Archivos Mensuales: octubre 2008

Crecer duele a todos

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Vemos el crecimiento como un proceso natural.  Crecemos, envejecemos.  Es natural, pero ¿qué tan preparados estamos entonces para lo “natural”?

Cuando nacen nuestros hijos y nos colocan entre los brazos aquel pequeño sercito, es como si el alma se derritiera por todos nuestros poros en un desconocido sentimiento ancestral y divino.  Aquel ser humano, indefenso y perfecto (no necesariamente con el prototipo de perfección que se maneje socialmente) es “nuestro”.  En las películas se ha retrado miles de veces esta escena y es algo como “madre, he aquí a tu hijo”, la famosa frase de Jesús.  Desde ahí, esa pequeña partícula que señala el posesivo “tú”, es la semilla que puede generar todos los desastres del planeta.  MI hijo.  MI criatura.  MI responsabilidad. MI otro yo. Dejan de existir las otras “notas musicales”.  No existe el do, ni el re, no se puede aproximar el fa, aunque permitamos que, tal vez y tímidamente, se asome un sol para iluminar la faz de aquella adorable criaturita. Ojalá y nunca, sobre todo si es varón, llegue a existir un la.  Y de este modo, muy probablemente quede reinando, como música de fondo,  un si sostenido (si tan solo…., si no fuera por…., si yo pudiera…., si tú quisieras…).

Pero, ¡qué terrible, oh temible adversidad, oh dioses del Olimpo, siempre envidiosos de nuestra dicha terrena!  Las lindas criaturitas crecen.  Abominación.  Van ahí, desarrollándose inexorablemente.  Se “nos” van “separando” (¿no fue que nos separaron al nacer?), tienen gusto, opinión, deseos de conocer.  Son atrevidos, quieren experimentar, tocan, se caen, se golpean, gritan, exigen, lloran, rechazan, buscan, necesitan, se enferman, transgreden, quiebran, pierden, ganan…¡Qué de enredos!  Aprenden unas cosas, les cuestan otras, desean y abandonan al mismo tiempo.  Nos aman y nos odian.  Se abandonan, se empecinan, se transforman, permanecen.  ¡CRECEN!

Mas sin embargo, nosotros, esos que estuvimos en el parto, que lo vivimos, que los esperamos nueve meses, esos, aquellos, SOMOS LOS MISMOS.  ¿Los mismos?  Por ahí, alguna vez, oí que los nueve meses de espera de una madre son los nueve meses más caros de la historia, porque los cobramos durante toda la vida. ¿Será cierto?  Pues no sé, también cuentan los años subsiguientes, es decir, la crianza, la educación, el alimento, los cuidados médicos, los traslados de un lugar a otro, viajes, paseos, qué sé yo, pues no sé, todo eso del diario vivir, la casa, el vestido, el alimento…  Toda esa inversión, ¿adónde apunta?  Si nos ponemos a analizar…¿adónde lleva? ¿Cuál es el objetivo?

Amados, temidos y muchas veces repelidos, los padres vamos por la vida ¿detrás de los hijos?, ¿adelante?, ¿a la par?  ¿Cuál de todas estas posiciones es la más adecuada? ¡Cómo cuesta, Jesús, si hasta Vos mismo pusiste en su lugar a tu Santa Madre!

Entonces, pues, crecer duele a todos.  Ver y asistir al crecimiento.  Sentirnos impotentes a que aquel sercito nos dobla en voluntad, quebrantó algunos, muchos, todos los límites que soñamos ponerle.  Cumplió o se negó rotundamente a cumplir la senda soñada por nosotros.  Vive o no vivió la vida que deseábamos que tuviera.  Buscó, rebuscó, no buscó o no encontró la pareja que soñamos.  Duele crecer.  Duele a todos.

Duele porque aquel ser indefenso, perfecto y maravilloso, se convirtió en todo un ser independiente, imperfecto y terriblemente extraño a nosotros.  Claro que nos quiere. Sí, ¿cómo no querer a quién nos ha cuidado y amado por todos los años de nuestra vida?  No hay, ni habrá nunca en la vida de alguien, un amor más permanente que el de los padres.  Amor dulce y tormentoso.  Amor que, muchas veces, asfixia.  Amor que mata, como dice una canción.

Entre adultos, es muy común el comentario divertido de que nuestros hijos nos creen asexuales (y a las madres, no sé, algo así como la santísima concepción, que no es otra cosa que dar a luz siendo virgen).  En fin, es toda una trama, porque nosotros pensamos lo mismo de nuestros hijos, pero resulta que ni unos ni otros lo somos; sino que, por el contrario, contamos con nuestra propia, debida y muy evidente sexualidad.  La cuestión es que los padres tenemos nuestro espacio y los hijos no.  Tenemos (supuestamente) nuestra pareja fija y los hijos no.  Tenemos nuestro “secreto” y los hijos no.  Eso puede conducir a la creencia errada de que somos dueños, de que manejamos la sexualidad de nuestros hijos y lo hacemos desde los permisos y la vigilancia “permanente” de los espacios y los tiempos durante los cuales, supuestamente, puede pasar “algo”.  Duele crecer.  Duele no poder asumir con naturalidad los procesos de la vida.  Duele no poder comunicarse.  Duele tratar, a toda costa, de ignorar “secciones” de la vida de nuestros hijos, que para ellos son, quizás, de las más importantes.  De este modo, consideramos dichosos a los padres cuyos hijos no tienen “todavía” novios o novias, y nos sentimos mortificados de que los nuestros “sí”.  Ese sí temido, pero que en el fondo grita a voces “naturalmente sí”.  Mientras que los otros, los dichosos padres de aquel ser maravillosamente sin pareja, se regodean de su exitoso retoño, el cual, sin duda, está viviendo dolorosamente su soledad y su carencia de experiencias (y no me refiero al acto sexual en sí mismo, sino también a la experiencia básica-mágica de un beso de amor).

Duele crecer.  Olvidar lo que sentimos un día, lejano para unos, no tan lejano para otros.  Crecer y dejar crecer es terriblemente doloroso.  Colocar las piezas de la vida en su lugar, ese lugar prodigioso, lugar que puede ser de encuentro en vez de desencuentro, de alegría en vez de tristezas, de diálogo en vez de gritos, de ganancia en lugar de pérdida.  Somos naturales, vivimos naturalmente, buscamos lo natural, en la dieta, en los jardines, en la casa.  Amigables con el ambiente queremos ser todos, pero lo que es en nuestra familia, con nuestros hijos, no, ¡qué viva lo antinatural!, ¡qué no crezca!, ¡que no encuentre pareja!, ¡que no se case ni tenga hijos!… La pregunta es:  ¿tan mal nos fue a nosotros? ¿Tan inseguros estamos de la formación que hemos dado? ¿Tan irreconocibles son esos hijos que crecieron ante nuestros ojos?

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La pelea del siglo

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¿Le ha ganado, finalmente, Tío Coyote a Tío Conejo? Esto viene a raíz de las iras de Óscar Arias con respecto a la no-construcción de ¿su nuevo estadio? Habría algunos elementos interesantes que analizar en todo este embrollo que haría las delicias de Pío Víquez.

En ese sentido, y para rescatar lo lúdico del asunto, se me ocurre situar las acciones en un ring. De este lado, tenemos al peso pesado de todos los nóveles pacíficos, caprichoso y acostumbrado a salirse con la suya: Tío Conejo. Del otro lado, encontramos al venerable luchador de las causas perdidas, el Quijote de La Aduana y de La Sabana, acostumbrado a las tundas, pero siempre dispuesto a dar la lucha: Tío Coyote. Empieza la acción, aquí vemos cómo Tío Conejo se adelanta y le mete un cachetazo al pobre Tío Coyote: vamos a demoler el Estadio Nacional. Tío Coyote sale lesionado, podemos verle sangrar un poco la comisura izquierda. Arremete débilmente, de hecho, nadie se da cuenta, pareciera más bien que se repliega hacia una esquina y empieza a consultar un libro. ¿Será acaso un libro de leyes, viejo y carcomido? Suena la campana, los contrincantes salen de nuevo hacia el centro. Tío Conejo, listo como siempre, y asesorado por un manager chino, parece que luchara solo, tal es la enorme ventaja que muestra sobre su adversario. Con su natural estilo cosmo-polito, lanza sobre la lona algo parecido a un plano. Los espectadores gritan eufóricos: sí, es un plano, un plano enorme y maravilloso, que gracias a la magia digital china, se levanta en un holograma imponente: es el nuevo estadio, glorioso y magnífico. En el centro del papel, con grandes letras, hasta el más ciego puede leer: siglo XXIII. Tío Coyote vuelve a retroceder, se le ha abierto una herida tremenda y Tío Conejo la ignora. Está muy ocupado con los vítores de sus seguidores. Es como si todo el pueblo estuviera ahí. El pueblo, ese pequeño pueblo vulnerable y sediento de nuevos avances, el mismo que quiere entrar al siglo XXIII con una mano atrás y otra adelante pero con un gran estadio. Tío Coyote vuelve a sus andadas, ya no es uno, sino dos libracos, tiene una lupa, el pelo se le desordena, toma notas en una pequeña libretita e incluso, dicen algunos que hasta hizo un par de llamadas desde su celular. ¡No!, vuelve a sonar la campana. Tío Coyote, tan transparente como al principio, regresa al centro, se coloca frente a Tío Conejo, quien esta vez lo ignora por completo y sonríe: ha lanzado el holograma al aire, la multitud lo aclama, pareciera que el estadio se levantara ahí mismo sobre sus cabezas. Es más, todos están ya ahí, ya van entrando, el espectáculo es maravilloso. Un incomensurable parqueo de 300 carros da marco al coloso. Los 300 espacios tienen nombre, y hasta se pueden leer sus pequeños y encantadores rótulos donde pintaron, con fabulosa pintura reflexiva los títulos de sus respectivos dueños: árbitros, guardalíneas, jugadores, entrenadores, preparadores físicos, médicos, paramédicos, camilleros, policías, suplentes, conserjes, masajistas, ayudantes y otros más que no se alcanzaban a ver…¡ah, sí!, Ministros, Viceministros, Diputados, y algo así como accionista-presidente-y-hermano, pero no se veía con claridad. Encantadores todos. Mientras tanto, en el ring, seguía un asalto tras otro. Tío Coyote, cada vez más transparente, parecía una sombra. En su esquina, ya no solo se veían los libros sino que hasta parecía haber llegado una secretaria y varios asesores, ticos todos, eso sí. En la otra esquina, el número de chinos crecía, hacían reverencias y parecían muy felices, todos sonreían. Los espectadores chillaban. Los locutores deportivos, enardecidos, desbordados en alabanzas hacia Tío Conejo, lo llegaron a apodar El Supremo.

Afuera, los lavacarros, que se ganaban una extrita, se asomaban por unas pequeñas ventanillas hechas para que circulara el aire. Estaban felices también, casi que se atrevían a entrar gratis y a la fuerza a ver la pelea, pues El Supremo había hablado de ellos. En efecto, durante uno de los tiempos, le habían alcanzado un micrófono y había dicho a grandes voces que sí, que ellos eran los verdaderos deportistas del país, no los otros, aquellos, los que andaban buscando viejas leyes enmohecidas que hablaban de viejos derechos, no, eran ellos, esos que se ponían una camiseta para lavar el carro. ¡Viva!

El holograma seguía ahí, ahí, delante de sus narices. Cada espectador podía verse a sí mismo en las filas de las modernas boleterías automatizadas de aquel estadio no del primer, sino del otro mundo. Era cosa de magia, ¡ellos mismos, abriendo sus billeteras y carteras, buscando y rebuscando los cincuenta dólares de la entrada!, barato para un mundo mágico y de ensoñación que bien valía la pena, pues era el camino directo hacia la nueva Costa Rica, primer país desarrollado de Latinoamérica.

Resonó, con gran estrépito, la demolición de la vieja estructura. Todos aterrizaron, de golpe, de su vuelo astral. Un polvo fino y melancólico invadió el recinto. Difusas nubes parecían dibujar figuras y algunos se divertían adivinando de quién se trataba: Fello Meza, Alejandro Morera, Mario Catato Cordero, Álvaro Murillo, Cuti Monge… José Figueres, Orlich, Daniel Oduber, Calderón… Un valiente se atrevió a ponerse de pie y aplaudir. Hasta los más distraídos lo siguieron, y que se produjo una gran ovación.

El sonido de la campana los volvió a la realidad del ring. Podían ver cómo Tío Conejo, sintiéndose ganador, se abalanzaba sobre el cinturón de la victoria, seguido por su séquito de sonrientes asesores chinos. Los locutores se deshacían en epítetos gloriosos. Aquello sí había sido verdadera una pelea, esa sí era una victoria de El Supremo sobre el Ingenuo. Pero, en aquel preciso momento, Tío Coyote se levantó de la lona, donde yacía semiinconsciente. Nadie se explicaba de dónde había sacado un legajo de papeles, los cuales, aunque parecían inofensivos, se convirtieron en verdadera armas de rayos láser que dejaron boquiabiertos hasta al más pintado. De ellos salieron hasta alcanzar al holograma, que, como un si se tratara de un juego de pólvora, se desintegró en miles de partículas resplandecientes que caían desmayadamente. Ya no era transparente, se había materializado con claridad. La multitud lanzó un grito de asombro. Aquel pequeño personaje, el lamentable Quijote de La Aduana y de La Sabana, se acrecentó en la lona. El cinturón cayó de las manos de Tío Conejo, el manager y los asesores chinos, corrieron a abrir sus laptops donde los planos y altiplanos digitales se esfumaban a manera de distorsiones épicas. El hermano de Tío Conejo convocó a una reunión de emergencia que le ayudara a redactar una página imaginativa e inculpante para publicarla, no ya en la segunda página, sino en la misma portada (faltaba más) del más grande y prestigioso diario del país. Los lavacarros se rasgaban la camiseta. Los locutores hablaban en chino, español y otros idiomas menos reconocidos socialmente, convocando a una rapidísima rueda de prensa a la cual no podían faltar ni los dioses del Olimpo, para que los ayudara a difundir, a toda hora y en todos los medios, el horror de los horrores: Tío Coyote había ganado la pelea.

¡Ah zorro, Tío Coyote! Te quitaste un armastrote de encima con la ayuda de las señoras Prepotencia de Arias, Insensatez de Pandolfo e Ignorancia de Pekin. El pueblo, ¡oh veleidoso personaje!, huyó hacia las laberínticas calles aledañas y, desde sus cómodas o incómodas locaciones, despotrica desengañado. Pero que no se diga que renunció a un pulmón para engordar un negocio millonario, que reniega de un derecho que le fue heredado, y menos, que lo hizo, cual embrujado del flautista de Hammelin, bailando por el sueño de Tío Conejo.

María José Castillo, nace una gran estrella

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Es posible que algunos estén dudando de lo que realmente pasó tras bambalinas con María José. La ven muy cambiada, le analizan el escote. Lo cierto es que ninguno se queda indiferente.

Primero empezó a hablarse de que si era gorda o no. Entonces la discusión iba y venía entre rellenita o pasada de carnes. Luego le siguió la vestimenta, y la pregunta entonces era sobre quién la estaba asesorando, y cómo debía ser su presentación personal. También estuvieron en el tapete los comentarios de los jueces, esos simpáticos personajes sentados frente al escenario con cara de yo sí soy pero yo no fui, dependiendo del momento.

Ahora, los incrédulos, los criticones, los mirones, todos, se están quedando un tanto mudos. Nace una estrella, ¿pero qué significa eso realmente? Aquí en Costa Rica hemos visto nacer una que otra, no sé, de pronto se me ocurre Maribel Guardia. Ella tuvo que salir de este ambiente para poder desarrollar todo su potencial y, bueno, ahí la vemos de vez en cuando hablando bellezas de nuestro país y congelándose en el tiempo con su cuerpo escultural y su rostro impecable.

El caso de María José, sin embargo, nos toca en fibras profundas. Ella no es Maribel, cuyo despegue inicial del terruño se dio sin pena ni gloria. Por el contrario, a María José la hemos seguido paso a paso, como si se nos llevaran a una hija, a una hermanita querida, a la niña de la casa. Con su carita angelical y su sonrisa cautivadora, María José nos trae un soplo de aire fresco, toda ella hecha de primavera.

Debo confesar que nunca reparé más que en su voz, aunque alguna vez su vestuario resultara un tanto peculiar. La potencia que es capaz de lograr, los suaves matices, el sentimiento que transmite al cantar, actúa como una especie de varita mágica. Ella cautiva. La hemos visto crecer, dice un jurado, la hemos visto hacerse grande y eso duele, porque crecer es doloroso. La crítica, en ese sentido, no cabe.

María José es una valiente. Es una triunfadora. Que va a pagar un precio, es innegable. En este mundo nada es gratis. Pero si ponemos cuidado en su familia, en el amor tan evidente de ese núcleo, no debemos dejar que nos invadan las dudas. Ella es, lo que decimos aquí, una muchacha buena. Que se ha puesto su minifalda, que se ha bajado el escote, bueno, pero esos ojos profundamente negros dicen más, nos muestran todo el panorama de su fuerza interior. Ella nació para cantarle al mundo, para movernos desde dentro con la capacidad que solo tiene su voz. Dejemos, como coterráneos, que avance en ese mundo de hoy, sin duda cruel, a todas miras duro, disoluto. Ella va a avanzar por él, lo va a atravesar y lo va a iluminar. Saldrá avante como solo lo pueden hacer los victoriosos.

Una cosa es cierta: por donde ella pase, nada volverá a ser igual, ya que en su aparente vulnerabilidad  es en donde yace toda su fortaleza.

María José triunfó la noche del 9 de octubre porque la desventaja económica de nuestro país se hizo evidente frente a nuestros vecinos del sur.  Eso es todo.  Los dólares le ganaron a los colones en mucho. Además, un empate era, estadísticamente, improbable. Por eso debió salir una sola ganadora.

Sin embargo, ante la aparente derrota, se mostró airosa, tranquila.  Ella era, ya, la dueña de la situación.  Durante estos arduos meses, aquella chiquita inicial maduró hasta convertirse, no solo en la dueña de un espacio llamado escenario, sino también en un ejemplo a seguir.  Enferma como la vimos, se enfrentó a un público y a unos jueces implacables.  Dos veces más tuvo que salir y cantar ¡qué coraje!, ¡qué determinación!  ¡Cuántos de nosotros nos echamos atrás ante el mínimo problema!  Esa jovencita de dieciocho años es una fortaleza de determinación.  ¿Que lloró?, sí, pero después, no antes.  No tuvo miedo, aceptó y manejó una situación que un altísimo porcentaje de adultos jamás lograrían.  Por eso, se ha ganado el corazón y la admiración de un pais entero que le ha dicho:  María José, te amamos, no solo por tu hermosa voz, sino por la entereza de tu inquebrantable corazón.