Educar para el estrés

Estándar

Con cuatro hijos a la cola, no me es muy difícil decir que tengo experiencia en cuanto a escuelas y colegios se refiere.  Por todos ellos he escuchado una frase que, aún hoy, se sigue repitiendo:  ya sus hijos están grandes y deben aprender a hacer las cosas solos.  Pero tal vez, la que más ha sentido (y resentido) frases como esta, es mi hija menor.  Ella se ha sentado conmigo a razonar de la siguiente manera:  cuando estaba en primer grado, nos decían que ya éramos grandes, que no éramos chiquitos de kindergarden, que teníamos que comportarnos.  Más adelante, en tercero o cuarto, nos decían lo grandes que estábamos ya.  No éramos los chiquitos de primer grado.  En sexto, éramos los mayores de la escuela, se esperaba de nosotros que no fuéramos como los de tercero.  En sétimo, ya estábamos en el colegio, no éramos los pequeñines de sexto grado:  habíamos dejado los años de escuela atrás para convertirnos en colegiales.  En segundo, no éramos ya los más pequeños del colegio, teníamos “experiencia”.  En noveno, ya casi salíamos del colegio, estábamos crecidos, éramos adolescentes que teníamos que comportarnos como grandes ya.  En décimo, bueno, en décimo son prácticamente universitarios, ya tienen que saber cuál carrera van a seguir, deben presentar exámenes y trabajos con calidad universitaria.  Los están preparando para LA VIDA ALLA AFUERA.  Debo decir que mi hija no ha llegado a undécimo, y con ello, terminado su secundaria, pero como profesora de ese nivel sé que los jóvenes del último nivel de secundaria YA ESTÁN en la universidad.  No se desperdicia un instante para hacérselos saber.

Finalmente, mi hija se ríe (por no llorar) preguntando-se y preguntando-me:  “¿Cuándo tuve la edad que tuve?, ¿cuándo fui pequeña o me dejaron ser pequeña, si siempre he sido la más grande?”  Y es que muchas veces los adultos sentimos miedo de que nuestros niños no crezcan, que se queden inmaduros, que no asuman la vida. Nos mortificamos pensando en que serán unos flojos, perezosos… que olvidarán cómo se crece.  Queremos entrenarlos, como decir, hacerlos fuertes para “lo que vendrá”.  Pero “lo que vendrá” puede ser y no ser… puede ser terrible, puede ser fabuloso, puede que llegue y puede que no llegue. Educar para el futuro es un trabajo loable, siempre y cuando no olvidemos el presente.

Queriendo educar, adiestramos.  Vamos favoreciendo adiestramientos “para poder hacer, hacer y… hacer”. Y ¡ay! de quien no haga. Debes hacerlo así, debes presentarte así, debes escribir así, debes pensar así, debes caminar así, contestar así, sentarte así, decidir así, marchar así, solo así vas a lograr las cosas.  Y en la categoría de cosas va todo: familia, casa, carro, club, éxito, fama… porque son cosas con mayúscula. No camines, corre. Vamos, anda, corre que te alcanzan.  No vaya a ser que te detengas a pensar un poquito, o que te extasíes ante un árbol, o que te preguntes por qué pasa esto o aquello, o que se te dificulte un tema, o quieras, por el contrario, ahondar una materia.  Anda, corre, ¿qué esperas?, la vida no se detiene a esperarte.  Mientras tú te quedas rezagado, mirando, analizando, disfrutando un instante, una cierta etapa, pues alguien te pasa por encima y no quieres eso, ¿verdad?, nadie lo quiere.

Quizás por esa y otras razones, educar se convierte en un estrés para todos.  Cumplir programas que no hay quién los cumpla totalmente, cumplir horarios que no alcanzan para los programas; aborrecer actividades que saquen a los estudiantes de clases que más bien faltan; dejar de lado momentos que piden reflexión porque “no hay tiempo”; mandar a consulta con Orientación a algún estudiante que se nos acerca con confianza, pensando que lo conocemos; evadir respuestas de preguntas incómodas porque están “fuera de tema”; buscar ansiosamente el aula de profesores en los recreos para “aislarse”, pasar inadvertidos pequeños incidentes porque no hay tiempo para eso ni me toca a mí; mandar proyectos a la casa que se convierten en verdaderas odiseas familiares, pero los cuales permiten cumplir con los ya mencionados programas que no hay quién los cumpla, para iniciar de nuevo el círculo del corre-corre.

Vivir estresados, enseñando a estresarse.  ¿En primer grado? ¡Olvídate, ya tendrás tiempo para jugar cuando te pensiones! Ahora, ¡a trabajar, que ya no estás en el jardín de infantes!

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