Niños de alto riesgo-calle

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GUATEMALA 2008 307

Un taller de poesía en el Oratorio Sor María Romero. en San José, Costa Rica

En una aventura inusual, me embarqué como moderadora en un Taller de Poesía para niños de alto riesgo-calle.  Este término se utiliza para referirse a niños que, sin vivir en estado de abandono, son hijos de protitutas, drogadictos o ya han incursionado en este tipo de prácticas.  Fue una experiencia increíble que empecé de la manera más ingenua.

Como exalumna salesiana, sentí el prurito de la ayuda social.  Como exalumna del colegio María Auxiliadora, me llamaba el nombre de Sor María Romero, cuya obra social no tiene precedentes en Costa Rica.

Llegué al oratorio y ofrecí mis servicios, que no encajaban como maestra pues no lo era, ni como servidora doméstica pues estaba sobre capacitada.  Ante el desconcierto de la Coordinadora que me miraba con ojos desconsolados, se me ocurrió ofrecer un Taller de Poesía, motivada, como estaba en ese entonces, por haber participado yo misma en algunos talleres.  Sin embargo, no comprendía, en ese momento, la dimensión del asunto.

Cuando llegué el primer día, llena de entusiasmo y con la mayor de las ingenuidades, me encontré con un puñado de niños que estaban desayunando rodeados con letreros que decían:  No somos insectos, somos seres humanos, somos niños, merecemos un nombre. Aclaro que, por aquellos días se hablaba en Costa Rica de “los chapulines”, término que hacía referencia -y aún se sigue haciendo- a grupos de vándalos, en su mayoría casi niños, los cuales se daban a la desdichada costumbre de asaltar transeúntes.  Actuaban en bandada y eran muy temidos.  Se les llamó así, los chapulines.  Ya solo aquella primera entrada me impactó.  Ciertamente, yo misma usaba ese término, el cual pasó, con el paso del tiempo (cosas del lenguaje) a ser un apelativo para todo niño pícaro.  ¡Entonces, yo iba a trabajar con chapulines!, descubrí, en segundos, el agua tibia. ¿Qué esperaba, niños bien alimentados, robustos y cuidados?  La realidad estaba ahí, y a partir de ese momento, empezaba la historia más dulce y dolorosa que mi alma de madre y poeta iba a experimentar.

Ese primer día me dediqué a conocer a mis pupilos.  De todos los edades, tamaños y colores.  Recuerdo de ellos sus caritas desconfiadas y duras, sus miradas perdidas y su olor, un olor dulce y profundo que llamaba a la conciencia con el lejano eco del jabon barato y del humo de la leña.  Algunos apenas si estaban peinados, metidos sus piececitos en zapatos desproporcionados y sin medias.  Había una niña delgada, rubiecita y desmedidamente triste que me conquistó como conquistan las rocas inaccesibles a los exploradores.  Así habría de permanecer: misteriosamente inaccesible, pero únicamente de la forma en que yo quería que fuera accesible, pues, en realidad, no lo estaba.  Ya hablaré de ella más adelante.

Escollo uno:  no tenían cuadernos.  Ellos recibían clases con una maestra, y con ella tenían un cuaderno para todas las materias.  La posiblidad de que trajeran un cuaderno para mi taller era cero.  Aquel mismo día, salí a comprarles un cuaderno atractivo para su edad, con muñecos de colorines, forrado con plástico.  Un lápiz también.  Por supuesto, cuando se los di, fue una fiesta.  Era como si tuvieran entre sus manitas un tesoro soñado, algo maravilloso.  Lo veían por todos lados, ¿es mío? sí, y le podían poner el nombre, pero yo los recogería cada día.

Detalle:  la mayoría apenas escribía.  Para todos, la poesía era exactamente un universo separado. ¿Poesía para niños? Sí, en el mundo maravilloso que yo conocía, no en aquellos corazones heridos y violentados.  Corazones llenos, saturados de realidad.

Viene la hora de la receta. ¿Cómo hice? ¿Cómo abrí una hendija en aquellos muros? ¿Qué los hizo hablar? Pues…no sé.  Pero pasó.  A partir de aquel momento inicié mi camino hacia el encantamiento, me salieron las notas adecuadas cual flautista de Hamelin.  Empezamos hablando, decíamos cosas, hablábamos de los días, del invierno, ¿qué tengo que decir de la lluvia? ¿Cómo es la lluvia?  Así, supongo, iniciaron un viaje hacia adentro jamás llevado a cabo.  Empezaron a leerse, a conocer las sensaciones y darles forma en trazos torpes y redondos.  Trazos amados y temidos.  Hablamos de deseos.  Hablamos de Costa Rica (corría setiembre, Mes de la Patria) y a mí se me tenía que ocurrir hablar de patria a aquellos hijos dejados de la mano, niños nacidos de seres marginales. Y sí, ellos también tenían qué decir de su patria, y eran expresiones lindas. ¡Dios, descubrí por segunda vez el agua tibia, un agua tibiamente amarga:  la patria los reducía a insectos indeseables, y ellos la amaban!

Así fue, íbamos, seguíamos los días o los días nos seguían a nosotros.  Llevábamos un paso, a veces una marcha.  Podría decir que éramos un conjunto más o menos alegre.  Ella, la niña triste, seguía triste.  Solo a veces le salía la nostalgia en lo que escribía o se volvía inusitadamente menos triste.  Pero solo en lo que escribía.  Decía todo sin decirme nada directamente.

En uno de tantos días, llegó el pequeño que no era pequeño.  Su edad, evidentemente corta, me resultaba indescifrable.  Se me ocurre ahora que podía tener unos ocho años. Era moreno y violento, con una violencia adusta, nebulosa.  Cuando llegó no habló.  Se mantuvo sentado sin decir nada.  Así fue durante varios días.  No sabía qué hacer con él.  Le di un cuaderno y se le quedó viendo como quien ve un estorbo.  Lo apartó bruscamente.  Mi primer “enganche” no había servido.  Me tocó averiguar “por otros medios” que no sabía escribir. ¡Lo que faltaba!  La Coordinadora prácticamente “lo colocaba” cada día en mi clase con alivio:  ella tampoco sabía qué hacer con él.

Me rompí la cabeza pensando cómo remediar aquello, hasta que se me ocurrió la música. ¡Claro!, iba a llevar música para embrujarlos a todos, y,de paso, a él.  Dicen que la música actúa hasta sobre los seres irracionales.  Así que me iba a servir de maravilla con aquel niño de corrientes subterráneas tan, tan profundas.  Y así lo hice.  Me llevé a los Nocturnos de Chopin en mi cartera, grabados en un casete.  Había que ver mi grabadorcita, tan pequeña como el sonido que iba a salir de ella, pero que, en la medida de mi entusiasmo, equivalía a llevar un micro componente Lg Xa63 Mp3 Am/Fm Usb Ripping o algo aún más exótico.

El aula en la que daba mi taller daba frente a una de las calles más transitadas de San José, 25 metros más arriba de donde se ubica, acrualmente, el Oratorio.  El ruido era infernal.  Ahí iban a escaparse las nocturnales notas de Chopin.  Se me escaparon sin apenas notarse, imperceptibles, tímidas.  Cuando al fin se oyó “algo” (literalmente) aquellos pares de ojitos, aquellos dolidos círculos, lagunas con remolinos donde ya habían naufragado tantos veleros, se tornaron mansos.  Por momentos, la furia de las corrientes dolidas se apaciguaron y se fueron acercando al maestro, quien llegaba a aquellas almitas desde su recorrido sin tiempo, las derretía, les hablaba un idioma jamás conocido y siempre familiar, latido inmenso en donde encontraron un refugio de nunca jamás sus corazones.

Yo sé que aquel día no hubo ruido que viniera de la calle, no hubo pupitres rotos donados de no sé donde.  No hubo pisos ni paredes húmedos.  No hubo puerta desvencijada.  Calleron frente a mis ojos las resistencias, esas, tan anchas como cien muros de Berlín juntos.  Nos conectábamos en otra dimensión sin hablarnos.  La grabadora, ínfima entre las ínfimas, habló el idioma que todo el mundo habla desde que está en un vientre, no importa si es de una santa madre o de una prostituta.

A partir de entonces, aquel pequeño, el oscuro, se fue volviendo claro.  Me fue posible ir transcribiendo sus palabras, pequeñitas y frágiles como rocío.  Quiero tener un perro.  Un pastor alemán.  Eran sus primeros versos.  Estuve contenta unos días, hasta que la niña triste rompió a llorar.  Su llanto era terriblemente amargo y silencioso.  Yo me atreví a acariciarle el pelo. ¿Qué pasó? ¿Por qué está llorando?  Finalmente me lo dijo:  “Mi mamá me encontró trabajo como empleada doméstica y no voy a volver.”  Tenía doce años.  Me quedé atónita.

Lo que les narro pasó hace años.  Hasta el día de hoy logro sacarlo de mi baúl más secreto, callado y doliente, sin llorar.  Mi aventura duró hasta las vacaciones de fin de año y no regresé.  Me enfrasqué en otras ocupaciones, me volvió a tragar, con su fuerza tremenda, la cotidiana seguridad del día a día.  Pero jamás olvidé.

Con aquellos niños de alto riesgo supe que había un amor de madre que trascendía la escoria y la basura, cuando participé en una incursión a la zona roja, buscando niños que las prostitutas escondían en cualquier parte, llámese cuartucho, caja, cueva excavada en patios laberínticos, excusados de hueco.  Ellas no los querían soltar, pensando que se los iban a arrancar de su lado.  Ese no era el objetivo del Oratorio.  Había que explicarles que solamente se trataba de que los niños fueran durante el día, recibieran alguna instrucción y, por la tarde, ellas podían ir a recogerlos.  Solo en casos muy graves, intervenía el Patronato Nacional de la Infancia.

Sí, yo estuve ahí, fui testigo y, en cierto grado, parte.  Pude vivir de cerca el hecho inalienable de que en el ser humano más pequeño y violentado, existe el mágico momento de la poesía.

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