Archivos Mensuales: septiembre 2008

SUBIR LA TORRE EIFFEL

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Este símbolo de la magnificencia ingenieril, de la extravaganzza, del diseño y del amor, no cobra su verdadera dimensión hasta que estás ahí.

Llegué a ella como un visitante más y la dejé como otro de sus amantes. Sin duda, el raro magnetismo que emana su estructura metálica va más allá de su intrincado encaje de acero. Bajo el peso de su volátil seducción, viví la experiencia de su llamado, como si un elíxir mágico me atrajera hacia cada ángulo de su silueta, tan sola, tan sencilla.

Ingenuamente pura, la avisté en una esquina desde la cual sabía que la iba a encontrar. Ahí estaba, esperándome. Se elevaba contrastando nítida bajo el cielo nublado. Estaba yo en París aquella tarde persiguiendo la certeza de un sueño y me fue cumplido entre los mil brazos de aquella inmensa torre.

Si algún día vas, no dudes en subir hasta su último tramo. Puede que sientas un poco ese temor absurdo a las nuevas experiencias que suele dar al viajero recatado. Olvídalo. Hay que dejar cualquier resquemor en la base de esta bella y seductora parisiense y escalarla para vivir la ciudad desde sus alturas.

París es una ciudad blanca, marcada por una estrella y solo desde arriba te das cuenta. Por eso, pegarse al suelo tontamente en ese momento inenarrable en que llegas a la Torre Eiffel no tiene sentido. Si llegaste hasta ahí ya nada puede detenerte. Es como si toda la ciudad encontrara su cénit en esta altitud de acero y yo asistí a ese encuentro.

Subí la torre por primera vez con un gozo infantil, y tanta gente estaba en el tercer nivel que se había cerrado el acceso, lo cual me sirvió de excusa para regresar al final de mi viaje.

Subí dos veces y, sin duda, hoy puedo asegurar que lo haría de nuevo. Símbolo de amor, de locura, odiada en un principio, amada. La Torre Eiffel resume entre sus miles de líneas el exquisito encanto de la seducción femenina y no hay quién se resista. París encontró en ella su gran compañera y esta pareja, a veces disoluta, a veces circunspecta, es una síntesis universal que solo se entiende cuando estás allí, la vives y te abandonas a ella.

ATLANTA O LA FILA DEL MIEDO

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No se lamenta uno tanto del rumbo que ha tomado la seguridad nacional en un aeropuerto norteamericano hasta que le toca experimentarla. Esa fue la suerte mía junto a mi marido y mi hija el pasado junio, cuando tuve la desdicha de llegar a Atlanta, vía Delta Air Lines. Debido a eso, mi consejo para los viajeros que piensan tomar esa ruta es el siguiente: sáltense cuánto puedan el paso por Estados Unidos, pues sufrirán numerosos inconvenientes.

Puede ser que mi consejo caiga en oídos sordos, o algunos lleguen a pensar “a mí eso no me pasa”. Suerte. La verdad es que, después de unas cuantas horas de vuelo, nos vimos sumidos en un aeropuerto caótico. Como extra, durante el vuelo no nos proporcionaron los acostumbrados documentos de arribo, lo cual añadió mayor estrés a la situación. Ingenuamente, íbamos pensando que tres horas “de espera” (como se lo mencionan a uno al comprar los tiquetes) iban a ser aburridas. En lo que se convirtieron fue en un verdadero martirio.

La seguridad es un apéndice anexado a la administración de todos los aeropuertos de la nación del norte, cuyo miedo a la inmigración ilegal y a los ataques terroristas parece no tener fin. Por eso no vale quejarse, gritar o desmayarse, la verdad, te remiten al Pentágono, y como queda tan lejos o parece tan imposible conseguir una cita, lo que te resta es aplazar el ataque cardiaco para la habitación del hotel adonde te remiten cuando pierdes la conexión.

Atlanta me robó un día en París. Que no te pase lo mismo.

MEMORIA Y OLVIDO EN LA COSTA RICA DEL TERCER MILENIO

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Creo haber arribado a la historia ni más ni menos como cualquier otro ciudadano común, y a partir de ahí, he sido y me he ido construyendo, así, a partir de otro que me concibió como objeto de un futuro histórico, y me planeó sin conocerme. No he vivido una guerra en carne propia, no he luchado por conseguir ningún bien social del cual gozo. No he ayudado a fundar ninguna patria, porque ya me la dieron hecha, sazonada en muchos fragores, los cuales, mal que bien, mitificados o no, me los aprendí desde la escuela. Hoy eso está pasado de moda. “La vida es hoy”, reza el lema. A Costa Rica me la dieron hecha, pero no por tal motivo me es indiferente. Será por eso que me incomodan cada vez más las temibles consecuencias de la aprobación del TLC, las cuales se suceden una tras otra ante la impotencia de los que votamos en contra.

Pero hablar de consecuencias que surgen a raíz de la aprobación de dicho tratado, me suena así, como un tanto apresurado. A mí lo que en el fondo me inquieta es saber por qué se aprobó, de dónde vino esa inmediatez que atemorizó a la mayoría de un pueblo antes dispuesto a dar la lucha…de dónde proviene la prisa de entregar lo que tanto nos costó crear por años y años.

Estos cuestionamientos los hago desde mi experiencia de aula como profesora de secundaria y a partir de eso trato de encontrar algunas pistas. Lo que me parece percibir en los jóvenes es un ansia extraordinaria por vivir sin fronteras, al estilo de un comercial automovilístico. Acelerar a la máxima potencia. El hombre y la máquina, uno solo. No hay límites, cautela ni recelo. Por el contrario, se percibe una entrega total al instinto primitivo del goce y el abandono. En los bailes, una tendencia a fundirse con ritmos que recuerdan, en los más maduros, rituales de civilizaciones lejanas. Mas ese instinto primitivo se aprecia, socialmente, como si se tratara de un estilo refinado y elegante del buen vivir. De ahí, la necesidad de comisionar en otros el aburrido hábito de dirigir, organizar y pensar. Para lograr disipar esa seD de disfrute, no se debe perder el tiempo en divagaciones exhaustivas que no conducen a nada. Por el contrario, es imperante, tanto para los jóvenes como para los no tan jóvenes, dispersarse en pasatiempos virtuales alucinantes, y para eso, se debe conseguir, a cualquier precio, la última tecnología. A esto se suma la búsqueda, cada vez más difundida, de sentir el poder en nuestras manos, lo cual se traduce, para muchos, en la velocidad vertiginosa de autos poderosos y, ojalá, en lograr escaparse de la tutela de cualquier autoridad impositiva y majadera. Hoy no cabe en los jóvenes la reflexión ni el restringirse de nada. Pero no solo a los jóvenes atañe ese cero en restricción. Esa temible enfermedad se extiende al mundo adulto y provoca que, cualquier amenaza a la cómoda costumbre de aumentar los bienes o tan solo de mantenerlos, deba ser expulsada, eliminada, enterrada.

Yo todavía recuerdo que uno estrenaba en diciembre y era para casi todo el año. Hoy, muchos padres de familia, acongojados, ven como día a día un estilo de vida más o menos de nivel medio, se precipita velozmente hacia abajo. Mas no así las exigencias de sus vástagos. Éstos siguen demandando su mesada, el último Ipod, Intenet de alta velocidad, ropa de marca. Los solteros se las ven a palitos para seguir frecuentando los mismos bares, cogiendo taxi o pagando los altos precios de la gasolina. Antes, si se necesitaban unos zapatos tenis, uno compraba zapatos tenis, sin complicarse con marcas, colores o diseños. Para “salir”, tenía que haber fiestas en algún barrio, porque todo lo cerraban temprano, y, de todos modos, la llegada a la casa era a las nueve. En estos tiempos eso es i n c o n c e b i b l e. Irrisorio. Cuentos de otros mundos. Imposible. Tanto muchachos como papás, tienen que salir y divertirse. Y, en ciertos círculos sociales, para que no haya peligro de accidentes, hasta se contratan buses que lleven a los vástagos hasta las barras libres y luego los traigan a casa, sanos y salvos de sus andanzas.

Todo se vale. Vivir es la consigna, pero vivir joven. Si se te notan los años… estás listo, cocinado. Hay que estirar tanto la juventud y hay una confusión tan grande con eso de las edades, que ya los libros de hace veinte años no nos coinciden con las famosas “etapas de la vida”. Y por ahí se cuelan, no solo las escapadas de más de uno, sino las inconformidades de los más que ya van dejando atrás los cuarenta o los cincuenta. Ya no hay viejos, no hay abuelos, no hay quién siente cabeza, todos vamos corriendo viviendo la vida loca, la de hoy por supuesto, donde responsabilidad y recato, perdieron la partida ante el “porta mí” y el “salado”. No hay padres y no hay hijos. “Mae” es un trato bastante difundido entre padre e hijo. Muchos de nuestros jóvenes le conocen varias novias a su papá divorciado y otro tanto a su mamá. Las mamás “departen” con los amigos de sus hijos de “tú a tú”, participan de las fiestas y hasta bailan con ellos. Son mamás tan lindas y “bien cuidadas” que a veces son más atractivas que las hijas y se ufanan de ello. Son familias nuevas, muy nuevas. Tan nuevas que utilizar dicho término suena casi obsoleto. Me entra la tentación de llamarlas con un término moderno y glamoroso, algo que denote su naturaleza de encuentro y de desencuentro, algo así como grupos de conveniencia. Y en estos grupos de conveniencia, ésta consiste en que, entre todos, las cosas salen más baratas (aunque, bueno, salado si solo es uno el que tiene que pagarlo todo). Además, claro está, no se vive solo. En términos generales, hay quién te dé afecto, cuide de la casa y la ropa y se preocupe por la comida.

Pero esta nueva sociedad, fundada en grupos de conveniencia, tiene un pequeño problema: en su mayoría, es inmadura. Inmaduro el padre, inmadura la madre. Inmaduros algunos abuelos que defienden una libertad de la que no disfrutaron. ¿Y los hijos?… ahí van creciendo, crecen de altura y les doblanel tamaño la malacrianza y el desparpajo. Nadie se da a respetar porque los mayores tienen miedo. ¿Pero qué digo? ¡si no hay mayores!, craso error, ¡todos somos unos chiquillos! A las seis de la tarde, cuando menos, se acaba el trabajo, ¿y qué sigue?, pues una recompensa, qué sé yo, un cafecito, unos traguitos. ¿Quién quiere llegar a la casa, a los problemas, a las tareas, al cónyuge cansado, al adolescente indómito e impositivo? ¡Por Dios Santo! ¿A esos se les quiere hablar de política? ¡Lo que faltaba! ¿Dónde cupo, en medio de ese mare magnun de confusiones, un plebiscito?

Con la aprobación del TLC, sobre la Costa Rica en la que nací y crecí, se abrió para mí un gran signo de interrogación. Todos los que la habitamos, arribamos a su historia y heredamos las mismas instituciones, derechos y deberes, la cuestión es que solamente en algunos prevalece la conciencia social. Pero en realidad, qué difícil es levantarse en medio de la masa y reconocerse como un individuo capaz de gestar el bien común a través de su sola voluntad de sacrificio. Qué difícil negarse a ver el espejismo de un bienestar pasajero (porque es inexorablemente pasajero) y pensar en el futuro ciudadano como se tomaron el costo de hacerlo nuestros antepasados. ¿No será porque antes había viejos más tranquilos? ¿Que antes el ritmo humano y despacioso en todas las actividades gestaba más sabios? ¿Que la familia era generadora de la experiencia social y de las reglas mínimas de convivencia? ¿Que la decisión de un país sin ejército fue tomada por un paradójico y valiente comandante en jefe? ¿Que la seguridad social fue un proceso importantísimo, que avanzó paso a paso hasta construir un sistema fecundo y ejemplar a nivel latinoamericano? ¿Que las instituciones que nos hicieron grandes respondieron a planteamientos construidos arduamente? ¿No será que nuestros eruditos no marchaban al son de otros tambores sino al ritmo que les dictaban los más altos valores patrios? ¿No será que los visionarios arriesgados crearon la banca nacional sin temer a los futuros City Bank o Bank of America? ¿No era entonces que el conocimiento se adquiría por amor y con ahínco y no por la imposición de una era?

Así las cosas, me parece que hemos llegado a esta patria como unos arribistas cualquiera, sin historia ni tradición propia, sin respeto a la paz ni a la guerra, ni al pobre ni al rico, ni al odio ni al amor, ni a la abundancia ni a la carestía, ni al padre ni a la madre. Siento como si fuéramos unos mercenarios, esos que trabajan para el que mejor les pague, porque no le deben su lealtad a nadie. El todos de ninguno y el ninguno de todos, como por alguna parte leí. No puedo sustraerme a esta suerte en la que me veo involucrada, a este devenir donde el olvido –la enfermedad de Macondo- es la epidemia que carcome a Costa Rica.

La vida es hoy, reza aquel lema, hoy por hoy casi sagrado, y ya a nadie le interesan las terribles letras pequeñas.