LA MUJER SALVAJE

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flamingo dic 07 1 053
He aquí que tuve acceso a una reflexión especialmente refrescante. Va para todas esas mujeres que están moviendo el mundo a través de su participación activa, sea ésta cual fuere. Desconozco quién la escribió.

LA MUJER SALVAJE

La creatividad cambia de forma. En determinado momento tiene una forma y al siguiente otra. Es como un espíritu deslumbrador que se nos aparece a todos, pero que no se puede describir, pues nadie se pone de acuerdo acerca de lo que ha visto en medio de aquel brillante resplandor. ¿Son el manejo de los pigmentos y los lienzos o los desconchados de la pintura y el papel de la pared unas pruebas de su existencia? ¿Qué tal el papel y la pluma, los macizos de flores que bordean la calzada del jardín o la construcción de una universidad? Sí, por su puesto. ¿Planchar bien un cuello de camisa, organizar una revolución? También. ¿Tocar amorosamente las hojas de una planta, concertar el <>, cerrar el telar, encontrar la propia voz, amar bien a alguien? También. ¿Cuidar el matrimonio como el vergel que efectivamente es, excavar en busca del oro de la psique, encontrar una palabra hermosa, confeccionar una cortina de color azul? Todo eso es fruto de la vida creativa. Todas estas cosas pertenecen a la Mujer Salvaje, al Río bajo el río que fluye incesantemente hacia nuestra vida. Algunos dicen que la vida creativa está en las ideas y otros dicen que está en las obras. En la mayoría de los casos da la impresión de encontrarse en un ser sencillo. No es la virtud, aunque eso está muy bien. Es el amor, es amar algo –tanto si es una persona como si es una palabra, una imagen, una idea, la tierra o la humanidad—hasta el extremo de que todo lo que se pueda hacer con lo sobrante sea una creación. No es cuestión de querer, no es un acto individual de voluntad; es simplemente algo que se tiene que hacer.

En la tradición arquetípica se tiene la idea de que si alguien prepara un lugar psíquico especial, el ser, la fuerza creativa, la fuente del alma se enterará, se abrirá camino hacia él y establecerá en él su morada. Tanto si esta fuerza es convocada por el bíblico <> como si lo es por una voz que, como en la película Field of Dreams en la que un campesino oye una voz que lo insta a construir un campo de béisbol para los espíritus de los jugadores difuntos, le dice: <>, el hecho de preparar un lugar adecuado propicia la venida de la gran fuerza creativa.

La creación de algo en un punto determinado del río alimenta a los que se acercan a él, a las criaturas que se encuentran corriente abajo y a las del fondo. La creatividad no es un movimiento solitario. En eso estriba su poder. Cualquier cosa que toque, quienquiera que la oiga, vea o perciba, lo sabe y se alimenta. Es por eso por lo que la contemplación de la palabra, la imagen o la idea creativa de otra persona nos llena y nos inspira en nuestra propia labor creativa. Un solo acto creativo tiene el poder de alimentar a todo un continente. Un acto creativo puede hacer que un torrente traspase la piedra.

Por esta razón, la capacidad creativa de una mujer es su cualidad más valiosa, pues se ve por fuera y la alimenta por dentro a todos los niveles: psíquico, espiritual, mental, emotivo y económico. La naturaleza salvaje derrama incesantes posibilidades, actúa a modo de canal del parto, confiere fuerza, apaga la sed, sacia nuestra hambre de la profunda vida salvaje. En una situación ideal, el río creativo no tiene ningún dique y ningún desvío y, sobre todo, no se utiliza indebidamente.

El río de la Mujer Salvaje nos alimenta y nos convierte en unos seres que son como ella: dadores de vida. Mientras nosotras creamos, este ser salvaje y misterioso nos crea a su vez y nos llena de amor. Somos llamadas a la vida de la misma manera que las criaturas lo son por el sol y el agua. Estamos tan vivas que damos vida a nuestra vez; estallamos, florecemos, nos dividimos y multiplicamos, fecundamos, incubamos, transmitimos, ofrecemos.

Está claro que la creatividad emana de algo que se levanta, rueda, avanza impetuosamente y se derrama en nosotras, no de algo que permanece inmóvil esperando –aunque sea de manera tortuosa e indirecta—que nosotras encontremos el camino que conduce hacia él. En este sentido jamas podemos <> nuestra creatividad. Esta siempre ahí, llenándonos o chocando con cualquier obstáculo que se interponga en su camino. Si no encuentra ninguna salida para llegar hasta nosotras, retrocede, hace acopio de energía y embiste con fuerza hasta que consigue abrir una brecha. La única manera de evitar su insistente energía consiste en levantar constantes barreras contra ella o dejar que la negligencia y el negativismo destructivo la envenenen.

Si buscamos con ansia la energía creativa; si tenemos problemas con el dominio de la fertilidad, la imaginación y la ideación; si tenemos dificultades para centrarnos en nuestra visión personal, actuar en consecuencia o llevarla a su cumplimiento, significa que algo ha fallado en la confluencia entre las fuentes y el afluente. A lo mejor, nuestras aguas creativas discurren a través de un ambiente contaminado en el que las formas de vida de la imaginación mueren antes de alcanzar la madurez. Con harta frecuencia, cuando una mujer se ve despojada de su vida creativa, todas estas circunstancias se encuentran en la raíz de la situación.

Puesto que la Mujer Salvaje se encuentra en el Río bajo el río, cuando fluye hacia nosotras, nosotras también fluimos. Si la abertura que va de ella a nosotras está bloqueada, nosotras también nos bloqueamos. Si sus corrientes están envenenadas por culpa de nuestros complejos negativos interiores, del ambiente o de las personas que nos rodean, los delicados procesos que configuran nuestras ideas también se contaminan. Y entonces somos como un río moribundo, lo cual no se puede pasar por alto, pues la perdida de una clara corriente creativa constituye una crisis psicológica y espiritual.

Cuando un río esta contaminado, todo empieza a morirse porque, tal como sabemos en la biología medioambiental, cada forma de vida depende de todas las demás. Nada ni nadie es independiente, se necesita de otros seres alrededor para poder vivir, por eso los peces no brincan fuera del agua, los pájaros no se zambullen y los lobos y otras criaturas que se acercan al río para refrescarse se van a otro sitio o se mueren por haber bebido agua corrompida o haber devorado una presa que a su vez se había alimentado con las moribundas plantas de la orilla.

Entonces nos sentimos enfermas y queremos salir adelante. Vagamos sin rumbo fingiendo que nos las podemos arreglar sin la lujuriante vida creativa o bien simulándola; pero no podemos y no debemos.

¿Cómo, me pregunto yo siendo mujer, se nos puede pasar la vida ignorando nuestra fortaleza indomable? ¿No nos revela esta reflexión todas esas connotaciones tan negativas con las que cargamos a la palabra “salvaje”? Pasando por un camino rural, vi cómo estaban construyendo una larga acera. La sorpresa era que la obra era dirigida por una mujer con delantal. Me bastó verla para sentir su fuerza, nacida posiblemente de su determinación por acabar, en un vecindario antes sin tránsito, con el hecho lamentable de que en Costa Rica no hay aceras en las áreas rurales. Seguía el camino y yo en él midiendo los metros y metros por los que se iba a tener que extender la acera, pero en mis adentros sonreí pensando “si una mujer está al mando, ojalá una mamá que trata de proteger a sus hijos, esta acera va a tener la extensión que deba tener.” Hoy, mi pensamiento dice: si una mujer salvaje decide hacer algo, lo hace.

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