RODELL SCHNEERINGER DE RAMÍREZ

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“All successful people men and women are big dreamers.

They imagine what their future could be, ideal in every respect,

and then they work every day toward their distant vision, that goal or purpose.”

Brian Tracy

Llegué al Colegio Saint Paul hace seis años, y aún sigue fresca en mi mente la primera impresión que me causó conocer a doña Rodell, esa libre pensadora, curiosa incansable, trabajadora tenaz e inquisitiva mujer.

No creo que haya nadie que no se impresione con el simple hecho de cruzar con ella algunas palabras.

Doña Rodell es la fundadora del Centro Educativo Saint Paul, institución que se ha forjado un serio reconocimiento nacional y se ha logrado posicionar en los mejores lugares dentro del campo educativo.  Ella soñó con hacerlo y ha luchado por cada centímetro conseguido, no solo en cuanto al espacio físico propiamente, sino en todos los niveles.

Impetuosa e impositiva, es, como toda persona emprendedora, alguien polémico.  Sin duda, contará con grandes amigos y con quienes no estén de acuerdo con su perspectiva, pero, aunque sea posible que para ella esa sea una etapa superada, no es algo que logre opacar, en lo más mínimo, la magnitud de su personalidad.

Siempre la he visto trabajando, viendo en el horizonte perfiles de nuevos retos, que pueden llegar a ser indivisables para otros.  Preocupada por su colegio, ha sabido construir un ambiente de trabajo muy singular, propicio para el desarrollo personal de sus subalternos y siempre seguro para encontrar en él un sitio donde lo emocional va de la mano con lo espiritual y material.

Doña Rodell es de esas personas que sabe vivir y lo hace plenamente. Ve esta existencia como una gran aventura y comparte esa visión generosamente.  No esconde nada.  Es una mujer tan plena, que solo sabe repartir energía, un remolino de energía capaz de arrastrar todo a su paso.

Quienes como yo, la admiran, hemos aprendido a ver en ella todas sus fortalezas y todas sus debilidades.  Hemos reído con sus chistes y hemos llorado sus angustias.  Porque ha sido así con quienes la rodean: no les ha escondido nada y les ha hecho partícipes de todo lo que está a su alcance. Los nacimientos de sus hijas y ahora de sus nietos, la congojas familiares, la lejanía de su tierra natal, sus aniversarios de boda, sus anécdotas personales, la extensión de cada metro cuadrado de la insitución, realizado con el más auténtico de los esfuerzos, así como sus más categóricos enojos.  Esa es ella: un volcán, una laguna, un mar embravecido, un atardecer, una samba, un bolero, un abrazo, un regaño, una gran madre, una compañera.

Veo en doña Rodell una visionaria entregada a la labor de ver crecer en Costa Rica, esa pequeña patria que ha hechado profundas raíces en su corazón, una propuesta educativa profundamente humana.  Ella, sin duda, entra a la historia de nuestro país con paso firme para engrosar la lista de tantos y tantos emigrantes que pusieron un día su pie en nuestro suelo para vivir el presagio de los embrujos más poderosos de nuestra tierra y se empeñaron en hacernos grandes, y sembraron la semilla de un árbol poderoso sin olvidar de colocar, en medio de nuestro paisaje, el espejo mágico donde poder imaginarnos y hacernos posibles, lo cual, muchas veces, solo se logra a través de la mirada de alguien que viene desde afuera y es capaz de revelarnos, como algo desconocido, nuestras enormes potencialidades.

A doña Rodell, mi más sensible y cariñoso tributo, por su fortaleza, su sabiduría, su profunda preocupación y su incansable labor en el campo de la educación privada de nuestro país.

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