Multas de tránsito en Costa Rica

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Cobros del primer mundo para habitantes de un país subdesarrollado

Todavía no me han hecho uno de los partes de la nueva Ley de Tránsito. De hecho, mis únicas faltas en un cuarto de siglo, se refieren a parqueo sin boleta, y una vez que se me olvidó la restricción y, cuando iba por Zapote, me detuvieron y me pusieron un parte de cinco mil colones.  Ahora tendría que pagar como treinta y ocho mil.

Sin embargo, y pese a lo anterior, eso no me libera del miedo.  Hasta tengo pesadillas.  He soñado que me salto un semáforo en rojo y luego veo por el retrovisor una patrulla.  Días atrás, cuando me parqueé en el trabajo una compañera me dijo que tenía quemada la luz de freno derecha.  Eso me causó una gran preocupación, pues  me puse a pensar en mi regreso a casa, de Alajuela a Curridabat:  mientras buscaba quién me cambiara el foco, correría el peligro de que me hicieran un parte por unos, digamos, ¿doscientos mil colones?  ¡Dios sabe que no me sobraban en ese ni en ningún otro momento!  No pasó nada, pero si hubiera ocurrido lo contrario ¿qué le habría dicho al oficial?  Obviamente, todo el mundo les dice que el bombillo se acaba de quemar, y, por lo tanto, no me hubiera creído.

Recuerdo años atrás cuando, siendo más jóvencitos mis hijos, nos llevábamos a medio equipo en el asiento trasero del viejo Diahatsu.  Lejos quedaron, también, las veces en que con los cuatro hijos apiñados, pero felices, nos íbamos para la playa.  Ahora ya están grandes y se desplazan por sus propios medios, pero pienso en las familias actuales que están viviendo situaciones similares.

No es raro escuchar a personas que deben una suma digamos “interesante” porque sencillamente no quitaron la tan conocida pantallita contra el sol  que reza: “Bebé a bordo”.  Por aquí y por allá salta la liebre. Si no es por unos que no pagan,  es por otros que cobran por hacerse los tontos. Al final el problema es similar, el sustrato es semejante:  malos salarios, situaciones “apretadas”, familias con tres hijos que ya no pueden invitar ni a un abuelo; o, si se tienen dos hijos,lo que queda es invitar solo a un abuelo (el otro que se olvide, pues ya no existe “lo llevo en los regazos”).  Ah, y aquellos amigos que lleguen a la casa con su bebé, lo siento, no los podremos ni siquiera “ir a encaminar” hasta la parada, pues nos podría salir un buen parte si no contamos con una silla de bebé.

Sí, somos indisciplinados, sí necesitamos regulaciones, y sí, yo odiaba los 4×4 porque me parecían ostentosos, pero ¿qué mejor para quienes pueden darse ese lujo porque, en realidad, de lujo pasó a ser algo necesario?  El caos llega a ser hasta cómico.  Las familias más o menos grandes, si no quieren olvidarse de algún abuelo, o tío o amigo, y que a duras penas tienen su carrito, deben dejarlo guardado y coger bus, el cual sale más caro que haberle cargado algo de gasolina a su carro y, por supuesto, es cien veces más incómodo.  Si pensamos que para un paseo, y  para ahorrar, necesitamos llevar bolsos grandes (y hasta hielera), debemos prepararnos para sucumbir a las filas o a la espera, al llanto o al juego de los niños, etc.; las penalidades se hacen grandes.  Eso sin contar la caminada hasta las paradas, pues obviamente, ningún taxi nos llevaría o, en su defecto, deberíamos pagar dos.

No estoy abogando por automóviles atiborrados de gente, no. En cambio, sí por un sistema alternativo realmente favorable para que el servicio de transporte se convierta en eso, en un verdadero “sistema”  y no en una alternativa onerosa, incómoda e ineficiente como lo es. Por favor, aquí las familias extensivas no son raras, las situaciones que se presentan no son imaginarias, es hora de que, para enfrentar con seriedad la nueva Ley de Tránsito, se nos proporcionen otros medios para desplazarnos confiada y seguramente, no solo en la ciudad, sino a través del territorio nacional.  Para abandonar el carro, que nos den aceras y  aceras buenas, alcantarillas eficientes, una red ferroviaria que corresponda a un siglo que ya lleva una década, vías seguras para bicicletas y salarios dignos que no conviertan la salida familiar en una congoja permanente.

 

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