Pensar: darle su lugar en la agenda

Estándar

Ben Casnocha nos propone abrirle un campo en la agenda al acto de pensar, algo que, indudablemente, pocos han imaginado. Tengo muy presente una imagen de mí misma, muy pequeña, teniendo mis primeras reflexiones sobre “pensar” y la manera en que, desde entonces, supe que esa sería una de mis condenas: pensar. “Es que usted piensa demasiado”, “no lo pienses tanto”, “¿por qué lo tienes que pensar?, ¡hacélo!” Estas y otras muchas son las frases que he escuchado a lo largo de mi vida. En efecto, pensar es para mí , como lo supe hace años, una condena.

Pensé mucho muchas cosas. Pensé sobre la muerte de mi mamá mucho antes de que ocurriera, presentía su ausencia con angustia, sin nunca poder concluir, de esos pensamientos, una dependencia enfermiza. Pensé mucho sobre qué carrera seguir, y seguí varias hasta dar con lo mío. Pensé sobre qué matrimonio lograr cuando salí de un fracaso, pensé en qué hijos tener cuando tuve a mi primera hija en los brazos, pensé en qué futuro quería para ella, mi familia, mi vida. Pensé en qué casa quería vivir, en qué lugar deseaba ocupar en la sociedad. Me he pensado a mí misma en cada momento, he pensado a los demás, he buscado dentro de mí profundamente.

Pensar ha sido mi vida. Por eso, darle un lugar en la agenda al proceso de pensar, de cierta forma, me pareció simpático. Pensar llena mi agenda, es, como se podría ilustrar, la marca de agua de mi página. Por eso, tal vez, debiera, por el contrario, abrir un espacio en mi agenda que diga: “No pensar”.

Pienso cuando salgo de dar clases. Me voy pensando, de regreso a casa, sobre qué pasó con este o aquel estudiante. Pienso cómo puedo conseguir este o aquel objetivo. Pienso la manera en que pudiera cambiar determinados aspectos. Voy pensando en cómo redactar una prueba, cómo enfocar una lectura.

Suelo pensar en lo que me espera en casa. Pienso en la alacena, tal vez un poco vacía, y en la necesidad de pasar por el supermercado. Voy pensando en un café y en un minuto de descanso mientras lo saboreo. Pienso que revisaré tal prueba o que voy a poder revisar todos mis correos. Pienso en que necesito lavarme el pelo. Pienso en lo cotidiano y pienso en cómo me estoy sintiendo ante alguna situación. Pienso en que mi marido pondrá cierta cara cuando yo llegue y en la posibilidad de que no sea así. Pierdo y gano contra mis propios pensamientos. Imagino, pero ¿es eso pensar? Recuerdo ahora cuando empezaba a escribir mis primeros versos y me preguntaba ¿será esto poesía? Igual me pasa ahora, ¿preguntarse, imaginar, proyectar, programar, planear; ¿todo eso categoriza como “pensar”? Según Casnocha, sí. Pero, ¿de qué manera puedo entonces colocarlo en mi agenda: “10:30, imaginar”?

Como propuesta, es inusual, como acto, algo bastante extraño. La cosa está en que, pensar-pensar, en el fondo, ¿quiénes lo hacen?, no vaya a ser que, en la hora programada para pensar, más de uno se pregunte: “Y ahora, ¿qué hago?”

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