Cómo llegar a Monteverde, Costa Rica

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Solo  para locos

He aquí que, como buena tica, la recomendación de utilizar un 4×4 para ir a Monteverde me pareció exagerada. De hecho, ese pequeño detalle excluye de inmediato, yo diría, al 90% de la población costarricense, la cual carece de ese tipo de vehículo, pero, claro, no a mí (error 1) ni a otros  locos como yo que de seguro tampoco han hecho caso a la advertencia.  Sin embargo, debo admitir que es una BUENA advertencia.

Muy entusiasmados por la idea de visitar un lugar desconocido, tomamos la Guía Columbus.  Claro, como el anuncio.  Aunque en ella no aparece la moderna autopista a Caldera, no era necesario, pues el punto que más nos interesaba, o sea, la entrada, estaba sobre la carretera 1, la Interamericana.  Yo me fijé que había que entrar en Sardinal, llegar a Guacimal y ahí doblar hacia Santa Elena.  Eso, digo, lo vi de pasada sin memorizarlo, pues estaba segura de que la tal guía era lo primero que estaría en el carro al día siguiente (error 2).  Habíamos hecho las reservaciones en un céntrico hotel para evitar, cautelosamente, algún tipo de imprevisto.  La reservación la imprimí, y, lógicamente, su destino era mi cartera (error 3).

Tuvimos buenas ideas, no voy a negarlo.  Empacamos ropa para el frío, zapatos para caminar, golosinas y la infaltable hielera.  Mucho entusiasmo y poco contenido.  Al salir de San José ya notamos que el error 2 se evidenciaba.  Pero la memoria fresquita de mi marido nos devolvió la calma, pues recitó de memoria el camino y hasta el nombre de los ríos que íbamos a atravesar.  Este error será el 2.1, en honor a la frágil memoria cartográfica.

Nos fuimos por la autopista a Caldera, sin más problema que la salida de vía de un auto cuyo efecto mirón provocó una presa.  Cuestión de nada, es decir, hasta ahí todo era delicia.  Cuando ya entramos a la interamericana, empezamos a repasar ¿era la entrada a Sardinal?  A esas alturas, ya nos entraba la duda y los nombres de los ríos yacían en el olvido.  Yo  recordaba Ciruelas, y esto porque me pareció raro ese nombre tan lejos del Ciruelas de Alajuela. Así, empezamos a leer cada letrero, por ejemplo del restaurante El Caballo Blanco, y de Cuenca.  Lugar este último que resultó ser un gran establecimiento comercial, o al menos eso me lo pareció a mí, por el rótulo de siete metros que rezaba “CUENCA”.  Seguimos, todavía no era Sardinal. Finalmente, llegamos y nos enfilamos hacia el lugar.  Pocos metros después, nos encontramos con uno de esos puentes de tablones que le quitan a uno las ganas de seguir, pero ¿es que por aquí pasan los buses?  Poco después, cuando nos topamos con uno, tuvimos la leve certeza de una respuesta afirmativa, a no ser, por supuesto, que haya una,  del todo desconocida, vía alterna.  Hasta ese mometo, nos iba siguiendo un Hyundai blanco, y comenzamos a hacer bromas sobre los famosos asaltos en los cuales, tiempo atrás, parecía estar siempre involucrado un Hyundai gris.  Por lo menos este era blanco.  Reímos.

Una vez en Sardinal (conformado por un pequeño grupo de casas, la pulpería, el taller y algunas cosas por el estilo) seguimos hacia Guacimal.  Qué carretera más buena, totalmente asfaltada, con curvas sinuosas y subidas empinadas pero en excelente estado.  Ya decía yo que las advertencias del 4×4 eran súper exageradas. Llamaré a esto la ilusión de Alicia, íntimamente relacionada, por supuesto, con su consecuente error 1.

Guacimal nos pareció un lugar próspero, interesante, y eso nos animaba, a pesar, claro, de que la Guía Columbus nos hubiera tranquilizado más.  La dicha, gloriosa dicha, estaba pronto a expirar.  Nos encontramos con un letrero de “Santa Elena, 18 km” hacia la derecha.  La carretera forma, en ese punto, un codo, como queriendo esconder la vergüenza que se avecinaba:  el camino de lastre.  Pero bueno, ante el impacto del cambio, vi instintivamente el espejo retrovisor y noté que el Hyundai quedaba frenado en el punto exacto donde se iniciaba el camino.  Sentí  pena por el conductor.  Tonta de mí, pues la pena tenía que sentirla por mí y por mi carro, un automóvil que jamás había rodado por una carretera semejante.

Confieso que me envalentoné, de pronto, se me salió un instinto tipo Tarzán.  Un instinto de supervivencia, de lo voy a lograr y de no voy a aceptar que me lo advirtieron, y de lo voy a lograr.  Seguí, sentía la irregularidad del terreno y cómo vibraba el volante.  Empecé a escuchar las quejas de mi marido, que, de hecho se convirtieron en un malestar que involucraba los gobiernos de los últimos cuarenta años, lapso que había pasado desde su último viaje a Monteverde.  Mientras tanto, entre el sonido de la radio, ya con bastante interferencia, la inquietud de mi esposo y el silencio atormentado de nuestra hija, yo, la Tarzán, Jane o no sé si Chita, continuaba, a cero kilómetros por hora,  aferrada al volante.  Cuando mi esposo me dijo “no vaya tan rápido”, podrán imaginar que el patatús casi acaba conmigo.  No voy a inventar una actitud paciente de mi parte, pues sería mentir, más bien, siento que en ese momento fui aguerrida.

Si hiciera una lista de los comentarios del momento serían algo como: qué calle, qué horror, ¿vamos bien?, ¿cuánto falta?, uy, viene un carro, frene, qué ironía (rótulo de 40 km velocidad máxima), esto es una burla, devolvámonos, etc.  Por supuesto que faltaban para llegar entre 10 ó 12 km.  Yo me fijaba en el kilometraje y contaba mentalmente “32 + 18 = 50” pero el 50 no llegaba nunca.  La pesadilla continuaba.  Uno de mis hijos me había hablado de que había unos guindos bastante impresionantes sin baranda ni protección alguna.  Iba tan concentrada que no vi ni uno.  Iba tan demolida sufriendo por los compensadores de mi carro que no vi el Golfo de Nicoya que se abría a mi izquierda en más de uno de los recodos.  Iba con tanta adrenalina que apenas si noté que frené en cuesta y en terreno pedregroso (una de mis peores pesadillas), pues no cabían dos carros en la vía.  En mi mente repasaba “32 + 18, 32 + 18” y el resultado se me nublaba en la mente, ¿42? NO, faltaban todavía 9 (para mí 9000) Km.  Frené.  Era la entrada a una finca y frené.  Salí del carro.  Las piernas me vibraban o me temblaban, no sé.  Me saltaron las lágrimas.  No lo iba a soportar más.  Otros 9 Km en esa situación.  Pero no había vuelta de hoja.  Había que seguir.

Finalmente, olvidé el kilometraje y me concentré en esperar que, por arte de magia ( la ilusión 2 de Alicia), en alguna curva, empezara el asfalto.  Pero eso no sucedía.  Un enorme letrero nos devolvió momentáneamente la respiración “Bienvenido a Monteverde” (después de todo, no íbamos para el infierno).  Fue un viacrucis sin estaciones, un auténtico viacrucis.  Y como todo, tuvo su fin.  La anhelada calle asfaltada apareció, y con ella, el pueblo.

Puedo decir sin reparos que Monteverde es una joya.  Una esmeralda con montadura de lata vieja.  No puedo recordar ningún lugar que me haya devuelto la paz y la sanidad como lo hizo ese lugar.  La llegada solo puedo compararla con un parto largo y difícil, el cual se olvida cuando uno tiene, finalmente, la criatura más bella y más tierna entre sus brazos.  Disfruté cada momento ahí.  Me gustó la alegría de la gente, la pequeñez del pueblo marcada por unas cuantas calles asfaltadas, la transparencia del aire, la solidez de la montaña, la transparencia de las aguas, la bruma, cómplice de las alturas, los senderos, el canto de los pájaros, la infraestructura turística, todo.

Omito decir que, gracias al error 3, tuve un pequeño roce en el hotel, pues en apariencia debía pagar de nuevo.  Sin embargo, no pasó a más.  Ahí la gente es servicial y alegre.  Y estoy un tanto confusa.  Por un lado, quisiera que una súper carretera como la que llega hasta Guacimal, nos llevara cómodamete hasta Monteverde.  Pero por otro lado, me da miedo que el fácil acceso sobrepase la capacidad del lugar, sature las calles, desestabilice la apacible quietud de los ecosistemas autoregenerativos de su naturaleza y se inicie el deterioro.

Voy a regresar a Monteverde.  La próxima vez, con conocimiento de causa, seré más respetuosa de las sugerencias y, si no en carro alquilado, iré por lo menos en bus.  Con mi marido, ya más tranquilo, planeamos alquilar unas cabinas con vista al golfo y abandonarnos en las manos de este santuario de una Costa Rica que yo creí desaparecida.  Quien desee tomar este mismo camino, hágalo.  Es solo para locos que deseen recuperar el respeto por la grandiosidad que encierra nuestro país.

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