Archivos Mensuales: noviembre 2010

Barras libres en San José, Costa Rica

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Un bochornoso sabotaje a la juventud

Hace pocos días La Nación, en su revista de los domingos, Proa, publicó un reportaje sobre las barras libres. Ahora, no solo los padres de familia, sino las autoridades nacionales ya no pueden seguir haciéndose los tontos ante este oscuro negocio.

El artículo nos da todas las pistas.  Denuncia cómo por Facebook (antes por papelitos) se anuncian esas actividades para que nuestros muchachos, NUESTROS MUCHACHOS, con NUESTRO dinero (porque ninguno, que yo sepa, tiene salario) vayan a esas actividades a atiborrarse de guaro hasta caer inconscientes.  Qué negocio tan redondo, porque los chiquillos se emborrachan muy rápidamente, y no consumen lo que pagaron.  Con guaro del más barato, los emborrachan y el vacilón es seguro.  Hasta jóvenes muy cercanos en edad andan en el “negocio”.  Y los papás, unos muy complacientes y otros (espero que hasta el día de esa publicación) muy inocentes, soltando la plata para que vayan.

Qué miedo nos dan los hijos.  Qué miedo preguntar adónde van que necesitan ir en un bus para que no tengamos que saber adónde se meten.  Qué miedo les tenemos a que se enojen, o hagan un berrinche o nos dejen de hablar una semana.  Qué horror tan grande a que hagan una pataleta, no vayan a visitar a los abuelos o se nieguen a acompañarnos a misa.

No señor. Esto no puede estar pasando.  Me niego a creer que los papás seamos tan taraditos como para seguir pensando que nuestros adolescentes de 14, 15 o 16 años están jugando “carritos” y las niñas se entretengan en eso mismo o jugando “muñecas”. ¿En dónde están esos papás y esas mamás cuando las chicas salen dignas de una portada “Tú” o “Seventeen” con minifaldas de una cuarta, leggins y botas ceñidas como mallas de circo y escotes a lo Scarlett Johansson, Paris Hilton o Salma Hayek? ¿Quiénes son las víctimas en todo esto, ellas o los padres?  Es irremediable, los muchachos se van solos con sus amigos y con el dinero de los papás, a comprarse la ropa, y cuidadito se le ocurre a la pola de la madre ni tan siquiera insinuar que los acompaña, ¡Jesús! ¡Qué ridículo!  Y allá va la platilla, esa que nos cuesta horas y horas de trabajo, quizás cogiendo bus bajo la lluvia o el sol, u horas de atascamiento en medio del tráfico.  Algunos verán con alivio y buenos ojos la “independencia” que no tuvieron en aquellas edades. Otros, se quedarán hechos un dos y un tres, porque “no los quisieron llevar” sus hijos.

Da risa. Da lástima. Da horror.  Mientras tanto, insisto, con nuestra aprobación, navegan por internet en busca del siguiente “evento” al cual ir, si no a hacer, a ver, cómo se emborrachan, devuelven el estómago o fuman mariguana sus más allegados amiguitos, esos que vimos crecer y todavía imaginamos que tienen cinco añitos, con los cuales andan en una “fiestita”, no sabemos bien dónde, pero después de la cual más de uno se queda a dormir donde tal o cual, cuyos padres (ya lo saben) no “joden” cuando los recojen semiinconscientes para llevarlos a dormir la “mona” y así mal disimular la trasnochada.

Por favor, no me vengan a decir que los papás no saben ni adivinan.  No me digan que les tienen miedo a los hijos y a ponerle límites.  No me digan que están esperando que alguien haga algo (como el colegio) para detenerlos porque ellos no pueden. “No” es una palabra corta con muy claras consecuencias. “No” es lo que necesitan las chicas cuando llegan a la casa con semejantes indumentarias. “No” es la palabra precisa para esas alcahueterías en donde lo que no se sabe se aprende a muy tempranas horas.  “No” es la palabra bendita, la que jamás debe borrarse de nuestro vocabulario de padres, mientras dejamos que llegue el tiempo y la capacidad neurológica y emocional de enfrentar, a su hora, la vida.

Qué negocio tan funesto pero tan bien sustentado por el temor y la vergüenza de los padres a quedar como ridículos y pasados de moda, mejor ser “cool” y sentarse a ver las fotos que tomaron en el lugar, reírse con ellos o hacerse los brutos, total, mientras en los establecimientos comerciales nos convencen de que vender licor a menores es un delito, por la otra puerta, se organiza un “evento”, se conoce muy bien a los “líderes” que los organizan y ninguna, pero ninguna autoridad se asoma por esos lugares a hacer una buena redada.  Será que no saben qué es Facebook o, peor aún, no leen el periódico.

 

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Trabajo por objetivos

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Una nueva moral

El trabajo por objetivos es una estrategia que surge, primordialmetne, en la era tecnológica.  Trabajamos en un proyecto para lograr un objetivo, no importa si le dedicamos 24 horas para lograrlo o solo 5 por día, la cuestión es tenerlo terminado dentro del plazo establecido.

Lo duro es que, a partir de ese lineamiento, va nuestra psicología, amarrada a la consecusión de un fin, sin detenerse en los medios.  De este modo, estamos extrapolando una metodología bastante efectiva hacia otras áreas en las cuales, a primera vista, pareciera funcionar de maravilla:  nuestra meta es un carro nuevo, pues bueno, hagámoslo realidad con un “tarjetazo”.  Nuestra meta es arreglar la casa, renovar el guardarropa, viajar a otro continente, asistir a las olimpiadas, comprar un celular 4G, una laptop, unos zapatos de diseñador… la lista bien podría no tener fin.  Y allá vamos, a conseguir esas “metas” sin fijarnos muy bien en los medios, la cuestión es lograrlos, satisfacer esas ansias locas.

Pero resulta que no solo en las áreas privadas pareciera que se estableciera dicha forma de trabajo.  También, a gran escala, en nuestro medio nacional, prevalece ante nuestras narices.  En mala hora surgen proyectos, antes fruto de reflexiones, ahora resultado de aparentes urgencias.  Me asombra ver, por ejemplo, cómo, ante el espejismo de contar con un estadio majestuoso, hemos cerrado los ojos a lo que nos compromote.  Estamos logrando un sueño, ese es el fin, pero de paso estamos ignorando el aleteo de tiburones.  Ante la necesidad de una carretera, ahora sufrimos el horror de Caldera, una carretera de vieja traza pero construida sin previsiones o estudios de impacto actualizados.  El fin era tenerla, pero no nos interesaron los pormenores, la obtuvimos y eso es todo. ¿Cuál de nosotros no la celebró y se fue de paseo para recorrerla?

Por otro lado, víctimas de ese afán desbordado de lucro que ha tomado dimensiones inconmensurables, alegamos los ciudadanos un estado horrible de inseguridad, ergo, plantean los “sabios” rectores de nuestra patria, nos encontramos en un estado de ingobernabilidad cuya consecuencia, absolutamente “lógica” apunta casi al restablecimiento del ejército y al “agilizamiento” de las decisiones lograda gracias a una muy propuesta, dudosa y enojosa connstituyente, que no sería más que una mal disimulada tiranía de los más poderosos, esos que en mala hora han obtenido el beneplácito internacional y, por ende, la admiraciónn nacional.

El 1º de noviembre, en su página 11, La República mostró un Hércules con grillos en ambas manos, así como en los tobillos. ¿Quién es ese? ¿Qué es lo que deseaban representar?  ¿Son esos poderosos actores políticos, cuya cabecilla sin duda es Rodrigo Arias (el poder detrás del poder que quiere pasar a tomar el poder) los que están tan amarrados? ¿Es nuestra Carta Magna el grillo que está atando la furia del monstruo? ¿Es esa pobre madre, cuyos pocos pero severos lineamientos (apenas de 200 incisos) ha tenido que sufrir 345 proyectos de ley para reformarla, y quizás, acabar con ella? ¿Dónde estamos y qué pitos tocamos en esa noticia los millones de costarricenses que somos, frente a diez nombres que cita a favor? ¿Será posible, que frente al proyecto de modernización del estado, cuyo objetivo último es dejarnos prácticamente  sin patria qué gobernar, no importen los medios sino el fin? ¿Estaremos tan hondamente afectados por la psicología tecnológica del trabajo por proyectos que no podamos percibir la catástrofe que se avecina solo por conseguir una cuestionada “agilización”? ¿Es esa nueva moral lo que nos ha otorgado lo que en ese artículo se llama “madurez política”?

No entiendo cuál ha sido la gran cosa con la consesión del Aeropuerto Juan Santamaría, un gran proyecto, si ahora tiene fallas manifiestas.  No entiendo cuál ha sido el gran beneficio de la concesión de la carretera a Caldera si ahora estamos sufriendo fallas espectaculares.  No entiendo cuál es la gran expectativa, si ya se ven los resultados de las dos anteriores, sobre la concesión de los puertos.  Miles de empleos iban a surgir del Tratado de Libre Comercio.  Algunos cientos de obreros veo yo que están trabajando en las maquilas modernas, hoy llamadas elegantemente Call Centers.

Lo que yo veo es una propaganda muy bien hecha, donde unos jóvenes muy sonrientes lucen su porte junto al nombre de compañías como Stream, Teletech, Ace Global o algo como “Multinational Company”.  Casi en su totalidad, reclutando a nuestros jóvenes, hambrientos de un salario rápido y posibilidades de crecimiento que luego son un espejismo, para que cuenten pronto con plata para gastar en la rueda del consumismo.

Uno de los últimos geniales proyectos es la apertura del mercado de las telecomuniciones, muchos lo esperan con ansias.  Lo que no se dice es que en Costa Rica pagamos las tarifas más bajas en la mensajería de texto casi que de Latinoamérica. Que pagamos tarifas de luz bajas, que toda la maquinaria estatal nos está, todavía, reteniendo una ola inmensa de aumentos que se harán realidad una vez que el mercado se termine de abrir y que, esas compañías, en este momento y con lo que pagamos, no encuentran atractivo nuestro país.  Pero se le echa la culpa al entrabamiento que suponen los mecanismos preestablecidos en nuestra maltrecha Constitución, el último recoldo de una mano amiga con la que cuenta el pueblo.

Parece inevitable.  El dibujito de Rambo que nos pusieron en La Republica me parece por momentos, listo a saltar de la página, al mejor estilo de los invencibles. Pero bueno, yo nací en esta patria, no en otra.  Una cuyo objetivo final se ha visto socabado por sus propios hijos, hoy enceguecidos por el signo de dólar, la producción y el consumo a toda costa, no importa si de camino nos prostituyen a las niñas, no emborrachan y drogan a nuestros adolescentes y nos seducen a los adultos con bellas luces y alucinantes promesas que nunca llegarán a cumplirse.