Archivos Mensuales: octubre 2009

Creatividad en el aula

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¿Qué estoy haciendo al respecto?

Me resulta un poco inquietante que la batalla diaria con los muchachos en clase me opaque la visión de que ciertos jóvenes aprenden de diferente manera.  Una de ella es la kinestésica, quizá de las más molestas para un profesor, porque, la verdad, no sabemos qué hacer con un estudiante inquieto si no es un “¡Quédate sentado ya!”.

Sin embargo, hay un recurso a mano, y es pensar de otra manera.  Por ejemplo, deseo poner en práctica este año 2010 una división por inteligencias en mi clase , de manera tal que los estudiantes se anoten en grupos de acuerdo con alternativas distintas de manifestar los contenidos.

Veamos. Como sé del grupo de bailarinas, cuando leamos un cuento,

ellas van a tener que representar los contenidos del cuento…

bailando, es decir, mediante una coreografía,

para lo cual tendrán que justificar la música, los movimientos y el vestuario,

ya que en el texto visual todo tiene un significado.  Para los estudiantes lingüísticos, existe la posibilidad de presentar su trabajo escrito, los visuales una representación gráfica, los músicales una canción, etc.

Solo se trata de abrir los espacios y las posibilidades.  El trabajo mayor está en que las lecturas se deben hacer en casa, así como el estudio de otros temas, pues no quiero supeditarme a la literatura, sino que deseo incursionar en la morfología y la sintaxis.  Son mis estudiantes los que me van a explicar su forma de asimilar los contenidos.  Cuando cada grupo presente su trabajo, el resto de nosotros lo estaraçá evaluando. Eso es muy común ahora con los reality shows y los concursos tipo American Idol, los muchachos están acostumbrados a evaluar y a ser evaluados.  Claro que habrá problemas, se generará discusión y no sé qué otra serie de aspectos negativos encontraré de camino, pero siento que no puedo esperar más para lograr alcanzar a todos mis estudiantes y favorecerles la comunicación de su pensamiento y la demostración de su aprendizaje, porque no siempre es la que yo estoy pensando como correcta y definida.

Tragedia en el puente sobre el río Tárcoles

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Una tragedia con nombre y apellido.

Qué tristeza ser testigo de una desgracia semejante a la sufrida hoy en nuestro país.  Costa Rica, país de paz, vive una guerra en las carreteras, dice un anuncio gubernamental.  Pero una guerra de la que  nuestros gobernantes son cómplices evidentes.  Es aberrante que ahora salga la Ministra de Obras Públicas y Transportes a decir que un rótulo alertaba a los camiones acerca de la capacidad del puente, en la ruta 137.  Denigrante que salgan del Colegio de Ingenieros y Arquitectos diciendo esto y aquello.  Ahora, lo que falta, es que le echen la culpa al chofer.

Lo cierto es que en nuestro país estamos vivos por gracia divina.  Mi hermana, quien vive en el extranjero desde hace cuarenta años, cada vez que viene de paseo me dice lo mismo:  “¡Aquí no pasan más desgracias porque Dios es muy grande!”  Pero pasan.  Pasan y van a pasar, no como en este caso, en un puente al que muchos podrían haber tenido en un cómodo lugar llamado olvido, sino en lugares medulares, específicamente, en puentes que, a semejanza del que ahora personifica una tragedia, datan de una centuria sin que se les haya, ni siquiera, pasado pintura, no digamos, revisión.

Se le olvida al señor Presidente y a su Ministra que gobiernan vidas.  Felices, inauguran trenes  para que transiten sobre rieles prácticamente de la época de los vaqueros del Lejano Oeste norteamericano.  Los puentes (lo vi con mis propios ojos en un reportaje de televisión) son los mismos de las primeras épocas durante las cuales se inauguró el tren al Pacífico, con el detalle de que NI SIQUIERA les quitaron el herrumbre por aquello de las cámaras de televisión.  Esto es una bomba de tiempo. Sin ir muy lejos, el famoso puente de la platina en la autopista General Cañas, cuyo tránsito es realmente escalofriante, sufre también de fallas significativas ante las cuales se están, descaradamente, cerrando los ojos.

Recomendaciones.  Un ingeniero recomendó que se cerrara el puente.  Un rótulo, triste y solo, recomienda no pasar con sobrecarga.  El Colegio de Ingenieros y Arquitectos recomienda alerta roja.  El chofer del bus que se precipitó al abismo, recomendaba que los pasajeros se bajaran, aunque hoy nadie lo hizo. Son muchas recomendaciones juntas.  Hoy vemos cómo se utiliza el condicional “esta tragedia podría repetirse”, ¿cuándo vamos a utilizar el futuro simple, tal y como corresponde:  “esta tragedia se repetirá.”

En Parrita, el puente sobre la vía principal da miedo, terror y, finalmente, como todo en Costa Rica, risa. Todos los habitantes del país se reían hace poco tiempo por el video que se publicó en Youtube sobre la platina, para lo cual se subtitularon algunas escenas de la película La caída.  Que no sea una siniestra premonición.  Por asuntos menos trascendentales se ha lanzado la ciudadanía a las calles.  Yo me pregunto, si a usted le dicen que el avión en el que se va subir le falla el tren de aterrizaje en cualquier momento; si le dicen que al bus en el que se está subiendo le van a fallar, eminentemente, los frenos; si le aseguran que su carro, hoy o mañana, se le va a quebrar el eje, ¿insistiría en utilizarlos?  Entendámonos, tragedias como estas, tienen, de una u otra manera, nombre y apellido.

Quincuagésimo aniversario

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Bodas de Oro conmigo misma, yo, mi fiel compañera por cincuenta años.

CIMG1714He aquí que he pasado por todas esas bodas , en las que le dije el sí a la vida. Claro que muchas fueron hechas de manera inconsciente, pero todas, a su manera, se me quedaron marcadas indeleblemente.

Sé decir, por ejemplo, que jamás superé la de papel, al que sigo amando como el primer día.  Llegaron después el algodón y la piel, que pasaron alegres y se marcharon.  Igual sucedió con el lino, ese que alguna vez me prestara la tibieza de su abrigo.

Llegué, más tarde, a la madera -como quien llega a su nido- y con ella pacté el dulce secreto de una hermandad eterna.  Me marcó el hierro, en su momento, con las primeras lanzas de la conciencia ; la lana me dio alergia, y luego, muy maleable, llegó el bronce, queriendo parecer invulnerable, pero con una fortaleza endeble.  El barro, por su parte, supo decirme un gentil “hasta luego, nos vemos”.  Ya vendrían el aluminio y el acero, antípodas minerales, custodios de las ollas y de las cucharas.

Más me gustaron la seda y el encaje, ellos me acompañaron por los primeros viajes al misterio velando mis sueños.  Ellos fueron la antesala al cristal en donde supe decantar las primeras torpes uvas, sin siquiera adivinar el vino.  Vendría luego la obsidiana, tensa, hiriente, venía armada de pies a cabeza.  Ella me dio la ira y el enfrentamiento, con el cual iba a dar forma al cuarzo, firme líquido, agua congelada del universo, cristal maestro, puerta que me posibilitó aventurarme a navegar  la acuamarina, libre y celeste: había adquirido la rara belleza de la calma y la claridad mental, para después  cruzar el centro de la tierra por el cauce sagrado de la amatista.  Tenía entonces 19 y creía haber encontrado un cierto equilibrio emocional, pero aquel habría de ser el año en que perdí a mi madre.  Me volví, por ello,  de porcelana, quebradiza, rota; años después, vendría a descubrir en la sólida liquidez de la plata,  que podía adaptarme y relucir de nuevo.  Tuve en mi vida, para ese entonces,  un lugar para el sándalo: me bauticé en su aroma ocre y divino.  Llegarían  después los tiempos duros y frágiles del cromo, acerada época que le sirvió de cuna a las frutas maduras que le siguieron.

Con el estaño, más tarde, no me dejé doblegar por los problemas, sabía ya para entonces que, aunque a veces débil, estaba construyendo el edificio de mi familia.  Fue así como aparecieron en mi vida las primeras perlas, el adorno esencial de los treinata años, el bello fruto de mar que guarda en sí una tierna sensatez tornasolada.  Amé después, como una sirena embravecida, el coral.  Era como si entre sus brazos pudiera adivinar tiernas suavidades de espuma.

Entonces llegué al rubí, con su centro de sangre, roto de arteria, luminoso.  Tenía los famosos cuarenta, me sentía completa (y lo estaba).  Ya después supe que aquella edad era solo la antesala de la sabiduría y verdad que encerraba el zafiro, cielo profundo y mar – de nuevo el mar- como amigo recurrente de mi historia.

Hoy llego al oro, reluciente, nítido sol, centro gravitacional de mis planetas lunares.  Me siento revestida de su tibia compañía.  Dorada era la ciudad mítica, doradas son las coronas, dorado todo lo que tocaba Midas.  Yo no pretendo eso.  Ya va muy manchada la tierra con su carga avara de codicia.  Ahora me siento y puedo contemplar la frágil angustia de la primavera, disfruto a secas el verano, aprendo el idioma del invierno.  Me sé capaz de lo que soy capaz, y, en medio, puedo adivinar que no sé nada, confirmando por mí misma el sabio adagio.

He cruzado cincuenta fronteras y aquí voy, de camino.  Ya no busco el ansia de la llegada, sino el disfrute del tránsito. Estoy, soy, permanezco, y tomo conciencia de ser la alquimista mítica de mi propia existencia.

Niños de alto riesgo-calle

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GUATEMALA 2008 307

Un taller de poesía en el Oratorio Sor María Romero. en San José, Costa Rica

En una aventura inusual, me embarqué como moderadora en un Taller de Poesía para niños de alto riesgo-calle.  Este término se utiliza para referirse a niños que, sin vivir en estado de abandono, son hijos de protitutas, drogadictos o ya han incursionado en este tipo de prácticas.  Fue una experiencia increíble que empecé de la manera más ingenua.

Como exalumna salesiana, sentí el prurito de la ayuda social.  Como exalumna del colegio María Auxiliadora, me llamaba el nombre de Sor María Romero, cuya obra social no tiene precedentes en Costa Rica.

Llegué al oratorio y ofrecí mis servicios, que no encajaban como maestra pues no lo era, ni como servidora doméstica pues estaba sobre capacitada.  Ante el desconcierto de la Coordinadora que me miraba con ojos desconsolados, se me ocurrió ofrecer un Taller de Poesía, motivada, como estaba en ese entonces, por haber participado yo misma en algunos talleres.  Sin embargo, no comprendía, en ese momento, la dimensión del asunto.

Cuando llegué el primer día, llena de entusiasmo y con la mayor de las ingenuidades, me encontré con un puñado de niños que estaban desayunando rodeados con letreros que decían:  No somos insectos, somos seres humanos, somos niños, merecemos un nombre. Aclaro que, por aquellos días se hablaba en Costa Rica de “los chapulines”, término que hacía referencia -y aún se sigue haciendo- a grupos de vándalos, en su mayoría casi niños, los cuales se daban a la desdichada costumbre de asaltar transeúntes.  Actuaban en bandada y eran muy temidos.  Se les llamó así, los chapulines.  Ya solo aquella primera entrada me impactó.  Ciertamente, yo misma usaba ese término, el cual pasó, con el paso del tiempo (cosas del lenguaje) a ser un apelativo para todo niño pícaro.  ¡Entonces, yo iba a trabajar con chapulines!, descubrí, en segundos, el agua tibia. ¿Qué esperaba, niños bien alimentados, robustos y cuidados?  La realidad estaba ahí, y a partir de ese momento, empezaba la historia más dulce y dolorosa que mi alma de madre y poeta iba a experimentar.

Ese primer día me dediqué a conocer a mis pupilos.  De todos los edades, tamaños y colores.  Recuerdo de ellos sus caritas desconfiadas y duras, sus miradas perdidas y su olor, un olor dulce y profundo que llamaba a la conciencia con el lejano eco del jabon barato y del humo de la leña.  Algunos apenas si estaban peinados, metidos sus piececitos en zapatos desproporcionados y sin medias.  Había una niña delgada, rubiecita y desmedidamente triste que me conquistó como conquistan las rocas inaccesibles a los exploradores.  Así habría de permanecer: misteriosamente inaccesible, pero únicamente de la forma en que yo quería que fuera accesible, pues, en realidad, no lo estaba.  Ya hablaré de ella más adelante.

Escollo uno:  no tenían cuadernos.  Ellos recibían clases con una maestra, y con ella tenían un cuaderno para todas las materias.  La posiblidad de que trajeran un cuaderno para mi taller era cero.  Aquel mismo día, salí a comprarles un cuaderno atractivo para su edad, con muñecos de colorines, forrado con plástico.  Un lápiz también.  Por supuesto, cuando se los di, fue una fiesta.  Era como si tuvieran entre sus manitas un tesoro soñado, algo maravilloso.  Lo veían por todos lados, ¿es mío? sí, y le podían poner el nombre, pero yo los recogería cada día.

Detalle:  la mayoría apenas escribía.  Para todos, la poesía era exactamente un universo separado. ¿Poesía para niños? Sí, en el mundo maravilloso que yo conocía, no en aquellos corazones heridos y violentados.  Corazones llenos, saturados de realidad.

Viene la hora de la receta. ¿Cómo hice? ¿Cómo abrí una hendija en aquellos muros? ¿Qué los hizo hablar? Pues…no sé.  Pero pasó.  A partir de aquel momento inicié mi camino hacia el encantamiento, me salieron las notas adecuadas cual flautista de Hamelin.  Empezamos hablando, decíamos cosas, hablábamos de los días, del invierno, ¿qué tengo que decir de la lluvia? ¿Cómo es la lluvia?  Así, supongo, iniciaron un viaje hacia adentro jamás llevado a cabo.  Empezaron a leerse, a conocer las sensaciones y darles forma en trazos torpes y redondos.  Trazos amados y temidos.  Hablamos de deseos.  Hablamos de Costa Rica (corría setiembre, Mes de la Patria) y a mí se me tenía que ocurrir hablar de patria a aquellos hijos dejados de la mano, niños nacidos de seres marginales. Y sí, ellos también tenían qué decir de su patria, y eran expresiones lindas. ¡Dios, descubrí por segunda vez el agua tibia, un agua tibiamente amarga:  la patria los reducía a insectos indeseables, y ellos la amaban!

Así fue, íbamos, seguíamos los días o los días nos seguían a nosotros.  Llevábamos un paso, a veces una marcha.  Podría decir que éramos un conjunto más o menos alegre.  Ella, la niña triste, seguía triste.  Solo a veces le salía la nostalgia en lo que escribía o se volvía inusitadamente menos triste.  Pero solo en lo que escribía.  Decía todo sin decirme nada directamente.

En uno de tantos días, llegó el pequeño que no era pequeño.  Su edad, evidentemente corta, me resultaba indescifrable.  Se me ocurre ahora que podía tener unos ocho años. Era moreno y violento, con una violencia adusta, nebulosa.  Cuando llegó no habló.  Se mantuvo sentado sin decir nada.  Así fue durante varios días.  No sabía qué hacer con él.  Le di un cuaderno y se le quedó viendo como quien ve un estorbo.  Lo apartó bruscamente.  Mi primer “enganche” no había servido.  Me tocó averiguar “por otros medios” que no sabía escribir. ¡Lo que faltaba!  La Coordinadora prácticamente “lo colocaba” cada día en mi clase con alivio:  ella tampoco sabía qué hacer con él.

Me rompí la cabeza pensando cómo remediar aquello, hasta que se me ocurrió la música. ¡Claro!, iba a llevar música para embrujarlos a todos, y,de paso, a él.  Dicen que la música actúa hasta sobre los seres irracionales.  Así que me iba a servir de maravilla con aquel niño de corrientes subterráneas tan, tan profundas.  Y así lo hice.  Me llevé a los Nocturnos de Chopin en mi cartera, grabados en un casete.  Había que ver mi grabadorcita, tan pequeña como el sonido que iba a salir de ella, pero que, en la medida de mi entusiasmo, equivalía a llevar un micro componente Lg Xa63 Mp3 Am/Fm Usb Ripping o algo aún más exótico.

El aula en la que daba mi taller daba frente a una de las calles más transitadas de San José, 25 metros más arriba de donde se ubica, acrualmente, el Oratorio.  El ruido era infernal.  Ahí iban a escaparse las nocturnales notas de Chopin.  Se me escaparon sin apenas notarse, imperceptibles, tímidas.  Cuando al fin se oyó “algo” (literalmente) aquellos pares de ojitos, aquellos dolidos círculos, lagunas con remolinos donde ya habían naufragado tantos veleros, se tornaron mansos.  Por momentos, la furia de las corrientes dolidas se apaciguaron y se fueron acercando al maestro, quien llegaba a aquellas almitas desde su recorrido sin tiempo, las derretía, les hablaba un idioma jamás conocido y siempre familiar, latido inmenso en donde encontraron un refugio de nunca jamás sus corazones.

Yo sé que aquel día no hubo ruido que viniera de la calle, no hubo pupitres rotos donados de no sé donde.  No hubo pisos ni paredes húmedos.  No hubo puerta desvencijada.  Calleron frente a mis ojos las resistencias, esas, tan anchas como cien muros de Berlín juntos.  Nos conectábamos en otra dimensión sin hablarnos.  La grabadora, ínfima entre las ínfimas, habló el idioma que todo el mundo habla desde que está en un vientre, no importa si es de una santa madre o de una prostituta.

A partir de entonces, aquel pequeño, el oscuro, se fue volviendo claro.  Me fue posible ir transcribiendo sus palabras, pequeñitas y frágiles como rocío.  Quiero tener un perro.  Un pastor alemán.  Eran sus primeros versos.  Estuve contenta unos días, hasta que la niña triste rompió a llorar.  Su llanto era terriblemente amargo y silencioso.  Yo me atreví a acariciarle el pelo. ¿Qué pasó? ¿Por qué está llorando?  Finalmente me lo dijo:  “Mi mamá me encontró trabajo como empleada doméstica y no voy a volver.”  Tenía doce años.  Me quedé atónita.

Lo que les narro pasó hace años.  Hasta el día de hoy logro sacarlo de mi baúl más secreto, callado y doliente, sin llorar.  Mi aventura duró hasta las vacaciones de fin de año y no regresé.  Me enfrasqué en otras ocupaciones, me volvió a tragar, con su fuerza tremenda, la cotidiana seguridad del día a día.  Pero jamás olvidé.

Con aquellos niños de alto riesgo supe que había un amor de madre que trascendía la escoria y la basura, cuando participé en una incursión a la zona roja, buscando niños que las prostitutas escondían en cualquier parte, llámese cuartucho, caja, cueva excavada en patios laberínticos, excusados de hueco.  Ellas no los querían soltar, pensando que se los iban a arrancar de su lado.  Ese no era el objetivo del Oratorio.  Había que explicarles que solamente se trataba de que los niños fueran durante el día, recibieran alguna instrucción y, por la tarde, ellas podían ir a recogerlos.  Solo en casos muy graves, intervenía el Patronato Nacional de la Infancia.

Sí, yo estuve ahí, fui testigo y, en cierto grado, parte.  Pude vivir de cerca el hecho inalienable de que en el ser humano más pequeño y violentado, existe el mágico momento de la poesía.

UN HOMBRO QUEBRADO

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….o el lado claro de la luna

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Hasta para quebrarse hay que tener actitud, ¿quién lo diría?  Porque quebrarme el hombro fue toda una experiencia, de principio a fin.  Ni qué decir sobre la incapacidad de un mes para ir a trabajar, la ausencia y el vacío inicial, en fin, toda una gama de nuevas percepciones.  En primer lugar, la no-aceptación:  ¿quebrada yo? ¡Jamás! Queda en evidencia que era falso: sí lo estaba.  Luego, la cadena de errores que derivó en el incidente.  Primero, fui a comprar una perrita muy lejos de mi casa.  La cachorra vivía tan libremente que no conocía collar ni correa, además, por la naturaleza de su raza -border collie- era amante de….las carreras.  Luego, vino el error de parar a comer algo frente a la playa, yo con el animal semi-atado, sintiéndome culpable de llevarlo por primera vez de esta manera, le aflojé la correa y ella aprovechó para escaparse.  En mi angustia, me lancé a alcanzarla, adivinando que se me iba a perder.  Por supuesto, la caída (nada elegante) fue fatal para mi hombro, y, de ahí en adelante, los hechos se desencadenaron.  En mi mente, una serie de remordimientos me impidieron dormir por días.  Me imaginaba a la perrita perdida por aquellos lugares tan agrestes, y yo sin noticias, a pesar de que dejé mis datos en el lugar.  Jamás apareció.

En mi casa, para todos fue extraño que la mamá no estuviera “como siempre”, es decir, súper activa, súper dispuesta a todos los actos heroicos cotidianos que han formado parte de la supervivencia familiar por años de la vida.  Y es que yo vivía mi propio tránsito por el mundo de las quebraduras.  En primer lugar, no podía ni bañarme.  Vestirme era una odisea.  Descubría poco a poco que mi brazo izquierdo era inteligente y capaz, que en la casa muchas cosas están más allá de metro y medio de altura, que los cuchillos, las puertas, las tijeras, los cinturones, el “mouse” son para derechos, o, al menos, requieren de una readaptación cerebral para la cual no estaba preparada.  Ni qué decir el descubrir que tener dos brazos “móviles, útiles y sanos” es una bendición pocas veces valoradas y cuyo bienestar tiene una relación directa con la funcionalidad de sus correspondientes extremos:  las manos; porque,además, en medio de todo, ¡descubrí que un viaje por los botones es una expedición desesperante!

Y es que solemos pensar que nuestras manos son entes independientes, casi como el sorprendente “dedos” de Los locos Adams.  Pero ¡qué va!, desde el lejano hombro, extraños mensajes se extendían a mi mano gritando ¡no, no puede! ¡alto, eso es demasiado! Yo luchaba contra un espacio exterior huraño e indomable.  Además, río adentro, la nostalgia.  Había llorado a mi antigua perra Nix por casi siete años, hasta que me sentí preparada para tener otro perro en la casa, y ahora regresaba sin él y con mis capacidades completamente disminuidas.  Supongo que me puse insoportable, pero estaba demasiado ocupada descifrando mi entorno, antes familiar y amigable:  me volví intraducible para la familia, y creo que algo de eso se me quedó para siempre.

Actitud.  Sí, se necesita actitud para sobrellevar los incidentes como este.  Me volví más limitada, y supongo que con ello, más humana.  Descubrí que era (soy) vulnerable.  Adiós tijeras, cuchillos y, casi, cucharas.  Pártame la carne, por favor.  Ayúdeme a vestirme, por favor.  Necesito peinarme, por favor.  Quiero acostarme, por favor.  Me gustaría maquillarme, por favor.  Se me cayó la prensa, por favor.  Hay que ir de compras, por favor.  Auxilio, tengo que secarme porque ya me “medio bañé”, por favor. Quiero vestirme, por favor. (¡Gracias a Dios existen las sandalias, por favor!).  En fin… aunque no todo fue tan mal.  En medio de todo, me volví física:  descubrí la ley de la gravedad, no solo porque me había caído, sino porque cada noche, al yacer en mi cama, un lejano llamado proveniente del centro de la tierra llamaba a mi hombro y lo hundía en un dolor profundo que echaba raíces oscuras:  dejé de dormir, de comer, de reir, de llorar, de escribir, de leer tranquila.  (La verdad, visto en retrospectiva, la tranquilidad para mí es una obsesión.)

Pero, como todo, se me abrió una nueva gama de posibilidades.  La vida seguía sin mis esfuerzos.  El mundo giraba sin mi impulso.  Qué bien, eso quería decir que me podía mantener al margen sin que el planeta se resquebrajara. Bien. Empecé a dormir, a comer, reir, llorar, escribir (gracias por las computadoras, Dios) a leer tranquila.  La dosis de dolor permanecía, entonces me acordé de que mi ámbito de dolor era más amplio de lo que siempre me había dicho a mí misma.  Me acordé de mi docilidad, de mi tendencia al reposo, de mis silencios, de mis cavilaciones, de que, en vez de correr, siempre amé caminar, y que caminar despaCIMG0953cio era una de mis características particulares.  Y empecé a recorrer el camino olvidado de la ciudad, sus calles, sus museos y su gente. Conseguí leerme, y entre eso, supe que era tiempo de amar otra vez a una mascota.  Y aquí está:  se llama Gala y llena un espacio amplio y tibio de mis días.

Hoy, no tengo que ver el calendario lunar para saber que ya es cuarto creciente.  Una llamada en mi hombro vuelve mi mirada hacia adentro, para encontrar que hay una hermosa luna creciente en mis huesos, dulcemente dolorosa.  Entonces, entro en comunión con el cosmos, conmigo misma y con otros.

DÍA DE LA PAZ: 21 DE SETIEMBRE

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Así ocurre que me encuentro con un Día de la Paz.   No sé si estoy predestinada a descubrir lo que ya ha sido descubierto, pero me tropecé con esta celebración como si fuera algo creado ayer, cuando en realidad se inició hace años.  Pero como no puedo pasar  -por más contradictorio que suene- un día en paz, o sea, sin inventar nada, me di por organizar algo especial para difundir esto de un Día de la Paz en mi colegio.  Y lo conseguí.  Resultó algo sencillo pero impresionante.  Una vez que tomé la iniciativa, aparecieron estudiantes involucrados con una organización que lleva las siglas de CISV, dispuCIMG1302estos a difundir, de manera clara y directa, aspectos muy relevantes sobre la guerra en Irak y en Afganistán que dejaron impactada a una población estudiantil bastante acostumbrada a NO VER nada que no les guste.  Con determinación, los compañeros explicaron en qué consistía el movimiento al que pertenecían, cómo se había iniciado y cómo había culminado la idea que tuvo Jeremy Guilley hace diez años.  Ellos tomaron la palabra, inflaron globos blancos y movieron a toda la población estudiantil para formar una flecha humana, apoyando el Human Arrow Project, direccionada hacia Lituania, país en donde se pretenden implantar leyes en contra de los Derechos Humanos.

Cantamos, en memoria de John Lennon, su hermosa canción Imagine.  Formamos una paloma de la paz con poemas sobre el tema y nos unimos al proyecto impulsado por la Universidad Nacional de Costa Rica “Un millón de firmas en contra de las armas nucleares”.  CIMG1309Un grupo de jugadores de futbol organizó un Torneo por la Paz.  Un muchacho de octavo año fue el director de ceremonias, leyó incluso uno de los mejores poemas escrito por un compañero de generación.  Hubo muchos comentarios ese día, hasta de aquellos que no suelen ser muy expresivos.

Analizando lo que pasó ese 21 de setiembre, veo que lo que se dio fue  una suma de buenas voluntades.  Mi iniciativa no cayó en terreno estéril, sino fértil.  Hubo gente dispuesta a actuar y todos salimos ganando.  Quién iba a decir que un día en el cual prácticamente no abrí la boca, en realidad iba a poner en práctica un precepto que una vez me llenó de gran emoción:  ser ese director de orquesta del que habla Benjamin Zander, el cual, al ritmo de las circunstancias, posibilita que el gran talento de otros salga a relucir.