Desmotivación repentina

Estándar

O cuando los profesores son amonestados

Resulta que hay reglas, y,  a veces, reglas tardías.  De pronto, en una institución manejada de manera más o menos familiar e informal, se empieza a dar la necesidad de fijar ciertas reglas.  Reglas de puntualidad, por ejemplo.  Es cuando llega el momento de contar los minutos.  Que si llegas un minuto tarde, que si dos, que tienes siete minutos al año para retrasarte, que no puedes dejar el carro mal parqueado para irte a marcar y luego regresar a tu auto, etc.  Empiezan las caras largas, las objeciones; pero bueno, el reglamento sigue su curso porque, a este punto, es inevitable.

Es claro que, los primeros días, todo el mundo inicia la carrera de la puntualidad. Y sucede también, que, con el paso de los meses, las viejas costumbres regresan, y todo el mundo piensa que nada va a pasar “como siempre”. Pero la historia no acaba bien.  Sucede que empiezan las amonestaciones, las cartas, las llamadas de atención. ¡Qué congoja!  De pronto, te sale la lista de tus minutos y no encaja dentro de. “no pasa nada”.  Están ahí, como fotos de minutos olvidados. Has llegado tarde.  Se te aplica el reglamento.

La verdad, no envidio a los mensajeros que, como los famosos heraldos negros de Vallejo, deben entregar las llamadas da atención.  Todo el mundo se altera, los profesores se sienten agredidos.  Y es que, a partir de estas medidas, se empiezan a dar una serie de razonamientos erróneos.

En primer lugar, no hay una profesión que requiera más trabajo en casa que la de profesor.  Si no estás planeando una clase, estás redactando una prueba, y si no la estás redactando, la estás calificando.  Si tienes la dicha de contar con un poco de tiempo libre, lo pasarás pensando en alguna actividad especial, o, en esta famosa era digital, probablemente estés conectado con tus alumnos contestando dudas, subiendo materiales, o respondiendo mensajes.  Tu tiempo te ha sido robado, ya, desde el primer día de clases.  Tendrás que redactar pruebas especiales, contestar seguimientos, pensar alternativas para los alumnos de adecuación y también, tomarás cuidado de no fallar con alguna duda que te plantearon en clase, pasar las notas y llevar tu registro al día.  No podrás perder ni una sola prueba, o extraviarla.  Mucho menos un trabajo extraclase, de esos que te despiertan los deseos de no haber nacido jamás.

Y todo lo anterior, no tienen nada que ver con tus retrasos de minutos, con tu putualidad en clase, con la entrega de planeamientos o con las actividades que tienes para cuando te vienen a observar la clase.  Son dos cosas aparte si te has quedado varios días dando tutorías, o si has venido a cuidar un baile o un Talent Show.  No hay que confundir los papeles.  Por un lado, eres el profesor, y por el otro el empleado.  Y el empleo de profesor es ese:  cuidar de tus clases, de tus alumnos, de tu psicología y la de 15o mas, no olvidar quién tiene déficit atencional o hiperactividad, quién cumple años, o quién está en la Olimpiada de la Matemática.  Tienes que estar atento a los torneos de futbol, a los ensayos y a los horarios especiales.  Eso no tienen relación con que te atrasaste en la mañana o no.  A las siete de la mañana te esperan tus estudiantes igual que siempre, la regla tiene que cumplirse.

No hay que desmotivarse por eso.  No hay que agregar tensión a lo que ya, por sí mismo, causa tensión.  Esto debido a que no hay un ambiente más sensible a los comentarios negativos que el trabajo y, entre los trabajos, el de profesor.   Porque después de escucharlos, debemos dar la cara a decenas de estudiantes que nos están estudiando eso:  la expresión.  Nos preguntarán qué nos pasa, nos sentiremos presionados, y tal vez, irreflexivamente, les diremos qué nos pasa.  Eso, por otra parte, es un error muy común, porque los estudiantes son adolescentes, y no pueden hacer nada, ni siquiera comprenden lo que es tener un trabajo.  Mucho menos, se puede llegar a desquitarse con ellos y a verlos como los enemigos número uno de nuestra condición de empleados, y ver en ellos unos malagradecidos, despreocupados y totalmente ajenos a nuestra entrega cotidiana.

Ser maestro no es cuestión fácil.  Somos por un lado, psicólogos de lo cotidiano, por otro enfermeros de toda clase de heridas.  Somos empleados, pero somos los que hacemos funcionar el sistema. por eso la sentimos tan de cerca, nos atañe, nos penetra.  Somos abogados de mil causas perdidas, llevamos la economía de las fiestas para las que nunca alcanza el dinero recogido, somos planificadores de un año que, a ratos, trastabilla. Somos animadores de excursiones que, a menudo, no entusiasman a nadie.  Periodistas, alquimistas, agrimensores, activistas, entrenadores, diseñadores, policías, informáticos, repartidores, cocineros, estilistas.  Somos conciliadores, intermediarios, payasos, malabaristas.

Somos el milagro de cada día, cuando, después de llegar furiosamente cansados por no haber podido dormir la noche anterior, alguien, alguno, quizás el menos pensado, nos regala una sonrisa y un buenos días y se nos olvidan todos los dolores, como la madre que dio a luz ayer y hoy se solaza en su hijo.  Quien es profesor es progenitor de medio mundo, da a luz cada día con una nueva idea y no debe detenerse a rumiar sobre una carta que solo nos ha devuelto a nuestra dimensión humana:  nos equivocamos pensando que las miles de horas que dedicamos a nuestras clases, bien podrían borrar una llegada tardía.  Error. Pero es un error que no se debe sobredimensionar tampoco, la vida sigue, toca el timbre y se llenan las aulas. Adelante, no queda otra, que posiblemente esa desmotivación se vaya de manera tan repentina como vino.

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