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Jorge Omar Rodríguez Masís (1919-1991)

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PAPI

NO PLACE FOR AN OLD MAN

Así se llamaba papi: Don Jorge.  Lo tengo en mi recuerdo gravado como un hombre profundamente humilde que jamás se sentó, formalmente, a enseñarme sobre ningún tema específico, pero que me dio, con su ejemplo, las perdurables lecciones de honradez que han marcado mi vida.

Cada mañana me preparaba un café fuerte, muy fuerte, el cual chorreaba con un ritual especial.  Con el agua hirviente, engordaba la bolsa que colgaba del viejo chorreador y luego movía su contenido con una cuchara.  Despacio, muy despacio.  Porque durante toda la vida que lo conocí, jamás tuvo prisa.  Luego, se sentaba y, en una jarra grande y transparente vertía el sabroso líquido, al cual acompañaba con una gran cantidad de azúcar, tan grande, que no la añadía con cuchara sino volcando la azucarera por el borde superior hasta llegar a una medida exacta que manejaba gracias a la costumbre.  Más comedida, yo sumaba hasta tres cucharaditas de azúcar y, luego, untaba generosamente mantequilla al pan que él había traído tempranito de la pulpería.  Desayunábamos en silencio, hasta que se levantaba y, diciendo “Ya me voy”, me plantaba un gran beso de despedida.

De su antigua costumbre de montar a caballo, mantenía unas alforjas que cargaba con cariño.  Para mí, que lo observaba con esa indiferencia que suelen tener los hijos con sus padres, esas alforjas eran poco más que el símbolo del misterio más absoluto y, a pesar de que nadie en la Alajuela de entonces (estoy segura) tenía unas semejantes, para mí eran como el famoso maletín de ejecutivo que se usa ahora.  En otras palabras, eran un objeto totalmente común y corriente.

Así, muy temprano, salía a coger el bus de Atenas, adonde llegaba como a las siete de la mañana a abrir el Banco.  Hoy me pregunto por qué, si era el que vivía más lejos, era quien tenía las llaves, pero, por años de la vida, me resultó el trabajo más importante del mundo y al cual lo acompañé durante innumerables vacaciones.

Recuerdo que cuando abría las dos hojas de madera de la entrada principal me invadía un olor extraordinario.  Provenía de la embriagante mezcla de las tintas de los sellos, los aceites de las máquinas de escribir y de sumar y los archivos de madera en donde se guardaban cientos de tarjetas con datos de clientes.  Abría  luego las hojas que sellaban las ventanas de guillotina, las cuales, finalmente levantaba y en cuyo quicio, feliz, solía sentarme a ver para afuera. Yo sé que ambos disfrutábamos de nuestra mutua compañía, pero jamás nos dijimos nada.

Alguna que otra vez, me hacía dictarle nombres que me resultaban verdaderos trabalenguas.  Particularmente recuerdo Solórzano como uno de ellos.  Villalobos era otro que me daba mucha risa, no sé por qué. Luego, me dejaba travesear unas máquinas grandotas que se usaban para escribir sumas de dinero.  Eran unas máquinas misteriosas que jamás entendí, pero tenían unas teclas redondas y grandes que yo apretaba costosamente y con gran disfrute.

Después, iba de escritorio en escritorio, metiendo las narices en todas partes, pero sin tocar nada.  Era como si fuera con una invisible cámara fotográfica tomando fotos y ahora, llamándolas con mi recuerdo, las sacara de un archivo digital y las pudiera observar.  El único problema es que solo yo puedo verlas.

Afuera, enmarcado por la ventana, recuerdo el parque. Se extendía verde, con la suave promesa del viento entre las ramas de los árboles.  Era el verano.  Era la infancia.  Papi, la figura querida, el lugar seguro, el dueño del Banco Nacional de Atenas. ¡Vaya personaje!  Me costó media vida darme cuenta de que no era así, pero por entonces me bastaba.  No era que me sintiera especialmente superior a nadie por eso, sino que más bien lo atesoraba como un secreto que ninguno imaginaba y que, de hecho, jamás confesé.

También eran comunes los viajes en tren, a los cuales me invitaba cómplicemente.  Íbamos a Escobal, sin que hasta ahora supiera a qué.  Lo mismo ocurría con Turrúcares, adonde solíamos ir a visitar a una familia en especial.  Eran dos lugares en donde hice amigos que nunca volví a ver.  Con ellos conocí los árboles de jocote, la libertad de correr hacia ninguna parte, y los patios de secar café, en donde barrían los granos de un lugar a otro con unos largos rastrillos.  También conocí los hornos de barro y descubrí que la caña de azúcar  consistía en un tallo robusto con hojas.

Papi me enseñó a caminar por los rieles de tren, a subir cuestas interminables fácilmente en zigzag y a andar largos caminos en una marcha rítmica para impedir el agotamiento.  Aprendí que el maní se cocina pues llegaba a la casa con una bolsa de manigueta de las que ya no existen, llena de maní.  Probablemente se lo había regalado algún amigo, y entonces mami encendía el horno de la cocina y nos esperábamos hasta que estuviera cocinado.  Gracias a él acompañé mi profundo placer por la lectura con enormes bolsas de jocotes, cuyo olor indescriptible, dulzón y ácido, casi nadie disfruta ya.  Sin embargo yo, con mi libro abierto y la montaña de jocotes a la par, podía tener a la mano lo que hoy llaman un entretenimiento “4D” al estilo de antes:  vista, olor, imaginación y gusto.

A papi le gustaba andar a caballo, pero eso fue siempre para mí una leyenda,  porque no me enseñó nunca a montar.  Con él conocí las  plantaciones de tabaco y las casas con piso de tierra, donde siempre fue cariñosamente bienvenido.  Yo admiraba cómo lo querían en todas partes adonde llegaba y con ello cimentaba la rara sensación de ser humilde y aceptar, en cada lugar, lo que se nos ofreciera.

Por un tiempo tuvimos un Volkswagen, de esos que ahora son de colección.  Azul, chiquitillo, pero gracias al cual escuchaba la esperada pregunta de los fines de semana: ¿Adónde vamos hoy?.  Echábamos algo en una bolsa, mantel y vasos y nos íbamos por esos caminos de Dios a “almorzar a un potrero”.  Recuerdo que  a la par de su volante pegaba, con una ventosa, uno de juguete para mí.  Yo lo obsevaba cambiar las marchas y hacía lo mismo con las mías de mentirillas mientras  movía mi volante como veía en las películas mexicanas, ignorante como era de que tales constantes movimientos podrían hacer parecer a cualquier vehículo manejado por un loco.  De aquellos años data mi gusto por los carros, y el placer de manejar,  el cual conservo intacto hasta hoy.

Con el paso de los años, aborrecí, como todo adolescente,  sus defectos y  terminé, como todo adulto, perdonándolos.  Resentí todos sus malos tratos conmigo, y después los olvidé.  Le seguí la pista durante mis años de juventud, esperando el momento de volver a repetir la cercanía que una vez tuvimos, pero tuve que esperar la llegada de los hijos para poder observar de nuevo las andanzas del cariño.

Cuando enviudó, temí por muchos años que se volviera a casar.  El tormentoso dolor de haber perdido a mami no me permitía imaginar a otra mujer en mi casa.  Pero cuando llegué a verlo tan solo, tal vez un par de veces quise que encontrara una compañera.   Eso era una ilusión.  Papi era un hombre solo.  Desde mucho antes de quedar viudo.  Entraba en la casa y no hablaba.  Tengo su imagen clara leyendo y leyendo.  Leía el periódico, leía un libro, leía todo lo que le caía en la mano.  Supongo que por eso no le quedaba tiempo para hablar.  Claro que eso suena bastante ingenuo, pero para todo aquel que lo conoció, es una verdad muy cierta.

Pero he aquí que a ese don Jorge, quien un día tuvo la llave del Banco Nacional de Atenas, le llegó la hora de la modernidad.  Es de adivinar que hacía tiempo había perdido el derecho de abrir con su propia llave, cuando quisieron enseñarle a usar la computadora.  Recuerdo haberlo visto llegar muy enojado porque estaban reestructurando el Banco y le pedían el título universitario.  El famoso título que mami, siempre adicta a la decoración, había un día tapado con un paisaje para dejar de estarlo viendo colgando en una pared, lo cual consideraba pasado de moda.  Y con el paisaje, cualquier otro día de renovación hogareña, había ido a parar al basurero.  Aquel detalle nada despreciable no hubiera adquirido dimensiones apocalípticas, si la Escuela de Ganadería de la Universidad de Costa Rica no se hubiera incendiado un día de tantos, y consumidos por el fuego, todos los archivos desaparecieron.  En cuenta, por supuesto, las listas de graduados.  Papi se negó a ser recalificado bajo un rango inferior debido a la carencia de título.  Con igual fuerza se opuso a manejar una computadora, y, resignadamente, terminó acogiéndose a la pensión.

Fue mucho después que lo vi sentarse en el quicio de mi puerta a enseñarle a hablar a mi hija mayor.  Ella se resistía a pronunciar palabra, convencida como estaba de que todos le entendíamos sus señas y murmullos.  Solo él tuvo la paciencia de enseñarle, sílaba por sílaba, el camino de la palabra.  Dos figuras sentaditas en la puerta, así tengo esa imagen grabada.  Luego, abandonada la costumbre de andar con alforjas, llegaba a mi casa con un maletín amarillo heredado de mami.  Ahí llevaba unas pocas pertenencias para pasar la noche.  Luego, por la mañanita, se levantaba bien temprano y se iba con los gemelos apenas aprendieron a caminar.  Se los llevaba a la explanada de los Bomberos en Tres Ríos, adonde me fui a vivir por ese entonces.  Ahí duraba su buen par de horas, no sé haciendo qué con ellos, aunque lo recuerdo llevando unas naranjas, las cuales pelaba con cuidado y luego entregaba a los chiquillos para que se las comieran.  Lo mismo hacía con las guayabas, a las que les quitaba pacientemente toda la parte interna y luego untaba con sal, haciendo las delicias de los nietos.

Cuando estuvieron más grandes, los llevaba al centro, hasta que finalmente me enteré de que los metía en una cantina, en donde se tomaba un par de tragos.  Escandalizada, le prohibí llevarlos a “·pasear” nunca más.  Hoy, en nuestra historia familiar, ese hecho se ha convertido en una anécdota divertida, muy lejos de lo que fue en su momento.

A menudo decía que pronto le iba a llegar la hora.  Se le volvió tanto una costumbre, que un sobrino hasta le compuso una canción para sus 60 años, en cuya letra incluyó todas las expresiones relativas a morirse en una simpática mezcla: ya voy a patear el balde, a cruzar de acera, a colgar las tenis, hasta aquí llegué, de hoy no paso.  No puedo escribir esto sin dejar de reírme y sin evocar la sala de mi casa llena de familiares que disfrutaban y hacían coro entre risas.

Pasé muy buenos momentos con él.  De verdad. Yo le cortaba el pelo, lo peinaba.  Cuando era pequeña, organizaba sesiones de baile, a manera de teatro y montaba representaciones en la sala de la casa, solo para divertirlo a él y a mami.  Con él iba a comer helado y ensalada de frutas al centro de Alajuela, después de la retreta.  A escondidas, me llevaba a almorzar un lujoso arroz con pollo, gusto por el cual mantengo hasta el día de hoy.

Muchas veces mami se quejó de que podíamos haber llegado a ser dueños del Tajo de Atenas, cuya ubicación desconozco pero que para ella era evidentemente clara.  También hacía referencia a las fincas de cuyos remates él, sin duda, se enteraba y pudo haber adquirido para beneficio propio.  A todo esto, él respondía con una sonrisa sarcástica, resguardando el secreto de una irremediable solidaridad con los desposeídos, incomprensible, a todas luces, por mami.  Cuánto pudimos tener y no tenemos debido a ello.  Sin embargo, aquellos a quienes respetó, quiso y defendió, aquellos hombres y mujeres cuyos sufrimientos padeció como propios cuando perdieron sus campos por malas cosechas y, debido a esto, malos pagos; ese pueblo sencillo de Atenas, finalmente, le retribuyó su entrega.  Un día de tantos me llamó y me pidió que lo acompañara a una ceremonia en la cual lo nombraron Hijo Dilecto de Pueblo de Atenas.  Fui con él como en otro de aquellos paseos cómplices,  acudió a la ceremonia como siempre, con un entusiasmo sereno, y para mí es un recuerdo que  atesoro con gran orgullo.

Definitivamente, papi no me heredó dinero.  No se sentó a darme largas charlas sobre honradez o cosas por el estilo.  Vivió como dijéramos ahora, ascéticamente.  Abandonó, poco a poco, las cosas del mundo y, un buen día, en mis brazos, murió.  Mientras yo luchaba inútilmente por revivirlo, su vieja alma fatigada le murmuró a la mía: “Déjeme ir”.  Fue la única orden que le desobedecí, aunque en vano.  Era la hora.  Le tuve que decir adiós.

Pasé con él su última noche en la capilla de velación.  Se veía guapo y entero cuando le puse en la solapa uno de mis poemas.  Vino mucha gente a su entierro, y recuerdo con claridad cómo se contaron muchas historias que quedarán inéditas para la posteridad. Así tenía que ser para un hombre que vivió en silencio, trabajó en silencio y no quiso nunca ufanarse con su historia.

Casi veinte años después, finalmente te digo adiós, papi, así tenía que ser.  No conociste a todos mis hijos, y lo siento por la más pequeña, a quien hubieras amado tanto.  No querías continuar, eso lo respeto.  Gracias por el pequeño tesoro que me dejaste, nos vemos.

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Tragedia en el puente sobre el río Tárcoles

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Una tragedia con nombre y apellido.

Qué tristeza ser testigo de una desgracia semejante a la sufrida hoy en nuestro país.  Costa Rica, país de paz, vive una guerra en las carreteras, dice un anuncio gubernamental.  Pero una guerra de la que  nuestros gobernantes son cómplices evidentes.  Es aberrante que ahora salga la Ministra de Obras Públicas y Transportes a decir que un rótulo alertaba a los camiones acerca de la capacidad del puente, en la ruta 137.  Denigrante que salgan del Colegio de Ingenieros y Arquitectos diciendo esto y aquello.  Ahora, lo que falta, es que le echen la culpa al chofer.

Lo cierto es que en nuestro país estamos vivos por gracia divina.  Mi hermana, quien vive en el extranjero desde hace cuarenta años, cada vez que viene de paseo me dice lo mismo:  “¡Aquí no pasan más desgracias porque Dios es muy grande!”  Pero pasan.  Pasan y van a pasar, no como en este caso, en un puente al que muchos podrían haber tenido en un cómodo lugar llamado olvido, sino en lugares medulares, específicamente, en puentes que, a semejanza del que ahora personifica una tragedia, datan de una centuria sin que se les haya, ni siquiera, pasado pintura, no digamos, revisión.

Se le olvida al señor Presidente y a su Ministra que gobiernan vidas.  Felices, inauguran trenes  para que transiten sobre rieles prácticamente de la época de los vaqueros del Lejano Oeste norteamericano.  Los puentes (lo vi con mis propios ojos en un reportaje de televisión) son los mismos de las primeras épocas durante las cuales se inauguró el tren al Pacífico, con el detalle de que NI SIQUIERA les quitaron el herrumbre por aquello de las cámaras de televisión.  Esto es una bomba de tiempo. Sin ir muy lejos, el famoso puente de la platina en la autopista General Cañas, cuyo tránsito es realmente escalofriante, sufre también de fallas significativas ante las cuales se están, descaradamente, cerrando los ojos.

Recomendaciones.  Un ingeniero recomendó que se cerrara el puente.  Un rótulo, triste y solo, recomienda no pasar con sobrecarga.  El Colegio de Ingenieros y Arquitectos recomienda alerta roja.  El chofer del bus que se precipitó al abismo, recomendaba que los pasajeros se bajaran, aunque hoy nadie lo hizo. Son muchas recomendaciones juntas.  Hoy vemos cómo se utiliza el condicional “esta tragedia podría repetirse”, ¿cuándo vamos a utilizar el futuro simple, tal y como corresponde:  “esta tragedia se repetirá.”

En Parrita, el puente sobre la vía principal da miedo, terror y, finalmente, como todo en Costa Rica, risa. Todos los habitantes del país se reían hace poco tiempo por el video que se publicó en Youtube sobre la platina, para lo cual se subtitularon algunas escenas de la película La caída.  Que no sea una siniestra premonición.  Por asuntos menos trascendentales se ha lanzado la ciudadanía a las calles.  Yo me pregunto, si a usted le dicen que el avión en el que se va subir le falla el tren de aterrizaje en cualquier momento; si le dicen que al bus en el que se está subiendo le van a fallar, eminentemente, los frenos; si le aseguran que su carro, hoy o mañana, se le va a quebrar el eje, ¿insistiría en utilizarlos?  Entendámonos, tragedias como estas, tienen, de una u otra manera, nombre y apellido.

EXAMEN DE NOVENO vs PISA TIMMS II

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Me encanta que se haya eliminado el examen de noveno. Mi preocupación en este punto, para ser honesta, es económica. Y, en realidad, siempre lo ha sido. Insto al señor Ministro a hablar de números. ¿Cuál era el costo de los exámenes de noveno? ¿En qué se va a invertir ahora ese dinero? ¿Será que van a construirse las15 infraestructuras inexistentes de instituciones ya autorizadas? ¿Van a mejorarse baños, bibliotecas, pupitres, pizarras? ¿Se van a arreglar goteras, tapias, ventanas?

Por el momento lo que sé es que se va a incorporar a Costa Rica en las principales pruebas internacionales de evaluación de la calidad educativa: PISA y TIMMS. Vamos a dejar de compararnos entre nosotros, ¡qué avance! Porque compararnos entre nosotros nos deja, de por sí, atónitos. Mientras en las instituciones públicas el uso de la computadora sigue siendo un lujo (si no de adquisición, entonces de mantenimiento o, más allá, de actualización), en algunas instituciones privadas, el uso de laptop es obligatorio. Mientras en unos sueñan con una biblioteca, otros cuentan con las últimas obras literarias en inglés y español. Mientras unos cuentan con baños equipados con todo lo necesario y más, otros desean tener un inodoro decente. Mientras unos cuentan con video bean, video cámaras, cámaras digitales, televisores, computadoras en el aula y proyector de láminas, otros desearían tener una pizarra blanca para abandonar la muy tormentosa y humilde tiza. Mientras en unos los marcadores recargables van directo a la basura otros (de por sí afortunados porque tienen pizarra blanca) deben comprarse sus propios marcadores, borradores y potes de tinta para recargar los ya sin punta marcadores de cien leguas. Mientras en los centros privados el costo de las fotocopias se recarga a las mensualidades y se sacan cómodamente por miles, en los públicos solicitar fotocopias sencillamente es ”misión imposible”. Mientras los más afortunados disfrutan de libros de texto maravillosamente ilustrados, con guías para el maestro y hasta con las pruebas diseñadas, para el resto de menos afortunados contar con un libro más o menos decente es un lujo o hasta un recurso imposible. Mientras algunos profesores planean maravillosamente sus clases para 25 estudiantes, utilizando enlaces de internet, películas e innovadoras formas de “elegante” assessment, otros luchan por lograr centrar la atención de 45 estudiantes en la pizarra. Mientras en unos centros educativos los programas de matemática abarcan incluso los de niveles superiores o hasta universitarios, en otros, con otra clase se estudiantes, apenas desayunados unos o dopados otros, apenas si logran la mínima comprensión de los conceptos básicos. Mientras en unos centros educativos pupitres y escritorios nuevos son algo lógico, en otros la palabra pupitre aparece en la lista de los tres deseos al genio de la lámpara.

Así las cosas, señor Ministro, ¿qué se va a hacer con la plata? ¡Y por favor no me diga que tales recursos se van a encausar hacia la realización de las pruebas pim, pam, pum, porque me puede dar un ataque! Mejor quedémonos en nuestras comparaciones domésticas, saquémonos los trapos sucios, agarremos al toro por los cuernos y arreglemos este desastre. Por Dios, don Leonardo, lo que se pueda hacer es ganancia . Yo sé que usted quiere, entonces hágalo.

EXAMEN DE NOVENO vs PISA TIMMS I

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Al examen de noveno había que eliminarlo por muchas razones. Pero a la argumentación que aporta el ministro Garnier para sustentar la decisión del Consejo Superior de Educación se le escapan algunos puntos relevantes: la edad, el título de conclusión del tercer ciclo de enseñanza diversificada que se otorga, la situación económica intrafamiliar, los institutos que ofrecen una alternativa de rápida salida, los casos de adicción, alcoholismo,etc., así como padres o madres ausentes, divorcios, separaciones o violencia familiar. Vemos así, como numerosos muchachos sienten que ya están lo suficientemente grandes como para trabajar y tener su propios ingresos para lo que muchos consideran gastos superfluos pero que, para el adolescente, son de primera necesidad (jeans, tenis, objetos electrónicos, etc.). También, muchos padres de familia, agobiados por la situación económica de sus hogares, ven como sus hijos ya “pueden ayudar” con la carga y les exigen ubicarse en el mercado laboral aunque sea en empleos de segunda categoría o, padres más afortunados, optan por dedicar incontables horas al trabajo o hasta por dos trabajos, lo cual los convierte en padres ausentes. Por otro lado, el Ministerio otorga un título de conclusión del tercer ciclo que el muchacho puede presentar como respaldo para una solicitud de trabajo. El panorama de deserción se completa con los institutos que lanzan ofertas atrayentes en las cuales el adolescente encuentra una salida interesante para sus prisas y hasta para las exigencias de ingreso a algunas universidades, las cuales cada vez piden mejores promedios en las notas de décimo y undécimo. A todo esto, se suman problemas de drogas y alcoholismo, cada vez mayores en nuestra población estudiantil y de los cuales es posible que ni siquiera tengamos estadísticas que reflejen exactamente la realidad.

Es comprensible que en un estudio técnico como el que llevó a cabo el Consejo Superior, las variables antes enumeradas no sea posible abarcarlas, pero no deja de ser interesante evaluarlas.

Personalmente, me preocupa el hecho de que no toda la población estudiantil del país se siente atraída por el razonamiento abstracto, el conocimiento per se, o por adentrarse en el pensamiento crítico a través de la literatura. Recuerdo con simpatía a la sabia señora quien, levantando su mano frente a mí preguntó: “¿Ve estos dedos? No todos son iguales. Así son los hijos, ninguno es igual al otro”. Entiendo que uno de los objetivos de todo sistema educativo es homogeneizar a la población para que todos participen de ideas rectoras que faciliten la convivencia y el crecimiento en un país. Sin embargo, la ecuación se complica con el bombardeo diario al que se ve sometida nuestra sociedad en la televisión o en internet y en donde se observan cientos de situaciones de la más diversa índole, sin ninguna guía o restricción y sin que se evalúen sus contenidos en el núcleo familiar o escolar. Jóvenes y adultos, arrastrados lejos de los modelos que antes nos proporcionaban abuelos, padres, maestros o figuras públicas de indudable calidad moral, flotamos a merced de los vientos.

Si la eterna pregunta de “¿esto para qué me sirve en la vida?” ha tenido pocas o ninguna respuesta acertada, pareciera que ahora menos, porque hoy, como nunca, la vida es AHORA.

Ante esto, la deserción parece una respuesta lógica y el papel del examen de noveno, ¿cómo decirlo?, mínimo.