Archivos Mensuales: junio 2009

Violencia en el aula

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El iceberg de la violencia

Cada vez crece más la preocupación por la violencia entre los niños y los jóvenes. Tal vez, nadie mejor para testimoniar esto que los profesores, quienes son los  acompañantes por horas y horas de este sector de la población, a veces,  durante más tiempo que los mismos familiares.

Pero, echemos un ojo a los comportamientos habituales en clase o en los recreos:   “¿Necesitas un lápiz?”…  ¡allá te va!, y el proyectil es lanzado inmisericordemente al necesitado, quien, con gran alborozo, trata de atraparlo en el aire. “¿Quién me presta un borrador?”, grita uno desde la otra esquina del aula, “¡Yo!”, ¡y allá te va el otro proyectil, en medio de un estallido general de risas!  “¿Viste? ¡Ganamos el partido!”, y allá te va un buen golpe que hace perder el equilibrio al desafortunado ganador, que, sin pensarlo dos veces lo devuelve… ja,ja,ja, todos celebran los ires y venires de golpes y palabras soeces.  “¿Qué pasa aquí?”, ruge la voz del profesor. “¿Qué estás haciendo, Pedro, por qué estás empujando a Juan?” “No, profe, tranquila, si estamos celebrando el gane.” “Entonces, ¿por qué se están pegando?” “Es que somos muy amigos.” Poco antes, esa profesora u otro docente compañero suyo, ha preguntado en clase:  “¿Por qué le tiras el lápiz a tu compañera, (el borrador, el libro, el tajador) si se lo puedes dar en la mano?” “Tranquilo, profe, es que si me levanto usted me anota.” Risas del emisor y de los espectadores (menos del profesor). En otro momento por ahí, una muchachita le pide ayuda a un compañero, “No entiendo este ejemplo, ¿cómo se hace?”, “No sé, yo tampoco entiendo”, le contesta el  compañero, indiferente. “¡Explíqueme, no se haga el tonto, si veo que ya lo está terminando!”, le reclama la muchacha, quien ya le asestó un golpe en el brazo, el cual le hizo saltar al suelo el lapicero. “¿Qué le pasa? ¿Por qué me tira el lapicero?”, le dice el otro, quien a su vez no pierde la oportunidad de lanzarle una patada a la joven, con toda intención, mientras se agacha a juntar el lapicero. “No me patee.”, le reclama ella, con el ánimo encendido, e impulsivamente, le raya el cuaderno, haciéndole una gran marca al trabajo de él. “¡Eh, vea lo que le hizo a mi cuaderno!”, le dice mientras le arruga la práctica a su compañera y la lanza al suelo. “¿Qué están haciendo ustedes dos?”, interviene ya el profesor, “¿Por qué están jugando con la práctica?” “Es que ella me rayó el cuaderno, profe, vea.” Y le enseña el feo rayonazo. “Yo no fui.”, afirma la agresora, con una linda carita de ángel. “No peleen y sigan trabajando.  De otra manera, mañana no vamos a ver la película.” Todos saltan de sus asientos, “la película” se convierte en ese espacio mágico y maravilloso que suena a “no hacer nada”, el mismo que en la mente del profesor suena “¡Cómo les gusta esa técnica didáctica tan atractiva que es utilizar el cine para los objetivos del aula!” y le ayuda a olvidarse del pequeño incidente entre los muchachos.

La punta del iceberg se ha asomado.  Pero, como exploradores entusiastas, tratemos de averiguar qué hay más adentro, agachémonos de manera que nuestro oído pegue al suelo e intentemos escuchar de qué manera ese iceberg tan quieto e imponente, está vivo y tiene un lenguaje profundo, muy profundo.   Resulta que el profesor, o la profesora, (usemos el género gramatical que no intenta  rozar esas tan actuales  sensibilidades que nos obligan a complicarnos con las y los, ellos y ellas, etc.), alegremente, cual pastor con su rebaño, inicia la proyección de la película mientras sus polluelos se picotean unos a otros por alcanzar el mejor lugar (llámese suelo, silla, mesa, etc.) sin respeto alguno a las mínimas reglas de urbanidad.  En fin, volvamos a la película.  Se inicia:   es la vida un minero.  Las acciones transcurren lentamente, en un juego de claroscuros alucinante, la música (tétrica) invade el salón.  Los personajes, sucios y desarrapados, se mueven en la pantalla reflejando la tragedia de los mineros, absorbidos por la cruel mina y el desalmado capataz, quien los maltrata y no les paga el salario debido.  El profesor está que llora, desfallecido de ver (por enésima vez) aquella impresionante realidad.  ¡Ay, si la cámara enfocara el rincón de atrás, o el de la izquierda, o la segunda fila, donde los estudiantes, hartos algunos de que no se muera nadie y de que no hayan asesinado al capataz a punta de ametralladora, idean sus propias armas y se molestan unos a otros con toda clase de instrumentos punzantes como lápices o reglas, o, ingeniosamente, se han hecho de una hoja en donde dibujan al capataz panzón que yace muerto mientras uno de los mineros se le sienta encima. ¡Qué serie de risitas sofocadas se despiertan por todas partes, mientras el profesor, embebido en la escena donde la madre muere, ya no escucha más que sus pensamientos!  Otros, más sosegados, duermen sin que ya nada los despierte sino el timbre de cambio de lección.  Un par de sesiones dura la película.  Al terminar, el profesor empieza a lanzar preguntas sobre qué les pareció la película, si les gustó, qué les pareció la trama, la realidad terrible de los mineros explotados, etc.  A mí la película no me gustó, dice una chica atrevida. ¿Por qué?  Es que no entendí qué pasaba.  Yo tampoco. Ni yo. ¿Por qué el chiquito trabaja en la mina? La película era aburrida. ¿Por qué los mineros no hacían nada? ¡Yo hubiera explotado todo para que no hubiera mina! ¡Yo también! ¡Pum, plam, puf!  Los ruidos de las explosiones se extienden por el aula, a ver cual suena más fuerte mientras el profesor trata, en vano, de acallarlos. ¿Cómo que no pasa nada? ¿No vieron cómo aquella pobre madre se lanza al hueco desesperada? Y…. Pero profe, ¿por qué tenemos que ver películas tan feas? Profe, es que en esa película de verdad que no pasa nada, dígame una cosa, ¿el capataz al final se muere o no? ¿Por qué no llega el ejército, mata a los malos y salva a los mineros?, culmina brillantemente uno de los más callados.

Lo que pasa es que aquella película, seleccionada con cuidado por el docente, carece de violencia manifiesta, el ingrediente básico de la entretención, pues, al final de cuentas, ¿a quién se le ocurre, a los trece años de edad, que de una película se “aprenda algo”. Así, y por lo tanto, una película que “enseñe” (léase: evidencie, denuncie, muestre problemas sociales o económicos a manera de documental) es un bostezo.  Ya ningún joven quiere aburrirse con espectáculos aleccionadores, lo “mejor” son los filmes donde, todos contra todos, haya persecuciones, matanzas, explosiones, fuegos apocalípticos, carreras, vuelcos espectaculares, miles de balas desperdigadas sin ton ni son, algún histérico que requiera una buena bofetada para recobrar la cordura y, por supuesto, un héroe, un amor, un hijo que se salve, y alguna otra cursilería estereotipada que remueva fibras emocionales. ¡Qué horror!, grita el profesor, ustedes no entienden nada, dos horas gastamos viendo esta película y no entendieron ni pizca.  Es una barbaridad, carecen de sensibilidad, de sentimientos… no pueden entender lo que estaba pasando, algo tan terrible.  Lo que pasa es que ustedes viven en una burbuja, lejos de los verdaderos problemas, ustedes creen que la luna es de queso, ustedes…. ¿Ustedes?  ¿No estará el mismo profesor ejerciendo violencia sobre sus estudiantes agitado por una rabia celestial que lo induce a volcar su furia sobre los ahora asustados muchachos?

¿En dónde empieza y en dónde termina el círculo de la violencia?  Científicos asentados en la Antártida, estudian actualmente la dinámica de icebergs que son tan o más grandes que Europa.  Ellos se dedican a estudiar su comportamiento y, sabiéndose afianzados en un territorio que en realidad se está desplazando, apoyan su oído en el congelado suelo y escuchan, en medio de aquel terrible silencio que puede haber en el continente helado, el sonido que emana del centro de los icebergs.  Sonido que, escuchándolo, adquiere las dimensiones de una queja. Volvamos, entonces, a la escena en donde nos inclinábamos a escuchar esos sonidos del iceberg, el cual, con su inconmensurable masa, murmura, en una clave indescifrable, requiebros lastimeros, reclamos que evidencian nuestro necio empeño de seguir sordos a lo que pasa.  A negarnos a nosotros mismos que somos parte de esta trama que busca violentar a quienes, de otro modo, no conocerían la violencia.  Corre, ensúciate, resbala y cae.  Corrómpete, grita, grita tan alto que nadie sobrepase tus gritos, imponte sobre el resto, hazte sentir, aniquila, ridiculiza, no perdones, ábrete paso, empuja, destruye, no te detengas, no observes, no te deleites frente al silencio, haz ruido, ensordécete con la estridencia de música sin control, embelésate frente a lo grotesco, odia, repudia, alega, enriquécete con lo que puedas, arruina tu inocencia, mancíllala rápido, desecha cuanto puedas, contamina, olvida, sáciate de todo en el menor tiempo posible, no aguantes nada de nadie, si te casas, divórciate, si te divorcias vuélvete a casar, no tengas hijos, y si los tienes, que aprendan a defenderse rápidamente, que corran, se ensucien, se resbalen y caigan, que se corrompan, griten, que griten tan alto que sobrepasen tus gritos, que se impongan sobre ti, que se hagan sentir, que te aniquilen y te ridiculicen, que no te perdonen, que se abran paso, te empujen, te destruyan, que no se detengan, no te observen, no se deleiten frente a tu silencio, ya para entonces debido a tu vejez, que hagan ruido y te ensordezcan, que te muestren todo lo grotesco que han conseguido, que te odien y te repudien, ya para entonces habrán mancillado todo, te habrán desechado, no habrán tenido hijos, y si lo hicieron, que aprendan.

El iceberg, ese que siempre hemos creído mudo, habla, habla y sigue su ruta, se desplaza mar adentro, roto y desquebrajándose.  Ahí está, frente a nuestros ojos, se nos viene encima. ¿Cómo no podemos verlo?

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Educar para el estrés

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Con cuatro hijos a la cola, no me es muy difícil decir que tengo experiencia en cuanto a escuelas y colegios se refiere.  Por todos ellos he escuchado una frase que, aún hoy, se sigue repitiendo:  ya sus hijos están grandes y deben aprender a hacer las cosas solos.  Pero tal vez, la que más ha sentido (y resentido) frases como esta, es mi hija menor.  Ella se ha sentado conmigo a razonar de la siguiente manera:  cuando estaba en primer grado, nos decían que ya éramos grandes, que no éramos chiquitos de kindergarden, que teníamos que comportarnos.  Más adelante, en tercero o cuarto, nos decían lo grandes que estábamos ya.  No éramos los chiquitos de primer grado.  En sexto, éramos los mayores de la escuela, se esperaba de nosotros que no fuéramos como los de tercero.  En sétimo, ya estábamos en el colegio, no éramos los pequeñines de sexto grado:  habíamos dejado los años de escuela atrás para convertirnos en colegiales.  En segundo, no éramos ya los más pequeños del colegio, teníamos “experiencia”.  En noveno, ya casi salíamos del colegio, estábamos crecidos, éramos adolescentes que teníamos que comportarnos como grandes ya.  En décimo, bueno, en décimo son prácticamente universitarios, ya tienen que saber cuál carrera van a seguir, deben presentar exámenes y trabajos con calidad universitaria.  Los están preparando para LA VIDA ALLA AFUERA.  Debo decir que mi hija no ha llegado a undécimo, y con ello, terminado su secundaria, pero como profesora de ese nivel sé que los jóvenes del último nivel de secundaria YA ESTÁN en la universidad.  No se desperdicia un instante para hacérselos saber.

Finalmente, mi hija se ríe (por no llorar) preguntando-se y preguntando-me:  “¿Cuándo tuve la edad que tuve?, ¿cuándo fui pequeña o me dejaron ser pequeña, si siempre he sido la más grande?”  Y es que muchas veces los adultos sentimos miedo de que nuestros niños no crezcan, que se queden inmaduros, que no asuman la vida. Nos mortificamos pensando en que serán unos flojos, perezosos… que olvidarán cómo se crece.  Queremos entrenarlos, como decir, hacerlos fuertes para “lo que vendrá”.  Pero “lo que vendrá” puede ser y no ser… puede ser terrible, puede ser fabuloso, puede que llegue y puede que no llegue. Educar para el futuro es un trabajo loable, siempre y cuando no olvidemos el presente.

Queriendo educar, adiestramos.  Vamos favoreciendo adiestramientos “para poder hacer, hacer y… hacer”. Y ¡ay! de quien no haga. Debes hacerlo así, debes presentarte así, debes escribir así, debes pensar así, debes caminar así, contestar así, sentarte así, decidir así, marchar así, solo así vas a lograr las cosas.  Y en la categoría de cosas va todo: familia, casa, carro, club, éxito, fama… porque son cosas con mayúscula. No camines, corre. Vamos, anda, corre que te alcanzan.  No vaya a ser que te detengas a pensar un poquito, o que te extasíes ante un árbol, o que te preguntes por qué pasa esto o aquello, o que se te dificulte un tema, o quieras, por el contrario, ahondar una materia.  Anda, corre, ¿qué esperas?, la vida no se detiene a esperarte.  Mientras tú te quedas rezagado, mirando, analizando, disfrutando un instante, una cierta etapa, pues alguien te pasa por encima y no quieres eso, ¿verdad?, nadie lo quiere.

Quizás por esa y otras razones, educar se convierte en un estrés para todos.  Cumplir programas que no hay quién los cumpla totalmente, cumplir horarios que no alcanzan para los programas; aborrecer actividades que saquen a los estudiantes de clases que más bien faltan; dejar de lado momentos que piden reflexión porque “no hay tiempo”; mandar a consulta con Orientación a algún estudiante que se nos acerca con confianza, pensando que lo conocemos; evadir respuestas de preguntas incómodas porque están “fuera de tema”; buscar ansiosamente el aula de profesores en los recreos para “aislarse”, pasar inadvertidos pequeños incidentes porque no hay tiempo para eso ni me toca a mí; mandar proyectos a la casa que se convierten en verdaderas odiseas familiares, pero los cuales permiten cumplir con los ya mencionados programas que no hay quién los cumpla, para iniciar de nuevo el círculo del corre-corre.

Vivir estresados, enseñando a estresarse.  ¿En primer grado? ¡Olvídate, ya tendrás tiempo para jugar cuando te pensiones! Ahora, ¡a trabajar, que ya no estás en el jardín de infantes!

La belleza de los objetos

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A menudo, en la búsqueda de sentidos profundos, de valores humanos, dejamos de lado los objetos, incluso se les llega a ver con desprecio. Cuando un alumno llora porque se le perdió un lápiz, lo primero que se le ocurre al maestro es regañarlo, ¿cómo llora por un lápiz? ¡un lápiz no vale nada!  Pero si después pierde el bulto, bueno, a ese sí debiera valorarlo.  ¿Cuéstión de tamaño?  Para un pequeñín que apenas se empieza a adentrar en el mundo de la economía, de donde se agarra para poder juzgar o sopesar el mayor o menor valor de uno o de otro objeto.  Otras veces, cuando algo ya no está tan “bonito”, tan “limpio”, tan “nuevo” (todas estas son apreciaciones personales), decidimos, de buenas a primeras, que hay que botarlo.  El valor emocional de tal objeto, sobre todo si no es nuestro, ya no interesa.  Olvidamos, así, de pronto, que aquello probablemente haya adquirido una connotación valorativa, la cual, muchas veces despreciamos.  ¡Luego nos quejamos de que, en un mundo materialista, botamos y desechamos millones de “cosas”!…¿Contradictorio, no?

Quizás no sea una de las relaciones más claras que haya encontrado, pero, observando cómo este fotógrafo cuya muestra adjunto, logra captar, en la inercia de la imagen, el poder de ciertos objetos, me puse a reflexionar sobre su belleza y su valor intrínseco, no solo como producto del intelecto humano, sino per se, el cual, sin duda, hemos olvidado.  Enseñamos muchas veces que las “cosas” no valen, y está bien, ¿pero hasta dónde es totalmente cierto?

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Afganistán: un país de hombres, hombres muertos y viudas

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¿Quién ayuda en una cultura para que prácticas detestables se perpetúen, sino es la educación misma?  Afganistán es un país de hombres, en donde las mujeres “son” solamente si un hombre les otorga un lugar en la sociedad, una existencia, la cual, de otra manera, no poseen.  Y en un país así, conflictuado, invadido, dominado por extremismos, nacer mujer es una desgracia, pero lo cierto es que, de una mujer a otra, de ancestrales madres o, posiblemente, de actuales maestras, a la mujer se le instaura la resignación.  No digamos de ahora, momento al que podríamos llamar “después de” la invasión, sino desde muchísimo antes.

En el video adjunto se habla de que las mujeres quisieran recuperar la vida que tenían antes, pero la pregunta es ¿cuál vida? Es de suponer que se trata de una vida “normal” en la que el número de hombres muertos respondía únicamente a la tasa de mortalidad correspondiente.
Ir a la universidad, como se muestra ahí, ya implica disfrazarse. La astucia de una mujer la hace ocultar, con su atuendo, que vive en un refugio para viudas. Pero sigue siéndolo.  Cuando se gradúe y logre un puesto como maestra, ganará un pequeño salario.  Aspira a ganarlo para poder ¿qué?, ¿vivir independientemente?, según vemos, no. ¿Valerse por sí misma?, no. Por supuesto, será importante no verse obligada a mendigar, pero lo inconcebible será que, probablemente, desde su puesto como educadora, vaya a ayudar a perpetuar un sistema, no digamos anacrónico  sino inhumano (propio del s.XVIII se dice en el video, ¿en qué universo?, digo yo).

Las mujeres en occidente desconocemos un trato similar, por eso, un deseo tan simple como el que puede expresar una mujer afgana pone de manifiesto la extrema humillación en que ha vivido:  desea vivir como antes… y antes era tener una existencia otorgada por el tiempo que le durara un marido.  Veo la mujer madura que aparece en las imágenes y pareciera tener cierto nivel eductivo, pareciera más segura  Pero aún ella misma, ojalá sea por la naturaleza del reportaje, se nota casi anulada por verdades más grandes, las cuales apenas si describe.

Sigo sin entender exactamente cómo, dos millones de viudas, sometidas a la prostitución, a la mendicidad o al ultraje, no vislumbran un futuro distinto para sus hijas ¿siguen esperando que algún día termine la guerra, algún día se detenga la destrucción? y, si bien no regresarán a sus muertos, ¿esperan que algún día sus hijas tengan lo que ellas perdieron:  una vida “normal”, o sea,  encontrar un marido y continuar sometidas?

Me opongo a la supremacía de un sexo sobre su opuesto.  Hoy más que nunca, el mundo precisa de inteligencias, de creatividades, de conciencias, y, por lo que sé, ninguna de ellas llevan el sello de un género, ni mucho menos, un velo que oculte la expresividad que dan los ojos a un rostro humano.  Sin embargo, va ser trabajo de mujeres romper con tan terribles barreras impuestas por los hombres y perpetuado por otras que han vivido subyugadas. Y no creo que vaya a ser un movimiento pacífico.

Nos toca a nosotros desde aquí, educar para que nuestros descendientes tengan claro que, ninguna práctica que vaya en contra de  derechos legítimamente universales y humanos, puede ser legitimada por ninguna religión ni por ninguna cultura (por  ancestral que sea).Por tal razón, no podemos permitir que haya hoy alguien que ignore o permanezca indiferente ante lo que sucede en lugares como Afganistán, no vaya a ser que, en algún momento, se conviertan en víctimas de algo semejante.