Al Gore, una lucha a solas

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Pareciera que los esfuerzos, las giras, las charlas interminables que ha llevado a cabo Al Gore a lo largo y ancho de nuestro planeta fuera una lucha a solas.  A solas porque no bastan los miles y miles de seguidores y simpatizantes, hasta tanto no sea escuchado por los organismos internacionales encargados de llevar a cabo las medidas requeridas para frenar el calentamiento global y sus desastrosas consecuencias.  De nuevo, este increíble activista alza su voz en un editorial del New York Times y clama por ser atendido.

No me gustaría sonar apocalíptica, ni simpatizante de las profesías mayas o de la tercera revelación de Fátima.  Sin embargo, a ratos quisiera que todas estas corrientes, las cuales se encuadran dentro de una visión mítica del mundo, tuvieran mayor peso en los criterios supuestamente racionales que gobiernan las naciones.  Y digo supuestamente racionales, porque la razón no es enemiga de la ciencia, sino su sustento.  La razón no rechaza la dialéctica, sino que la promueve.  La razón no está divorciada de la evidencia, sino que la analiza.  Y para el caso que estoy discutiendo, privan otros intereses, los intereses pasajeros y alucinantes del poder y del dinero.  Los de la primacía de unas clases sociales sobre otras.

Cierto que todos estamos en la misma barca, cierto que hay muy bellos anuncios o propaganda que nos trata de evidenciar eso de ser habitantes de un planeta en común, pero ¿qué le podemos decir a los que nunca han visto un televisor o no conocen la luz eléctrica?  Mucho se habla de la herencia que le vamos a dejar a nuestros nietos, sin embargo, los desheredados de la tierra ya están sufriendo las consecuencia de nuestra ambición desmedidada.  Ellos ya están muriendo de ser y de hambre, ya hay cercados alrededor de campos de cultivo que se ven atacados por hordas hambrientas.  Ya los mares son peligrosos y están a merced de nuevos piratas desesperados.

Al Gore no se cansa de hablar, de mostrar, de tratar de enseñar.  Esto es encomiable y a la vez frustrante.  Una vez más cobra actualidad aquella frase acuñada hace tantos siglos:  el que tiene oídos, que oiga y el que tenga ojos, que vea.  Yo agregaría:  el que tiene manos y pies, que actúe.

La mayoría de las naciones  del mundo tienen gobiernos representativos, es decir, gobiernos en los cuales delegan sus propias decisiones tal cual fueran ellos mismos quienes ocupan los puestos de los organismos directivos.  Luego, hagamos que actúen de acuerdo con nuestro sentir y nuestro criterio.  No es quedándose en casa frente a un hipnotizador programa televisivo como vamos a cambiar el rumbo de nuestra comunidad, de nuestro país o de nuestro continente.  A ratos me parece que delegar en otros las decisiones se ha vuelto sinónimo de pereza y “dejación”, un arcaísmo que usaban los abuelos y significa dejar que las cosas se resuelvan solas.

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