La muerte de Christopher Lang

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Un claro mensaje sobre nuestra pirámide de valores.

A finales de enero de este año, una agencia del Banco Lafise sufrió un asalto del cual recuerdo alguna nota contradictoria con respecto a si las cámaras de seguridad estaban encendidas o no, pues la sucursal estaba en proceso de traslado a otro local.  Esto, según recuerdo, había lanzado la sospecha de que los asaltantes manejaban cierta información al respecto.

Una noticia de último momento del diario La Nación,  nos dice, ahora en marzo, que los atraparon y que dichos asaltantes, habían gastado el dinero en autos, ropa, celulares y electrodomésticos.  Autos ropa, celulares y electrodomésticos…qué terrible.  Claro que no se cuentan otras minucias, en las cuales, seguramente, hicieron gastos “menores”.

Por otro lado, en el mismo periódico, leemos un artículo del mismo día sobre la muerte del joven Christopher Lang, escrito por su amigo el periodista Miguel Jara.  Don Miguel nos dice que a su amigo lo mató su generación, pero yo creo que lo mató una serie de generaciones anteriores a la de ellos, pues gobiernan gente con un par de décadas más.  Y a ellos los eligió un pueblo también con bastantes años más que la de ustedees.  Se trata de un círculo, y en él, no es fácil encontrar pies ni cabeza.

Don Miguel es valiente y afirma que, si mal no entiendo, su generación es una generación que nadie quiere.  Yo cambiaría un poco la expresión, y diría:  una generación que nadie quiso que fuera así.  Pero todos hemos sido cómplices, porque esa generación tuvo sus respectivos padres y abuelos.  Esas generaciones transanteriores, probablemente, se llegaron a hastiar de las restricciones, echaron por la borda pensamientos como “solo soy libre cuando me someto a la ley”, y lo sustituyeron por “quiero que seas libre, por lo tanto, no te sometas a ninguna ley”, y así fueron levantando una sociedad de hombres y mujeres “libres”, esos mismos que hoy pregonan un relativismos absoluto, esos que viven prisioneros por las horas que dure su trabajo y luego se dedican a “recompensarse” al terminar el día, o la semana, por semejante oprobio.  Son los mismos que, poco tiempo después de que se consolidaran nuestras instituciones nacionales, las vieron con desprecio y con un gran signo de dólar en sus fachadas.  Son los mismos que, marginados de la sociedad, roban y hasta matan para intentar escalar, rápidamente, peldaños “arriba” una pirámide que, paradójicamente, en realidad se encuentra invertida. Roban y hasta matan por exhibir un celular, para sacar una foto, para jugar algún jueguito, para mandar mensajes de texto.  Para colocar en la sala un televisor de pantalla plana, en la cocina una refrigeradora de acero inoxidable. Para comprarse un carro y sentirse “alguien” en una agencia, en una gasolinera o en una autopista.  Ese individuo, ladrón que es un asesino en ciernes, no se diferencia de otro que obtuvo los mismos bienes mediante una tarjeta de crédito “bien habida”, y tiene, en alguna bóveda, una fortuna que lo respalda.

Ambos miran con desprecio al trabajador esforzado, profesional o campesino.  Les da lo mismo.  No llegan ni siquiera a comprender cómo alguien puede ser un deportista, cuida su salud, cultiva su familia y muestra respeto y cordura en su vida diaria.  Ellos son los dueños del tablero, no quieren soltar prenda.  Exigen, como niños pataleando, que los dejen seguir obteniendo jugosas ganancias, que los dejen seguir llenando sus arcas, “bien o mal habidas”, porque el mundo está hecho para devorarlo.  Imponen su voluntad en los juzgados, en las asambleas, en los congresos, en las juntas directivas.  Su mal prolifera y los buenos no hacen nada.  Los buenos deben seguir muriendo, porque la voz que debiera defenderlos se levanta hoy, débil y avergonzada.

Don Miguel, a Christopher, hijo, hermano, padre y esposo bienamado, como a muchos ciudadanos, lo mató una Costa Rica vergonzante, donde, si la Constitución es una niña enferma que se manosea para evidenciarla como un documento vulnerable -al primer cuestionamiento que se le ocurra a alguien, ¿qué destino le puede esperar a una triste ley como quieren hacer quedar a la de tránsito?

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