierto, le hieres el intelecto, que, con furia, se desata dando atroces cuchilladas. Imposible. Has encontrado todos los defectos (¡para eso no has dormido, con todos los diablos!), todas las demoras, los errores tipográficos… hasta le has agregado un par de comas que no le vendrían mal. Se desata el duelo. Tu rival, desavisado, no ha sido riguroso, no acierta a darte, con la espada mordaz de su lengua, ni una sola estocada. Ja, ja. Le ganaste. Es evidente que ahora yace frente a ti como una mansa ovejita. Tus seguidores ríen satisfechos (en el fondo, ellos también le tienen aversión al fatídico sabelotodo) y se unen, instintivamente, a tu bando.

Valió la pena. Después de todo, nadie ha muerto, y menos de aburrimiento. En realidad, resulta entretenido cuando el muerto no eres tú. En este mundo de ganadores y perdedores, quizás, por primera vez, te encuentras con una gran G en tu frente…hasta el próximo mortal encuentro con -vayas tú a saber- ¡sí!, ¡un libro!; gracias al cual “morir” no llegue a ser realmente la única opción -y menos de aburrimiento-.

Anuncios

La edad que tengo.

Estándar

edad que tengo

Esto no va a tratar sobre esa que siento tener sino sobre la que Cronos no perdona y marca en el calendario: la edad que tengo.

En una época en la que se sublima un estado juvenil permanente resulta penoso para muchos envejecer...¿se operaría si pudiera? ¿Dónde? ¿Qué? Esas preguntas me las hizo mi hijo, y mi respuesta, un tanto despaciosa, de mirada hacia adentro, es la que voy a tratar de transcribir.

Operarme significaría tener que mirarme al espejo y no reconocerme. Mi cara es el espejo de mi tiempo, de mi andanza, único y mío. ¿Qué me respondería a mí misma cuando me mirara esa extraña, sea cual sea el resultado que obtuviera? Tendría que borrar las rutas transitadas, unas hacia el dolor, otras hacia la risa. Unas profundas, hondas, misteriosas, que se quedaron en mi piel como mil atardeceres. Otras, bebidas precipitadamente, me habrán rozado imperceptibles, habrán apenas anidado por mi cuello o mis orejas, dándome brillos astrales que ninguna otra tiene. La vejez me está dando a beber de su vaso encantado, y conforme acabo su contenido, sabiamente, ella me va desdibujando y me ayuda a despedirme. Voy perdiendo la vista, y con ello, aprendo a ver el mundo desde una perspectiva diferente, me voy perdonando mis arrugas. La vida me va preguntando por qué insistir en ver hacia fuera, cuando el camino marca hacia un viaje subterráneo, íntimo y acogedor que es solo mío. Por eso voy descubriendo que no ver bien todo el tiempo no es algo malo, reprochable, sino el acto del un prestidigitador ancestral que me toca con su varita y me llena de estrellas el corazón. Con ellas ilumino partes de mí que a la luz de la juventud, permanecieron ocultas. Risueñamente ocultas. Esperando.

Yo soy el testigo de mi paso por la vida, puedo seguir mis propias huellas. Cambia la textura de mi cuerpo con sabiduría, mis huesos se destensan, mis curvas se desdibujan, los tactos pierden lucidez. La veloz tesitura de los caminos va deteniéndose y el paisaje me devela una perspectiva calma realmente hermosa. Puedo, al fin, sentarme en el palco y observar con delicia mi propia obra. Pero como también puedo observar la de los otros, ellos, ustedes y yo, nos convertimos en poderosos testigos de eso que llamamos humanidad.

No voy a intentar detener el tiempo. Por el contrario, me voy a permitir el lujo de envejecer. La idea es irles contando.

Vencidos

Estándar

vencidos

Vencidos
Como estudiosa del Quijote, solía terminar mis lecciones a fin de año con la canción “Vencidos”, grabada años atrás por Serrat. Esa canción musicaliza el poema de León Felipe y de ahí toma su nombre. Pero la utilizaba por contraste, para que mis estudiantes se opusieran (y lo hacían muy a menudo) al hecho de considerar vencido a este personaje único de la literatura.

Aquellos que hayan hecho una lectura seria y continua de esta maravillosa obra de la literatura española, me darán la razón.

Vencidos. Qué adjetivo terrible. Vencido es una palabra que nos deja sin esperanza, marcados por el hierro candente de la derrota absoluta. Rasga la piel profundamente.

Desalentado, amargo, abandonado de todo está ese hablante lírico que busca fundirse en la figura herida del Quijote. Pero, advertencia: es un falso espejo. Por eso yo buscaba contrastar este desafortunado panorama con la propuesta honda y auténtica del caballero andante de todos los tiempos, por siempre, pensaba yo, victorioso.

Hoy, quisiera usar este poema como excusa para escudriñar el porqué este pasaje desafortunado me puede sevir para extrapolar la derrota al ámbito de todos los vencidos (con mayúscula y subrayado). Y pensar un poco hasta dónde ese carácter de término nos cubre a los costarricenses y a miles de latinoamericanos. ¿Hasta dónde fuimos y somos los vencidos de la historia? ¿Hasta qué profundo lugar de nuestro ser llega y vibra la derrota y nos crea y vuelve a recrear el infortunio de haber sido derrotados como hombres, como mujeres, como raza?

Es de esa manera que el Quijote, enfrascado en sus luchas maravillosas, cabalga en espirales fantasmales aproximándonos a simas cada vez más profundas. Y junto con él quedamos, en efecto, vencidos, fantasmales, transparentes.

Entonces, Vencidos se convertiría, fácilmente, en un recurrente histórico y filosófico.

Sin embargo, una parte de mí se rebela: ¡No! ¡Deberíamos ser los victoriosos…seguramente lo somos!… Pero, ¿qué clase de victoriosos…seríamos? Hoy, más que nunca, nos acorralan las superpotencias. Hoy, sin emprender la lucha, nos escondemos bajo las firmas de tratados y soñamos con victorias imaginadas. Hoy, vencidos por las macroeconomías, nos contentamos con creernos muy listos. “Creamos oportunidades”, las aprovechamos, vamos en fila hacia el éxito…vencidos. Nos vence una actitud superflua hacia el consumo sin los mecanismos que sustentan el manejo de desechos que tal consumo genera. Nos vence la ingenua entrega de nuestras tierras ante el espejismo verde de un dólar resquebrajado que no logramos entender más allá de su perspectiva mágica de abrelotodo. Nos vence la vulnerable condición de vasallaje a la cual nos sometemos alegremente. Nos vence la desvalida realidad de despreciarnos entre nosotros. Nos hunde la indigencia de nuestros políticos ante las cámaras representativas internacionales, a la cual acuden sin más propuestas que el plato para mendigar. Nos entierra el tintineo de las monedas arrojadas en él.

Vencidos. Ojalá no fuera esta la medida de todas nuestras angustias ni el resultado de nuestras luchas.