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Mi collar, mis afectos

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 mi collar

Viajé a Guatemala, y como tantos miles y miles de personas, me enamoré de ese país. Poco a poco, lo sé, irán saliendo a lo largo de lo que escribo, impresiones pasajeras, que irán surgiendo acompañando otros relatos…como sucederá ahora, gracias a una gargantilla que me compró mi esposo en una calle de Antigua.

Era una mañana llena de sol, recién salíamos de la mágica experiencia de las catacumbas de la Catedral, cuando, en una esquina, una pequeña familia de indígenas que vendía sus artesanías, se nos acercó. La niña más pequeña, enseguida nos cautivó. Era alegre, con una alegría que le venía de todo su cuerpecito moreno y apretado y se le salía por unos ojos increíblemente redondos y oscuros. Al sonreir, nos mostraba unos dientecillos blancos diminutos, como quien nos enseñara en carne y hueso el consabido símil de los granitos de maíz.
Así fue como, por la impronta de un encanto, le compramos a la madre los collares.

El collar en mientes, consiste en una fila de mujeres indígenas unidas por un confitillo de cuentas. Pintadas con primor, lucen sus trajes llamativos, peinadas al centro sus largas cabelleras negras. Y es precisamente su hermosa sencillez la que ha llamado la atención de mis estudiantes, quienes, atraídos por su raro colorido siempre se acercan a curiosearlo. De ahí nace el collar de mis afectos.

Son cinco las indígenas representadas. Pero ellas, como dije, con sus enaguas de colores y su pelo peinado en dos largas trenzas, no son ya más las cinco indígenas cuya razón de ser desconozco. Son cinco de mis alumnas, es más, son diez o quince. Todas se han encontrado un sitio en mi collar.

-Esta soy yo y esta es usted… yo soy la amarilla.

– Yo soy la verde, esta.

– Pero profe, no hay ninguna con mi color de pelo- exclama otra.

– No importa – le respondo- se lo voy a pintar castaño.

– Aquí estoy yo- dice, finalmente, otra.

Así, la historia se repite, a lo largo de los recreos, cuando nos encontramos en los pasillos, a la salida de la soda, en el almuerzo. Ellas me han preguntado el significado del collar y yo no he sabido qué contestarles, pensando en mi falta de curiosidad al comprarlo y no haber hecho la misma pregunta a quiénes lo diseñaron, allá en Antigua, la ciudad mágica. Pero, como tantas circunstancias en la vida, la respuesta la tenía el collar mismo. Él la gestaba y me la estaba dando cada día, porque, en la maraña de las significaciones, lo que es y significa algo, viene desde un milagroso “nosotros”.

En efecto, aquel nudo de cuentas y figuras, de colores trenzados y de caras, guarda el dulce significado del encuentro y de los afectos. Así me mezclo yo a la semántica de la enseñanza, donde todo es uno y uno es todo. Cinco figuras que me traje de allá, son hoy sus múltiplos en el encaje prodigioso donde me encuentro inmersa. Yo soy esa, vos aquella. Ahora sé lo que significa: es mi collar… mis afectos.