Estudiantes difíciles

Estándar

… o hasta “imposibles”

Escribo esto después de un año de imponente silencio en mi blog. Hoy lo que me mueve a escribir es mi experiencia de este año con un grupo de estudiantes calificados como difíciles. Me la pasé ansiosa y preocupada. Pasé un año lectivo cargada de frases referentes a todo lo negativo que pudieran tener estos estudiantes, y eso me llevó tanto tiempo y me robó tanta paz que, al final de mi curso, cuando vi toda la superación que habían logrado, el empeño que pusieron en mi materia, las buenas relaciones que habíamos establecido y el gran cariño cultivado entre nosotros durante estos meses, honestamente me quedé atónita. Estos jóvenes, a quienes había vigilado de cerca y reprendido, mi grupo guía, también me habían hecho reir. Algunos abrazos inesperados me habían llegado, a lo largo del curso, solicitando consuelo. Me di cuenta de que había poesías que jamás hubieran nacido si no las hubiera insinuado. Vi hacia atrás y me acordé de los ensayos de hermosos bailes a los que había ido, en los cuales fui testigo de su ingenio y su talento artístico. Había usado su camiseta el Día del Deporte, y recordé las fotos que les tomé ese y otros días. Los había escuchado recitanto versos de la Ilíada, y había visto sus caras de asombro cuando descubrieron que Catulo amó, odió y lloró la muerte de un hermano (poema CI) tal cual ellos pueden sentir hoy. Estaba ahí cuando me dijeron que, después de todo, don Quijote no era tan loco como lo pintan. Los acompañé a cuidar niñitos de prekinder y kinder, y conocí su lado maternal y paternal.
Estuve muy preocupada todo el año, temiendo lo peor, pero también viviendo intensamente al lado de una generación singular. Estuve muy ocupada escuchando comentarios negativos, y alguna vez la frustración me hizo llorar, pero mi corazón, una vez más, trabajó por su cuenta. Mientras mi cerebro y mis oídos trataban de procesar informaciones distorsionantes, mis manos les hacían galletas y dibujaban premios, mi corazón les seguía los pasos en sus canciones y, poco a poco, ganaba terreno en los de ellos.
Al final, tuvieron que ser los resultados académicos los que me sacaran de las nieblas. Todos ganaron mi curso, y en el resto de materias, solo un par han tenido problemas.
No fue lo esperado. Unos estudiantes difíciles, con predicciones altamente negativas, salieron adelante. Solo puedo hablar de mi materia, pero sentir el abrazo de agradecimiento de un estudiante que estoy segura, hizo trampa en una de mis pruebas, y al que le di un voto de confianza, no tiene precio para mí.
Hoy, al terminar el año, mis hipótesis renacen: en la enseñanza el amor es un ingrediente vital, es la sal. El humor, la pimienta. Las sonrisas, hermosos recipientes. Y las palabras, en vez de dardos, jamás deben dejar de decir cuánto uno ama a sus estudiantes, pues son esa cubierta que jamás le sobra a los pasteles.
La pregunta es si los estudiantes difíciles lo son 100% o si seremos los adultos los que, endurecidos y temerosos, restamos importancia al porcentaje que le toca al amor, a la risa, al llanto y a la comprensión en esta jamás escrita y nunca terminada receta de la educación.

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