ATLANTA O LA FILA DEL MIEDO

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No se lamenta uno tanto del rumbo que ha tomado la seguridad nacional en un aeropuerto norteamericano hasta que le toca experimentarla. Esa fue la suerte mía junto a mi marido y mi hija el pasado junio, cuando tuve la desdicha de llegar a Atlanta, vía Delta Air Lines. Debido a eso, mi consejo para los viajeros que piensan tomar esa ruta es el siguiente: sáltense cuánto puedan el paso por Estados Unidos, pues sufrirán numerosos inconvenientes.

Puede ser que mi consejo caiga en oídos sordos, o algunos lleguen a pensar “a mí eso no me pasa”. Suerte. La verdad es que, después de unas cuantas horas de vuelo, nos vimos sumidos en un aeropuerto caótico. Como extra, durante el vuelo no nos proporcionaron los acostumbrados documentos de arribo, lo cual añadió mayor estrés a la situación. Ingenuamente, íbamos pensando que tres horas “de espera” (como se lo mencionan a uno al comprar los tiquetes) iban a ser aburridas. En lo que se convirtieron fue en un verdadero martirio.

La seguridad es un apéndice anexado a la administración de todos los aeropuertos de la nación del norte, cuyo miedo a la inmigración ilegal y a los ataques terroristas parece no tener fin. Por eso no vale quejarse, gritar o desmayarse, la verdad, te remiten al Pentágono, y como queda tan lejos o parece tan imposible conseguir una cita, lo que te resta es aplazar el ataque cardiaco para la habitación del hotel adonde te remiten cuando pierdes la conexión.

Atlanta me robó un día en París. Que no te pase lo mismo.

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