Archivos Mensuales: febrero 2008

Enamorate de mí

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A todos nos llega el momento… es así de fácil, pero no es el momento de morir (no me siento tan siniestra) sino de algo más bello: el momento de enamorarse. Sin embargo, como bien dice la sabiduría popular, para muchos, es más fácil dar que recibir. Dar amor, atención, darnos el lujo de sentir que ese alguien despierta en nosotros un raro cosquilleo, les es a muchos, más fácil que permitirle a ese otro enamorarse de quien somos. Ya sea porque no nos sentimos especiales o, quizá, porque tenemos algún defecto el cual magnificamos, o porque no respondemos al ideal de belleza del momento… alguna de las razones anteriores (si no todas u otras más) se convierte en un verdadero escollo infranqueable para el amor.

Numerosos libros, artículos y comentarios dispersos por el mundo hablan de ello: si no nos amamos a nosotros mismos no podemos encontrar el amor pleno… a veces ni simple compañía. Ojalá fuera pasajero, como sucede en algunos adolescentes, no, más bien, podría durar años, décadas o toda la vida: ciertas personas viven relegadas, condenadas al claustro de la soledad. No me voy a referir a la tristeza o al aburrimiento, porque, probablemente, encuentren la manera de vivir entretenidas y hasta, incluso, contentas. La pregunta subyacente es ¿por qué? ¿Qué hace que una persona amable, cortés, sincera, inteligente, atractiva y con otros tantos atributos, o no, permanezca sola?

Dejarse amar es una actitud, una opción personal. Permitir que el otro ingrese en mi territorio y se ”aposente” en él, es una decisión como cualquier otra. Decir “‑sí, enamorate de mí” de lo que soy y no soy, de mi cotidiana manera de vivir, de mis silencios, de mis torturas, de mi dolor por los muertos que arrastro o por los vivos que tengo, de mis traumas y mis miedos, de mi pereza y de mi empeño inútil por lograr victorias intrascendentes. Enamorate de mis vicios y mis carencias, de mis ocultos secretos, de mi no saber bien lo que quiero, de mis iras y mis bondades, de lo hábil que soy para olvidar o para recordar infinitos detalles. Enamorate de mí, de mis canciones que a nadie le gustan, de la música que tengo y de la que puedo o no puedo ejecutar en una guitarra o en el viento. De mi risa, sonora o callada, de mi fe en Dios o de mi terrible ateísmo. Enamorate, vení, Enamorarse de mis imposibles es posible, no tengo miedo. Podés encontrar tesoros, podés encontrar todos mis monstruos, ¡qué sé yo! Vos andarás a mi vera, yo a la tuya. Odiémonos -¿por qué no?- a ratos. Porque amar también tiene sus vacaciones, y amar-amar-amar, amarlo todo siempre, así, por siempre, sea quizá cosa de santos. Decir “aquí estoy, ni modo, yo, en todo caso, tomaré la ruta difícil de encontrarte a vos también, y no todo lo encontrado me va a gustar. Vamos, así somos, la perfección no existe”.

Eso, todo eso y más, es una opción personal, íntima. Les puedo asegurar que el viaje es largo y duro, pero vale la pena. Les puedo asegurar también que no querrán terminarlo, a pesar de las lágrimas, porque habrá momentos de risa. Habrá dolor- ¿cómo no haberlo?- decepción, momentos de duda, pero es necesario resistir, continuar construyendo esa obra maravillosa y única del amor y, sin miedo, si no hemos encontrado todavía a nadie, decir: enamorate de mí…

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