Archivos Mensuales: noviembre 2008

El consumismo o el espejismo de “tener”

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Oh think twice, it’s another day for
you and me in paradise

¿Hasta dónde llega nuestra voracidad?  ¿Somos porque tenemos?  ¿Soy por lo que tengo?  “Tengo, tengo, tengo… tú no tienes nada”, así rezaba una tonadilla que recuerdo de mi niñez.  En aquel entonces, carecía de sentido para mí, era como cantar “mirón, mirón, mirón… de dónde viene tanta gente”.  Pero no es tan inocente como parece.  “Tener” se ha vuelto una consigna.  Pero este verbo comodín (calificado así por los especialistas debido a su uso indiscriminado) es peligroso.  Y es que no solo tenemos necesidades básicas.  Tenemos sueños.  Tenemos ambición.  Sino que también tenemos envidia.  Tenemos sed insaciable.  Tenemos hambre desmedida.  Tenemos ropa, zapatos, juguetes, carteras, celulares… que, si no los tienes, no “sos”.

Porque, en esta vida, en este instante, en el ahora, tener y exhibir se han vuelto amigos inseparables… e insuperables.  Tener, en el Diccionario Secreto, es sinónimo de acumular.  Como tarjetas de crédito que caminan, nuestra acumulación de millas nos da valor, y las podemos cambiar por… relaciones, amigos y buenas influencias.  Las “millas” son las “cosas que tengo”.  Tengo carro, luego soy.  Pero ojo, no cualquier carro…  Tengo casa… y aquí entramos en terreno minado. Casa, lo que se dice casa, es algo más complicado.   Están los detalles del barrio, urbanización, tamaño, jardines, muebles, número de televisores, videojuegos disponibles, electrodomésticos, número de garajes, etc. Como accesorio, tengo, voy a tener o DEBO tener,  ropa, celular de última generación, reloj, cartera o billetera (todos de marca), corte de pelo a la moda, joyas actuales, perfume de moda, ah, y hablo inglés.  Mis hijos, si son bebés, visten y andan en cochecito de marca… luego, más grandecitos, se repite lo anterior, pero se le suma escuela de prestigio, y, por supuesto, su primer celular de mickey mouse.  Ya de adolescentes, estas pequeñas criaturitas, se vuelven un poquitín exigentes y caprichocillos, pero ¿qué se le puede hacer?  TIENEN tan buenas amistades,  “buena educación” (léase acceso a buena escuela) son tan inteligentes, que, bueno, se les pueden pasar por alto ciertas cosillas. Con satisfacción, podemos decir que nuestros hijos lo llegan a TENER TODO.

Mas ese dulce y casi bucólico panorama descrito anteriormente pierde su dulzura y bucólico “charm”  cuando lo traducimos a la lengua de la calle, al lenguaje del diario vivir de la gente común… cuando aterriza.  Pues ¿quién lo diría? “los otros”, “aquellos”, “los extraños”, “los corrientes”,  también quieren…TENER.  Y tener, en el Diccionario Secreto de los Otros, significa “agarrar lo que se pueda, cuando se pueda y como se pueda”.  Oh, oh… suena a problemas.  Y sí, efectivamente, los problemas llegan.  Inician como noticiario de mediodía y se convierten en realidades por la tarde o noche.  Porque los desarrapados, los sin marca, también (y con esto descubro el agua tibia) también desean.  También viven el bombardeo publicitario.  Porque a ellos también les gustan los mismos celulares, las mismas cosas… tal vez no se pueden llevar las casas, pero se llevan todo lo que está adentro (además de la acomodaticia tranquilidad de los “buenos” hogares).  Porque tener no solo se restringe a lo material. Deseamos, a veces, poseer todo “del otro”:  dignidad, ventura, paz, equilibrio, voluntad…por amor, por odio, por lo que sea.

Tener, como vamos viendo, es un verbo peligroso.  Porque en el fondo, el objeto del deseo es el mismo para unos y otros, o sea, para todos.  Tener nos vuelve ciegos, codiciosos.  Tener nos vuelve hamster glotones que acumulan alimentos innecesarios en mofludos cachetes para inviernos que nunca llegan. Tener nos hace temer (hasta la desesperación) a su antónimo no-tener.  Nos vuelve atacantes y nos victimiza.  Nos vuelve aguerridos y nos ridiculiza.  Nos vuelve amnésicos, grotescos, blandos.  Nos hace duros, prepotentes.  Nos divierte y nos martiriza.  Tener nos tiraniza, nos somete.  Nos hace inertes, nos robotiza. Tener nos lleva a los más bellos espejismos y nos hunde en las más terribles simas.  Nos hace indiferentes, fríos, distantes, temerosos, inquietantes.  Tener es el verbo de las invasiones, de la conquista y de la vejación.  Humilla y enaltece, abruma y seduce. Tener nos pone de rodillas, nos arrastra y corroe.

Las noticias de noviembre sorprenden con la avalancha de clientes urgidos que aplastó a un empleado de una cadena norteamericana de tiendas.  Yo me pregunto, ¿a cuántos ha matado y seguirá matando la sed insaciable por tener ? ¿A cuántos ha aplastado en su loca carrera?

Después de todo, este verbo, en el Diccionario Secreto que todos poseemos (y del cual jamás aceptaríamos acarrear una copia) trae las instrucciones para deshacer la virtud y la honra, ya sea propia o ajena.

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Pertenecer a un grupo

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En mi caso, pertenecer a un grupo me ha sido, literalmente, imposible.  Por mucho tiempo, busqué un lugar en donde acomodarme.  En el colegio no lo logré muy bien.  Mis pasatiempos eran demasiado simples o demasiado excéntricos.  Leía, escribía, veía televisión… dibujaba y estudiaba.  En  la universidad, me pasaba horas enteras dedicada al estudio, leía y, alguna que otra vez, escribía.  Ver televisión era más difícil, aunque me seguía encantando.  Sin embargo, me perseguía el mismo gusanito de la pertenencia.  No sé, a lo mejor era un poco lo del complejo de huérfana por haber perdido a mi mamá en la temprana juventud o qué, pero buscaba unirme a un grupo.  Experimenté un par de asociaciones de tipo espiritual-místico o como se llame, empujada por cierta simpatía hacia la medicina alternativa.  Pero seguí sin encajar.  En la universidad, resultaba un verdadero “elemento”:  cumplía con tareas, leía todo lo asignado, en fin, me lo tomaba en serio.  Rehuía los vacilones… y viéndolo bien ¿cómo quería pertenecer a un grupo siendo seria?  Pero bueno, pertenecer a un grupo es importante…¿quién lo dijo?, la vida, la experiencia…en otras palabras, los que saben.  Y así fue como pasó el tiempo.  Aún sigo suspendida en el limbo.  Sin embargo, un poco ya más tranquila de las ansiedades grupales, me doy cuenta de que -aunque no “pertenezco-pertenezco” a ningún grupo- soy aceptada en todos.

La no-pertenecia me permite la movilidad de no tomar partido.  Soy libre.  Es quizá ése hálito, el misterioso motivo que me ha mantenido alejada de círculos asociativos excluyentes.  Muchos se me acercan para pedir mi criterio en casos especiales y “anónimos”.  Pobres.  Ellos tienen que cuidarse de no decir nombres y de no dar pistas claras.  Yo, simplemente, emito mi opinión y punto.  Quedan agradecidos.

Entonces, ¿es importante pertenecer a un grupo dentro del círculo en que te mueves?  Según mi experiencia de una vida, no.  Una vez cierto amigo de juventud me dijo que yo tenía la marca de Caín (por supuesto, intentaba con ello incorporarme al grupo de los que tenían dicha marca… sobra decir que no lo logró).  Sonaba interesante y misterioso, pero no pretendan que les diga qué es la tal marca, ¡bastante me costó a mí averiguarlo!  Marca o no marca, puede ser.  La cosa está en que, después de todo y al escribir sobre esto, me entra una duda…¿será que siempre he pertenecido al grupo de los que no pertenecen a ningún grupo? ¡Qué embrollo!