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El valor de educar

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Mejor que educar en valores, es educar con valor. Porque hay que tener valor para enfrentar en el aula las mil y una circunstancias que se presentan y nos ponen a prueba.

Enfrentar al que llora porque se siente mal y no sabemos qué tiene, y nos tambaleamos dudando “¿será cierto?”; levantar al que se cayó con todo y pupitre y preguntarle qué le pasó, mientras nos dominamos para no enojarnos ante el descuido, el juego que precedió a la caída, el alumno inquieto que sufrió el accidente. Enfrentar al que se niega a trabajar con la pareja asignada, y cuando sondeamos las razones de tal negativa se nos susurra: “es que estamos enojados”, y entonces recordamos nuestras propias experiencias de trabajo con personas que no nos agradaban, mientras se nos cruzan alguna serie de mandatos o amenazas que moverían de inmediato al insurrecto que no sigue instrucciones porque nuestra actividad está perfectamente planeada en un grupo donde perfectamente tenemos el ansiado número par de alumnos.

Enfrentar al que nos pide permiso para ir al baño inmediatamente después del recreo, con cara de urgencia…y sabemos que los permisos de esta clase están prohibidos por la Dirección.

Enfrentar a quien no se atreve a hablar, a discutir, a preguntar o al que no para de hablar, siempre discute todo o pregunta hasta llegar al absurdo.

Educar con valor porque abrazar al que se siente mal requiere detener la clase, decidir si dejar solos a los demás y correr a la enfermería o permitir que lo acompañe su mejor amigo (que en última instancia no sabemos qué tan amigo es y, muchas veces y casualmente, no es el mejor estudiante de todos)

Valor porque aceptar la probabilidad de un accidente “verdadero” no es tan loca y requiere de valor evitar falsear la imagen de un estudiante ante los otros.

Requiere valor decidir cuán importante es un ambiente cordial en clase, para lo cual llamamos aparte a los enojados y les explicamos que la necesidad de resolver la actividad en parejas se debe a un objetivo académico específico, o hasta llamar a otro par de estudiantes y negociar la posibilidad de intercambiar a los muchachos… requiere de valor, porque invertimos tiempo, lo cual, seguramente, no ayuda en la disciplina general o nos retrasa.

Educar con valor porque en cualquier momento surge la oportunidad de que el callado hable, de que el tímido exponga su opinión y el que discute no encuentre más argumentos, o quizá, el que pregunta neciamente, logre un día, dar con la pregunta central que nos ayude a fortalecer nuestros planteamientos.

Valor para que nuestra clase sea un espacio vital y requiere valor enfrentarlo con vitalidad. Que en ese espacio sea posible llorar, quejarse, preguntar… que sea posible enfermarse, toser, tener ganas de ir al baño aunque sea para estirar las piernas y refrescarnos por dos minutos… que sea posible ahí consolarnos, reír, bailar y, en última instancia… crecer, crecer como seres humanos que nos queremos y a ratos nos repudiamos; que estudiamos y nos cansamos; que podemos tener dolores que “no se ven” como de cabeza, de ojos, de tobillo; un lugar donde puedo aprender a “ser” sin temor a ser avergonzado y puedo comunicar mis temores y que mi perrito se murió o que me nacieron siete gatitos, claro, no a mí sino a mi gata blanca. O podemos hablar del libro que me regalaron y me gusta o no, y también comentamos el hambre que tenemos, que estamos sedientos y que hace calor o frío. En ese espacio podemos dejar olvidado nuestro lapicero preferido y podemos regresar a recogerlo. Podemos actuar incorrectamente y, aunque seamos reprendidos lograremos rehacernos, reconciliarnos, alcanzaremos aprender mucho y podremos cuestionar para qué nos sirve.

En el espacio de nuestra aula es posible educar con valor sin esperar un trofeo. Reconfortar al enfermo sin ser doctor, acompañar sin juzgar, escuchar sin censurar, corregir sin humillar, resolver el problema de una cremallera que no sube o que se bajó para siempre, un ruedo suelto o un borrador que mancha la hoja.  Y es que a menudo tenemos medida para las situaciones…para el dolor o la tragedia, pero de acuerdo con nuestra perspectiva de adultos.  Olvidamos la angustia que causa el solo hecho de llegar tarde a clase; que no te crean cuando se te olvidó la tarea, que tu perro se haya escapado en la noche; que tu abuelo está enfermo o que tu corte de pelo no te sienta.  

En ese pequeño territorio que tarda el tiempo de una clase, podemos ser el hada o decidir ser el ogro. Lo que yo me digo es: si enseñar es una aventura, ésta puede convertirse en una de las más bellas e impredecibles o en una torturante y aniquiladora. Es quien está a cargo el que decide.