¿Cuánto vale esa infracción?

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¿Cuál es el trasfondo de la conducta irresponsable? En tránsito y según lo publicado en La Nación hoy 26 de enero es el bajo monto de las multas. Pero, ¿no será más bien porque no hay una multa para cada persona y cada situación? Llegar a un parqueo y estacionar rápidamente ignorando al que ha estado varios minutos esperando con la direccional encendida, se hace… porque NO HAY MULTA. Tomar el lado izquierdo en una calle sabiendo que en unos metros esa vía dará giro solo a la izquierda, para lograr meterse en el carril derecho “a la brava”, como sucede todos los días en la carretera hacia Sabanilla por la rotonda de Betania, se hace… porque, digamos… NO HAY MULTA. Llegar a un semáforo en rojo (o a varios, según la ruta y la hora) y respetarlo como a un simple alto, es una conducta común, pero ¡yo sé por qué: es porque no hay un tráfico a la vista y por lo tanto… no hay multa! Transitar por el carril rápido en las autopistas a una velocidad de carril lento, se hace, ¡porque no hay multa! También ir a 120 por la misma autopista, jugando un nintendo de la vida real, ¡lindo!, es porque ¡no hay tráficos ni multa! Ignorar el semáforo en rojo de un paso peatonal como el de la Pops de Curridabat, pues claro que se hace porque… ¡no hay multa a la vista! Quedarse atravesado en la rotonda de la Hispanidad interrumpiendo el tránsito hacia San Pedro porque vas hacia Zapote…qué más da, porque ¡no te multan! O al bus que te presiona a dos milímetros de la parte trasera del carro para que, no sé, literalmente volés sobre la fila que tenés delante, ¿quién lo multa? Tal vez, quien te da un pitazo apenas el semáforo pasa a verde y, si no acelerás locamente, te pasa despacio al lado (se le olvidó su prisa) y te grita cualquier clase de improperios, ese tal vez dejaría de hacerlo si hubiera una multa de un monto adecuado para tal conducta inadecuada.

Seguir ignorando que somos un pueblo inmaduro e indisciplinado me parece necio. No hemos superado la etapa de la niñez durante la cual abríamos el bolso de mami a escondidas para buscar algún tesoro; o asaltábamos las galletas cuando no había “moros en la costa”; o dormíamos con nuestra mascota a escondidas u ocultábamos un vaso quebrado; todo porque nuestra edad no nos permitía comprender el porqué de los límites: las galletas debían alcanzar para toda la familia, el vaso iba a ser descubierto y en el bolso de mami podía haber documentos que no se podían extraviar.

Pero crecimos, es la ley de la vida. Sin embargo, no fue posible madurar socialmente nuestra conducta. No nos dimos cuenta de que vivimos en un mundo en el cual las reglas son necesarias y establecemos extrañas analogías en virtud de las cuales hacer trampa en un inocente juego de mesa está al mismo nivel que ignorar un semáforo o parquear en zona amarilla: ninguna de las dos conductas es incorrecta si nadie nos descubre. No me interesa el bien común, sino que el mundo marcha al paso de mis congojas. Si tengo prisa, un conocido se convierte en mi mejor amigo en la fila del comedor, con tal de adelantarme al resto. Compro mi tesis, copio trabajos, borro el nombre de otro y coloco el mío, cambio fechas de cheques, falsifico firmas, aporto facturas de compras inexistentes, engordo gastos, me embolso viáticos, copio en exámenes, aseguro haber cumplido con mis deberes sin haberlos hecho, aporto pruebas falsas, busco testigos que jamás vieron nada, huyo del lugar de los hechos, borro pistas, compro licencias, permisos, constancias, me enfermo estando sano, me hago el muerto o me hago el vivo según las circunstancias. Bailo al ritmo de cualquier son, siempre y cuando me convenga.

Señora viceministra de Transportes, peca usted de ingenua en su rápido análisis de lo que se vive en las calles, porque probablemente el taxista que se cita en la noticia, rápidamente pasará de acumular cuatro multas de 20 mil colones, a digamos cuatro de 40 mil y algunas más, tal vez 15, por conducir sin la revisión técnica al día, lo cual, probablemente, lo convertirá en un héroe en la cantina que frecuenta y de donde saldrá para seguir pecando. Al fin y al cabo, si lo logran pescar, los magistrados de la Sala Cuarta encontrarán el medio para que salga libre.

Mientras tanto, en las aulas, maestros y profesores luchamos por “educar en valores”. Asistimos a reuniones, conversamos y planeamos la manera de lograr inculcar en nuestros educandos el valor de la honestidad, la tolerancia o del respeto. La sociedad nos ha encargado de ser los gestores de una ciudadanía ética y moralmente enaltecida, de la cual, por supuesto, todos los demás se desentienden. Uno va a la escuela para que lo eduquen, para que le enseñen, para eso existen los maestros, ¿no? En casa, en la calle, en las oficinas, los periódicos, las revistas, la internet o la televisión, todo ese conjunto de prácticas y vivencias en donde se desarrolla el individuo desde su más tierna edad, eso no, no educa. Fue hecho y existe en un mágico “universo paralelo”. Solo así me explico que nadie se sienta responsable de lo que pasa, se repite y se recrudece ante nuestros ojos.

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