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El Día de la Tierra

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De pronto, en medio de mi trajín diario, me di cuenta -como quizá lo hago cada año- de que el 22 de abril era el Día de la Tierra. Sin embargo, esta vez no quise dejarlo pasar, sino celebrarlo con mis estudiantes y proyectarlo a todo el colegio en una fiesta que resultó maravillosa.

Como yo, otros tantos redescubrieron el día, y aunque para algunos era la primera vez que lo escuchaban, todos se identificaron de inmediato con el tema.

Al principio, hubo miradas indiferentes (nunca faltan), pero luego, todos fueron quedando cautivados con las imágenes que se iban proyectando en una pantalla grande, y en donde se mostraba cómo se ha celebrado este día en otros puntos del planeta o cuan maravilloso luce nuestro hogar desde el espacio, magnífico y fecundo; hasta las fotografías en las cuales se observaba con claridad la terrible contaminación en que se encuentran muchos de nuestros mares y ciudades.

Al compás de lo anterior, escuchamos la narración pausada del porqué se eligió esta fecha, quién la promovió y el deseo de convertir a nuestro colegio en un lugar limpio donde, personas conscientes de la imperiosa necesidad de actuar, construyan un ambiente armonioso.

Era el Día de la Tierra. Un día sonoro e inmenso, que nos sobrepasaba a todos. Un solo día de reflexión, de sintonía de corazones.

Cantamos ese día, y el canto era nostálgico y aleccionador, nos daba un mensaje que nos sacudía con su ritmo y a la vez nos movía las conciencias.

Hubo preguntas ese día. Preguntas que no son comunes: ¿qué hacemos hoy por la Tierra?… ¿a quién vamos a culpar después?…¿adónde vamos a ir cuando no haya adónde ir?

Todos tuvimos en nuestras manos un recordatorio sobre la huella de carbono que vamos dejando a nuestro paso por el mundo…¿será profunda y negra, como anuncio de la noche que fabricamos para el futuro?

También hubo narraciones ese día. Supimos cómo una compañera había bajado muy profundo en el océano y ahí había encontrado latas de refresco.

Desconozco el momento exacto que me dispuse a asumir el reto, a buscar la letra de la canción, a proponerlo en la Dirección, a mover voluntades, pero si me detengo a reflexionar en este instante, siento que obedecí a una voz grabada profundamente en mi ser que me decía: levántate y anda… haz algo, y como Lázaro, lo inerte que yacía dentro de mí cobró vida: decidí correr la voz.

A la llamada de ese imperativo me moví y se movieron muchos más. Probablemente, hace mucho tiempo mis maestros sembraron la semilla de la preocupación sobre el medio ambiente en mí. Y estoy segura de que, sobre todo, lo aprendí de mi padre, amante insigne de los árboles. Por eso me siento agradecida.

Era el Día de la Tierra y de todos los que habitamos en ella. Ese momento tendrá repercusiones, las estoy esperando, porque mi trabajo no terminó ahí, es imposible, es como si una fuerza telúrica se apoderara de las voluntades en un llamado ancestral y terrible por ser agonizante.

Vamos, levántate, haz algo más que vegetar, aceptar y resignarte. El tiempo de dormir ha pasado.