El Día Mundial de la Poesía

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Podría decir que, ese día, hice algo tan simple como leer a mis estudiantes la Oda a la poesía, de Pablo Neruda.  Pero nada que se relacione con la palabra de Neruda puede ser simple.  Me explicaré.  Los miércoles tengo menos clases, y, de camino al colegio, se me ocurrió que les iba a leer esa oda en clase.  No tenia relación directa con el tema que estamos estudiando, pero aún así, decidí tomar el riesgo.  Dos de mis seis grupos se llevaron ese gusto, cuando, antes de terminar la clase, les anuncié la lectura.  Era un grupo particularmente inquieto.  Quizás por eso me sorprendió el inusitado silencio que  se mezclaba con las palabras del poeta, las caras de asombro, que, por momentos y muy mal pensada, se me ocurrieron como de poca comprensión.  Como calculé mal  el tiempo, el timbre de final de clase sonó, pero nadie se movía, en cambio, permanecían escuchando.  Un grupo esperaba fuera, y al terminar, muy entusiastas me preguntaron si me podían traer un poema al día siguiente.  Un tanto escéptica les dije “Claro que sí.”, mientras los escuchaba saludando a los que entraban con un “Feliz Día de la Poesía”.  A este siguiente grupo también les leí el texto, y también les gustó, aunque no tuvieron la misma iniciativa del anterior.

Hoy, cuál no sería mi sorpresa que, antes de empezar las clases, con mucho ánimo, algunos estudiantes me anunciaron sus poemas.  Casi lo había olvidado, como un incidente pasajero.  Sin embargo, me trajeron sus trabajos, los leímos en clase e incluso se preocuparon por saber si yo “escribía poesía”.  Al contestar afirmativamente, me pidieron que leyera uno de mis poemas (claro que fue A Neruda) y hasta aplausos hubo.

Ahora tengo, prensados debajo de mi computadora, los poemas que escribieron.  Son un manojo de alegría que despavilaron mi capacidad de asombro, como cada vez que un estudiante se me ha acercado, a lo largo de mis años como profesora, y me ha preguntado si quiero leer lo que escribió.  Es el eterno camino de la poesía, esa, la que Neruda hizo panadera, la que transita irremediablemente por pupitres, pizarras y cuadernos, la que sacude, anima y embelesa.  Ella vino hasta mí escrita a lápiz, en papeles arrugados y tímidos a darme un beso en la mejilla y a decirme, de un dulce modo, que sigue viva. Yo le contesto, con vergüenza, gracias porque me hizo abrir un espacio inesperado y fuera de programa, como solo puede darse una poesía.

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