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Enrique Margery Peña

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Estas, por última vez, en dondequiera

Don Enrique en la presentación de la Nueva Ortografía de la Lengua Española

Leo, con hondo pesar, que don Enrique ha muerto. Porque era conocido así de simple en la Facultad de Letras de Universidad de Costa Rica: don Enrique.  Fue mi maestro en el área de lingüística, algunas veces con aquel horario temible de las siete de la mañana.  Con esa voz profunda, de mar calmo pero lleno de toda clase de posibilidades, descubrí el mundo fascinante, no solo de la lingüistica, sino de la semántica, la semiótica, las lenguas aborígenes costarricenses y otras muchas que él dominaba con su característica serenidad.

Siempre de prisa, parecía que don Enrique no te conocía.  Error.  Él sabía quién eras, qué curso llevabas, todo.  Con los años, por supuesto, se convirtió indudablemente en la figura del viejo sabio, pero ¿no es que siempre lo fue?  Serio, riguroso, simpático; tan pronto te recitaba el sistema fonológico  del suajili (sin omitir su origen histórico), como te hacía una broma, la cual celebraba con una risa que resonaba por todo el edificio de Letras.  Eso sí, andaba siempre de prisa, como si quisiera estar en todas partes, de ahí mi frase introductoria, extraída de algún lugar de mis múltiples lecturas y dedicada a él con inmenso respeto y cariño:  estas por última vez en dondequiera.  Así lo siento, así lo veo, caminando ágilmente, desapareciendo en momentos en los que pudiera figurar o apareciendo cuando más lo necesitabas.

A don Enrique Margery le debo mi permanencia en la Facultad de Letras precisamente porque él sabía quién era yo y supo leer en mi cara, un día, la tribulación particular que me estaba haciendo dimitir de la carrera.  Por eso se acercó después de la clase, esa vez era un curso vespertino.  Recuerdo que cogí mis cosas para salir, dispuesta a no volver a la universidad, y, en ese instante me llamó y me preguntó, con esa voz que podía abarcarlo todo, con ese gesto paternal que jamás olvidaré:  “¿Qué te pasa?”  Con un tanto de resistencia de mi parte, supo detener su cotidiano apresuramiento y se quedó en medio del pasillo a escuchar mi pequeña tragedia personal.  Después de haber perdido a mi mamá, años atrás, acababa de perder a mi padre de un infarto.  Me sentía, a pesar de no ser una jovencita, perdida en medio de una horfandad que me privaba de todas las respuestas que, ahora,  nunca iba a tener.  Casada, con hijos pequeños, con un deseo de estudiar que en realidad era una batalla contra todos y contra todo, me sentía derrotada. Las cosas perdían sentido para mí.  No podía seguir con mis cursos, al borde de los exámenes, con ese duelo y tantos detalles que finiquitar.  Pero don Enrique me detuvo y me dio esa órden que yo necesitaba:  “No, mija, usted tiene que seguir.  La vida sigue y usted no puede salirse ahora, con todo lo que ha ganado.  Tiene que seguir, porque si se sale ahora, se va a arrepentir toda su vida.”  Y así fue.  Mientras un maremagnum de certezas tiraba de mí hacia el abandono académico, una sola frase, con todo el peso de un maestro, me retuvo, pudo más que mil tormentas.

Claro que recordamos las enseñanzas de nuestros grandes maestros, el conocimiento que nos legaron como estudiantes y como ciudadanos del mundo, pero yo recuerdo a don Enrique por una sola frase que me acompaña cada día cuando deseo tirarlo todo por la ventana:  tengo que seguir.

El suicidio de un profesor “poco eficaz” | Notas de opinión

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El suicidio de un profesor “poco eficaz” | Notas de opinión.

Definitivamente, un hecho lamentable.  Los resultados de las estadísticas que provocaron esta muerte, sin duda no afectan a los verdaderos profesores que están por debajo de la media, pues es de suponer que si “les vale” no enseñar, no comprometerse, calificar al azar, entregar en las prácticas ejercicios semejantes en todo a los de las pruebas, etc., entoces menos les van a preocupar las bajas calificaciones que les den.

Los especialistas pudieran encontrar en esta conducta, tal vez, algunos trastornos de trasfondo, pero me hace reflexionar la honda preocupación que a veces nos causa el bajo rendimiento de nuestros estudiantes, a quienes ya no sabemos de qué otra manera explicarles la materia.  No hay que perder de vista, como profesionales de la educación, que los jóvenes muchas veces tienen otros intereses, vienen de hogares con problemas y (o además) sus bases (como lo dice el artículo) no son buenas.  Esas,  entre otras razones, son factores muy importantes que se reflejan en los resultados numéricos finales.

Esta noticia es realmente penosa.

 

Jorge Omar Rodríguez Masís (1919-1991)

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PAPI

NO PLACE FOR AN OLD MAN

Así se llamaba papi: Don Jorge.  Lo tengo en mi recuerdo gravado como un hombre profundamente humilde que jamás se sentó, formalmente, a enseñarme sobre ningún tema específico, pero que me dio, con su ejemplo, las perdurables lecciones de honradez que han marcado mi vida.

Cada mañana me preparaba un café fuerte, muy fuerte, el cual chorreaba con un ritual especial.  Con el agua hirviente, engordaba la bolsa que colgaba del viejo chorreador y luego movía su contenido con una cuchara.  Despacio, muy despacio.  Porque durante toda la vida que lo conocí, jamás tuvo prisa.  Luego, se sentaba y, en una jarra grande y transparente vertía el sabroso líquido, al cual acompañaba con una gran cantidad de azúcar, tan grande, que no la añadía con cuchara sino volcando la azucarera por el borde superior hasta llegar a una medida exacta que manejaba gracias a la costumbre.  Más comedida, yo sumaba hasta tres cucharaditas de azúcar y, luego, untaba generosamente mantequilla al pan que él había traído tempranito de la pulpería.  Desayunábamos en silencio, hasta que se levantaba y, diciendo “Ya me voy”, me plantaba un gran beso de despedida.

De su antigua costumbre de montar a caballo, mantenía unas alforjas que cargaba con cariño.  Para mí, que lo observaba con esa indiferencia que suelen tener los hijos con sus padres, esas alforjas eran poco más que el símbolo del misterio más absoluto y, a pesar de que nadie en la Alajuela de entonces (estoy segura) tenía unas semejantes, para mí eran como el famoso maletín de ejecutivo que se usa ahora.  En otras palabras, eran un objeto totalmente común y corriente.

Así, muy temprano, salía a coger el bus de Atenas, adonde llegaba como a las siete de la mañana a abrir el Banco.  Hoy me pregunto por qué, si era el que vivía más lejos, era quien tenía las llaves, pero, por años de la vida, me resultó el trabajo más importante del mundo y al cual lo acompañé durante innumerables vacaciones.

Recuerdo que cuando abría las dos hojas de madera de la entrada principal me invadía un olor extraordinario.  Provenía de la embriagante mezcla de las tintas de los sellos, los aceites de las máquinas de escribir y de sumar y los archivos de madera en donde se guardaban cientos de tarjetas con datos de clientes.  Abría  luego las hojas que sellaban las ventanas de guillotina, las cuales, finalmente levantaba y en cuyo quicio, feliz, solía sentarme a ver para afuera. Yo sé que ambos disfrutábamos de nuestra mutua compañía, pero jamás nos dijimos nada.

Alguna que otra vez, me hacía dictarle nombres que me resultaban verdaderos trabalenguas.  Particularmente recuerdo Solórzano como uno de ellos.  Villalobos era otro que me daba mucha risa, no sé por qué. Luego, me dejaba travesear unas máquinas grandotas que se usaban para escribir sumas de dinero.  Eran unas máquinas misteriosas que jamás entendí, pero tenían unas teclas redondas y grandes que yo apretaba costosamente y con gran disfrute.

Después, iba de escritorio en escritorio, metiendo las narices en todas partes, pero sin tocar nada.  Era como si fuera con una invisible cámara fotográfica tomando fotos y ahora, llamándolas con mi recuerdo, las sacara de un archivo digital y las pudiera observar.  El único problema es que solo yo puedo verlas.

Afuera, enmarcado por la ventana, recuerdo el parque. Se extendía verde, con la suave promesa del viento entre las ramas de los árboles.  Era el verano.  Era la infancia.  Papi, la figura querida, el lugar seguro, el dueño del Banco Nacional de Atenas. ¡Vaya personaje!  Me costó media vida darme cuenta de que no era así, pero por entonces me bastaba.  No era que me sintiera especialmente superior a nadie por eso, sino que más bien lo atesoraba como un secreto que ninguno imaginaba y que, de hecho, jamás confesé.

También eran comunes los viajes en tren, a los cuales me invitaba cómplicemente.  Íbamos a Escobal, sin que hasta ahora supiera a qué.  Lo mismo ocurría con Turrúcares, adonde solíamos ir a visitar a una familia en especial.  Eran dos lugares en donde hice amigos que nunca volví a ver.  Con ellos conocí los árboles de jocote, la libertad de correr hacia ninguna parte, y los patios de secar café, en donde barrían los granos de un lugar a otro con unos largos rastrillos.  También conocí los hornos de barro y descubrí que la caña de azúcar  consistía en un tallo robusto con hojas.

Papi me enseñó a caminar por los rieles de tren, a subir cuestas interminables fácilmente en zigzag y a andar largos caminos en una marcha rítmica para impedir el agotamiento.  Aprendí que el maní se cocina pues llegaba a la casa con una bolsa de manigueta de las que ya no existen, llena de maní.  Probablemente se lo había regalado algún amigo, y entonces mami encendía el horno de la cocina y nos esperábamos hasta que estuviera cocinado.  Gracias a él acompañé mi profundo placer por la lectura con enormes bolsas de jocotes, cuyo olor indescriptible, dulzón y ácido, casi nadie disfruta ya.  Sin embargo yo, con mi libro abierto y la montaña de jocotes a la par, podía tener a la mano lo que hoy llaman un entretenimiento “4D” al estilo de antes:  vista, olor, imaginación y gusto.

A papi le gustaba andar a caballo, pero eso fue siempre para mí una leyenda,  porque no me enseñó nunca a montar.  Con él conocí las  plantaciones de tabaco y las casas con piso de tierra, donde siempre fue cariñosamente bienvenido.  Yo admiraba cómo lo querían en todas partes adonde llegaba y con ello cimentaba la rara sensación de ser humilde y aceptar, en cada lugar, lo que se nos ofreciera.

Por un tiempo tuvimos un Volkswagen, de esos que ahora son de colección.  Azul, chiquitillo, pero gracias al cual escuchaba la esperada pregunta de los fines de semana: ¿Adónde vamos hoy?.  Echábamos algo en una bolsa, mantel y vasos y nos íbamos por esos caminos de Dios a “almorzar a un potrero”.  Recuerdo que  a la par de su volante pegaba, con una ventosa, uno de juguete para mí.  Yo lo obsevaba cambiar las marchas y hacía lo mismo con las mías de mentirillas mientras  movía mi volante como veía en las películas mexicanas, ignorante como era de que tales constantes movimientos podrían hacer parecer a cualquier vehículo manejado por un loco.  De aquellos años data mi gusto por los carros, y el placer de manejar,  el cual conservo intacto hasta hoy.

Con el paso de los años, aborrecí, como todo adolescente,  sus defectos y  terminé, como todo adulto, perdonándolos.  Resentí todos sus malos tratos conmigo, y después los olvidé.  Le seguí la pista durante mis años de juventud, esperando el momento de volver a repetir la cercanía que una vez tuvimos, pero tuve que esperar la llegada de los hijos para poder observar de nuevo las andanzas del cariño.

Cuando enviudó, temí por muchos años que se volviera a casar.  El tormentoso dolor de haber perdido a mami no me permitía imaginar a otra mujer en mi casa.  Pero cuando llegué a verlo tan solo, tal vez un par de veces quise que encontrara una compañera.   Eso era una ilusión.  Papi era un hombre solo.  Desde mucho antes de quedar viudo.  Entraba en la casa y no hablaba.  Tengo su imagen clara leyendo y leyendo.  Leía el periódico, leía un libro, leía todo lo que le caía en la mano.  Supongo que por eso no le quedaba tiempo para hablar.  Claro que eso suena bastante ingenuo, pero para todo aquel que lo conoció, es una verdad muy cierta.

Pero he aquí que a ese don Jorge, quien un día tuvo la llave del Banco Nacional de Atenas, le llegó la hora de la modernidad.  Es de adivinar que hacía tiempo había perdido el derecho de abrir con su propia llave, cuando quisieron enseñarle a usar la computadora.  Recuerdo haberlo visto llegar muy enojado porque estaban reestructurando el Banco y le pedían el título universitario.  El famoso título que mami, siempre adicta a la decoración, había un día tapado con un paisaje para dejar de estarlo viendo colgando en una pared, lo cual consideraba pasado de moda.  Y con el paisaje, cualquier otro día de renovación hogareña, había ido a parar al basurero.  Aquel detalle nada despreciable no hubiera adquirido dimensiones apocalípticas, si la Escuela de Ganadería de la Universidad de Costa Rica no se hubiera incendiado un día de tantos, y consumidos por el fuego, todos los archivos desaparecieron.  En cuenta, por supuesto, las listas de graduados.  Papi se negó a ser recalificado bajo un rango inferior debido a la carencia de título.  Con igual fuerza se opuso a manejar una computadora, y, resignadamente, terminó acogiéndose a la pensión.

Fue mucho después que lo vi sentarse en el quicio de mi puerta a enseñarle a hablar a mi hija mayor.  Ella se resistía a pronunciar palabra, convencida como estaba de que todos le entendíamos sus señas y murmullos.  Solo él tuvo la paciencia de enseñarle, sílaba por sílaba, el camino de la palabra.  Dos figuras sentaditas en la puerta, así tengo esa imagen grabada.  Luego, abandonada la costumbre de andar con alforjas, llegaba a mi casa con un maletín amarillo heredado de mami.  Ahí llevaba unas pocas pertenencias para pasar la noche.  Luego, por la mañanita, se levantaba bien temprano y se iba con los gemelos apenas aprendieron a caminar.  Se los llevaba a la explanada de los Bomberos en Tres Ríos, adonde me fui a vivir por ese entonces.  Ahí duraba su buen par de horas, no sé haciendo qué con ellos, aunque lo recuerdo llevando unas naranjas, las cuales pelaba con cuidado y luego entregaba a los chiquillos para que se las comieran.  Lo mismo hacía con las guayabas, a las que les quitaba pacientemente toda la parte interna y luego untaba con sal, haciendo las delicias de los nietos.

Cuando estuvieron más grandes, los llevaba al centro, hasta que finalmente me enteré de que los metía en una cantina, en donde se tomaba un par de tragos.  Escandalizada, le prohibí llevarlos a “·pasear” nunca más.  Hoy, en nuestra historia familiar, ese hecho se ha convertido en una anécdota divertida, muy lejos de lo que fue en su momento.

A menudo decía que pronto le iba a llegar la hora.  Se le volvió tanto una costumbre, que un sobrino hasta le compuso una canción para sus 60 años, en cuya letra incluyó todas las expresiones relativas a morirse en una simpática mezcla: ya voy a patear el balde, a cruzar de acera, a colgar las tenis, hasta aquí llegué, de hoy no paso.  No puedo escribir esto sin dejar de reírme y sin evocar la sala de mi casa llena de familiares que disfrutaban y hacían coro entre risas.

Pasé muy buenos momentos con él.  De verdad. Yo le cortaba el pelo, lo peinaba.  Cuando era pequeña, organizaba sesiones de baile, a manera de teatro y montaba representaciones en la sala de la casa, solo para divertirlo a él y a mami.  Con él iba a comer helado y ensalada de frutas al centro de Alajuela, después de la retreta.  A escondidas, me llevaba a almorzar un lujoso arroz con pollo, gusto por el cual mantengo hasta el día de hoy.

Muchas veces mami se quejó de que podíamos haber llegado a ser dueños del Tajo de Atenas, cuya ubicación desconozco pero que para ella era evidentemente clara.  También hacía referencia a las fincas de cuyos remates él, sin duda, se enteraba y pudo haber adquirido para beneficio propio.  A todo esto, él respondía con una sonrisa sarcástica, resguardando el secreto de una irremediable solidaridad con los desposeídos, incomprensible, a todas luces, por mami.  Cuánto pudimos tener y no tenemos debido a ello.  Sin embargo, aquellos a quienes respetó, quiso y defendió, aquellos hombres y mujeres cuyos sufrimientos padeció como propios cuando perdieron sus campos por malas cosechas y, debido a esto, malos pagos; ese pueblo sencillo de Atenas, finalmente, le retribuyó su entrega.  Un día de tantos me llamó y me pidió que lo acompañara a una ceremonia en la cual lo nombraron Hijo Dilecto de Pueblo de Atenas.  Fui con él como en otro de aquellos paseos cómplices,  acudió a la ceremonia como siempre, con un entusiasmo sereno, y para mí es un recuerdo que  atesoro con gran orgullo.

Definitivamente, papi no me heredó dinero.  No se sentó a darme largas charlas sobre honradez o cosas por el estilo.  Vivió como dijéramos ahora, ascéticamente.  Abandonó, poco a poco, las cosas del mundo y, un buen día, en mis brazos, murió.  Mientras yo luchaba inútilmente por revivirlo, su vieja alma fatigada le murmuró a la mía: “Déjeme ir”.  Fue la única orden que le desobedecí, aunque en vano.  Era la hora.  Le tuve que decir adiós.

Pasé con él su última noche en la capilla de velación.  Se veía guapo y entero cuando le puse en la solapa uno de mis poemas.  Vino mucha gente a su entierro, y recuerdo con claridad cómo se contaron muchas historias que quedarán inéditas para la posteridad. Así tenía que ser para un hombre que vivió en silencio, trabajó en silencio y no quiso nunca ufanarse con su historia.

Casi veinte años después, finalmente te digo adiós, papi, así tenía que ser.  No conociste a todos mis hijos, y lo siento por la más pequeña, a quien hubieras amado tanto.  No querías continuar, eso lo respeto.  Gracias por el pequeño tesoro que me dejaste, nos vemos.

Nancy Chaverri Jiménez, una educadora herida de muerte

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Desde que se perpetró el terrible atentado en contra de la vida de la educadora Nancy Chaverri Jiménez, directora del Colegio Montebello, no ha pasado un momento sin que yo eleve mi pensamiento y mis súplicas por esta educadora.

¿Quién de nosotros, educadores,  no se ha sentido tocado, en lo más profundo?  Creo que cada uno se siente identificado, en estos aciagos momentos, con Nancy.  Ella, quien al ser atacada físicamente, hoy se encuentra postrada debatiéndose entre la vida y la muerte, también ha sido lesionada en su ser más íntimo y superior, pues su lesión fue causada por un alumno.  Si partimos del hecho de que para una gran mayoría de los educadores, los estudiantes son como hijos, entonces lo que hizo este muchacho equivale a un matricidio.  ¿Cómo sanar, entonces, estas terribles heridas, estas zanjas, que, como lo dice César Vallejo en una de sus poesías, son abiertas por verdaderos heraldos negros?

Para la Costa Rica responsable, para la Costa Rica serena, estos heraldos traen noticias abominables, traen espejos en donde se nos obliga a mirar rostros que no deseamos ver. Acarrean dolor e incertidumbre.  Amenazan nuestra raíz más profunda, una raíz que, desgraciadamente, se está alimentando de aguas tóxicas.
Desde el punto de vista puramente educativo, y en específico, de  la enseñanza privada, yo desearía, con fervor, que se estudiaran los currículos saturados, por cuyos laberínticos recovecos, los buenos estudiantes conocen, antes de tiempo, gastritis crónicas; en donde, desde temprano, algunos (esos estudiantes buenos y otros que no lo son) encuentran en el licor un rápido antídoto para el olvido transitorio de sus deberes (jamás conclusos) o de sus fracasos (a la orden del día).  Eso si no en drogas (legales, como el cigarrillo, o peores). Todo bajo el auspicio del dinero paterno.  Y por ese mismo laberinto caminamos los profesores, corriendo por cumplir el plan de estudios, pensando en nuevas estrategias, tratando de “ponernos al día” con la tecnología, obteniendo créditos académicos para mejorar salarios, etc. ¿A quién o a qué apunta esta loca carrera?  No sé por qué, al final del túnel, y como respuesta a una pregunta aparentemente retórica, me parece vislumbrar un signo de dólar.

Algo parecido debe pasarle a los profesores en la educación pública, quienes batallan con aulas de hasta 45 estudiantes.  Estos, tal vez no gozarán de la plata fácil de papi y mami, o del celular regalado, o la última compu, pero muchos ya han encontrado otros medios para conseguirlos, ya sea trabajando (lo cual no debería ser), o, en el peor de los casos, robando (de lo cual no se excluyen los de clases altas tampoco).

Sin embargo, el centro educativo que no ofrezca cursos avanzados para la universidad, se queda atrás en la lista de los favoritos.  El que no llene académicamente de deberes, trabajos, proyectos, enseñe de todo y más, no es una buena opción para los padres de familia, quienes, enceguecidos por las vitrinas del consumismo, deseamos que nuestros hijos tengan las bolsas llenas de dinero, aunque su corazón esté dormido; posean destrezas tecnológicas mientras la conciencia, esa vieja compañera de camino, desaparece entre chips, recetándole un cómodo “delete”.

Mientras tanto, Nancy sigue postrada. Su futuro, hasta hace pocos días prometedor, hoy es incierto.  Un alumno bajo su cargo y dirección, uno de esos a quienes todos los profesores conocían por su nombre y apellido, saludaron cada mañana, corrigieron apegados a un reglamento, exigieron de acuerdo con los lineamientos de la institución, ese, planeó su muerte.  Fue que le salió mal.  Este muchacho, hijo de una familia promedio, de nivel medio-alto, a todas vistas “cuidado”, ese, fue capaz de tomar un arma, guardarla en su bulto, pasearla todo el día por el colegio, de aula en aula, para, después del último recreo, dispararla en la sien de la Directora de su colegio.  ¿Cómo va a recuperarse de esta tragedia, física y emocional?

Nuestra juventud vive tiempos aciagos.  Estos tiempos son producto histórico.  Entonces, leamos correctamente.  Entendamos lo que está pasando a través de una lectura efectiva y eficaz de los hechos que se han dado en países a quienes hemos copiado los modelos de desarrollo.  Hemos sido lo suficientemente ingenuos como para pensar que copiaremos dichos modelos de forma aislada, pero que las consecuencias serán otras. No.  Las consecuencias son similares, por no decir exactas.  Hoy nuestros jóvenes, que hasta hace poco vivían en casa hasta el matrimonio, se están yendo cada vez más temprano.  Escuché en el bus ayer, a una joven universitaria que comentaba cómo su amiga, a los 17 años, se había ido de la casa, y todas sus interlocutoras lo celebraban abiertamente con palabras como: dichosa, así debe ser, qué rico.

Ahora, nuestros jóvenes se casan menos.  Se juntan para ver cómo les va, y eso se celebra.  Observo cómo en muchos hogares, de fuerte arraigambre católica, se les deja a los hijos sin bautizo para que ellos “escojan libremente” lo que quieren ser cuando estén grandes.  Y esos muchachos, hoy adolescentes, están escogiendo … NADA, quieren ser “nada”.  Estos muchachos están en nuestros colegios, son amigos de otros adolescentes, se vuelven “cool”.  Todos quieren ser Hanna Montana, vestirse así, vivir así. O ser Lindsay Lohan, hoy presa por manejar borracha. Tener carro a los dieciséis y “volar lejos” (espero que no directo a un precipicio).  Se alimentan de programas como “Sweet Sixteen”, donde padres absurdos se parten el alma por regalarles a las hijas una fiesta digna del mejor show de Las Vegas (y así se visten).

Nuestros muchachos están viendo “Madre a los 16”, en un intento disparatado de mostrar las frustraciones que acarrea ser madre a esa edad. Pero, ¿qué están, en última instancia, entendiendo nuestros adolescentes? ¿Que le pasa a mucha gente? ¿Que se puede, y de hecho, se sobrevive a este tipo de situaciones? ¿Que la mayoría de los hombres “huyen” y aún así las criaturas pueden tener una “vida”?, no sé, para mí es una incógnita y creo que ningún adolescente debe ver este tipo de programas sin supervisión y, menos, sin discutirlo con un adulto responsable.

Nuestros estudiantes están viendo (y leyendo) “Sin tetas no hay paraíso”, pero ¿con qué criterio?  Siguen telenovelas de adultos, con narcotráfico incluido.  Escuchan música que altera al más cuerdo.  Ven pornografía bajo nuestras narices.  Y, con las cámaras de sus laptop están haciendo desafueros.  Por decenas, nuestros jóvenes no se suman a celebraciones religiosas en el colegio, alegando que no son católicos (¿irán a las celebraciones de otras religiones?).  No quieren saber nada de valores y los adultos no sabemos cómo abordarlos.  ¿Será que a muchos les parecen también aburridos? ¿Será que muchos tienen miedo o están inseguros? ¿Será que los  programas de muchos adultos, padres y profesores, son Sex and the city, Desperate Housewives, Los caballeros las prefieren brutas, America’s Next Top Model, 30 rock, o algo por el estilo?

La condición de Nancy, desde su cama de hospital, desde cuidados intensivos, nos lanzó una advertencia para que despertemos, y es algo que debe estar en las agendas de cada colegio, de cada profesor, al regreso a clases.

Con enorme pesar, tengo que agregar a esta estrada, que hoy, 11 de julio, Nancy murió.  Gracias a Dios, creo adivinar que nunca supo qué le pasó, seguramente, solo sintió que una luz se apagaba, sin pasar por la cruel conciencia  de que uno de aquellos a quienes amó, uno de aquellos por los cuales decidió apostar su vida profesional, en un acto  infame, le puso fin a sus sueños y a sus proyectos.

Descanse en paz esta educadora, porque a nosotros, los que seguimos en esta lucha, nos tocará no dejar de creer, seguir amando nuestra labor y a nuestros estudiantes,  sin temor, como sin duda ella nos hubiera aconsejado.

Adiós, Nancy, jamás te olvidaremos.

Un amor loco…Crazy love

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Una breve nota sobre el Quijote

¿Qué se puede decir de un amor loco o de un loco amor? Hoy, en una de las entradas a su glog, una estudiante añadió la canción Crazy love, de Michael Bublé, la cual me sirvió para recordar mi loco amor por el Quijote, personaje que vivo y revivo por sendas que trazan mis estudiantes a través de la escritura de sus diarios de viaje. Una andanza que no termina, una locura reiniciada. Crazy love, traído a la actualidad, nacido de la fijación y del encanto… solo puedo sentir una honda emoción al saber que este caballero andante puede cabalgar por el siglo XXI sobre la ruta que traza un loco amor. Y yo voy tras él. Quien desee dar un vistazo a una página del diario al que me refiero, que pulse el siguiente link y se deje llevar por su encanto (y no olviden pulsar el botón del audio).

Diario del Quijote, cap. 23 a 26 I Parte