Crecer duele a todos

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Vemos el crecimiento como un proceso natural.  Crecemos, envejecemos.  Es natural, pero ¿qué tan preparados estamos entonces para lo “natural”?

Cuando nacen nuestros hijos y nos colocan entre los brazos aquel pequeño sercito, es como si el alma se derritiera por todos nuestros poros en un desconocido sentimiento ancestral y divino.  Aquel ser humano, indefenso y perfecto (no necesariamente con el prototipo de perfección que se maneje socialmente) es “nuestro”.  En las películas se ha retrado miles de veces esta escena y es algo como “madre, he aquí a tu hijo”, la famosa frase de Jesús.  Desde ahí, esa pequeña partícula que señala el posesivo “tú”, es la semilla que puede generar todos los desastres del planeta.  MI hijo.  MI criatura.  MI responsabilidad. MI otro yo. Dejan de existir las otras “notas musicales”.  No existe el do, ni el re, no se puede aproximar el fa, aunque permitamos que, tal vez y tímidamente, se asome un sol para iluminar la faz de aquella adorable criaturita. Ojalá y nunca, sobre todo si es varón, llegue a existir un la.  Y de este modo, muy probablemente quede reinando, como música de fondo,  un si sostenido (si tan solo…., si no fuera por…., si yo pudiera…., si tú quisieras…).

Pero, ¡qué terrible, oh temible adversidad, oh dioses del Olimpo, siempre envidiosos de nuestra dicha terrena!  Las lindas criaturitas crecen.  Abominación.  Van ahí, desarrollándose inexorablemente.  Se “nos” van “separando” (¿no fue que nos separaron al nacer?), tienen gusto, opinión, deseos de conocer.  Son atrevidos, quieren experimentar, tocan, se caen, se golpean, gritan, exigen, lloran, rechazan, buscan, necesitan, se enferman, transgreden, quiebran, pierden, ganan…¡Qué de enredos!  Aprenden unas cosas, les cuestan otras, desean y abandonan al mismo tiempo.  Nos aman y nos odian.  Se abandonan, se empecinan, se transforman, permanecen.  ¡CRECEN!

Mas sin embargo, nosotros, esos que estuvimos en el parto, que lo vivimos, que los esperamos nueve meses, esos, aquellos, SOMOS LOS MISMOS.  ¿Los mismos?  Por ahí, alguna vez, oí que los nueve meses de espera de una madre son los nueve meses más caros de la historia, porque los cobramos durante toda la vida. ¿Será cierto?  Pues no sé, también cuentan los años subsiguientes, es decir, la crianza, la educación, el alimento, los cuidados médicos, los traslados de un lugar a otro, viajes, paseos, qué sé yo, pues no sé, todo eso del diario vivir, la casa, el vestido, el alimento…  Toda esa inversión, ¿adónde apunta?  Si nos ponemos a analizar…¿adónde lleva? ¿Cuál es el objetivo?

Amados, temidos y muchas veces repelidos, los padres vamos por la vida ¿detrás de los hijos?, ¿adelante?, ¿a la par?  ¿Cuál de todas estas posiciones es la más adecuada? ¡Cómo cuesta, Jesús, si hasta Vos mismo pusiste en su lugar a tu Santa Madre!

Entonces, pues, crecer duele a todos.  Ver y asistir al crecimiento.  Sentirnos impotentes a que aquel sercito nos dobla en voluntad, quebrantó algunos, muchos, todos los límites que soñamos ponerle.  Cumplió o se negó rotundamente a cumplir la senda soñada por nosotros.  Vive o no vivió la vida que deseábamos que tuviera.  Buscó, rebuscó, no buscó o no encontró la pareja que soñamos.  Duele crecer.  Duele a todos.

Duele porque aquel ser indefenso, perfecto y maravilloso, se convirtió en todo un ser independiente, imperfecto y terriblemente extraño a nosotros.  Claro que nos quiere. Sí, ¿cómo no querer a quién nos ha cuidado y amado por todos los años de nuestra vida?  No hay, ni habrá nunca en la vida de alguien, un amor más permanente que el de los padres.  Amor dulce y tormentoso.  Amor que, muchas veces, asfixia.  Amor que mata, como dice una canción.

Entre adultos, es muy común el comentario divertido de que nuestros hijos nos creen asexuales (y a las madres, no sé, algo así como la santísima concepción, que no es otra cosa que dar a luz siendo virgen).  En fin, es toda una trama, porque nosotros pensamos lo mismo de nuestros hijos, pero resulta que ni unos ni otros lo somos; sino que, por el contrario, contamos con nuestra propia, debida y muy evidente sexualidad.  La cuestión es que los padres tenemos nuestro espacio y los hijos no.  Tenemos (supuestamente) nuestra pareja fija y los hijos no.  Tenemos nuestro “secreto” y los hijos no.  Eso puede conducir a la creencia errada de que somos dueños, de que manejamos la sexualidad de nuestros hijos y lo hacemos desde los permisos y la vigilancia “permanente” de los espacios y los tiempos durante los cuales, supuestamente, puede pasar “algo”.  Duele crecer.  Duele no poder asumir con naturalidad los procesos de la vida.  Duele no poder comunicarse.  Duele tratar, a toda costa, de ignorar “secciones” de la vida de nuestros hijos, que para ellos son, quizás, de las más importantes.  De este modo, consideramos dichosos a los padres cuyos hijos no tienen “todavía” novios o novias, y nos sentimos mortificados de que los nuestros “sí”.  Ese sí temido, pero que en el fondo grita a voces “naturalmente sí”.  Mientras que los otros, los dichosos padres de aquel ser maravillosamente sin pareja, se regodean de su exitoso retoño, el cual, sin duda, está viviendo dolorosamente su soledad y su carencia de experiencias (y no me refiero al acto sexual en sí mismo, sino también a la experiencia básica-mágica de un beso de amor).

Duele crecer.  Olvidar lo que sentimos un día, lejano para unos, no tan lejano para otros.  Crecer y dejar crecer es terriblemente doloroso.  Colocar las piezas de la vida en su lugar, ese lugar prodigioso, lugar que puede ser de encuentro en vez de desencuentro, de alegría en vez de tristezas, de diálogo en vez de gritos, de ganancia en lugar de pérdida.  Somos naturales, vivimos naturalmente, buscamos lo natural, en la dieta, en los jardines, en la casa.  Amigables con el ambiente queremos ser todos, pero lo que es en nuestra familia, con nuestros hijos, no, ¡qué viva lo antinatural!, ¡qué no crezca!, ¡que no encuentre pareja!, ¡que no se case ni tenga hijos!… La pregunta es:  ¿tan mal nos fue a nosotros? ¿Tan inseguros estamos de la formación que hemos dado? ¿Tan irreconocibles son esos hijos que crecieron ante nuestros ojos?

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