Facundo Cabral no ha muerto

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Guatemala decretó tres días de duelo nacional por el asesinato de Facundo Cabral en su suelo, perpetrado por vándalos sin nombre ni apellido.  Tres días que bien podrían ser decretados de duelo por esa patria adolorida, esa que ha visto morir a tantos y tantos, esa vestida de luto por un hermano argentino que le vino a susurrar al oído palabras de amor, de paz, de aliento, y a la que contestó con una lluvia de balas.  Guatemala es una hermana enferma, como lo es México, como se esconde en El Salvador, como se disimula en Nicaragua, y como se oculta bajo una gruesa capa de maquillaje en Costa Rica.  Y eso sin nombrar ni una sola patria suramericana, que ya merece cada cual una página en el libro de la violencia, porque detrás de Cabral hay una lista gruesa de nombres de personas de paz, de esos que no aguanta el mundo, muerta y silenciada.

Si de la cuna a la tumba es una escuela, qué clase de graduación estamos teniendo en estos países desgraciados sin derrotero.  Cuánto hombre y mujer violento, violentado, anda y se cruza, un día de tantos, con cualquiera y ¡pum! la bala, la azarosa bala, la que te acaba, te cierra el libro de un manotazo y mete su mano pútrida en la desventura de cualquier familia.

Facundo se llamaba a sí mismo un milagro.  Y ahora que lo pienso, es verdad.  Un milagro andar cantando esa gloria a la vida, esa filosófica presencia del amor, ese salir de lo que tantos llaman “nada” y, con una guitarra, pintar de nuevo el mundo.    Yo no sé qué le diría, en un mágico momento, a quienes lo aniquilaron, tal vez, en un acto propio de él, le habría lanzado una de sus frases En la tranquilidad hay salud, como plenitud, dentro de uno. Perdónate, acéptate, reconócete y ámate. Recuerda que tienes que vivir contigo mismo por la eternidad.  Le toca ahora a Guatemala bajar la cara con vergüenza ante este acto vil con sello guatemalteco, pero le toca al asesino vivir consigo mismo por la eternidad.

Claro que Facundo no ha muerto, porque jamás iba a morir en la memoria colectiva esa voz de hermano grande, de hermano sabio y alegre, que viajó liviano cabalgando las notas de su guitarra.  Si toda la vida está, como él decía, en un instante, qué triste ese segundo donde se confabuló la historia para llevárselo.  Y sin embargo, anduvo la tierra como quiso, nació, ganó, bajó, subió; ahora ha muerto, y si la historia es tan simple, ¿por qué nos estamos preocupando? Quizás porque nos toca seguir viviendo y no hemos aprendido la simple lección de las almas grandes como la de Facundo: Culpar a los demás es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella. Y aunque nos duela, este ritmo de vida, esta insaciable conducción sin restricciones, esa sed de tener, de desechar, de volver a consumir, de alienar, de sentirse más, de olvidar quiénes somos, es un arma peligrosa abandonada en las manos de un ser cualquiera para que dispare a quien le ponga la puntería.

Decir que su muerte fue un error, suena poco menos que  increíble, no es leal a la memoria de Cabral, porque bien se pudieron esperar a que la supuesta verdadera víctima estuviera sola.  No, todo fue bien pensado por esas pobres almas muertas que andan sembrando la mala semilla para estrangular el mundo.  Pobres, pues ellas son las verdaderas víctimas de esta calamitosa convulsión agónica en la que nos encontramos sumidos.

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