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Mamita Yunai en las lecturas obligatorias 2011

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¿Nace un mito?

Cuando los costarricenses se dieron cuenta de que Mamita Yunai había sido eliminado de las lecturas obligatorias del MEP, pusieron el grito al cielo y empezaron a moverse.  Un gesto interesante.  Por su lado, el MEP, reaccionó positivamente, y la colocó de nuevo en la lista.  Ambos hechos son muy significativos dentro del contexto histórico actual, pues considero que ambos son absurdos.  Veremos.

De hecho, el pobre señor Ministro se ha cansado de decir que las lecturas son sugeridas.  La lista solamente propone, el profesor dispone. Pero los costarricenses entraron en pánico, reafirmando, una vez más, que no leemos. Nos quedamos en los titulares, no nos tomamos el costo de investigar un poco, sino que nos tragamos ya la materia digerida.   Solo así me puedo explicar un  malestar inmediato frente a una medida fastasma, es más, frente a una lectura que pareciera no haber producido muchos resultados.  ¿Dónde estaban TODOS los estudiantes que, en su momento, leyeron Mamita Yunai, hoy ya mayores de edad, cuando se nos vino encima, por ejemplo, la aprobación del TLC? ¿Dónde estaba toda esa presión opositora, movida y motivada frente a una lectura que denunció hechos muy semejantes que se dieron en la Costa Rica de entonces? ¿Se ha hecho, en realidad, una lectura productiva de una obra profundamente social o, simplemente, se le ha hecho un monumento frío y estático?

Recorramos, sin temor y brevemente, parte de la riqueza semántica de este texto.  En primera instancia, nos enfrentamos a una figura sumamente polémica en el contexto socio-histórico del mundo narrado:  Minor Keith.  Un individuo, visionario y emprendedor, sí, pero que vio, en nuestro territorio, el signo del dólar (¿alguna similitud con la actualidad?).  Keith inició en Costa Rica un emporio bananero, semilla de lo que se conocería con el nombre de Banana Republic, un vergonzante geográfico y fundamento de un  segundo punto de análisis:  los inicios de un énclave de explotación ignominiosa que significó la humillación y muerte de muchos trabajadores, los cuales, hasta hoy, sufren las consecuencias, por ejemplo, del uso indiscriminado de pesticidas que los dejaron estériles.   En tercer lugar, el texto nos muestra la parte más olvidada, la nunca admitida, y nombrada textualmente por Carlos Luis Fallas como la Raza Vencida.  Con esos terribles vocablos se refiere él a nuestra desposeída población indígena, la cual nos retrata manipulada desde una ignorancia que el mismo Estado propició mediante el fraude electoral y pareciera nunca llegar a solventar hasta el presente.  Hasta llegar, finalmente, a la huelga bananera, eje fundamental, germen de todo aquello que hasta ayer fue baluarte y honra de nuestro ser nacional (¡no me atrevo a decir “hasta hoy” y menos, “hasta mañana”).

Particularmente, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que, como resultado de huelgas como la del 34, hemos generado  un país de derecho, contamos con un Código de Trabajo y  gozamos de de garantías sociales.  Recordemos que Calderón Guardia, monseñor Sanabria y el Partido Comunista se aliaron en 1940, y pactaron por las garantías sociales.  Se crearon la CCSS y la UCR, instituciones eje de nuestra idiosincracia:  bienestar social y educación.  Eso es parte del legado mismo de Mamita Yunai, esa es la voz que lanza esta obra a nuestro colectivo social: mostrarnos el desamparo y el sufrimiento de una sociedad donde el Estado liberal forma alianzas con las compañías extranjeras y abandona, a la buena de Dios, a sus ciudadanos.  A partir de la constitución de 1940 se convierte en un estado interventor que es el que vigila el bienestar de toda la población y elcual estamos a punto de perder. Esta decisión se tomó hace 70 años e, irrisoriamente, es adonde quiere llegar el gobierno de Obama hoy, ante la destrucción irremediable  del suelo marino en el Golfo de México.   Hechos recientes muestran la manera en que una perforación petrolera irreflexiva y ambiciosa, se llevó a cabo por una  compañía privada sin regulaciones ni restricciones de ningún tipo, más que las dictadas por la avaricia insaciable.

Eso lo comprendieron y vivieron muy bien mis estudiantes de noveno año cuando organizamos un debate basados es en esta obra. Tomando el lugar de los trabajadores bananeros, los indígenas, la United Fruit Company, los capataces y el gobierno, pudieron vivenciar las frustraciones y las falacias que se construyen alrededor de los hechos históricos, aprendiendo que, cuando les toque el turno de protagonizar la historia, habrá que tomar decisiones, y esas decisiones tendrán repercuciones, positivas o no, a corto, mediano o largo plazo.

¿Entonces?  Ni el MEP quitó realmente esta lectura, porque el que deseara seguir leyéndola estaba libre de hacerlo; ni los cientos (no sé si miles) que firmaron por su defensa, han aprendido la lecciones que nos enseña.  ¿Será entonces que va a engrosar la lista de nuestros mitos:  somos los más lindos de Centroamérica.  Somos amantes insignes de la naturaleza, los más conservacionistas, Crucitas incluido.  Somos los más pacíficos del planeta asesinando a medio mundo en carretera bajo la inconciencia de las borracheras. Y, la cereza del pastel, ¿los más patriotas porque leemos Mamita Yunai?

¿Estaremos, como cuerpo docente, preparados para la libertad de pensamiento gestada por don Leonardo Garnier?, y, mi mayor temor, ¿seguirá el estudiantado ciego y mudo frente a la literatura, dominado por una pereza de pensar heredada y ya casi congénita ?

Desmotivación repentina

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O cuando los profesores son amonestados

Resulta que hay reglas, y,  a veces, reglas tardías.  De pronto, en una institución manejada de manera más o menos familiar e informal, se empieza a dar la necesidad de fijar ciertas reglas.  Reglas de puntualidad, por ejemplo.  Es cuando llega el momento de contar los minutos.  Que si llegas un minuto tarde, que si dos, que tienes siete minutos al año para retrasarte, que no puedes dejar el carro mal parqueado para irte a marcar y luego regresar a tu auto, etc.  Empiezan las caras largas, las objeciones; pero bueno, el reglamento sigue su curso porque, a este punto, es inevitable.

Es claro que, los primeros días, todo el mundo inicia la carrera de la puntualidad. Y sucede también, que, con el paso de los meses, las viejas costumbres regresan, y todo el mundo piensa que nada va a pasar “como siempre”. Pero la historia no acaba bien.  Sucede que empiezan las amonestaciones, las cartas, las llamadas de atención. ¡Qué congoja!  De pronto, te sale la lista de tus minutos y no encaja dentro de. “no pasa nada”.  Están ahí, como fotos de minutos olvidados. Has llegado tarde.  Se te aplica el reglamento.

La verdad, no envidio a los mensajeros que, como los famosos heraldos negros de Vallejo, deben entregar las llamadas da atención.  Todo el mundo se altera, los profesores se sienten agredidos.  Y es que, a partir de estas medidas, se empiezan a dar una serie de razonamientos erróneos.

En primer lugar, no hay una profesión que requiera más trabajo en casa que la de profesor.  Si no estás planeando una clase, estás redactando una prueba, y si no la estás redactando, la estás calificando.  Si tienes la dicha de contar con un poco de tiempo libre, lo pasarás pensando en alguna actividad especial, o, en esta famosa era digital, probablemente estés conectado con tus alumnos contestando dudas, subiendo materiales, o respondiendo mensajes.  Tu tiempo te ha sido robado, ya, desde el primer día de clases.  Tendrás que redactar pruebas especiales, contestar seguimientos, pensar alternativas para los alumnos de adecuación y también, tomarás cuidado de no fallar con alguna duda que te plantearon en clase, pasar las notas y llevar tu registro al día.  No podrás perder ni una sola prueba, o extraviarla.  Mucho menos un trabajo extraclase, de esos que te despiertan los deseos de no haber nacido jamás.

Y todo lo anterior, no tienen nada que ver con tus retrasos de minutos, con tu putualidad en clase, con la entrega de planeamientos o con las actividades que tienes para cuando te vienen a observar la clase.  Son dos cosas aparte si te has quedado varios días dando tutorías, o si has venido a cuidar un baile o un Talent Show.  No hay que confundir los papeles.  Por un lado, eres el profesor, y por el otro el empleado.  Y el empleo de profesor es ese:  cuidar de tus clases, de tus alumnos, de tu psicología y la de 15o mas, no olvidar quién tiene déficit atencional o hiperactividad, quién cumple años, o quién está en la Olimpiada de la Matemática.  Tienes que estar atento a los torneos de futbol, a los ensayos y a los horarios especiales.  Eso no tienen relación con que te atrasaste en la mañana o no.  A las siete de la mañana te esperan tus estudiantes igual que siempre, la regla tiene que cumplirse.

No hay que desmotivarse por eso.  No hay que agregar tensión a lo que ya, por sí mismo, causa tensión.  Esto debido a que no hay un ambiente más sensible a los comentarios negativos que el trabajo y, entre los trabajos, el de profesor.   Porque después de escucharlos, debemos dar la cara a decenas de estudiantes que nos están estudiando eso:  la expresión.  Nos preguntarán qué nos pasa, nos sentiremos presionados, y tal vez, irreflexivamente, les diremos qué nos pasa.  Eso, por otra parte, es un error muy común, porque los estudiantes son adolescentes, y no pueden hacer nada, ni siquiera comprenden lo que es tener un trabajo.  Mucho menos, se puede llegar a desquitarse con ellos y a verlos como los enemigos número uno de nuestra condición de empleados, y ver en ellos unos malagradecidos, despreocupados y totalmente ajenos a nuestra entrega cotidiana.

Ser maestro no es cuestión fácil.  Somos por un lado, psicólogos de lo cotidiano, por otro enfermeros de toda clase de heridas.  Somos empleados, pero somos los que hacemos funcionar el sistema. por eso la sentimos tan de cerca, nos atañe, nos penetra.  Somos abogados de mil causas perdidas, llevamos la economía de las fiestas para las que nunca alcanza el dinero recogido, somos planificadores de un año que, a ratos, trastabilla. Somos animadores de excursiones que, a menudo, no entusiasman a nadie.  Periodistas, alquimistas, agrimensores, activistas, entrenadores, diseñadores, policías, informáticos, repartidores, cocineros, estilistas.  Somos conciliadores, intermediarios, payasos, malabaristas.

Somos el milagro de cada día, cuando, después de llegar furiosamente cansados por no haber podido dormir la noche anterior, alguien, alguno, quizás el menos pensado, nos regala una sonrisa y un buenos días y se nos olvidan todos los dolores, como la madre que dio a luz ayer y hoy se solaza en su hijo.  Quien es profesor es progenitor de medio mundo, da a luz cada día con una nueva idea y no debe detenerse a rumiar sobre una carta que solo nos ha devuelto a nuestra dimensión humana:  nos equivocamos pensando que las miles de horas que dedicamos a nuestras clases, bien podrían borrar una llegada tardía.  Error. Pero es un error que no se debe sobredimensionar tampoco, la vida sigue, toca el timbre y se llenan las aulas. Adelante, no queda otra, que posiblemente esa desmotivación se vaya de manera tan repentina como vino.

Educar para el estrés

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Con cuatro hijos a la cola, no me es muy difícil decir que tengo experiencia en cuanto a escuelas y colegios se refiere.  Por todos ellos he escuchado una frase que, aún hoy, se sigue repitiendo:  ya sus hijos están grandes y deben aprender a hacer las cosas solos.  Pero tal vez, la que más ha sentido (y resentido) frases como esta, es mi hija menor.  Ella se ha sentado conmigo a razonar de la siguiente manera:  cuando estaba en primer grado, nos decían que ya éramos grandes, que no éramos chiquitos de kindergarden, que teníamos que comportarnos.  Más adelante, en tercero o cuarto, nos decían lo grandes que estábamos ya.  No éramos los chiquitos de primer grado.  En sexto, éramos los mayores de la escuela, se esperaba de nosotros que no fuéramos como los de tercero.  En sétimo, ya estábamos en el colegio, no éramos los pequeñines de sexto grado:  habíamos dejado los años de escuela atrás para convertirnos en colegiales.  En segundo, no éramos ya los más pequeños del colegio, teníamos “experiencia”.  En noveno, ya casi salíamos del colegio, estábamos crecidos, éramos adolescentes que teníamos que comportarnos como grandes ya.  En décimo, bueno, en décimo son prácticamente universitarios, ya tienen que saber cuál carrera van a seguir, deben presentar exámenes y trabajos con calidad universitaria.  Los están preparando para LA VIDA ALLA AFUERA.  Debo decir que mi hija no ha llegado a undécimo, y con ello, terminado su secundaria, pero como profesora de ese nivel sé que los jóvenes del último nivel de secundaria YA ESTÁN en la universidad.  No se desperdicia un instante para hacérselos saber.

Finalmente, mi hija se ríe (por no llorar) preguntando-se y preguntando-me:  “¿Cuándo tuve la edad que tuve?, ¿cuándo fui pequeña o me dejaron ser pequeña, si siempre he sido la más grande?”  Y es que muchas veces los adultos sentimos miedo de que nuestros niños no crezcan, que se queden inmaduros, que no asuman la vida. Nos mortificamos pensando en que serán unos flojos, perezosos… que olvidarán cómo se crece.  Queremos entrenarlos, como decir, hacerlos fuertes para “lo que vendrá”.  Pero “lo que vendrá” puede ser y no ser… puede ser terrible, puede ser fabuloso, puede que llegue y puede que no llegue. Educar para el futuro es un trabajo loable, siempre y cuando no olvidemos el presente.

Queriendo educar, adiestramos.  Vamos favoreciendo adiestramientos “para poder hacer, hacer y… hacer”. Y ¡ay! de quien no haga. Debes hacerlo así, debes presentarte así, debes escribir así, debes pensar así, debes caminar así, contestar así, sentarte así, decidir así, marchar así, solo así vas a lograr las cosas.  Y en la categoría de cosas va todo: familia, casa, carro, club, éxito, fama… porque son cosas con mayúscula. No camines, corre. Vamos, anda, corre que te alcanzan.  No vaya a ser que te detengas a pensar un poquito, o que te extasíes ante un árbol, o que te preguntes por qué pasa esto o aquello, o que se te dificulte un tema, o quieras, por el contrario, ahondar una materia.  Anda, corre, ¿qué esperas?, la vida no se detiene a esperarte.  Mientras tú te quedas rezagado, mirando, analizando, disfrutando un instante, una cierta etapa, pues alguien te pasa por encima y no quieres eso, ¿verdad?, nadie lo quiere.

Quizás por esa y otras razones, educar se convierte en un estrés para todos.  Cumplir programas que no hay quién los cumpla totalmente, cumplir horarios que no alcanzan para los programas; aborrecer actividades que saquen a los estudiantes de clases que más bien faltan; dejar de lado momentos que piden reflexión porque “no hay tiempo”; mandar a consulta con Orientación a algún estudiante que se nos acerca con confianza, pensando que lo conocemos; evadir respuestas de preguntas incómodas porque están “fuera de tema”; buscar ansiosamente el aula de profesores en los recreos para “aislarse”, pasar inadvertidos pequeños incidentes porque no hay tiempo para eso ni me toca a mí; mandar proyectos a la casa que se convierten en verdaderas odiseas familiares, pero los cuales permiten cumplir con los ya mencionados programas que no hay quién los cumpla, para iniciar de nuevo el círculo del corre-corre.

Vivir estresados, enseñando a estresarse.  ¿En primer grado? ¡Olvídate, ya tendrás tiempo para jugar cuando te pensiones! Ahora, ¡a trabajar, que ya no estás en el jardín de infantes!

El valor de educar

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Mejor que educar en valores, es educar con valor. Porque hay que tener valor para enfrentar en el aula las mil y una circunstancias que se presentan y nos ponen a prueba.

Enfrentar al que llora porque se siente mal y no sabemos qué tiene, y nos tambaleamos dudando “¿será cierto?”; levantar al que se cayó con todo y pupitre y preguntarle qué le pasó, mientras nos dominamos para no enojarnos ante el descuido, el juego que precedió a la caída, el alumno inquieto que sufrió el accidente. Enfrentar al que se niega a trabajar con la pareja asignada, y cuando sondeamos las razones de tal negativa se nos susurra: “es que estamos enojados”, y entonces recordamos nuestras propias experiencias de trabajo con personas que no nos agradaban, mientras se nos cruzan alguna serie de mandatos o amenazas que moverían de inmediato al insurrecto que no sigue instrucciones porque nuestra actividad está perfectamente planeada en un grupo donde perfectamente tenemos el ansiado número par de alumnos.

Enfrentar al que nos pide permiso para ir al baño inmediatamente después del recreo, con cara de urgencia…y sabemos que los permisos de esta clase están prohibidos por la Dirección.

Enfrentar a quien no se atreve a hablar, a discutir, a preguntar o al que no para de hablar, siempre discute todo o pregunta hasta llegar al absurdo.

Educar con valor porque abrazar al que se siente mal requiere detener la clase, decidir si dejar solos a los demás y correr a la enfermería o permitir que lo acompañe su mejor amigo (que en última instancia no sabemos qué tan amigo es y, muchas veces y casualmente, no es el mejor estudiante de todos)

Valor porque aceptar la probabilidad de un accidente “verdadero” no es tan loca y requiere de valor evitar falsear la imagen de un estudiante ante los otros.

Requiere valor decidir cuán importante es un ambiente cordial en clase, para lo cual llamamos aparte a los enojados y les explicamos que la necesidad de resolver la actividad en parejas se debe a un objetivo académico específico, o hasta llamar a otro par de estudiantes y negociar la posibilidad de intercambiar a los muchachos… requiere de valor, porque invertimos tiempo, lo cual, seguramente, no ayuda en la disciplina general o nos retrasa.

Educar con valor porque en cualquier momento surge la oportunidad de que el callado hable, de que el tímido exponga su opinión y el que discute no encuentre más argumentos, o quizá, el que pregunta neciamente, logre un día, dar con la pregunta central que nos ayude a fortalecer nuestros planteamientos.

Valor para que nuestra clase sea un espacio vital y requiere valor enfrentarlo con vitalidad. Que en ese espacio sea posible llorar, quejarse, preguntar… que sea posible enfermarse, toser, tener ganas de ir al baño aunque sea para estirar las piernas y refrescarnos por dos minutos… que sea posible ahí consolarnos, reír, bailar y, en última instancia… crecer, crecer como seres humanos que nos queremos y a ratos nos repudiamos; que estudiamos y nos cansamos; que podemos tener dolores que “no se ven” como de cabeza, de ojos, de tobillo; un lugar donde puedo aprender a “ser” sin temor a ser avergonzado y puedo comunicar mis temores y que mi perrito se murió o que me nacieron siete gatitos, claro, no a mí sino a mi gata blanca. O podemos hablar del libro que me regalaron y me gusta o no, y también comentamos el hambre que tenemos, que estamos sedientos y que hace calor o frío. En ese espacio podemos dejar olvidado nuestro lapicero preferido y podemos regresar a recogerlo. Podemos actuar incorrectamente y, aunque seamos reprendidos lograremos rehacernos, reconciliarnos, alcanzaremos aprender mucho y podremos cuestionar para qué nos sirve.

En el espacio de nuestra aula es posible educar con valor sin esperar un trofeo. Reconfortar al enfermo sin ser doctor, acompañar sin juzgar, escuchar sin censurar, corregir sin humillar, resolver el problema de una cremallera que no sube o que se bajó para siempre, un ruedo suelto o un borrador que mancha la hoja.  Y es que a menudo tenemos medida para las situaciones…para el dolor o la tragedia, pero de acuerdo con nuestra perspectiva de adultos.  Olvidamos la angustia que causa el solo hecho de llegar tarde a clase; que no te crean cuando se te olvidó la tarea, que tu perro se haya escapado en la noche; que tu abuelo está enfermo o que tu corte de pelo no te sienta.  

En ese pequeño territorio que tarda el tiempo de una clase, podemos ser el hada o decidir ser el ogro. Lo que yo me digo es: si enseñar es una aventura, ésta puede convertirse en una de las más bellas e impredecibles o en una torturante y aniquiladora. Es quien está a cargo el que decide.

Valores en la educación: Educar almas es educar con alma I

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gato mi daimonion

Muchas veces les he explicado a mis estudiantes la siguiente constante en la literatura: en situaciones de gran conflicto político, religioso, etc., el autor que no opta por el exilio, como intérprete de su momento histórico, se sirve de la fábula para denunciar los hechos que se están dando y, de esta manera, no puede ser acusado por nadie. El problema de tal mecanismo radica en que una gran mayoría de los lectores o de los espectadores no entiende el mensaje y este, por lo tanto, no logra su objetivo primordial, es decir, evidenciar ese algo que, en última instancia, debería promover el cambio.

Tener la oportunidad de observar en pantalla la adaptación de ese recurso en una película como La brújula dorada fue toda una experiencia, pues llevar nuestra alma en forma de daimonion a nuestro lado y que haya una institución encargada de separar a los niños de ella es una imagen extraordinariamente impactante. Eso porque, si fuera así, me pregunté: ¿cuidaríamos más de ella? ¡Cuántas veces no habremos escuchado -o dicho- “se me salió el alma del cuerpo” sin pensar en el significado profundo que encierra!

La magia de la animación nos permite ver en pantalla nuestro pequeño daimonion imaginada por el autor con forma animal, lo cual provocó en mí toda una suerte de preguntas retóricas. ¿Debemos ver materializada nuestra alma para tener una conciencia permanente de ella? ¿Existe en el universo animal nuestro daimonion respectivo, con cuya desaparición nos autodestruimos inexorablemente? ¿A quién y para qué interesa vernos separados de nuestro daimonion? ¿Cuál es la consecuencia real de esa separación? ¿Necesitamos de él para ser y permanecer como libre pensadores?

No sé si Philip Pullman, autor de la trilogía en la cual se basa esta película, llega a resolver estas interrogantes en su libro, pero en un extenso editorial, el periódico del Vaticano lo atacó a aduciendo que el público encontraría en ella solamente “un gran frío”. Bastante obvio si solo se ve la nieve, porque, de otra manera, no hay forma de ver el frío por ninguna parte. Al contrario. Pero acá lo que interesa no es el frío o el calor, sino más bien preguntarse: ¿es ,o mejor, por qué debe ser el Vaticano el único interesado en el mundo católico por el bien o mal “estar” de las almas?

Como educadora, mi respuesta es un rotundo NO DEBE SER. Cualquier persona del mundo que tenga trato con otra, entra, por lo tanto, en contacto con esa otra alma. Llevar al lado y tener que cuidar la propia (según se ve en la propuesta cinematográfica) nos conduciría inexorablemente a llevar al lado y cuidar la del otro. Educar, por tanto, en mi caso, me duplica la responsabilidad. La gran pregunta sería qué creemos tener los profesores al frente en nuestras aulas. Marionetas, objetos, números, contestaría más de un osado. Personas, digo yo. Mas, qué es una persona (desde mi primigenia formación católica) sino la unión o conjunción de alma y cuerpo. Y el alma, ¿el alma qué es? No sé si recuerdo algo así como la parte mía más semejante a Dios, o el soplo divino que me dio vida. Eso es la persona.

Pero no sé cuántos estarían de acuerdo conmigo cuando afirmo que el alma, esa sutil conexión divina, provoca una especial reverencia. Es como si, por sí misma, por su sola presencia dijera: “ cuidado con lo que haces conmigo, porque te lo estás haciendo a ti mismo”. Entonces, ¿por qué no sucede lo mismo cuando tenemos al frente a una persona, cuya fórmula sería “persona = alma + cuerpo”? Me estremezco al pensar en la dualidad alma-cuerpo porque se me hace más fácil enfocar mi esfuerzo diario en conceptos como “inteligencia”, “capacidad”, “conocimiento”, “creatividad”, “producción”, “asimilación”… son más cómodos, más maleables. Me complacen.

Pensar que tengo frente a mí, cada día, una cierta cantidad de almas que me están viendo, que esperan algo de mí, me produce escalofríos. Tendría entonces que pensar…¿pensar en qué? Quizás, se me ocurre, en algo como “crecimiento espiritual”. En gozo. En alegría. En recogimiento. En contemplación. En juego. En armonía. En equilibrio.Y es que no sé por qué, pero “alma” me remite a conceptos como paz, luz, energía, vitalidad.

Cambiaría, para mí, entonces, el enfoque de la enseñanza. Debería, casi por lógica, tener más ratos de esparcimiento (¡quién quiere a todos esos daimonions encerrados hora tras hora en esas temibles habitaciones llamadas aulas!) Debería, por tanto, abrir un espacio para la diversión. Luego buscaría poner orden –nunca debe faltar- pero con cierta…diría yo “benevolencia”. Habría tiempo para hablar y reflexionar. Podríamos, en algún momento, contarnos cosas. Eso abriría espacios para descubrir y descubrirnos. Buscaríamos y encontraríamos verdades para seguir buscando y, probablemente, no habría lugares para absolutos (¿no tiende el alma, por su naturaleza, a lo infinito?) Presiento que habría en todo eso un cierto gozo, que se haría todo con alegría. Antes de descansar, podríamos tendernos y respirar a un ritmo sano… buscaríamos la forma de armonizar nuestros pulsos a un ritmo cósmico –quizá para entonces, se habría descubierto la pulsación de las estrellas- y entonces, dormir sería un lógico descanso a la mano de todos, porque estaríamos, al final del día, satisfechos de haber ido y haber sido una escuela –en su sentido más amplio-.

Así las cosas, mi escalofrío inicial se desvanece. Educar almas, de pronto, se me aparece sencillo y natural. Solo tengo que dejar hacer a mi propia alma y, aquella labor que en un principio me pareció duplicada, en un decir amén se me simplifica. No me preocupa ni siquiera lo de “…te lo haces a ti mismo”, pues para es entonces habré hecho bien. Paz, luz y energía, llegarán a ser visitantes permanentes y queridos. Y finalmente, aquellos rebuscados conceptos cuya enumeración empezaba con “inteligencia”, vendrán cada día de la mano y se sentarán en nuestro círculo de amigos, completamente asimilados al grupo.