Archivos Mensuales: diciembre 2008

Accidente de tránsito de consecuencias terribles

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guitarraBreve retrospectiva de un accidente

Estaba en la parada alrededor de las seis de la mañana.  Probablemente, acababa de compartir el desayuno con sus dos hijos. Horas después, supimos por las noticias que, en su pequeña familia, él era el padre y la madre.  Un muchacho sencillo, trabajador y amoroso.  ¿Qué pasó?  Mientras salía de su casa, sonriente como siempre, ya venía de camino el ebrio irresponsable que lo iba a dejar sin una pierna.  Ahí estaba, en la parada de bus, como otro día más de su vida, junto con otras personas.  Todas acabadas de levantar, todas tranquilas, iniciando sus labores cotidianas.

Influenciados por el lenguaje cinematográfico, podríamos ver, en una escena paralela, cómo se aproxima, en la cima de su inconciencia, un beodo, y, ante la inminencia de la fatalidad, nos erizamos en nuestros asientos.

Lo que vemos en la siguiente escena es espeluznante.  Aquella pacífica parada, similar a otras muchas desperdigadas por la ciudad de San José, se convierte en el tétrico escenario de una tragedia.  Grito y dolor se esparcen por el aire, desvanecimiento y confusión.  Ya no habrá más tranquilidad en varias vidas.  Lo cotidiano se disuelve entre el pánico y las sirenas.  Fue así como un joven padre perdió su pierna y una muchacha se encuentra gravemente herida.  Un instante bastó.

A nosotros, como espectadores estupefactos, nos toca quedarnos con el estupor.

No estoy segura de cuál sea el objetivo de los noticiarios al informar sobre los hechos posteriores, pero, después de tanto sinsabor, después de habernos visto practicamente obligados a asistir, en primera fila, a la trágica devastación de un ser humano, como si bajara un ángel directo de un trono celestial, fuimos testigos de la grandeza de un alma.  Ese muchacho, admirado por ser padre y madre de sus pequeños hijos, conocido por su alegría y entusiasmo por el futbol, quien acababa de perder media pierna, aparecía frente a nuestros ojos sonriente y tranquilo.

El valor que tiene un periodista para preguntarle a alguien en esas circunstancias, qué es lo que más desearía tener, me hunde en el más profundo de los desconciertos y seguirá siendo un misterio para mí por los siglos de los siglos.  Pero la respuesta recibida ha sido la lección de humildad más grandiosa que me han dado.  Una guitarra.  Él estaba sin su pierna y quería una guitarra para cantarle a Dios.  ¿Cómo puede haber almas tan generosas en este mundo?

¿Cómo podrá seguir su vida quien, sumergido en una embriaguez incauta, arrancó un trozo del físico de alguien cuya grandiosa fortaleza permanece intacta?

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Accidentes de tránsito: el papel del enojo… y una manera de prevenirlo

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Ticos en carretera, ¡hagamos que funcione!

Tal vez uno de los encantos más celebrados de un bebé sea el de “hacer ojitos”… quizá todos nosotros, en su momento. lo aprendimos y, con él, ese arte tan practicado (y a veces olvidado) de la seducción.

Claro, éramos bebecitos y, aunque no sabíamos exactamente lo que hacíamos, creo que, ya de adultos,  todo eso de andar por la calle manejando o caminando malhumorados, no pertenece a nuestra más profunda indiosincracia, esa de agradar y ser agradecido.

Despojémonos de la autocrítica y veamonos en un espejo-espejito que nos diga lo bonitos que somos.   Muchos visitantes se refieren a los ticos como gente amable y sonriente.  Nosotros, muchos de nosotros, le decimos a eso (autodestructivamente) “hipocresía”.  Pero de hecho hay un estudio que nos revela como los más alegres de centroamérica.  Entonces, ¿por qué nos enojamos tanto en carretera? ¿No es, muchas veces, el enojo el que nos hace acelerar con deseos, nada buenos, de aniquilar? ¿Qué sentido tiene causar un accidente solo porque se nos pega en gana no ceder (aunque haya un gran rótulo que dice “ceda“)?

Ahondando un poco en eso que llaman “forma de ser”, no es difícil identificarnos como personas gentiles, mucho de lo cual se lo debemos a nuestros queridos antepasados:  humildes entre los humildes, campesinos entre los campesinos (¡para nadie es un secreto que hace poco más de un siglo, San José era una aldea!).

El enojo de aquellos que comparten el viacrucis de las presas nace en el momento exacto en el que un conductor se nos atraviesa a la fuerza apoderándose de “nuestro lugar”.  Y es que a los ticos nos molestan las imposiciones, que se nos adelanten, que se entrometan, que se fuercen las situaciones. Si se nos “cuelan” en una fila, podemos, fácilmente, perder la compostura.  Sin embargo, he visto que, aunque alguien tenga una hora de esperar para llegar a una ventanilla, si se le acercan y le dicen “me deja hacer una consultita nada más” acompañado de unos buenos “ojitos” y el esbozo de una sonrisa humilde, jamás, pero JAMÁS, se niega.

En contraste, he observado (y vivido) momentos en los cuales, en plena carretera, si nos introducimos en el pequeño espacio que queda entre un automóvil y otro, podemos desencadenar un “pique” ardiente no importa si son las seis de la mañana o las siete de la noche.  Esto porque el “agredido” se siente, literalmente, abofeteado. ¿Cómo se atreve este XXX a meterse delante de mí?  En cambio, en esas presas impresionantes de las cinco de la tarde, el vuelo de una manita anónima que se asoma tímidamente de una ventanilla pidiendo campo, hace milagros.  Ni qué decir unos “ojitos”, dignos del mejor encantador de serpientes ¡zaz!, la magia se da, y, en medio de pitazos y maldiciones, sucumbimos ante el encanto de aquella lejana seducción, aprendida, inocentemente, en los brazos de nuestra madre.

Por eso creo que es posible hacer que el tránsito funcione y la fluidez se dé, que los accidentes innecesarios se prevengan.  Basta de momias al volante, que, cual muñecos petrificados en sus sarcófagos, se niegan a volver a verse unos a otros.  No nos neguemos a la seducción de la sonrisa, de la mano que vuela como una pequeña mariposa encarcelada.  ¡Dios!, que un pito no nos convierta en asesinos, un semáforo en rojo en energúmenos o uno en verde en atravesados que congestionan el tránsito que fluye transversalmente.  Cedamos el paso, caigamos bajo el influjo de la seducción y no de la ciega destrucción, ¿qué más dan unos minutos más?

Aceptemos el hecho de que todos andamos con la misma prisa, estamos igual de cansados pero, sobre todo, deseamos llegar a casa sanos y salvos. Si hacer ojitos es el sortilegio, ¡hagamos que funcione!

¿Quién educa?

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¿Educa el padre que vela por sus hijos responsablemente y tiene un hijo adicto?

¿Educa el irresponsable que los abandona, cuyos hijos salen adelante en la vida?¿Educa la madre abnegada que se levanta en la madrugada y cocina el almuerzo antes de irse a trabajar, cuyos hijos le reclaman más tarde por la ropa que no está limpia o aplanchada? ¿Educa la madre que no hace nada más que velar por sí misma, su figura y su moda, cuyos hijos viven a la espera de un saludo o que los acompañe a hacer la tarea? ¿Educa el profesor dedicado cuyos alumnos no le hacen el menos caso o lo odian porque desea que aprendan bien? ¿Educa el profesor que hace todo a la carrera y sale avante en su cotidiano “hacer lo primero que se me ocurra” cuyos estudiantes seguramente aman porque no les exige nada? ¿Quién educa? ¿El sacerdote santo, el ególatra o el pederasta? ¿El padre, la madre, el maestro, el compañero respetuoso o el altanero, el policía corrupto o el honesto, el conserje que ama su trabajo o el que reniega de él? ¿La televisión, el cine, la radio, la prensa, las revistas? ¿A quién le estamos haciendo las preguntas? ¿A quién queremos hacer responsable directo? ¿El todo de ninguno o el ninguno de todos?

Riteve de Costa Rica y las “faltas leves”

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Hace pocos días hubo un accidente mortal provocado por un trailer, un trailero, el dueño del trailer, Riteve Costa Rica y el Gobierno.

Quienes han sido dueños de un carro más o menos viejo, de esos que se tienen y nunca se pueden cambiar por modelos más recientes, estarán muy familiarizados con la famosa nota “falta leve”.  Esta se puede asociar con los cinturones, las luces, la placa, las llantas, la suspensión o, en los casos más serios, el sistema de frenado.

“Falta leve” se asocia a “libre para andar el carro un año más”… o, mejor dicho, hasta la próxima “falta leve”, la cual posiblemente para entonces, será una muy grave.  Pero de nuevo,y debido al ingenio que caracteriza a los conductores costarricense, son fallas que se pueden camuflar para que el auto en mientes pase la revisión.  Se buscan llantas y triángulos de seguridad prestados, se recurre a arreglos tipo “Mc Guiver”, se disfraza todo tipo de mal funcionamiento y ¡listo!, se llega a Riteve por segunda o tercera vez y ¡voilá! se obtiene el preciado marchamo.

Se nos olvida que ese carro con faltas leves va nuestro más preciado tesoro:  la familia, los amigos o nosotros mismos.  Se nos olvida que bajo esas faltas leves puede subyacer la cláusula de muerte de un desconocido inocente.  Nos hacemos los tontos, los locos y sordos.  La falta leve no nos hace recapacitar y buscar una pronta solución.  Por el contrario, nos abre el panorama de “un año más” para jugárnosla.

El dueño del trailer que aplastó el auto donde viajaba una familia entera, cometió un asesinato, tal y como reza una reciente propaganda del MOPT.  Y con él, como cómplice más cercano, un chofer irresponsable que andaba con una cola de 27 partes levantados por faltas en las que hasta hubo heridos y demás.  Y, para culminar, en la misma categoría, luce Riteve. Esta empresa encargada de la revisión vehicular en Costa Rica, luego de revisarlo por tercera vez (la tercera es la vencida), sacó a circulación un vehículo de carga pesada, cuyo eje central, para que circule con seguridad, es, sin duda, el sistema de frenado.

Pero el mayor culpable de asesinato es el Gobierno.  Un Gobierno que, alcahuetamente, permite el ingreso, a montones, de unidades deterioradas.  Miles saben que el negocio de “los trailers” ha traído dolor y perversión a nuestro país.  Esos trailers son traídos porque ya no cumplen los estándares de seguridad en Estados Unidos, ese gran protituidor del mundo.  Ellos, con la gran sonrisa, nos venden su basura, y nosotros, con otra, la compramos y distribuimos.

Estamos tan urgidos de la nueva ley de tránsito que la necesidad no puede ser mayor.  Somos tan irresponsables, hemos llegado tan al tope de la necedad y la estulticia, que necesitamos que nos den por donde más nos duele para hacer caso… o sea, el bolsillo.  Las campañas asociadas a los problemas de tránsito han sido enfocadas hacia el corazón y la conciencia, pero de esos ya no hay muchos frente al volante.  Ya dentro de un carro manda el acelerador porque “la de arriba no piensa”.  Estamos tan mal, que la red de complicidad llega a niveles de inconciencia empresarial.

En efecto, el bolsillo, o sea, don dinero, es el intocable.  Por obtener más ganancia es que nos venden vehículos que no pueden circular en el país donde la seguridad del ciudadano “es lo primero”.  Para obtener ganancia hacemos viajes de miles y miles de kilómetros hasta traer esos residuos a nuestro suelo nacional (ojalá, llenos de droga que ayude, aún más, a pervertir a una población en decadencia).  Para obtener ganancia los disfrazamos y les disimulamos las fallas más peligrosas y, para obtener ganancia, ponemos al volante al primer individuo que acepte el más escuálido salario, esto, claro, sin hacer preguntas.  Finalmente, los ponemos a distribuir muerte a diestra y siniestra por las carreteras del país.

Riteve y las “faltas leves” solo son la corona de un estado de cosas descompuesto y pestilente.

Un accidente similar ocurrió el 20 de enero de 2006.  No podemos hacernos los ciegos.

http://www.nacion.com/ln_ee/2009/enero/22/sucesos1848374.html

Hace trece mil lectores

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Hace trece mil lectores empecé a escribir y lo hice cuando eran cero, cuando no existían más que en el supuesto de los que podrían llegar a ser.

Hoy veo con asombro que miles o cientos de ustedes han llegado hasta mi blog en busca de algo… lo más sorprendente es que ese algo no existía como tal hace unos cuantos meses.

Le debo este blog a una pregunta sencilla que jamás me habían planteado:  ¿Por qué no empieza un blog? Y ese cuestionamiento, inocente como parece, hoy me tiene comprometida con mis viejas amigas:  las palabras, pero sobre todo, con quienes me leen.

Hace trece mil lectores yo estaba en silencio.  Gracias Leo, porque me sacaste de ahí y me lanzaste a un mar desconocido e inmenso por el cual avanzo y navego a mis anchas.