La pelea del siglo

Estándar

¿Le ha ganado, finalmente, Tío Coyote a Tío Conejo? Esto viene a raíz de las iras de Óscar Arias con respecto a la no-construcción de ¿su nuevo estadio? Habría algunos elementos interesantes que analizar en todo este embrollo que haría las delicias de Pío Víquez.

En ese sentido, y para rescatar lo lúdico del asunto, se me ocurre situar las acciones en un ring. De este lado, tenemos al peso pesado de todos los nóveles pacíficos, caprichoso y acostumbrado a salirse con la suya: Tío Conejo. Del otro lado, encontramos al venerable luchador de las causas perdidas, el Quijote de La Aduana y de La Sabana, acostumbrado a las tundas, pero siempre dispuesto a dar la lucha: Tío Coyote. Empieza la acción, aquí vemos cómo Tío Conejo se adelanta y le mete un cachetazo al pobre Tío Coyote: vamos a demoler el Estadio Nacional. Tío Coyote sale lesionado, podemos verle sangrar un poco la comisura izquierda. Arremete débilmente, de hecho, nadie se da cuenta, pareciera más bien que se repliega hacia una esquina y empieza a consultar un libro. ¿Será acaso un libro de leyes, viejo y carcomido? Suena la campana, los contrincantes salen de nuevo hacia el centro. Tío Conejo, listo como siempre, y asesorado por un manager chino, parece que luchara solo, tal es la enorme ventaja que muestra sobre su adversario. Con su natural estilo cosmo-polito, lanza sobre la lona algo parecido a un plano. Los espectadores gritan eufóricos: sí, es un plano, un plano enorme y maravilloso, que gracias a la magia digital china, se levanta en un holograma imponente: es el nuevo estadio, glorioso y magnífico. En el centro del papel, con grandes letras, hasta el más ciego puede leer: siglo XXIII. Tío Coyote vuelve a retroceder, se le ha abierto una herida tremenda y Tío Conejo la ignora. Está muy ocupado con los vítores de sus seguidores. Es como si todo el pueblo estuviera ahí. El pueblo, ese pequeño pueblo vulnerable y sediento de nuevos avances, el mismo que quiere entrar al siglo XXIII con una mano atrás y otra adelante pero con un gran estadio. Tío Coyote vuelve a sus andadas, ya no es uno, sino dos libracos, tiene una lupa, el pelo se le desordena, toma notas en una pequeña libretita e incluso, dicen algunos que hasta hizo un par de llamadas desde su celular. ¡No!, vuelve a sonar la campana. Tío Coyote, tan transparente como al principio, regresa al centro, se coloca frente a Tío Conejo, quien esta vez lo ignora por completo y sonríe: ha lanzado el holograma al aire, la multitud lo aclama, pareciera que el estadio se levantara ahí mismo sobre sus cabezas. Es más, todos están ya ahí, ya van entrando, el espectáculo es maravilloso. Un incomensurable parqueo de 300 carros da marco al coloso. Los 300 espacios tienen nombre, y hasta se pueden leer sus pequeños y encantadores rótulos donde pintaron, con fabulosa pintura reflexiva los títulos de sus respectivos dueños: árbitros, guardalíneas, jugadores, entrenadores, preparadores físicos, médicos, paramédicos, camilleros, policías, suplentes, conserjes, masajistas, ayudantes y otros más que no se alcanzaban a ver…¡ah, sí!, Ministros, Viceministros, Diputados, y algo así como accionista-presidente-y-hermano, pero no se veía con claridad. Encantadores todos. Mientras tanto, en el ring, seguía un asalto tras otro. Tío Coyote, cada vez más transparente, parecía una sombra. En su esquina, ya no solo se veían los libros sino que hasta parecía haber llegado una secretaria y varios asesores, ticos todos, eso sí. En la otra esquina, el número de chinos crecía, hacían reverencias y parecían muy felices, todos sonreían. Los espectadores chillaban. Los locutores deportivos, enardecidos, desbordados en alabanzas hacia Tío Conejo, lo llegaron a apodar El Supremo.

Afuera, los lavacarros, que se ganaban una extrita, se asomaban por unas pequeñas ventanillas hechas para que circulara el aire. Estaban felices también, casi que se atrevían a entrar gratis y a la fuerza a ver la pelea, pues El Supremo había hablado de ellos. En efecto, durante uno de los tiempos, le habían alcanzado un micrófono y había dicho a grandes voces que sí, que ellos eran los verdaderos deportistas del país, no los otros, aquellos, los que andaban buscando viejas leyes enmohecidas que hablaban de viejos derechos, no, eran ellos, esos que se ponían una camiseta para lavar el carro. ¡Viva!

El holograma seguía ahí, ahí, delante de sus narices. Cada espectador podía verse a sí mismo en las filas de las modernas boleterías automatizadas de aquel estadio no del primer, sino del otro mundo. Era cosa de magia, ¡ellos mismos, abriendo sus billeteras y carteras, buscando y rebuscando los cincuenta dólares de la entrada!, barato para un mundo mágico y de ensoñación que bien valía la pena, pues era el camino directo hacia la nueva Costa Rica, primer país desarrollado de Latinoamérica.

Resonó, con gran estrépito, la demolición de la vieja estructura. Todos aterrizaron, de golpe, de su vuelo astral. Un polvo fino y melancólico invadió el recinto. Difusas nubes parecían dibujar figuras y algunos se divertían adivinando de quién se trataba: Fello Meza, Alejandro Morera, Mario Catato Cordero, Álvaro Murillo, Cuti Monge… José Figueres, Orlich, Daniel Oduber, Calderón… Un valiente se atrevió a ponerse de pie y aplaudir. Hasta los más distraídos lo siguieron, y que se produjo una gran ovación.

El sonido de la campana los volvió a la realidad del ring. Podían ver cómo Tío Conejo, sintiéndose ganador, se abalanzaba sobre el cinturón de la victoria, seguido por su séquito de sonrientes asesores chinos. Los locutores se deshacían en epítetos gloriosos. Aquello sí había sido verdadera una pelea, esa sí era una victoria de El Supremo sobre el Ingenuo. Pero, en aquel preciso momento, Tío Coyote se levantó de la lona, donde yacía semiinconsciente. Nadie se explicaba de dónde había sacado un legajo de papeles, los cuales, aunque parecían inofensivos, se convirtieron en verdadera armas de rayos láser que dejaron boquiabiertos hasta al más pintado. De ellos salieron hasta alcanzar al holograma, que, como un si se tratara de un juego de pólvora, se desintegró en miles de partículas resplandecientes que caían desmayadamente. Ya no era transparente, se había materializado con claridad. La multitud lanzó un grito de asombro. Aquel pequeño personaje, el lamentable Quijote de La Aduana y de La Sabana, se acrecentó en la lona. El cinturón cayó de las manos de Tío Conejo, el manager y los asesores chinos, corrieron a abrir sus laptops donde los planos y altiplanos digitales se esfumaban a manera de distorsiones épicas. El hermano de Tío Conejo convocó a una reunión de emergencia que le ayudara a redactar una página imaginativa e inculpante para publicarla, no ya en la segunda página, sino en la misma portada (faltaba más) del más grande y prestigioso diario del país. Los lavacarros se rasgaban la camiseta. Los locutores hablaban en chino, español y otros idiomas menos reconocidos socialmente, convocando a una rapidísima rueda de prensa a la cual no podían faltar ni los dioses del Olimpo, para que los ayudara a difundir, a toda hora y en todos los medios, el horror de los horrores: Tío Coyote había ganado la pelea.

¡Ah zorro, Tío Coyote! Te quitaste un armastrote de encima con la ayuda de las señoras Prepotencia de Arias, Insensatez de Pandolfo e Ignorancia de Pekin. El pueblo, ¡oh veleidoso personaje!, huyó hacia las laberínticas calles aledañas y, desde sus cómodas o incómodas locaciones, despotrica desengañado. Pero que no se diga que renunció a un pulmón para engordar un negocio millonario, que reniega de un derecho que le fue heredado, y menos, que lo hizo, cual embrujado del flautista de Hammelin, bailando por el sueño de Tío Conejo.

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  1. Lo que no me queda claro es… donde está el problema? Si se elimina el estadio viejo para construir uno nuevo… Qué es lo que le molesta profe? Además es un estadio regalado por los chinos. Cuales son los costos? No son estos costos (que haya un parqueo reservado a Osquitar, x decir algo) justificables contra la posibilidad de simplemente quedarnos con el estadio que tenemos que ni parqueo tiene?

  2. Una póstuma alegría para los desilucionados partidarios de Tío Conejo: aunque perdió la pelea, el “árbitro” le otrogó el triunfo, tal vez por amistad o por temor a Tío Conejo.

  3. Acerca del comentario de Alejandro no quiero ni comenzar a explicarle que es lo que molesta del asunto porque muy claro esta en el escrito. Pero acerca de lo mas tangible: Cuales son los costos? Bueno los costos de cualquier obsequio son altisimos SIEMPRE nadie regala por regalar mucho menos si es entre paises y mucho menos si son paises que no tienen nada que ver unos con los otros. O pensara ud que somos importantes de alguna forma sentimental para la China que tiene un centenar de ciudades con mayor poblacion que toda Costa Rica, no somos comunistas, ni nada que nos una de ninguna forma en particular. Es mas el asunto va mas alla del a apoya a Taiwan o a la China unificada somos ahora con estos amiguismos con los chinos y con estas ofrendas aparentemente dadibosas siervos de un nuevo amo. Asi como ya de por si lo somos de EEUU. Es el equivalente a que por internet ud conozca a una persona que vive en Guanacaste y luego de verse una vez, le mande hacer un expectacular jardin en su casa… ud acepta? bueno luego con que cara le va a decir que no sale de parranda o de apoyarlo con un pleito o de sensurar sus acciones o de cualquier acto que su mente otrora libre le dicte como correcta. En fin SI mejor quedarse con un estadio pobre sin parqueo pero que sea nuestro y no de nuestro amo oriental e implacable.

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