Esta película, sin duda alguna, es una joya.  Fui a verla esperando encontrar una fantasía maravillosa, de esas que te hacen volar muy lejos de la realidad, y me encontré con una fuerte bofetada que me caló muy hondo.  La bofetada del retrato, del viaje al centro del poder, de la mirada profunda del alma que se cuestiona a sí misma. Avatar tiene el toque de llamar la atención solamente con su nombre, y su riqueza semiológica tiene la facultad de mostrarnos lo que ha venido pasando desde hace años en el Medio Oriente y en otros lugares de nuestro planeta, donde el único pecado es haber nacido sobre un suelo estratégicamente importante para quienes ostentan el poder.

Con exquisita sencillez, el libreto nos muestra cómo un soldado inválido, de espíritu indomable, recupera en su avatar la memoria de caminar, y con ella, la conexión básica y primigenia con nuestra madre tierra.  Porque, en medio de una sociedad tecnológicamente avanzadísima, la necia ceguera de los enlaces con otros seres, se encuentra mediatizada por los circuitos y los chips.  Sin embargo, el soldado, en gran parte gracias a la inmobilidad de sus piernas, pudo dar un paso gigantesco hacia un crecimiento espiritual.   Su avatar le permitió acabar con su incapacidad de sentir, de aproximarse a ese instinto básico que ha hecho al ser humano capaz de alcanzar el nivel de perfección que tiene hoy.

Avatar es una alegoría de la vida y de la doble vida, esa que algunos suelen llevar en el ciberespacio, comunicándose y reflexionando de manera tan efectiva como jamás han sido capaces de hacerlo en la vida diaria.  Ese doblez que también se quiebra en la película, cuando los protagonistas finalmente “se ven”.  Un encuentro, sin duda, memorable.

Esta película es extraordinaria.  No solo desde el punto de vista magistralmente perfecto de su técnica, sino desde la perspectiva profundamente humana, porque esta vez el espejo lo cruzamos de manera científicamente muy probable, y en esa prepotencia tan común en nuestros días, nos “adueñamos” de ese avatar limpio y sereno, que no es otro que el “nosotros” olvidado.  El niño.  El limpio.  El que todavía logra comunicarse con el medio natural de manera respetuosa y total.

Hemos olvidado quiénes somos y lo que somos capaces de lograr.  Hemos perdido el norte de nuestra ruta.  Avatar es un llamado a la memoria ancestral del individuo colectivo, y es importante escucharlo.  Esta película, plena de momentos intensos y dolorosos, nos abre los ojos, esos estrechamente cerrados que tenemos diariamente.  No hay en nuestra sociedad actual un lugar tan exacto en el cual desdoblarnos más que lo real y cotidiano, pero debemos hacerlo.  Avatar, con su viaje iniciático nos está gritando la necesidad de frenar, y tenemos que hacerlo bruscamente.  Recuperarnos a nosotros mismos en una oración interior, en una búsqueda mágica y maravillosamente real hacia el centro alrededor del cual gravitamos.  El mundo está esperando la respuesta.

Un comentario »

  1. Avatar me recuerda en algun punto a la película la Misión… hasta en algunos momentos la música recorre los paisajes del planeta haciendo algo así como una recreación o alegoría de aquella gran película, donde tambien los intereses de los más poderosos, acosan a los aborigenes americanos… saludos Irina

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