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Cómo llegar a Monteverde, Costa Rica

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Solo  para locos

He aquí que, como buena tica, la recomendación de utilizar un 4×4 para ir a Monteverde me pareció exagerada. De hecho, ese pequeño detalle excluye de inmediato, yo diría, al 90% de la población costarricense, la cual carece de ese tipo de vehículo, pero, claro, no a mí (error 1) ni a otros  locos como yo que de seguro tampoco han hecho caso a la advertencia.  Sin embargo, debo admitir que es una BUENA advertencia.

Muy entusiasmados por la idea de visitar un lugar desconocido, tomamos la Guía Columbus.  Claro, como el anuncio.  Aunque en ella no aparece la moderna autopista a Caldera, no era necesario, pues el punto que más nos interesaba, o sea, la entrada, estaba sobre la carretera 1, la Interamericana.  Yo me fijé que había que entrar en Sardinal, llegar a Guacimal y ahí doblar hacia Santa Elena.  Eso, digo, lo vi de pasada sin memorizarlo, pues estaba segura de que la tal guía era lo primero que estaría en el carro al día siguiente (error 2).  Habíamos hecho las reservaciones en un céntrico hotel para evitar, cautelosamente, algún tipo de imprevisto.  La reservación la imprimí, y, lógicamente, su destino era mi cartera (error 3).

Tuvimos buenas ideas, no voy a negarlo.  Empacamos ropa para el frío, zapatos para caminar, golosinas y la infaltable hielera.  Mucho entusiasmo y poco contenido.  Al salir de San José ya notamos que el error 2 se evidenciaba.  Pero la memoria fresquita de mi marido nos devolvió la calma, pues recitó de memoria el camino y hasta el nombre de los ríos que íbamos a atravesar.  Este error será el 2.1, en honor a la frágil memoria cartográfica.

Nos fuimos por la autopista a Caldera, sin más problema que la salida de vía de un auto cuyo efecto mirón provocó una presa.  Cuestión de nada, es decir, hasta ahí todo era delicia.  Cuando ya entramos a la interamericana, empezamos a repasar ¿era la entrada a Sardinal?  A esas alturas, ya nos entraba la duda y los nombres de los ríos yacían en el olvido.  Yo  recordaba Ciruelas, y esto porque me pareció raro ese nombre tan lejos del Ciruelas de Alajuela. Así, empezamos a leer cada letrero, por ejemplo del restaurante El Caballo Blanco, y de Cuenca.  Lugar este último que resultó ser un gran establecimiento comercial, o al menos eso me lo pareció a mí, por el rótulo de siete metros que rezaba “CUENCA”.  Seguimos, todavía no era Sardinal. Finalmente, llegamos y nos enfilamos hacia el lugar.  Pocos metros después, nos encontramos con uno de esos puentes de tablones que le quitan a uno las ganas de seguir, pero ¿es que por aquí pasan los buses?  Poco después, cuando nos topamos con uno, tuvimos la leve certeza de una respuesta afirmativa, a no ser, por supuesto, que haya una,  del todo desconocida, vía alterna.  Hasta ese mometo, nos iba siguiendo un Hyundai blanco, y comenzamos a hacer bromas sobre los famosos asaltos en los cuales, tiempo atrás, parecía estar siempre involucrado un Hyundai gris.  Por lo menos este era blanco.  Reímos.

Una vez en Sardinal (conformado por un pequeño grupo de casas, la pulpería, el taller y algunas cosas por el estilo) seguimos hacia Guacimal.  Qué carretera más buena, totalmente asfaltada, con curvas sinuosas y subidas empinadas pero en excelente estado.  Ya decía yo que las advertencias del 4×4 eran súper exageradas. Llamaré a esto la ilusión de Alicia, íntimamente relacionada, por supuesto, con su consecuente error 1.

Guacimal nos pareció un lugar próspero, interesante, y eso nos animaba, a pesar, claro, de que la Guía Columbus nos hubiera tranquilizado más.  La dicha, gloriosa dicha, estaba pronto a expirar.  Nos encontramos con un letrero de “Santa Elena, 18 km” hacia la derecha.  La carretera forma, en ese punto, un codo, como queriendo esconder la vergüenza que se avecinaba:  el camino de lastre.  Pero bueno, ante el impacto del cambio, vi instintivamente el espejo retrovisor y noté que el Hyundai quedaba frenado en el punto exacto donde se iniciaba el camino.  Sentí  pena por el conductor.  Tonta de mí, pues la pena tenía que sentirla por mí y por mi carro, un automóvil que jamás había rodado por una carretera semejante.

Confieso que me envalentoné, de pronto, se me salió un instinto tipo Tarzán.  Un instinto de supervivencia, de lo voy a lograr y de no voy a aceptar que me lo advirtieron, y de lo voy a lograr.  Seguí, sentía la irregularidad del terreno y cómo vibraba el volante.  Empecé a escuchar las quejas de mi marido, que, de hecho se convirtieron en un malestar que involucraba los gobiernos de los últimos cuarenta años, lapso que había pasado desde su último viaje a Monteverde.  Mientras tanto, entre el sonido de la radio, ya con bastante interferencia, la inquietud de mi esposo y el silencio atormentado de nuestra hija, yo, la Tarzán, Jane o no sé si Chita, continuaba, a cero kilómetros por hora,  aferrada al volante.  Cuando mi esposo me dijo “no vaya tan rápido”, podrán imaginar que el patatús casi acaba conmigo.  No voy a inventar una actitud paciente de mi parte, pues sería mentir, más bien, siento que en ese momento fui aguerrida.

Si hiciera una lista de los comentarios del momento serían algo como: qué calle, qué horror, ¿vamos bien?, ¿cuánto falta?, uy, viene un carro, frene, qué ironía (rótulo de 40 km velocidad máxima), esto es una burla, devolvámonos, etc.  Por supuesto que faltaban para llegar entre 10 ó 12 km.  Yo me fijaba en el kilometraje y contaba mentalmente “32 + 18 = 50” pero el 50 no llegaba nunca.  La pesadilla continuaba.  Uno de mis hijos me había hablado de que había unos guindos bastante impresionantes sin baranda ni protección alguna.  Iba tan concentrada que no vi ni uno.  Iba tan demolida sufriendo por los compensadores de mi carro que no vi el Golfo de Nicoya que se abría a mi izquierda en más de uno de los recodos.  Iba con tanta adrenalina que apenas si noté que frené en cuesta y en terreno pedregroso (una de mis peores pesadillas), pues no cabían dos carros en la vía.  En mi mente repasaba “32 + 18, 32 + 18” y el resultado se me nublaba en la mente, ¿42? NO, faltaban todavía 9 (para mí 9000) Km.  Frené.  Era la entrada a una finca y frené.  Salí del carro.  Las piernas me vibraban o me temblaban, no sé.  Me saltaron las lágrimas.  No lo iba a soportar más.  Otros 9 Km en esa situación.  Pero no había vuelta de hoja.  Había que seguir.

Finalmente, olvidé el kilometraje y me concentré en esperar que, por arte de magia ( la ilusión 2 de Alicia), en alguna curva, empezara el asfalto.  Pero eso no sucedía.  Un enorme letrero nos devolvió momentáneamente la respiración “Bienvenido a Monteverde” (después de todo, no íbamos para el infierno).  Fue un viacrucis sin estaciones, un auténtico viacrucis.  Y como todo, tuvo su fin.  La anhelada calle asfaltada apareció, y con ella, el pueblo.

Puedo decir sin reparos que Monteverde es una joya.  Una esmeralda con montadura de lata vieja.  No puedo recordar ningún lugar que me haya devuelto la paz y la sanidad como lo hizo ese lugar.  La llegada solo puedo compararla con un parto largo y difícil, el cual se olvida cuando uno tiene, finalmente, la criatura más bella y más tierna entre sus brazos.  Disfruté cada momento ahí.  Me gustó la alegría de la gente, la pequeñez del pueblo marcada por unas cuantas calles asfaltadas, la transparencia del aire, la solidez de la montaña, la transparencia de las aguas, la bruma, cómplice de las alturas, los senderos, el canto de los pájaros, la infraestructura turística, todo.

Omito decir que, gracias al error 3, tuve un pequeño roce en el hotel, pues en apariencia debía pagar de nuevo.  Sin embargo, no pasó a más.  Ahí la gente es servicial y alegre.  Y estoy un tanto confusa.  Por un lado, quisiera que una súper carretera como la que llega hasta Guacimal, nos llevara cómodamete hasta Monteverde.  Pero por otro lado, me da miedo que el fácil acceso sobrepase la capacidad del lugar, sature las calles, desestabilice la apacible quietud de los ecosistemas autoregenerativos de su naturaleza y se inicie el deterioro.

Voy a regresar a Monteverde.  La próxima vez, con conocimiento de causa, seré más respetuosa de las sugerencias y, si no en carro alquilado, iré por lo menos en bus.  Con mi marido, ya más tranquilo, planeamos alquilar unas cabinas con vista al golfo y abandonarnos en las manos de este santuario de una Costa Rica que yo creí desaparecida.  Quien desee tomar este mismo camino, hágalo.  Es solo para locos que deseen recuperar el respeto por la grandiosidad que encierra nuestro país.

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San José, Costa Rica, parte II

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Porque en Costa Rica,¡ hasta los huecos tienen forma de corazón!

Hueco en forma de corazón, Barrio Freses, Curridabat

Nos fuimos hacia el sur de la capital, sin dejar de pasar por la que yo llamo “la casa del vitral” ubicada al costado sur del parque Morazán.

Casa del vitral, costado sur del Parque Morazán, San José

Pocos metros después, descubrí que es un restaurante, al que por cierto voy a ir un día de estos y ya les subiré las fotos de cómo se ve desde dentro.

Siguiendo siempre al sur, se pasa por este edificio que me encanta.  Me recuerda un queque decorado para quince años, no sé si es el color o las volutas blancas, pero es toda una obra arquitectónica.

Un poco más moderno, posiblemente de los años 60, este otro edificio no sé, se me antoja de pronto que si estuviéramos en París, sería un edificio de apartamentos, pero no creo que ese sea el caso en San José.

Por fin, atravesamos el boulevar de la Avenida Central,

Vista del Boulevar de la Avenida Central, San José

donde no podía faltar la foto del Hotel Costa Rica, otra joya de principios o mediados del siglo pasado,

Hotel Costa Rica, San José

ni el ya famoso reloj situado en la encrucijada de la esquina noroeste del Teatro Nacional y lo que hoy es Tienda Carrión.

Detalla del Boulevar de la Avenida Central, San José

Un punto obligado era nuestro Teatro Nacional,

Teatro Nacional, San José, Costa Rica

con su bella fachada y la Plaza de la Cultura, siempre  llena de palomas.

Plaza de la Cultura, San José

No faltó el toque del predicador, quien a toda voz pregonaba que Dios había nacido en Haití con el terremoto.  Nunca entenderé a qué se refería.  Al frente del Teatro, una estatua de Juan Mora Fernández, nos lleva a un pasaje interesante de nuestra historia, y un poco más allá, un edificio sumamente bien cuidado, muestra el interés que existe por darle a nuestra capital un aire cosmopolita.

De ahí, nos dirigímos al Parque Central, donde nos encontraríamos con una bella bandera, colocada con toda gala en el costado norte del parque, y que realmente relucía bajo el sol.  No dejará nunca de emocionarme nuestra bandera, dondequiera que la encuentre, pero esta vez fue, realmente, una sorpresa inolvidable verla ondear en medio de un ambiente muy concurrido y tranquilo.

Bandera en el Parque Central de San José

Antiguo Teatro Raventós, actual Teatro Melico Salazar

Ahí tomé algunas fotos del  famoso quiosko que hace unos años querían derribar y, logré una hermosa foto del antiguo Teatro Raventós, hoy Teatro Melico Salazar.

Quiosko del Parque Central de San José

Vista hacia el este desde el Parque Central, San José

No podía faltar la entrada a la Catedral Metropolitana, cuyo atrio es un famoso punto de encuentro para miles de josefinos “encontrémonos en las gradas de la Catedral”.  Una vez adentro, tuve la gran idea de tomar fotos a algunos vitrales de los que más significado guardan para mí, y, sin pedir permiso por miedo a que me lo negaran, esperé algunas rondas del guarda que iba y venía por las naves de la iglesia, para tomarlas.  Creo que me quedaron bien, pues la tarde estaba soleada, y se puede apreciar toda la

Catedral Metropolitana, San José

Vitral en la Catedral Metropolitana, San José

Vitral en la Catedral Metropolitana, San José

Detalle de vitral en la Catedral Metropolitana, San José

belleza de estas obras tan perfectas.

Catedral Metropolitana, San José

.  De ahí cruzamos a la Curia Metropolitana, y entramos a Radio Fides, donde está también la Librería Católica y se pueden comprar casuyas y todo tipo de objetos para los sacerdotes, altares o iglesias.  Un edificio muy curioso, que, si se ve con detenimiento, guarda el frescor de las casas del siglo XVIII, con su patio central, el cual, sin duda, podría recobrar toda su belleza sin mucho costo y más interés.

Curia Metropolitana, San José

Entrada Librería Católica, San José

Detalle del techo, edificio de la Librería Católica, San José

Patio central, edificio Librería Católica, San José

Detalle de pared, edificio de la Librería Católica, San

Saliendo de la Librería Católica, tomamos hacia el este, una foto muestra al final la Iglesia de la Soledad,hacia donde nos llevará el boulevard que conocemos como el boulevard de Johnny (Araya), Gobernador de San José bajo cuya administración fue uno d

e quienes propulsó su construcción.

Pasamos de lado al edificio del antiguo Banco Anglo, ocupado actualmente por el Ministerio de Hacienda.

Edificio del Ministerio de Hacienda, San José

Si se tiene el cuidado de ir hacia el sur, nos encontraremos con una iglesia muy especial, cuya puerta se encuentra al filo de la acera,

es la iglesia de La Dolorosa,

Iglesia de la Dolorosa, San José

que quizá por eso se encuentra la mayoría del tiempo con sus puertas cerradas.  Sin embargo, este es otro espacio que se ha rescatado en nuestra capital para dar paso a un encantador parquecito al frente, donde corre un pequeño riachuelo artificial y en el cual los niños de los alrededores pueden tener un tiempo de sano esparcimiento.

Parque en frente a la Iglesia la Dolorosa, San José

Un poco más abajo, se alza imponente el edificio de la Caja Costarricense del Seguro Social,

Edificio viejo de la Caja Costarricense del Seguro Social

Caja Costarricense del Seguro Social

frente al cual se encuentra la Plaza de las Garantías Sociales donde uno puede sentarse con tranquilidad a leer o a departir con los amigos, y los niños se pueden divertir en algunos juegos instalados expresamente para ellos.

Juegos en la Plaza de las Garantías Sociales

Este es un rincón sumamente especial de nuestra capital, donde los pequeños, y no tan pequeños,  se puedan divertir.

Diagonal, hay un edificio muy moderno que lleva el nombre de Da Vinci, el cual mereció una foto para no pasarlo por alto.

E l boulevard está lleno de vida con pequeñas tiendas y ventas que lo alegran.

Venta en el Boulevard de la Avenida 4, San José

Se encuentra, además, decorado con flores colgantes, al estilo europeo.  Este detalle es verdaderamente muy agradable, pues resulta inconcebible que un país con un clima tan privilegiado como el nuestro, donde la primavera no pasa, no se encuentre lleno de flores por todas las calles (probablemente porque no sabemos nada de la terrible circunstancia de tener que robarle territorio al mar, como le sucede a Holanda, un país que ama las flores quizás porque se las ha arrancado duramente a su suelo).

Finalmente, llegamos a la Iglesia de La Soledad,

Iglesia de la Soledad, San José

una edificación señorial, muy bien cuidada con vitrales muy hermosos y una arquitectura interna primorosa.

Torre derecha de la Iglesia de la Soledad, San José

Resguardan su entrada dos hermosos ángeles y, en su interior, algunos fieles se encontraban rezando, y el  sacerdote parecía preparar la misa.

Interior de la Iglesia de la Soledad, San José

Interior de la Iglesia de la Soledad, San José

Al frente, se encuentra otra pequeña plaza , cuyo nombre no termina de despertarme curiosidad:  Artigas (con el acento en la “i”), apellido de un prócer uruguayo cuyo busto se encuentra eregido en el mismo lugar.

Busto al prócer uruguayo Artigas, Plaza Artigas, San José

La razón de este honor es algo que desconozco. Es una plaza con detalles vanguardistas, como una estructura de metal rojo muy llamativa, colocada a manera de arcos.

Estructura en la Plaza Artigas, San José

En la misma plaza, hay una placa de recordación a dos mártires bomberos, quienes, según reza la inscripción, murieron en el ejercicio de sus deberes.

Placa conmemorativa, Plaza Artigas, San José

Esta plaza, sin duda, es un lugar en donde se conjugan los recuerdos de personajes sumamente disímles:  un prócer, dos bomberos

y Carlos Gardel, de quien también hay un busto.

Busto de Carlos Gardel, Plaza Artigas, San José

Más hacia el este, nos encontramos con un pequeño hotel muy bien cuidado, el cual luce su fachada en armoniosos amarillo con blanco.

Hotel, Boulevard de la Corte de Justicia, San José

A partir de él, se inicia un corto pero muy lindo boulevard, cuyo nombre desconozco pero al cual bauticé “el boulevard de la Corte”.

Restaurante, Boulevard de la Corte Suprema, San Jos'eUn sitio de corto informal, donde hay restaurantes para todo tipo de presupuestos, naturalistas y dietéticos también.

Estos restaurantes cuentan con sillas al aire libre, lo cual ayuda a crear un ambiente de gran ciudad. En este boulevard, la belleza arquitectónica de las casas son un detalle atractivo, la totalidad de ellas convertidas hoy en oficinas.  Casas señoriales muy bien cuidadas.

Obviamente, este paseo desemboca en los edificios del complejo judicial donde se alojan la Corte Suprema de Justicia, el Organismo de Investigación Judicial y los Tribunales de Justicia.

Corte Suprema de Justicia, San José

Reflejo de la Corte Suprema de Justicia en el Edificio de la División de Pensiones de la CCSS, San José

Corte Suprema de Justicia, San José

Es una zona de imponentes edificiaciones y plazoletas, en una de las cuales ondea otra hermosa bandera patria.

Tribunales de Justicia, San José

Los alrededores se han modificado, creando ambientes de esparcimiento y solaz para quien desee descansar unos momentos.

Plaza de los Tribunales de Justicia, San José

Son espacios modernos y dinámicos que dan a San José un corte diferente donde el manejo del espacio demuestra los avances en materia de arquitectura de paisajes que ha venido teniendo nuestro país.

Avanzando hacia el este, nos encontramos con una construcción muy peculiar:  la Iglesia del Corazón de Jesús, cuyo inmenso mural frontal no se aprecia en toda su belleza si no se admira desde el interior.

Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Barrio González Lahmann, San José

En el se admira una interpretación muy modernista del Corazón de Jesús, luminoso, sangrante y coronado de espinas.

Vitral de la Iglesia del Corazón de Jesús, Bº González Lahmann, San José

Esta iglesia, sin duda, marca un hito en la arquitectura moderna de nuestra capital.

Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Barrio González Lahmann, San José

Detrás de esta Iglesia, y de camino hacia San Pedro, encontramos la Embajada de Bolivia, con su singular bandera del Gobierno Pluriracial ondeando suavemente al caer la tarde.

Bandera del Gobierno Pluriracial de Bolivia, en la Embajada de Bolivia, Bº González Lahmann

Seguimos por el barrio González Lahmann, cuyas casas guardan el recuerdo de tiempos suntuosos.  Un barrio de gente adinerada, que construyeron sus mansiones cuando el barrio Amón y el Otoya se habían urbanizado ya totalmente. Hoy este barrio todavía sigue siendo de prestigio, aunque también sirve de alojamiento para pequeños hoteles, hostales,

Hotel, Bº González Lahmann, San José

oficinas y academias de diversa índole, como la Casa Italia.

Llegamos así, a Los Yoses, donde también hay casas de gran belleza, una de las cuales aloja la Agencia Internacional de los Derechos Humanos.

Agencia Internacional de los Derechos Humanos, BºLos Yoses, San José

Este barrio se distingue también por la presencia de academias como el Instituto Británico y de una zona importante de tiendas, restaurantes y bares frecuentados por la juventud.  Este barrio desemboca en el edificio del ICE,

Edificio del ICE, Los Yoses, San José

Edificio de apartamentos, Barrio Dent, San José

frente al cual se encuentra un magnífico edificio de apartamentos de varios pisos de alto, el cual se encuentra junto al Mall San Pedro.

Mall San Pedro, Barrio Dent, San José

Mall San Pedro, vista entre los pasos a desnivel sobre la Rotonda de la Hispanidad, San Pedro

De este último logré una toma interesante entre los puentes a desnivel que desvían el tránsito hacia Guadalupe y los barrios del sur respectivamente.

En este punto, un mural alusivo a los Derechos de los Niños,

Mural frente a la Rotonda de la Hispanidad, San Pedro de Montes de Oca

decora con fantasía una pared, dándole un toque de alegría a un punto muy transitado de la ciudad: la Rotonda de la Hispanidad, adornada por la fuente que hace honor a nuestro tan valioso recurso hídrico.

Fuente de la Hispanidad, San Pedro de Montes de Oca, San José

Sobrepasando esta rotonda, nos encontramos con dos imponentes construcciones, cada una de las cuales aloja un banco:  el Banco Centroamericano de Integración Económica y el

Banco de Centroamericano de Integración Económica, BCIE, San Pedro de Montes de Oca, San José

Banco Lafise.  Más hacia el este, el Outlet Mall,

Oulet Mall, San Pedro de Montes de Oca

que hoy sirve de alojamiento a las oficinas de atención al cliente del ICE en San Pedro, un edificio de corte conservador, muy hermoso y bien cuidado.  Frente a la esquina noroeste del Outlet Mall, encontramos la Iglesia de San Pedro, de arquitectura sencilla pero muy bonita.

Otra edificación que imita la arquitectura de una vieja mansión, es la que ocupa la pizzería Il Pomodoro,

Pizzería Il Pomodoro, San Pedro de Montes de Oca, San José

la cual armoniza con las bellas casas de los alrededores de la Plaza Roosevelt .  Siguiendo el camino hacia el  famoso higuerón que ya no existe, en la esquina este del Mas x Menos de San Pedro, encontramos el restaurante Pane e Vino, el cual ha cuidado de preservar una imagen informal y armoniosa en un edificio de madera y con pequeños balcones abiertos adornados con geranios de colores.  Este restaurante se convierte en un punto muy atractivo y bien cuidado dentro de un perímetro donde no prevalecen los espacios hermosos exactamente.

San José, Costa Rica,parte I

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Desde mis ojos, una turista nacional

Mi hija tuvo la genial idea de teletransportarnos a un espacio desconocido ampliamente desvirtuado por nosotras:  San José, nuestra capital.  Como hemos tenido la experiencia de haber visitado algunas de las grandes ciudades del mundo, me hizo la propuesta de abrir los ojos de manera diferente y caminar en dirección a San José, así, literalmente, desde nuestra casa hasta el centro.  Confieso que siempre he visto San José como una ciudad bastante ruinosa, decadente, fea.  Pueden llamarme como quieran, antipatriota, odiosa, lo que sea, y tendrán un poco de razón.  Así es que la idea, un tanto aborrecible, me resultó tentadora.  ¿Por qué acudimos a otras capitales y nos llenamos de asombro? ¿Por qué no volvernos “turistas” por un día en nuestra propia ciudad?  Porque es muy común que hasta lo feo le parezca a uno bonito cuando anda paseando, o, al menos, interesante.

Fue así como quien dice, sombrero en mano, iniciamos el recorrido.  En primer lugar, y casi sin querer, pasamos por mi Facultad de Letras y tomamos la primera foto en la entrada del mural. Nada feo, ¿cierto?

Mural de la Facultad de Letras, Universidad de Costa Rica

Muy cerca de esta Facultad, está el Monumento a la Bandera, al cual, por cierto le debo un artículo aparte.  Hasta allá nos desplazamos, patrioticamente embrujadas por su encanto (nada como ver ondear la bandera de nuestro país).

Seguimos el camino hacia la Facultad de Derecho, buscando un cruce peatonal, y descubrimos un lindo bajorelieve abstracto, ubicado justo  en la entrada oeste de la UCR; y en la pared del edificio de la Facultad de Derecho, el gran mural relativo a los diversos derechos que ostentamos en nuestro país.  Hermoso.

Proseguimos nuestra ruta y llegamos al Museo Histórico Rafael Calderón Guardia, donde, fieles a nuestro objetivo, entramos y leímos todo lo referente a ese Benemérito de la Patria.  Nos lamentamos del hijo que tuvo, el cual, a pesar de haber alcanzado la silla presidencial, hoy se encuentra descontando una pena con la justicia.

Ahí, muy cerca, se encuentra la Iglesia Santa Teresita, una iglesia muy gustada en el pasado para celebrar matrimonios, aunque haya perdido alguna popularidad.  Muy bonita, la tienen muy bien cuidada. Siguiendo un poco más hacia el oeste, nos encontramos con una avenida de árboles muy antiguos, con los cuales siempre había querido fotografiar.  Pues claro, era el día de hacerlo.

Seguimos la ruta hacia el Parque Nacional, ahí nos esperaba el Monumento Nacional de Costa Rica, un mural sencillo pero colorido, la Biblioteca Nacional y el Monumento a la Libertad Electoral.  Todos dignos de ver.

En perspectiva, el “boulevar de Johnny” como se le llama debido al impulsador de su creación , Johnny Araya, no resulta nada desagradable, por lo cual, lo hicimos merecedor de una foto, junto con el atrio de la entrada a la Biblioteca Nacional.

Seguimos hacia el oeste, hacia el Museo de Arte Contemporáneo, donde estaba una exhibición muy interesante sobre diseño responsable.  Gente tomando acción sobre una propuesta que solo está en la cabeza de muchos:  hacer de San José un espacio vital.  Al entrar, nos advirtieron que podíamos tomar fotos, sentarnos en las hamacas y sillas y tocar todo lo que se nos antojara.  La idea nos encantó, y pusimos manos a la obra, disfrutando de cada una de las propuestas de diseño expuestas para goce de los visitantes.  Afuera, el reloj de sol tan característico de este edificio.Reloj de sol, Museo de Arte Contemporáneo de Costa Rica

Las fotos interiores resultaron muy hermosas.

Todo lo encontrado era amigable con el ambiente, esta hamaca hecha con el plástico que sujeta las latas de refresco o cerveza estaba genial.

Encontramos diseños atractivos, como bolsos inspirados en la flor “ave del paraíso”, joyas o propuestas arquitectónicas novedosas.

La silla cambiante estaba genial, pues se puede modificar.

Una vez afuera, cruzamos la calle hacia el Monumento a la Libertad Electoral.  Cobra significado porque estamos a la puerta de las elecciones nacionales.  En realidad, no sabía que existía aunque he pasado muchas veces por esa esquina.

De este monumento hacia el oeste, sigue el Parque España. Tomé una foto de la calle viendo hacia el este.

Una vez ahí, tomamos varias fotos, incluyendo la de la antigua Fábrica de Licores de Costa Rica, que hoy aloja al Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.

Antigua Fábrica de Licores, San José, Costa RicaAntigua Fábrica de Licores

Encontramos, en el Parque España, una escultura de la Reina Isabel la Católica, obviamente.

Y, ¿por qué no?, al conquistador españolMonumento a Isabel la Católica, Parque España, Costa RicaEn el mismo parque, en la esquina noreste, una pequeña edificación de arquitectura primorosa, siempre me ha asombrado y al fin la tengo en foto. También encontramos dos esculturas, una de las cuales era del famoso tres veces presidente de Costa Rica,             don Ricardo Jiménez.

Al frente, La Casa Amarilla, o Cancillería de Costa Rica.

En la esquina suroeste de la Cancillería, nos encontramos de frente al Instituto Nacional de Seguros, donde hay una escultura muy hermosa, y en su esquina suroeste, a diez metros, pudimos apreciar el Edificio Metálico, de arquitectura singular, como su nombre lo dice, todo de metal.

La entrada principal del Edificio Metálico,da a un parquecito adornado con una hermosa fuente, donde encontramos

un collage de la sombra de una niña  y,muy cerca de él,

un mural alusivo a la protección ambiental.  Todo nos resultaba interesante, y no requería que camináramos mucho ,pues  todo está en cuadras aledañas.

Desde ahí, pude captar el edificio del Hotel Aurola Holiday Inn San José, cuya arquitectura de diseño moderno contrasta de manera interesante con la del Edificio Metálico.

Finalmente, nos encontramos con el Parque Morazán, en en el cual se encuentra el Kiosko, y algunas esculturas de personajes históricos,

como la del expresidente Daniel Oduber, y el Libertador Simón Bolivar. Resultó un espacio interesante para descansar brevemente, tiempo durante el cual pudimos observar las rondas de policías municipales, lo cual  daba un aire de gran seguridad.

Nos hizo una tarde hermosa, de las que hacía tiempo no se veían debido a varios frentes fríos.  Pero ya a esas alturas, mi entusiasmo había crecido lo suficiente como para sentir ganas de continuar la ronda y bajar un poco hacia el Barrio Amón, donde hay edificaciones muy hermosas y antiguas, algunas de las cuales son ahora hoteles, como el llamado Ernest Hemingway.

Al igual que este, existen otros semejantes, los cuales resultan en un ambiente muy cuidado y lleno de tranquilidad.  Prosiguiendo el trayecto, subimos una cuesta, hacia el este de nuevo, y encontramos unos pintorescos mosaicos alusivos a obras del autor costumbrista costarricense Aquileo Echeverría Al final de esa acera, el Hotel Don Carlos nos permitió refrescarnos un poco, en un ambiente muy tranquilo, relajado, sumamente agradable y con precios muy baratos.  Los numerosos turistas extranjeros nos hicieron sumergirnos aún más en nuestra gira, como si fuéramos uno de ellos.  Todos andábamos armados de nuestras cámaras, captando sitios y momentos inolvidables. Escuchábamos sus conversaciones en inglés y francés.

La tarde había avanzado y estábamos ya un poco cansadas, razón por la cual iniciamos el regreso a casa, dispuestas a llegar caminando.  Para eso, nos enfilamos hacia el sur, y, a pocos pasos del Hotel Don Carlos, me encontré con unos mosaicos de Don Quijote de la Mancha, realmente hermosos.  Como el Quijote es un libro que amo, me sentí muy impresionada y, claro, tomé las fotos respectivas, segura de que las usaré para mis clases.

Alojado en un antiguo cuartel antes de que se aboliera el ejército.

En pocos minutos, llegamos al Museo Nacional, donde logramos una toma panorámica muy buena,y,  a un lado del Museo, observamos la Asamblea Legislativa. Nuestra aventura tocaba a su fin, como la batería de mi cámara, la cual expiró.Así acababa un día singular, en el cual nos habíamos enfrentado con otra actitud a una ciudad que nos brindó, ingenuamente, otra perspectiva de sí misma.  Caminarla fue interesante e instructivo, San José nos susurró al oído y estuvimos receptivas a escucharlo.  Hubo tránsito, transeúntes.  Era un viernes, pero no nos sentíamos acongojadas pues estábamos de vacaciones. Habíamos recorrido el norte de nuestra capital, el cual apenas si rozamos. Si bien no puedo decir que San José sea una ciudad cosmopolita o encantadora en toda la extensión de la palabra, su aspecto se abrió ante mí de manera fresca y sencilla.  Fue como si ambas nos miráramos la cara al amanecer, ese momento en el que no se esconde nada.  Creo, honestamente, que vale la pena recorrerla y lo voy a volver a hacer pronto.