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Mi viaje a Canada

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Dia 0 y 1

Bien, ahora estoy en una computadora con un teclado sin tilde, asi es que ya se vera si interfiere o no.

Viaje a Canada con un grupo de 16 adolescentes, mis alumnos

Día  1 Toronto, 21 de enero de 2011

Por la mañana

Es fascinante lo que veo desde mi ventana.  Nevó durante la noche y todo aparece con un manto blanco.  Delante de cada casa, el auto familiar está cubierto de nieve.  Pregunté si las casas no tenían garaje y Larry me contestó que prácticamente nadie tiene garaje en Toronto, los lotes son muy estrechos y ellos deben pagar una suma anual para parquear su carro enfrente de las casas. Esto es algo bastante curioso.  Hoy vamos a ir a pasear a su perro un adorable animalito de 5 meses con unos dientitos afilados y unos ojos negros brillantemente expresivos. El paseo será a la orilla del lago Ontario, cerca del cual anoche vi unos senderos.

Del aeropuerto hacia acá, atravesamos la ciudad, y observé, al frente de las torres enormes de oficinas y bancos, al otro lado de la autopista, enormes edificios de apartamentos, en la franja de tierra que se extiende frente al lago.  La gente vive, como intuyo, muy cerca de sus trabajos.  También pasamos cerca de la CN Tower, ia cual, iluminada de noche, cobra un aspecto mágico y maravilloso.

Es mi primer dia en Canada, ya tuve ayer la experiencia en migracion, cuando por azar, fui llevada con mi hija a otro puesto, donde se amagalmaban una serie de extranjeros que se preguntaban lo mismo:  que paso con mi visa?  En nuestro caso, para visas que se sellaron en Guatemala el mismo dia, la mia sirvio y la de mi hija “no”.  Luego, pasamos al puesto donde se nos hizo unas tres preguntas irrelevantes por las cuales tuvimos que esperar casi una hora:  a que vinieron, cuanto van a estar, donde se van a hospedar y…es todo.  Para mi, que me he quejado  de migracion en Estados Unidos, resulto realmente sorprendente que hubiera algo peor.  Pero vamos a saltarnos esa parte y a lograr conseguir una vision positiva o al menos turistica del pais.

Hoy, fui a visitar un parque hecho para pasear a los perros.  Estaba completamente nevado, y era, lo que se puede llamar, el paraiso de estos animales.  Estuve ahi con mi amigo Larry, en cuya casa me hospedo.  Caminamos un largo trecho a la orilla del lago y experimente el frio y el viento de la ciudad en un verdadero enero.  Mientras el cachorro corria y hacia nuevos amigos, yo podia disfrutar del paisaje helado junto con Larry, quien me explicaba como esa parte de Toronto fue algun dia parte del lago y hoy es tierra firme.

Luego hicimos un tour por la ciudad.  Larry me llevo por la Church Street, donde pude ver al menos tres iglesias; luego the Young Street entre otras.  Pude conocer el barrio gay, donde solo hay lugares que son gay friendly, museos de toda clase, edificios de famosos arquitectos, la Universidad de Toronto, la famosa CN Tower (la cual ya vi anoche iluminada) y otro monton de lugares cubiertos de una capa de nieve simplemente bella.

En la ciudad funciona un tranvia.  Como todo, a veces detiene el trafico, pero es un detalle muy lindo.  Tambien tienen un metro muy eficiente con tres lineas, con trenes muy modernos.

La proxima semana vamos a ir al Eaton Center, un centro comercial enorme y moderno, los estudiantes patinaran en la pista de hielo, pero yo no pienso caerme o algo por el estilo, ya que vamos para Quebec y tengo que estar de una pieza!!!

Dia 2 por la mañana

Hoy no nevó, lo cual indica que hará mucho frío.   Esto es usual durante los días que no nieva.  Es sábado, día de mercado.  Algunos mercados abren diariamente, otros no.  Fuimos al St. Laurence Market .  Conforme nos acercamos al centro de la ciudad, de frente a mí podía observar la enorme CN Tower, la cual ya me resulta familiar (aunque no deja de despertarme una gran emoción).  Ya en el  mercado, Larry compró diversos ingredientes especiales para la cena de esta noche en casa.  Será una cena estilo hindú.  El mercado es una antigua estructura que antes quedaba frente al lago, en los alrededores de la segunda mitad del s.XVIII.  En el lugar se exhiben algunas fotos y algunos dibujos antiguos del edificio, entre cuyo paisaje se destaca la punta aguda de una  iglesia.  Larry me preguntó si reconocía la iglesia del tour del ayer y muy orgullosa le contesté:  St. James Church.  Pasé el quiz. Hoy en día, con el relleno que se ha hecho en la ciudad, el lago queda bastante alejado de este edificio, el cual siempre ha sido utilizado como mercado, en aquellos tiempos para proporcionar a sus habitantes un lugar cubierto donde conseguir sus comestibles.   Ahí se puede encontrar de todo, fresas, grapefruits, tomates, berenjenas, frutos secos, granos de toda clase, como lentejas de varios colores (naranja o negras por ejemplo) jarabe de maple, sidra de manzana, zanahorias , aguacates, bananos, así como una gran variedad de chocolates, especias y artesanías curiosas.  También hay pequeños puestos de comida y probé la tocineta canadiense, la cual no tiene absolutamente nada de grasa, algo como lo que nosotros llamaríamos chuleta ahumada pero sin hueso, lo venden en emparedados redondos muy grandes.  Larry insistió en comprarme uno, pero era tanto que no pude comerme el mío entero.  Ahí me topé con uno de mis estudiantes, el cual andaba con sus padres canadienses, personas muy simpáticas y agradables.  Larry, por su parte, se encontró con un viejo compañero de universidad y estuvo conversando largo rato con él pues hacía como 20 años no lo veía.   En el verano, según me cuentan Larry y Sara, su esposa, este lugar es muy agradable y el mercado se extiende hacia sus aceras.  A mí me pareció encantador incluso ahora en inviernos, hay mucha gente y hasta hubo una especia de cimarrona pues le celebraban los 90 años a un vendedor que ha vendido arroz de todos los tipos durante muchísimos años.  La actividad estaba anunciada en todas las paredes del mercado y, como yo leo todo lo que se me pone enfrente, sabía más que Larry al respecto, pues como él se preguntaba qué pasaba, yo tuve que explicarle.  Podrán imaginarse su cara de asombro.

Habíamos estacionado el carro en un parqueo de varios pisos relativamente nuevo, pues me cuenta Larry que hace treinta años en ese lugar no había nada.  Ahora se levantan enormes edificios de apartamentos en cuyos muros se puede leer “vertical security”.  Esto significa que los vecinos se han organizado para cuidarse mutuamente, y si ven algo o a alguien que no es usual, llaman a la policía.  En Costa Rica lo llamamos “barrios organizados contra el hampa”, y funciona igual, solamente que aquí es en forma vertical porque son edificios de 10 pisos o más.

Después de ahí, no fuimos a comprar algo de vino para la cena de hoy.  Larry me explicó que en Ontario la venta de licor es gubernamental.  Esto ha hecho que la provincia tenga un gran desarrollo debido al dinero que le depara.  Era una tienda enorme, y solo en esas tiendas se puede comprar licor, no en un supermercado ni nada por el estilo.  Se identifican con unas siglas especiales.  Ahí se puede encontrar toda clase de licores de todas partes del mundo y sus precios son relativamente parecidos a los de Costa Rica.  Yo compré una botella de vino australiano Shiraz 2007 de Reserva Especial para obsequiar a mi familia canadiense.

Luego partimos hacia una tienda de artículos hindúes, de hecho, ubicada en en “pequeña India”, donde se pueden encontrar tiendas, restaurantes, supermercados, etc. con toda clase de artículos de ese origen.  Larry encontró varios ingredientes muy específicos, incluyendo el green chili, una clase de chile picante muy raro, sumamente delgado, obviamente verde, y con la punta curveada.

Hasta aquí mi mañana 2 en Toronto.  Lo bello de un intercambio es que te haces parte de la rutina familiar de manera exquisita y te llegas a sentir parte de los habitantes de una ciudad.

Contra toda prediccion, hace un sol radiante, e incluso, sus rayos calientan.  Estoy maravillada y, por cierto, con anteojos oscuros por el reflejo tan fuerte del sol sobre la nieve.

Tarde noche 2

No recuerdo haber pertenecido a ninguna circunstancia y, sin embargo, soy de algún lugar, de alguna parte.  Me llama un país lejano, uno del que reniego a veces, uno que olvido casi permanentemente quizá por su misma permanencia.

He venido a este lugar, tan lejos, tan inmenso, tan blanco, tan ajeno, que me consuela pensar que soy de alguna parte, que alguien me piensa, pues la constancia de la soledad, el derrotero de la melancolía ,es impropio o, al menos, lo parece.

Me he dado cuenta, además, que sin mi conexión a internet puedo sentirme absolutamente fuera del mundo, relegada, profunda y significativamente aislada.   No puedo descifrar un par de códigos que me amordazan a un programa, hay una red inalámbrica y no la descubro, no puedo enlazarme, se me escapa como una lagartija nocturna a los rayos solares.  Estoy perdida.

Tengo en mi bolsillo los billetes de dos nacionalidades, es simpático.  Hoy recorrí un mercado y no quise comprar nada.  Es como si mis deseos se hubiesen esfumado en la inconmensurable atmósfera de un lejano planeta.  Todo me pareció curioso, pero mis deseos estaban de vacaciones.

Ya quisiera yo pensar que este imposible acantilado no estuviera abriéndose ante mí  con sus anchos brazos,   brazos inabrazables.  Ya quisiera poder abrir un ancho hoyo en mi cabeza y que todas mis palabras se escaparan hacia destinos con más asidero. Pero no, estoy aquí, en la cama, semiarrecostada en dos almohadas desconocidas, ante dos puertas blancas y un closet repleto de cosas que no son mías. No.  Hay varios libros, muchos, un reloj y dos pinturas.  Una ventana con frío y mi maleta, maleta hecha como si quisiera huir de casa ella sola.

Solo me permanece la noción extraña de no saber exactamente dónde estoy, pues sigo siendo la misma que nació sin rosa de los vientos y se encuentra perdida en todas partes.

Se me olvida que hay un perro también, uno que me recuerda el mío, o la mia, mejor dicho.  Tiene los ojillos profundamente negros, inteligentes, curiosos y se me queda viendo con una pregunta permanente: ¿quién putas sos y qué me estás diciendo?

Ante la mezquina sensación de que es igual a todos los perros y que terminará queriéndome un poco, me estoy haciendo amiga del gato.  Pero los gatos son todos señores de la más alta alcurnia, y no me presta la más mínima atención.  Hoy vino, empujó la puerta, se subió a la cama, brincó a mi maleta, y cuando creí que se iba a quedar durmiendo en ella, salió y se fue, sin haberme mirado ni una sola vez.  Imposible creer que regrese.

En estas casas, hechas con divisiones de mentira, todo se oye.  Lo único silencioso es el pájaro de alas redondas y pico con tortuga que cuelga de un lado, ah, y el pingüino y pingüinito del otro lado con el ala como un látigo.

Estoy pensando en la comida.  Siento el estómago pesado y lento.  Esta noche, con la comida hindú, tendré fiesta de pesadillas en salsa; pero no puedo negarme a comer.  Ya desayuné como una asceta y almorcé tres mordiscos de emparedado.  No puedo seguir diciendo que no.

Ahora sé que todos mis miedos no tenían fundamento.   Los amigos que vinieron a comer eran personas fuera de serie, sobre todo ella.  Esta mujer, entrada en años, era una de esas señoras que nadie puede callar, desbordante de energía y vitalidad.  Habló toda la noche, ante un marido evidentemente disminuido por la cháchara de su mujer, unos amigos domesticados y una invitada fascinada por el caudal de su elocuencia.  Habló, explicó, describió, expuso, se rió, narró, explicó, suspiró; en fin, dejó en evidencia una deliciosa personalidad, invencible y avasalladora.  La operaron de un tumor y debido a ello perdió el oído del lado izquierdo y completamente el gusto, pero a raíz de esto se ha hecho cocinera y se preocupa más por la textura (según explica) que, obviamente, por el sabor.  Ella posee una de esas personalidades que me enamora a primera vista y creo que soy capaz de pasar días disfrutando de sus miles de narraciones, añoranzas y sueños, todos expelidos en desorden.

Ahora estoy de nuevo en la cama escuchando una de las canciones que están en la memoria de la computadora, elegida por alguien a quien desconozco y quien, sin duda, jamás pensó que iba a arrullar a alguien una noche de invierno en Canadá.

Dia 3

Fui a la Art Gallery of Ontario con Larry.   A medio camino me entregó las tarjetas de identificación de XXX…, su esposa, y me dijo:  if they ask your name you have to say XXX, just because we, as a teachers, don`t  have to pay for the ticket.  Creo que con solo eso el camino se me convirtió en algo pesado, cercano a la pesadilla.  Quienes me conocen saben que ese tipo de cosas me pone los pelos de punta.  Sin embargo, comprendí el deseo de Larry de evitarme el pago de $20 de entrada.  Me indicó también que si me pedían una identificación con foto, obviamente, dijera que no tenía.  Peor.  Prefería pagar los famosos veinte dólares, pero no, era algo que ya él había decidido y punto.  Al llegar, después de repetirme a mí misma el nombre XXX  una y otra vez, en efecto me pidieron una identificación con foto y, como lo planeé, hice mi mejor actuación buscando en vano en mi cartera, donde tenía todos mis documentos con mi nombre (pensaba en algo estilo CSI, pasando a una sala y cómo,registrando mi cartera, descubrían mi verdadera identidad.  Mucha televisión) .  Dios, debo confesar que estuvo divertido.  De ahí, sin problemas y felicitándome a mí misma por mi victoriosa actuación, pasamos a la primera sala, donde pude observar una serie de oleos europeos, dispuestos a la usanza de la época, es decir, paredes llenas con cuadros de diversos pintores y de diferentes escuelas, tal y como lo podrían tener en la sala de algún castillo o mansión.

Luego pasamos a los artistas puramente canadienses, lo cual fue bastante interesante si pensamos que los pintores nativos eran uno o dos a lo sumo.  Me llamó poderosamente la atención una pintora, que según me cuentan, poseía el carácter suficiente como para desplazarse, hace poco más o menos que 80 años, ella sola para encontrar parajes interesantes qué pintar.  Esto no lo sabía mientras me extasiaba en frente de sus cuadros, cuya fuerza de los trazos evidenciaba el poder y decisión de su autora.

Mucha de la temática giraba en torno al paisaje helado, ya fuera de manera abstracta o realista.  Yo iba disfrutando de las diferentes manifestaciones, y de los diferentes autores pertenecientes a lo que llaman “El grupo de los siete”, cuando de pronto recordé los documentos de Sara, ¿dónde los puse?  Busqué en vano en los cuatro bolsillos de los dos abrigos que andaba y nada.  Luego en los del pantalón y nada.  Finalmente en mi bolso (no sé por qué lo llevé, si hasta el día de hoy lo había dejado en casa) y NADA.  En ese momento empecé a sudar. Por un momento me tranquilicé pensando que Larry la había tomado y le pregunté.  No.  Registró sus bolsillos y nada. Creo que esa vez él se llevó el Oscar a la mejor actuación que minutos antes era mío, porque lo vi tan tranquilo que yo misma me apacigüé un tanto, y dejé de sufrir ante la odiosa situación de volver al counter de la entrada y preguntar por “mis documentos” sin foto.  Fue horrible.  Olvidé por completo por dónde pasamos durante esos minutos de zozobra.  Larry continuaba hablando y explicando los diferentes cuadros como si nada.  Yo ya no lo escuchaba, mientras mi cerebro daba vueltas: me revisé otras vez,sin éxito, todos los bolsillos, ¿cómo pude ser tan torpe? Todo había salido aparentemente bien, pero ahora era un total “des-éxito”.  Metí mi mano en la cartera, que ya me parecía un enorme saco sin fondo.  Quería fingir tranquilidad, y, sobre todo, no quería que Larry me viera buscando de nuevo.  Palpaba con cuidado cada cosa reconociéndola en mi mente, cuando de pronto sentí el pequeño portatarjetas con los documentos de Sara.  Aliviada, se lo mostré a Larry, quien, en un segundo y olvidando toda su aparente tranquilidad, me la arrancó de la mano y lo metió en su bolsillo.  Era claro que ambos estábamos sumamente acongojados, y que el Oscar, bien merecido, era un premio compartido.  El alma me volvió al cuerpo, y retomé con fascinación mi tour por la Galería.  Nunca más, en adelante, a pagar como debe ser las visitas a un par de museos que tengo planeadas.

Ya con toda tranquilidad, disfruté conociendo, por ejemplo, Quebec, mi próximo destino.  Larry me explicó una montaña blanca que aparecía en unos cuadros, la cual se forma solamente en el invierno con el salpique de una catarata, y por donde vamos a pasar.  En verano, desaparece como es claro.  En el cuadro, del siglo antepasado, trazó la ruta de la autopista que vamos a utilizar y en otros cuadros me mostraba la muralla que rodea a Quebec y la loma en donde queda el hotel, desde el cual se puede observar la ciudad y desde donde la recorreremos.

Un dato curioso lo representó la donación de un coleccionista amante de uno de los pintores más reconocidos, quien, rallando en la locura, compró cada cuadro del autor, lo cual hizo que muchos luzcan extremadamente semejantes.  Larry me explica que, si el pintor hubiera sabido que todos sus cuadros iban a ser del mismo dueño, hubiera cambiado más sus temáticas.

En frente de la Galería, en la esquina de la calle, hay una escultura enorme  cuyo autor fue Henry Moore.  Este escultor, hoy famoso, en su tiempo fue bastante controversial, y eso provocó mucho rechazo a su obra.  Debido a que en esta Galería sus obras fueron bien acogidas, él donó numerosos de sus trabajos como un gesto de gratitud a sus primeros admiradores.

Debo decir que el grupo de los siete, formado por Lawren S. Harris; A.J Casson, A. Y. Jackson; Arthur Lismer; J. E. H MacDonald,  Tom Tomson y F.H Varley, se distinguían por pintar paisajes muy cercanos al impresionismo pero que parecen no estar acabados, unos más que otros quizás, pero no llegaron realmente a gustarme.

También había una exposición de miniaturas increíblemente bellas, y ahí me entretuve largo rato.  Se trataba de bustos de diferentes personalidades, reyes y princesas, tallados en mármol; bajorrelieves de gran exquisitez y detalle; camafeos y relicarios; los cuales mostraban paisajes, árboles, escenas de la mitología griega de enorme delicadeza.  Amo las miniaturas, y disfruté sin límites esta sección, sin dejar pasar que algunos de estos trabajos se tallaron en una piedra de color café y una pareja de jóvenes, muy interesados, se preguntaban junto a mí si estarían hechos de CHOCOLATE!!!  Buena anécdota.

Finalmente, pasamos por el café del lugar y, milagrosamente, me encantó el que servían.  Luego fui a la tienda de la galería y disfruté con una plumas fuente que casi compro, pero las cambié por un pequeño libro de tarjetas postales de Frida Kalo, una de las artistas preferidas de mi hija mayor y que sé que le va a fascinar, pues algunas de ellas no se han publicado hasta ahora.

De regreso, Larry me hizo un recorrido por la ciudad en la parte norte, donde viven los ricos y famosos en verdaderos castillos.  A mí, que, como repito, me encantan las miniaturas, francamente no me gustaron tanto como las casas apiñadas, estilo Amsterdan, de los suburbios. Recorrimos una avenida larguísima, donde solía ser el barrio chino, y donde ahora se encuentra la parte griega, y un poco de la árabe, donde vi una mezquita.

También pasamos por el cementerio más antiguo de la ciudad, donde se pueden observar el estilo de lápidas que salen en las películas de miedo, tan representativas de estas latitudes pero tan diferentes en nuestro país.

Finalmente, cuando ya pensaba que estaba totalmente perdida, Larry me mostró la estación del metro que vamos a tomar mañana, y luego la parada del tranvía que queda a tres cuadras de la casa.  Me ubico con respecto al restaurante jamaiquino que visitamos la otra noche, el cual queda a la vuelta de la casa.

Día 4

Hoy me reencontré con mi hija.  Nos dimos cuenta que no nos habíamos preparado para la separación al llegar a Canadá, y el hecho de no comunicarnos nos había afectado a las dos, así que vernos de nuevo fue muy bonito.  Ella está muy contenta en su casa, Sophie, su hermana canadiense es el ser más dulce y cuidadoso con ella, le prepara meriendas especiales y le ha prestado abrigos, gorras, guantes, etc.  Eso me hace muy feliz, pues la veo muy contenta, salen a todas partes, hoy van a un restaurante francés y mañana al Hotel Four Seasons, famoso por hospedar estrellas de cine y gente famosa.

Después del encuentro caminamos hasta la parada del tranvía y de ahí pasamos al subterráneo para llegar a lo que se conoce aquí como ROM, uno escucha “Rom” y equivocadamente piensa en Roma, pero significa Royal Ontario Museum.  En ese museo se combinan toda una serie de elementos naturales, antropológicos, pictóricos, textiles, etc. de gran riqueza.  Así, anduvimos por China, Antiguo Egipto, Grecia, el bosque tropical, la cueva de los murciélagos, los textiles y sus técnicas en diferentes épocas y lugares del mundo, el Medioevo con sus celadas, armaduras, lanzas, etc.; los instrumentos musicales más entretenidos y diferentes; la cultura indígena aborigen de Canadá y sus formas de vida, canoas, construcciones, producción artística, organización social, y, por supuesto, uno de los grandes atractivos del museo que nos llevó a millones de años atrás con los dinosaurios y toda su magnificencia.  Los chicos y yo disfrutamos montones subiendo y bajando, perdiéndonos y volviéndonos a encontrar en medio de tótems, sarcófagos y esqueletos de dinosaurios.  En la parte de producción africana, fue muy curioso encontrar unos inmensos murales hechos con chapas o partes de aluminio de botellas de vino, etc.  Tan maravillosamente unidas, que parecían telas y hasta delicadas redes.  Un trabajo de gran cuidado y belleza.

De ahí, pasamos al Eaton Center, un enorme Mall, en el centro de Toronto, el cual queda muy cerca del museo.  Mi hija y yo fuimos a comprar una cámara, y luego caminamos por las tiendas, para descubrir que los precios son iguales a los de Costa Rica, o sea, bastante caros.  Pero contábamos con muy poco tiempo (dos horas) que para nosotras es como decir nada, pues solo escogiendo la cámara duramos cuarenta minutos, y rápidamente, compramos una pizza y nos la tuvimos que tragar pues era hora de regresar al colegio, en donde los esperaban todos los hermanos para irse a casa.  Larry en cuestiones de horario es sumamente estricto y respetuoso, mientras que a los chicos se les “salía lo tico” pensando en otras alternativas para no tener que irse tan pronto del centro comercial.  Finalmente, salimos a tiempo y tuvimos que correr para tomar el tranvía que nos llevaría casi al colegio.

Una vez en el colegio, efectivamente, era la hora de salida y todos se fueron encontrando con sus respectivos amigos.  Mientras tanto, Larry y yo nos fuimos a encontrar con Janine, la profesora de Español y Francés del colegio, para explicarle algunos cambios que tuvimos que hacer, pues hoy estuvimos a 20 grados bajo cero, 29 con viento, y Larry prefirió cambiar las actividades de hoy, que eran al aire libre, por las que eran bajo techo.  Ya al regreso, la temperatura era bastante agradable y yo me arriesgo a asegurar que la sentí hasta tibia camino a casa (a 300 m del colegio), creo que está en menos 7, vaya, vaya, no es tan terrible o me estoy volviendo un cubo de hielo aclimatado.

Para mí, llegó la hora de descansar.  Mañana iremos a la CN Tower, Chinatown, Kensington Market, University of Toronto, y Queen’s Park.  Al  parecer, el próximo jueves iré sola con ellos al zoológico, pues no me puede acompañar nadie y a Janine no le pareció mucho cambiar ese paseo para otro día pues coincide con la clase de Español en la que ella quiere que los chicos hagan una presentación, pero no encuentro el menor problema porque el sistema de transporte es muy fácil, y Larry es tan meticuloso que estoy segura de que me dará todas las indicaciones al pie de la letra.

Hoy, al llegar, Larry me preguntó si quería saber cuánto pagaba anualmente por impuestos de la casa.  Por la cara, le dije que no.  Pues bueno, siempre me lo dijo:  $4000, sin contar el parqueo del carro frente a su casa, y los servicios públicos.  Creo que paga un poquito más que nosotros en Costa Rica.

Hoy es un día entre un montón más

Ya perdí la cuenta de los días que he pasado aquí.  Canadá ha sido un país de revelaciones.  En Toronto, he visto su cielo azul, he sentido su frío, me he calentado con un suave sol, he visto sus calles modernísimas, sus rincones oscuros, sus barrios bajos, sus antiguas casas, sus nuevas mansiones, su viejo castillo.  He ido por ratos a bordear parte del lago, me he hundido en su orilla, he visto sus suaves olas congeladas, he sabido que hace 50 años ese mismo lago tenía un oleaje fuertísimo, he conocido gente joven y gente vieja, he hablado con personas educadas, alegres, que vivieron épocas que para nosotros, en América Central, eran como de cuento.  He escuchado de su historia, de sus proyectos.  He visto sus expresiones artísticas, gente que pinta, que produce y expresa toda clase de criterios de los que suelen tener en común todos los artistas del mundo.  Y sin duda, todo eso, me ha fascinado porque lo he visto con los ojos de una extranjera que envidia este tipo de vida.

Toronto me ha enseñado que no debo tener miedo.  Que soy capaz de desplazarme, de comunicarme, de comprender sistemas nuevos.  Y sobre todo, mi viaje a Quebec ha sabido doblegar mi resistencia.

Este último viaje comenzó con una sorpresa inesperada:  debía ir sola con mis dieciséis estudiantes.  Hasta ese momento, Larry había actuado como un sabio y organizado guía de apoyo.  Pero cuando yo puse cara de “esto no me está pasando a mí”, me enseñó un correo electrónico que había enviado a Costa Rica con esa eventualidad muy bien puntualizada:  para esos días, él tenía trabajo que hacer.  La mitad de mi estadía en Toronto me la pasé pensando en las posibilidades de que mi suerte cambiara y que alguien pudiera acompañarme.  Tal vez pasara.  Pero no pasó. El día anterior al viaje, incluso se presentó lo más inesperado:  una tormenta de dimensiones inmensas iba acercándose a la ciudad y la única alternativa para no cancelar el viaje a Quebec era salir a la medianoche. ¿A la medianoche? Si salir a una hora normal era una pesadilla, esta otra me ponía los pelos de punta.  La idea, sin embargo, no prosperaba porque el chofer no podía salir a esa hora.  Pero lo que está de Dios está de Dios y salimos a esa hora.  Después de un día tranquilo, empezó a nevar poco antes de la salida, y un viento fuerte empezó a soplar.  Me dolía el estómago.  Todos nos metimos al bus, y así, nos enfilamos con (supuestamente) la tormenta detrás de nosotros.  Otro destino nos esperaba cuando los vientos arreciaron, la nieve tupió y la autopista se cerraba delante de nosotros.

En cuestión de minutos, mi miedo se acrecentaba al igual que la tormenta.  Las ráfagas de viento con nieve se veían claramente delante de nosotros en la carretera oscura.  Uno de los estudiantes empezó a recitar un poema que le había hecho aprenderse en sétimo año.  Luego, hizo el suyo propio, y yo, asombrada y divertida, decidí escribirlo en medio de la oscuridad.  La diversión se acrecentaba cuando Cristian, uno de los estudiantes, tomó el micrófono y empezaba a decir tonterías.  Escuchamos hasta canciones rancheras, mientras la tormenta continuaba.  A ratos, se calmaba el grupo, unos dormían, y Cristian y yo  continuábamos angustiados por las condiciones del camino.  La visibilidad era cero, pero la seguridad del chofer era increíble.

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Cómo llegar a Monteverde, Costa Rica

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Solo  para locos

He aquí que, como buena tica, la recomendación de utilizar un 4×4 para ir a Monteverde me pareció exagerada. De hecho, ese pequeño detalle excluye de inmediato, yo diría, al 90% de la población costarricense, la cual carece de ese tipo de vehículo, pero, claro, no a mí (error 1) ni a otros  locos como yo que de seguro tampoco han hecho caso a la advertencia.  Sin embargo, debo admitir que es una BUENA advertencia.

Muy entusiasmados por la idea de visitar un lugar desconocido, tomamos la Guía Columbus.  Claro, como el anuncio.  Aunque en ella no aparece la moderna autopista a Caldera, no era necesario, pues el punto que más nos interesaba, o sea, la entrada, estaba sobre la carretera 1, la Interamericana.  Yo me fijé que había que entrar en Sardinal, llegar a Guacimal y ahí doblar hacia Santa Elena.  Eso, digo, lo vi de pasada sin memorizarlo, pues estaba segura de que la tal guía era lo primero que estaría en el carro al día siguiente (error 2).  Habíamos hecho las reservaciones en un céntrico hotel para evitar, cautelosamente, algún tipo de imprevisto.  La reservación la imprimí, y, lógicamente, su destino era mi cartera (error 3).

Tuvimos buenas ideas, no voy a negarlo.  Empacamos ropa para el frío, zapatos para caminar, golosinas y la infaltable hielera.  Mucho entusiasmo y poco contenido.  Al salir de San José ya notamos que el error 2 se evidenciaba.  Pero la memoria fresquita de mi marido nos devolvió la calma, pues recitó de memoria el camino y hasta el nombre de los ríos que íbamos a atravesar.  Este error será el 2.1, en honor a la frágil memoria cartográfica.

Nos fuimos por la autopista a Caldera, sin más problema que la salida de vía de un auto cuyo efecto mirón provocó una presa.  Cuestión de nada, es decir, hasta ahí todo era delicia.  Cuando ya entramos a la interamericana, empezamos a repasar ¿era la entrada a Sardinal?  A esas alturas, ya nos entraba la duda y los nombres de los ríos yacían en el olvido.  Yo  recordaba Ciruelas, y esto porque me pareció raro ese nombre tan lejos del Ciruelas de Alajuela. Así, empezamos a leer cada letrero, por ejemplo del restaurante El Caballo Blanco, y de Cuenca.  Lugar este último que resultó ser un gran establecimiento comercial, o al menos eso me lo pareció a mí, por el rótulo de siete metros que rezaba “CUENCA”.  Seguimos, todavía no era Sardinal. Finalmente, llegamos y nos enfilamos hacia el lugar.  Pocos metros después, nos encontramos con uno de esos puentes de tablones que le quitan a uno las ganas de seguir, pero ¿es que por aquí pasan los buses?  Poco después, cuando nos topamos con uno, tuvimos la leve certeza de una respuesta afirmativa, a no ser, por supuesto, que haya una,  del todo desconocida, vía alterna.  Hasta ese mometo, nos iba siguiendo un Hyundai blanco, y comenzamos a hacer bromas sobre los famosos asaltos en los cuales, tiempo atrás, parecía estar siempre involucrado un Hyundai gris.  Por lo menos este era blanco.  Reímos.

Una vez en Sardinal (conformado por un pequeño grupo de casas, la pulpería, el taller y algunas cosas por el estilo) seguimos hacia Guacimal.  Qué carretera más buena, totalmente asfaltada, con curvas sinuosas y subidas empinadas pero en excelente estado.  Ya decía yo que las advertencias del 4×4 eran súper exageradas. Llamaré a esto la ilusión de Alicia, íntimamente relacionada, por supuesto, con su consecuente error 1.

Guacimal nos pareció un lugar próspero, interesante, y eso nos animaba, a pesar, claro, de que la Guía Columbus nos hubiera tranquilizado más.  La dicha, gloriosa dicha, estaba pronto a expirar.  Nos encontramos con un letrero de “Santa Elena, 18 km” hacia la derecha.  La carretera forma, en ese punto, un codo, como queriendo esconder la vergüenza que se avecinaba:  el camino de lastre.  Pero bueno, ante el impacto del cambio, vi instintivamente el espejo retrovisor y noté que el Hyundai quedaba frenado en el punto exacto donde se iniciaba el camino.  Sentí  pena por el conductor.  Tonta de mí, pues la pena tenía que sentirla por mí y por mi carro, un automóvil que jamás había rodado por una carretera semejante.

Confieso que me envalentoné, de pronto, se me salió un instinto tipo Tarzán.  Un instinto de supervivencia, de lo voy a lograr y de no voy a aceptar que me lo advirtieron, y de lo voy a lograr.  Seguí, sentía la irregularidad del terreno y cómo vibraba el volante.  Empecé a escuchar las quejas de mi marido, que, de hecho se convirtieron en un malestar que involucraba los gobiernos de los últimos cuarenta años, lapso que había pasado desde su último viaje a Monteverde.  Mientras tanto, entre el sonido de la radio, ya con bastante interferencia, la inquietud de mi esposo y el silencio atormentado de nuestra hija, yo, la Tarzán, Jane o no sé si Chita, continuaba, a cero kilómetros por hora,  aferrada al volante.  Cuando mi esposo me dijo “no vaya tan rápido”, podrán imaginar que el patatús casi acaba conmigo.  No voy a inventar una actitud paciente de mi parte, pues sería mentir, más bien, siento que en ese momento fui aguerrida.

Si hiciera una lista de los comentarios del momento serían algo como: qué calle, qué horror, ¿vamos bien?, ¿cuánto falta?, uy, viene un carro, frene, qué ironía (rótulo de 40 km velocidad máxima), esto es una burla, devolvámonos, etc.  Por supuesto que faltaban para llegar entre 10 ó 12 km.  Yo me fijaba en el kilometraje y contaba mentalmente “32 + 18 = 50” pero el 50 no llegaba nunca.  La pesadilla continuaba.  Uno de mis hijos me había hablado de que había unos guindos bastante impresionantes sin baranda ni protección alguna.  Iba tan concentrada que no vi ni uno.  Iba tan demolida sufriendo por los compensadores de mi carro que no vi el Golfo de Nicoya que se abría a mi izquierda en más de uno de los recodos.  Iba con tanta adrenalina que apenas si noté que frené en cuesta y en terreno pedregroso (una de mis peores pesadillas), pues no cabían dos carros en la vía.  En mi mente repasaba “32 + 18, 32 + 18” y el resultado se me nublaba en la mente, ¿42? NO, faltaban todavía 9 (para mí 9000) Km.  Frené.  Era la entrada a una finca y frené.  Salí del carro.  Las piernas me vibraban o me temblaban, no sé.  Me saltaron las lágrimas.  No lo iba a soportar más.  Otros 9 Km en esa situación.  Pero no había vuelta de hoja.  Había que seguir.

Finalmente, olvidé el kilometraje y me concentré en esperar que, por arte de magia ( la ilusión 2 de Alicia), en alguna curva, empezara el asfalto.  Pero eso no sucedía.  Un enorme letrero nos devolvió momentáneamente la respiración “Bienvenido a Monteverde” (después de todo, no íbamos para el infierno).  Fue un viacrucis sin estaciones, un auténtico viacrucis.  Y como todo, tuvo su fin.  La anhelada calle asfaltada apareció, y con ella, el pueblo.

Puedo decir sin reparos que Monteverde es una joya.  Una esmeralda con montadura de lata vieja.  No puedo recordar ningún lugar que me haya devuelto la paz y la sanidad como lo hizo ese lugar.  La llegada solo puedo compararla con un parto largo y difícil, el cual se olvida cuando uno tiene, finalmente, la criatura más bella y más tierna entre sus brazos.  Disfruté cada momento ahí.  Me gustó la alegría de la gente, la pequeñez del pueblo marcada por unas cuantas calles asfaltadas, la transparencia del aire, la solidez de la montaña, la transparencia de las aguas, la bruma, cómplice de las alturas, los senderos, el canto de los pájaros, la infraestructura turística, todo.

Omito decir que, gracias al error 3, tuve un pequeño roce en el hotel, pues en apariencia debía pagar de nuevo.  Sin embargo, no pasó a más.  Ahí la gente es servicial y alegre.  Y estoy un tanto confusa.  Por un lado, quisiera que una súper carretera como la que llega hasta Guacimal, nos llevara cómodamete hasta Monteverde.  Pero por otro lado, me da miedo que el fácil acceso sobrepase la capacidad del lugar, sature las calles, desestabilice la apacible quietud de los ecosistemas autoregenerativos de su naturaleza y se inicie el deterioro.

Voy a regresar a Monteverde.  La próxima vez, con conocimiento de causa, seré más respetuosa de las sugerencias y, si no en carro alquilado, iré por lo menos en bus.  Con mi marido, ya más tranquilo, planeamos alquilar unas cabinas con vista al golfo y abandonarnos en las manos de este santuario de una Costa Rica que yo creí desaparecida.  Quien desee tomar este mismo camino, hágalo.  Es solo para locos que deseen recuperar el respeto por la grandiosidad que encierra nuestro país.

San José, Costa Rica, parte II

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Porque en Costa Rica,¡ hasta los huecos tienen forma de corazón!

Hueco en forma de corazón, Barrio Freses, Curridabat

Nos fuimos hacia el sur de la capital, sin dejar de pasar por la que yo llamo “la casa del vitral” ubicada al costado sur del parque Morazán.

Casa del vitral, costado sur del Parque Morazán, San José

Pocos metros después, descubrí que es un restaurante, al que por cierto voy a ir un día de estos y ya les subiré las fotos de cómo se ve desde dentro.

Siguiendo siempre al sur, se pasa por este edificio que me encanta.  Me recuerda un queque decorado para quince años, no sé si es el color o las volutas blancas, pero es toda una obra arquitectónica.

Un poco más moderno, posiblemente de los años 60, este otro edificio no sé, se me antoja de pronto que si estuviéramos en París, sería un edificio de apartamentos, pero no creo que ese sea el caso en San José.

Por fin, atravesamos el boulevar de la Avenida Central,

Vista del Boulevar de la Avenida Central, San José

donde no podía faltar la foto del Hotel Costa Rica, otra joya de principios o mediados del siglo pasado,

Hotel Costa Rica, San José

ni el ya famoso reloj situado en la encrucijada de la esquina noroeste del Teatro Nacional y lo que hoy es Tienda Carrión.

Detalla del Boulevar de la Avenida Central, San José

Un punto obligado era nuestro Teatro Nacional,

Teatro Nacional, San José, Costa Rica

con su bella fachada y la Plaza de la Cultura, siempre  llena de palomas.

Plaza de la Cultura, San José

No faltó el toque del predicador, quien a toda voz pregonaba que Dios había nacido en Haití con el terremoto.  Nunca entenderé a qué se refería.  Al frente del Teatro, una estatua de Juan Mora Fernández, nos lleva a un pasaje interesante de nuestra historia, y un poco más allá, un edificio sumamente bien cuidado, muestra el interés que existe por darle a nuestra capital un aire cosmopolita.

De ahí, nos dirigímos al Parque Central, donde nos encontraríamos con una bella bandera, colocada con toda gala en el costado norte del parque, y que realmente relucía bajo el sol.  No dejará nunca de emocionarme nuestra bandera, dondequiera que la encuentre, pero esta vez fue, realmente, una sorpresa inolvidable verla ondear en medio de un ambiente muy concurrido y tranquilo.

Bandera en el Parque Central de San José

Antiguo Teatro Raventós, actual Teatro Melico Salazar

Ahí tomé algunas fotos del  famoso quiosko que hace unos años querían derribar y, logré una hermosa foto del antiguo Teatro Raventós, hoy Teatro Melico Salazar.

Quiosko del Parque Central de San José

Vista hacia el este desde el Parque Central, San José

No podía faltar la entrada a la Catedral Metropolitana, cuyo atrio es un famoso punto de encuentro para miles de josefinos “encontrémonos en las gradas de la Catedral”.  Una vez adentro, tuve la gran idea de tomar fotos a algunos vitrales de los que más significado guardan para mí, y, sin pedir permiso por miedo a que me lo negaran, esperé algunas rondas del guarda que iba y venía por las naves de la iglesia, para tomarlas.  Creo que me quedaron bien, pues la tarde estaba soleada, y se puede apreciar toda la

Catedral Metropolitana, San José

Vitral en la Catedral Metropolitana, San José

Vitral en la Catedral Metropolitana, San José

Detalle de vitral en la Catedral Metropolitana, San José

belleza de estas obras tan perfectas.

Catedral Metropolitana, San José

.  De ahí cruzamos a la Curia Metropolitana, y entramos a Radio Fides, donde está también la Librería Católica y se pueden comprar casuyas y todo tipo de objetos para los sacerdotes, altares o iglesias.  Un edificio muy curioso, que, si se ve con detenimiento, guarda el frescor de las casas del siglo XVIII, con su patio central, el cual, sin duda, podría recobrar toda su belleza sin mucho costo y más interés.

Curia Metropolitana, San José

Entrada Librería Católica, San José

Detalle del techo, edificio de la Librería Católica, San José

Patio central, edificio Librería Católica, San José

Detalle de pared, edificio de la Librería Católica, San

Saliendo de la Librería Católica, tomamos hacia el este, una foto muestra al final la Iglesia de la Soledad,hacia donde nos llevará el boulevard que conocemos como el boulevard de Johnny (Araya), Gobernador de San José bajo cuya administración fue uno d

e quienes propulsó su construcción.

Pasamos de lado al edificio del antiguo Banco Anglo, ocupado actualmente por el Ministerio de Hacienda.

Edificio del Ministerio de Hacienda, San José

Si se tiene el cuidado de ir hacia el sur, nos encontraremos con una iglesia muy especial, cuya puerta se encuentra al filo de la acera,

es la iglesia de La Dolorosa,

Iglesia de la Dolorosa, San José

que quizá por eso se encuentra la mayoría del tiempo con sus puertas cerradas.  Sin embargo, este es otro espacio que se ha rescatado en nuestra capital para dar paso a un encantador parquecito al frente, donde corre un pequeño riachuelo artificial y en el cual los niños de los alrededores pueden tener un tiempo de sano esparcimiento.

Parque en frente a la Iglesia la Dolorosa, San José

Un poco más abajo, se alza imponente el edificio de la Caja Costarricense del Seguro Social,

Edificio viejo de la Caja Costarricense del Seguro Social

Caja Costarricense del Seguro Social

frente al cual se encuentra la Plaza de las Garantías Sociales donde uno puede sentarse con tranquilidad a leer o a departir con los amigos, y los niños se pueden divertir en algunos juegos instalados expresamente para ellos.

Juegos en la Plaza de las Garantías Sociales

Este es un rincón sumamente especial de nuestra capital, donde los pequeños, y no tan pequeños,  se puedan divertir.

Diagonal, hay un edificio muy moderno que lleva el nombre de Da Vinci, el cual mereció una foto para no pasarlo por alto.

E l boulevard está lleno de vida con pequeñas tiendas y ventas que lo alegran.

Venta en el Boulevard de la Avenida 4, San José

Se encuentra, además, decorado con flores colgantes, al estilo europeo.  Este detalle es verdaderamente muy agradable, pues resulta inconcebible que un país con un clima tan privilegiado como el nuestro, donde la primavera no pasa, no se encuentre lleno de flores por todas las calles (probablemente porque no sabemos nada de la terrible circunstancia de tener que robarle territorio al mar, como le sucede a Holanda, un país que ama las flores quizás porque se las ha arrancado duramente a su suelo).

Finalmente, llegamos a la Iglesia de La Soledad,

Iglesia de la Soledad, San José

una edificación señorial, muy bien cuidada con vitrales muy hermosos y una arquitectura interna primorosa.

Torre derecha de la Iglesia de la Soledad, San José

Resguardan su entrada dos hermosos ángeles y, en su interior, algunos fieles se encontraban rezando, y el  sacerdote parecía preparar la misa.

Interior de la Iglesia de la Soledad, San José

Interior de la Iglesia de la Soledad, San José

Al frente, se encuentra otra pequeña plaza , cuyo nombre no termina de despertarme curiosidad:  Artigas (con el acento en la “i”), apellido de un prócer uruguayo cuyo busto se encuentra eregido en el mismo lugar.

Busto al prócer uruguayo Artigas, Plaza Artigas, San José

La razón de este honor es algo que desconozco. Es una plaza con detalles vanguardistas, como una estructura de metal rojo muy llamativa, colocada a manera de arcos.

Estructura en la Plaza Artigas, San José

En la misma plaza, hay una placa de recordación a dos mártires bomberos, quienes, según reza la inscripción, murieron en el ejercicio de sus deberes.

Placa conmemorativa, Plaza Artigas, San José

Esta plaza, sin duda, es un lugar en donde se conjugan los recuerdos de personajes sumamente disímles:  un prócer, dos bomberos

y Carlos Gardel, de quien también hay un busto.

Busto de Carlos Gardel, Plaza Artigas, San José

Más hacia el este, nos encontramos con un pequeño hotel muy bien cuidado, el cual luce su fachada en armoniosos amarillo con blanco.

Hotel, Boulevard de la Corte de Justicia, San José

A partir de él, se inicia un corto pero muy lindo boulevard, cuyo nombre desconozco pero al cual bauticé “el boulevard de la Corte”.

Restaurante, Boulevard de la Corte Suprema, San Jos'eUn sitio de corto informal, donde hay restaurantes para todo tipo de presupuestos, naturalistas y dietéticos también.

Estos restaurantes cuentan con sillas al aire libre, lo cual ayuda a crear un ambiente de gran ciudad. En este boulevard, la belleza arquitectónica de las casas son un detalle atractivo, la totalidad de ellas convertidas hoy en oficinas.  Casas señoriales muy bien cuidadas.

Obviamente, este paseo desemboca en los edificios del complejo judicial donde se alojan la Corte Suprema de Justicia, el Organismo de Investigación Judicial y los Tribunales de Justicia.

Corte Suprema de Justicia, San José

Reflejo de la Corte Suprema de Justicia en el Edificio de la División de Pensiones de la CCSS, San José

Corte Suprema de Justicia, San José

Es una zona de imponentes edificiaciones y plazoletas, en una de las cuales ondea otra hermosa bandera patria.

Tribunales de Justicia, San José

Los alrededores se han modificado, creando ambientes de esparcimiento y solaz para quien desee descansar unos momentos.

Plaza de los Tribunales de Justicia, San José

Son espacios modernos y dinámicos que dan a San José un corte diferente donde el manejo del espacio demuestra los avances en materia de arquitectura de paisajes que ha venido teniendo nuestro país.

Avanzando hacia el este, nos encontramos con una construcción muy peculiar:  la Iglesia del Corazón de Jesús, cuyo inmenso mural frontal no se aprecia en toda su belleza si no se admira desde el interior.

Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Barrio González Lahmann, San José

En el se admira una interpretación muy modernista del Corazón de Jesús, luminoso, sangrante y coronado de espinas.

Vitral de la Iglesia del Corazón de Jesús, Bº González Lahmann, San José

Esta iglesia, sin duda, marca un hito en la arquitectura moderna de nuestra capital.

Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Barrio González Lahmann, San José

Detrás de esta Iglesia, y de camino hacia San Pedro, encontramos la Embajada de Bolivia, con su singular bandera del Gobierno Pluriracial ondeando suavemente al caer la tarde.

Bandera del Gobierno Pluriracial de Bolivia, en la Embajada de Bolivia, Bº González Lahmann

Seguimos por el barrio González Lahmann, cuyas casas guardan el recuerdo de tiempos suntuosos.  Un barrio de gente adinerada, que construyeron sus mansiones cuando el barrio Amón y el Otoya se habían urbanizado ya totalmente. Hoy este barrio todavía sigue siendo de prestigio, aunque también sirve de alojamiento para pequeños hoteles, hostales,

Hotel, Bº González Lahmann, San José

oficinas y academias de diversa índole, como la Casa Italia.

Llegamos así, a Los Yoses, donde también hay casas de gran belleza, una de las cuales aloja la Agencia Internacional de los Derechos Humanos.

Agencia Internacional de los Derechos Humanos, BºLos Yoses, San José

Este barrio se distingue también por la presencia de academias como el Instituto Británico y de una zona importante de tiendas, restaurantes y bares frecuentados por la juventud.  Este barrio desemboca en el edificio del ICE,

Edificio del ICE, Los Yoses, San José

Edificio de apartamentos, Barrio Dent, San José

frente al cual se encuentra un magnífico edificio de apartamentos de varios pisos de alto, el cual se encuentra junto al Mall San Pedro.

Mall San Pedro, Barrio Dent, San José

Mall San Pedro, vista entre los pasos a desnivel sobre la Rotonda de la Hispanidad, San Pedro

De este último logré una toma interesante entre los puentes a desnivel que desvían el tránsito hacia Guadalupe y los barrios del sur respectivamente.

En este punto, un mural alusivo a los Derechos de los Niños,

Mural frente a la Rotonda de la Hispanidad, San Pedro de Montes de Oca

decora con fantasía una pared, dándole un toque de alegría a un punto muy transitado de la ciudad: la Rotonda de la Hispanidad, adornada por la fuente que hace honor a nuestro tan valioso recurso hídrico.

Fuente de la Hispanidad, San Pedro de Montes de Oca, San José

Sobrepasando esta rotonda, nos encontramos con dos imponentes construcciones, cada una de las cuales aloja un banco:  el Banco Centroamericano de Integración Económica y el

Banco de Centroamericano de Integración Económica, BCIE, San Pedro de Montes de Oca, San José

Banco Lafise.  Más hacia el este, el Outlet Mall,

Oulet Mall, San Pedro de Montes de Oca

que hoy sirve de alojamiento a las oficinas de atención al cliente del ICE en San Pedro, un edificio de corte conservador, muy hermoso y bien cuidado.  Frente a la esquina noroeste del Outlet Mall, encontramos la Iglesia de San Pedro, de arquitectura sencilla pero muy bonita.

Otra edificación que imita la arquitectura de una vieja mansión, es la que ocupa la pizzería Il Pomodoro,

Pizzería Il Pomodoro, San Pedro de Montes de Oca, San José

la cual armoniza con las bellas casas de los alrededores de la Plaza Roosevelt .  Siguiendo el camino hacia el  famoso higuerón que ya no existe, en la esquina este del Mas x Menos de San Pedro, encontramos el restaurante Pane e Vino, el cual ha cuidado de preservar una imagen informal y armoniosa en un edificio de madera y con pequeños balcones abiertos adornados con geranios de colores.  Este restaurante se convierte en un punto muy atractivo y bien cuidado dentro de un perímetro donde no prevalecen los espacios hermosos exactamente.