Se sale de mi comprensión la manera en que alguien puede introducirnos dentro del mundo de un ser querido que ha muerto.  Eso es lo que pasa en esta película.

Ese truncar una vida, ese desaliento, ese sentirse perdido que es también “vivencia” del que ya no está con nosotros, es desconcertante.

Lovely bones, esos amados restos, que un psicópata se lleva para siempre del seno de una familia feliz, pasan de ser venganza, dolor y separación, en una sublime paz, en casi conmiseración.

“Todos morimos”, sí.  Esa es la cláusula que permanece.  De una u otra forma, morimos.  Unos se van temprano, otros tarde. La lucha por todo esta construcción de deseo y poder en la que vivimos absortos, nos aleja de esa realidad sencilla e innegable de la partida.

Esta película merece ser vista y disfrutada, porque nos deja claro que la vida es un regalo pasajero y no merece ser vivida con rencor, enojo, traición, miseria, violencia.  Si tenemos la dicha de no contar con esos terribles elementos en la nuestra, entonces ¿de qué nos quejamos tanto?.  Y, en última instancia,  ¿en qué consiste, realmente, vivir?

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