Archivos Mensuales: julio 2011

La muerte de cinco estudiantes de undécimo año

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Declaratoria de duelo y de reflexión nacional

Qué triste sombra se tendió sobre un colegio costarricense, y, por ende, de todo nuestro país,  con la muerte de cinco de sus estudiantes.  A raiz de esto, surgen muchas preguntas, muchas reacciones, dudas, resquemores.  Todos culpan al conductor, otros distribuyen responsabilidades, pero pocos, lastimosamente, se ven en el espejo.

Algo, sin duda, ha causado esta tragedia, y no es la eventualidad de un simple accidente.  Los adolescentes son adolescentes, ellos, sin duda, no son capaces de prevenir el peligro que se cierne en medio de una carretera sin tránsito aparente.  Un adulto tal vez les haya dicho “no se paren en media calle”.   Pero no podía, como a chiquitos de kinder, decirles “pasen para adentro ya”.  ¿Cómo intervenir en las serenatas de quinto año?, ¿cómo hacer para mantener una actitud vigilante sin privar a los jóvenes de sus actividades?  La verdad, nada es suficiente en el estado de indefección total que estamos viviendo,

A pocos o ningún muchacho de diecisiete (y menos de dieciocho) le gusta ni tan siquiera “considerar” que padres de familia se hagan presentes en la serenata.  Y lo cierto es que una mínima, una ínfima parte de los padres está dispuesto a asistir.  Tampoco ningún colegio, que yo sepa, legitima la actividad, y, el resultado final de esta mezcla de ingredientes, es que la gran mayoría de las serenatas se da sin supervisión alguna.  Para colmo, no bastando con una, hasta han llegado a ser dos, una de mujeres a hombres, y otra, de hombres  a mujeres.  En esta nueva moda, los colegios privados las han convertido en “fiestas temáticas”, donde se mandan a hacer ropa especial o camisetas alusivas.  Sin embargo, conozco de padres dispuestos a asumir el reto de ir a estos festejos.  Son padres y madres que pasan mala noche, posiblemente, pero que lo hacen con gusto, con tal de velar por los hijos propios y por los ajenos.

Y así ocurre también en muchas fiestas, en las cuales los padres, en vez de hacerse los tontos o “escaparse” un rato, permanecen en sus casas para que se mantengan los límites. No les basta con un “se porta bien”, pues esa frase en oídos de la mayoría de los adolescentes, no tiene ningún significado.  Son personas serias, valientes que asumen el “riesgo” (para muchísimos lo es) de ser llamados polos, anticuados o abuelos. La pregunta es:  ¿pueden evitar una eventual tragedia?  Tristemente, eso no es posible, porque no es en la fiesta o en la serenata en donde radica el mal, es mucho más allá, es en una superestructura que va más allá del individuo.

En este caso particular, el culpable fue un guarda carcelario, es decir, alguien que vigila la seguridad en un centro penintenciario, el mismo que, fuera de su trabajo,  sale y atropella a nueve jóvenes, matando a cinco, y escapa.   ¿Qué siniestra paradoja encierra esto? ¿Será un caso de desdoblamiento de la personalidad? ¿Será que este individuo, que calificó momentos después ante su esposa este quíntuple homicidio como “una torta”, realmente considera lo que hizo dentro de la categoría que tendría quebrar una vajilla? ¿Tendrá que ver algo ese término tan ilegítimamente utillizado hoy llamado “libertad”? Lo digo y reflexiono sobre esto porque en nombre de una supuesta libertad se están cometiendo grandes faltas.  Hoy, como se nos repite constantemente en todos los medios, somos libres de elegir, libres de movernos, libres de ataduras, llámense estas  “trabajo”, “estudio”, “padres” o “compromisos” en general.  Como profesora que soy, les he preguntado a mis estudiantes: ” ¿Cada uno de ustedes necesita un policía para hacer lo debido?”  Ellos, cuando ya me conocen, saben que yo no  estoy dispuesta a serlo, pues mi propuesta consiste en que cada uno se vigile a sí mismo. Es algo que no repito más de una vez a cada generación.  Pero, en la vida cotidiana, ese “vigilarse a sí mismo”,¿lo hacemos?, es decir, hablando en términos educativos, ¿se nos guía para hacerlo desde pequeños para llegar a convertirnos en adultos responsables o se nos muestra un catálogo de reglas cuyo incumplimiento nos hace, simplemente, temer las consecuencias?

Si bien es cierto, vivimos rodeados de reglas (listados de reglas), reglamentaciones, leyes y legislaciones, tambien es verdad que cada vez con mayor frecuencia, en nuestro país se considera como “el más listo” quien decifre, decodifique o como se llame, un “vacío” que permita darle vuelta a lo regulado, reglamentado o legislado y, de ese modo, permitirse el lujo de virlarlo.  Estatal o institucionalmente, todo parece estar consolidado sobre la base de lineamientos más o menos específicos, pero también parece que cada persona buscara la oportunidad de no pagar lo que debe, de no cumplir susdeberes, de defraudar el fisco, de declararse enfermo cuando se está sano, de tomar lo que no es suyo, de ganar a costa de otro, de crear nuesvas ideas, diseños y hasta edificios fumando la famosa hierba, de engañar al confiado, de conseguir testigos falsos, de vender lo que no le pertenece, y de ahí, a los mal llamados males “menores” como no detenerse ante los altos, los semáforos o las personas, no ceder el lugar a los motociclistas, no disminuir la velocidad cuando el accidente es inminente, y pensar que no estamos ebrios cuando en realidad sí lo estamos, y debido a eso corremos el riesgo de cometer cualquier tipo de atrocidad.  ¿Entonces? ¿Es eso libertad? ¿Es libertad escoger el atajo para ganar? ¿Es libertad apoderarse de lo ajeno, engañar, confundir, y todo lo demás mientras “no me atrapen”? ¿Somos libres porque somos diestros en “pedir perdón” en vez de “pedir permiso”?

Suponemos que todo padre de familia desea ver crecer a sus hijos en un ambiente sano y seguro,  anhela que su bebé se convierta en un adulto responsable.  Sin embargo, pareciera, por los hechos, que cada vez hay más provocando lo contrario, pues de otro modo este sería un mundo perfecto.  Pero, aunque todo apunte a lo contrario, no es tarde para enmendarnos.  Cada cual puede, si lo desea, iniciar su propia campaña, sin esperar que se dé (gracias a la iniciativa de otro) un movimiento nacional mágico  que nos lleve a convertirnos en lo que soñamos.  A mí, de momento, me parece necesario, en primer lugar, no dejar una actitud vigilante de parte de quienes deseen tomar cartas en el asunto y continuemos, o comencemos, a poner límites a las actividades potencialmente peligrosas de nuestros adolescentes.  Cambiemos en nosotros lo necesario en nuestra propia vida predicando con el ejemplo.  Coloquemos las piezas sueltas en su lugar, ojalá, un lugar estratégico.  Redoblemos los cuidados, retomemos las discusiones familiares sobre asuntos serios, convoquemos nuestro sentido común fortaleciendo lazos de afecto.

En momentos como estos, no abramos paso al miedo irracional, sino por el contrario, continuemos o empecemos a enfrentar la vida con enérgica valentía, sin evadir responsabilidades que nos atañen a cada uno de nosotros y no a entes fantasmas, los cuales, de todos modos, probablemente requieran de muchísimo tiempo para que tengan efecto, pues esta terrible pérdida de cinco jóvenes prospectos nos ocurrió a todos, y debemos reaccionar cuerda y racionalmente, pero sobre todo, sin dilación.  Cada cual en su casa, enseñe lo que se requiere, pues estamos viviendo momentos en los que los vigilantes de lo nuestro somos nosotros mismos, y eso deben aprenderlo los muchachos aceptando los cuidados de los adultos responsables y, si es necesario imponerles la autoridad de los padres, hacerlo, porque el peligro está en todos lados.

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Facundo Cabral no ha muerto

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Guatemala decretó tres días de duelo nacional por el asesinato de Facundo Cabral en su suelo, perpetrado por vándalos sin nombre ni apellido.  Tres días que bien podrían ser decretados de duelo por esa patria adolorida, esa que ha visto morir a tantos y tantos, esa vestida de luto por un hermano argentino que le vino a susurrar al oído palabras de amor, de paz, de aliento, y a la que contestó con una lluvia de balas.  Guatemala es una hermana enferma, como lo es México, como se esconde en El Salvador, como se disimula en Nicaragua, y como se oculta bajo una gruesa capa de maquillaje en Costa Rica.  Y eso sin nombrar ni una sola patria suramericana, que ya merece cada cual una página en el libro de la violencia, porque detrás de Cabral hay una lista gruesa de nombres de personas de paz, de esos que no aguanta el mundo, muerta y silenciada.

Si de la cuna a la tumba es una escuela, qué clase de graduación estamos teniendo en estos países desgraciados sin derrotero.  Cuánto hombre y mujer violento, violentado, anda y se cruza, un día de tantos, con cualquiera y ¡pum! la bala, la azarosa bala, la que te acaba, te cierra el libro de un manotazo y mete su mano pútrida en la desventura de cualquier familia.

Facundo se llamaba a sí mismo un milagro.  Y ahora que lo pienso, es verdad.  Un milagro andar cantando esa gloria a la vida, esa filosófica presencia del amor, ese salir de lo que tantos llaman “nada” y, con una guitarra, pintar de nuevo el mundo.    Yo no sé qué le diría, en un mágico momento, a quienes lo aniquilaron, tal vez, en un acto propio de él, le habría lanzado una de sus frases En la tranquilidad hay salud, como plenitud, dentro de uno. Perdónate, acéptate, reconócete y ámate. Recuerda que tienes que vivir contigo mismo por la eternidad.  Le toca ahora a Guatemala bajar la cara con vergüenza ante este acto vil con sello guatemalteco, pero le toca al asesino vivir consigo mismo por la eternidad.

Claro que Facundo no ha muerto, porque jamás iba a morir en la memoria colectiva esa voz de hermano grande, de hermano sabio y alegre, que viajó liviano cabalgando las notas de su guitarra.  Si toda la vida está, como él decía, en un instante, qué triste ese segundo donde se confabuló la historia para llevárselo.  Y sin embargo, anduvo la tierra como quiso, nació, ganó, bajó, subió; ahora ha muerto, y si la historia es tan simple, ¿por qué nos estamos preocupando? Quizás porque nos toca seguir viviendo y no hemos aprendido la simple lección de las almas grandes como la de Facundo: Culpar a los demás es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella. Y aunque nos duela, este ritmo de vida, esta insaciable conducción sin restricciones, esa sed de tener, de desechar, de volver a consumir, de alienar, de sentirse más, de olvidar quiénes somos, es un arma peligrosa abandonada en las manos de un ser cualquiera para que dispare a quien le ponga la puntería.

Decir que su muerte fue un error, suena poco menos que  increíble, no es leal a la memoria de Cabral, porque bien se pudieron esperar a que la supuesta verdadera víctima estuviera sola.  No, todo fue bien pensado por esas pobres almas muertas que andan sembrando la mala semilla para estrangular el mundo.  Pobres, pues ellas son las verdaderas víctimas de esta calamitosa convulsión agónica en la que nos encontramos sumidos.