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Un amor loco…Crazy love

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Una breve nota sobre el Quijote

¿Qué se puede decir de un amor loco o de un loco amor? Hoy, en una de las entradas a su glog, una estudiante añadió la canción Crazy love, de Michael Bublé, la cual me sirvió para recordar mi loco amor por el Quijote, personaje que vivo y revivo por sendas que trazan mis estudiantes a través de la escritura de sus diarios de viaje. Una andanza que no termina, una locura reiniciada. Crazy love, traído a la actualidad, nacido de la fijación y del encanto… solo puedo sentir una honda emoción al saber que este caballero andante puede cabalgar por el siglo XXI sobre la ruta que traza un loco amor. Y yo voy tras él. Quien desee dar un vistazo a una página del diario al que me refiero, que pulse el siguiente link y se deje llevar por su encanto (y no olviden pulsar el botón del audio).

Diario del Quijote, cap. 23 a 26 I Parte

La fe, una red de confianza

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Estudié en un colegio salesiano y ahí se hablaba mucho de fe. Pero la fe, como otros conceptos que andaban en mi mente, no tenía una definición clara. De fe se hablaba diariamente, era escencial, con ella debíamos rezar, ir a misa, cantar….era fundamental tenerla para la vida diaria, debíamos cuidarla, y, sobre todo, invocarla en momentos de duda. Un verdadero acertijo para una muchacha de colegio que provenía de un hogar donde la crítica y el cuestionamiento eran el pan nuestro de cada día. No pregunté nada a nadie. Busqué la palabra en el diccionario, pero no solucionó nada. Fe. ¡Yo quería tener fe! Todos los días (no exagero) iba a la capilla, veía la imagen de la Virgen y pedía que me diera LA fe, esa, la única, la misteriosa, la profunda, el innegable pasaporte al bienestar espiritual.
No debo andar muy lejos si me imagino que muchos andan por aquella misma condición que me quitó tanta tranquilidad por aquellos años, porque la fe pareciera demasiado profunda, inascible.
“La fe mueve al mundo”, no sé si estoy inventando esta frase o la estoy parafraseando, la cuestión es que de fe se habla mucho…tanto, que, después de todos estos años, me la vuelvo a encontrar en mi clase, adonde llega formando parte de un programa de formación para mi grupo guía.
Aparece muy lozana, simbolizada, esta vez, por una ardilla voladora. Y entonces me encuentro con todo un folletín de doce páginas, en el cual se explica el concepto por medio de una serie de ejemplos. El concepto de fe, pareciera, se me va a ir vislumbrando. Me entusiasmo. ¿Por qué no? Después de todo, en esta época en que tantos misterios se estudian, puede ser que esta amiga, tan misteriosa para mí, al fin empiece a darme algunas respuestas.
Fundamentalmente, la fe, nos dice el folleto mencionado, es creer en nuestras fortalezas y, por lo tanto, no debe seguirse manejando aquello de “la fe es ciega”, por el contrario, la fe se nutre de toda la gama de posibilidades con las que contamos como seres humanos, aunque para ello, es requisito conocernos bien. Un ejemplo simple sería el siguiente: si dibujo bien y mis cuadernos están llenos de dibujos, unos realistas y otros fantasiosos, me hace pensar que puedo estudiar pintura con algún maestro. Mi fe es llegar a ser un artista reconocido. Así, mi fe se fundamenta en una fortaleza y, posteriormente, no será causa de frustración, si, como por el contario ocurriría cuando, sin poder dibujar ni un muñeco de palitos, ni tener idea alguna de lo que es una proporción o un color, tenga fe en volverme un maestro de las artes.
Interesante. Porque, visto así, la fe no corre tras lo absurdo (como salir volando porque tengo fe de que me saldrán alas), sino que, a partir del autoconocimiento, surge la convicción de que algo puede darse consecuentemente.
Fue así como se me ocurrió lque, para culminar el tema, podría poner en práctica lo que llamé una red de confianza. Básicamente, se trataba de una idea que tomé de internet sobre repartir lazos. La actividad consistía en repartir tres lazos por alumno. Uno de ellos, lo colocaba en el uniforme diciéndole al joven o a la joven, por qué tenía fe en sus logros, sus cualidades y metas; los otros dos, quedaban para que cada uno hiciera lo mismo con otra persona, a quien, finalmente, le quedaba un lazo por entregar, cerrando de ese modo, un círculo de confianza. Jamás pensé que tal actividad tuviera los frutos inmediatos que tuvo. Muchos estudiantes me dieron sus lazos, en medio de un abrazo, dándome las razones de por qué lo hacían. “Usted ha tenido fe en mí.” “Usted me ha apoyado.” “A usted le tengo más confianza que a nadie.” “Usted ha creído en mí.” “Este año he tenido grandes logros en su materia y siento que usted me apoya.” “La quiero mucho, profe.” A mi vez, les hice saber que tenía fe en sus proyectos, en su capacidad de lograrlos. Fe en que iban a madurar y, con ello, a comprender la importancia de planificar sus metas. A los que había visto flaquear, les di mi fe en la persistencia; a quienes había visto volando ya solitos, les di mi fe en su fortaleza para hacerlo bien. A quienes no han desplegado sus alas, les di mi fe en su capacidad de elevarse por encima de las dificultados. A otros, les di la confianza en que yo estaría ahí cerca para cualquier necesidad.
Ese día nos dijimos muchas frases de cariño. Di y recibí muchos abrazos. Ese día algunos lloramos de alegría y satisfacción. Nos sentimos reconfortados. Recuerdo que teníamos que hablar de otros asuntos y no lo hicimos, estábamos ocupados estableciendo la red de confianza. Me parece estarlos viendo mientras se abrazaban unos a otros y algunos se intercambiaban lazos entre ellos, murmurando frases de cariño y comprensión. De pronto recordé un cierto día en que les explicaba que el aula debía ser vista como un templo al que se entra con respeto, un lugar en donde nos podemos sentir seguros y protegidos de los devaneos exteriores, y sentí que un poco de eso se estaba dando. Estábamos recibiendo y dando fe, reconociendo esas potencialidades que, tal vez, solo nosotros nos hemos visto, nos afirmábamos a partir de los otros y yo participaba, cuando solo había pensado en ser moderadora.
Creo que, después de todo, la fe siempre ha estado conmigo, tal vez porque en aquellos años la pedí tanto. Ella me hace levantarme cada día, me hace ver en los ojos de mis estudiantes una promesa que probablemente no vea cumplir, me hace sonreír ante situaciones adversas en espera de una solución, me hace esperar el momento en que alguien, al fin, entenderá de qué estoy hablando. La fe me hace creer en que hay una esperanza en cada alma que pasa por mis manos y que debemos fortalecer los lazos que nos unen, sin miedo en los afectos que vayamos sembrando a nuestro alrededor, porque, emocionalmente, el organismo vital de un aula se alimenta de ellos.

Mi collar, mis afectos

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 mi collar

Viajé a Guatemala, y como tantos miles y miles de personas, me enamoré de ese país. Poco a poco, lo sé, irán saliendo a lo largo de lo que escribo, impresiones pasajeras, que irán surgiendo acompañando otros relatos…como sucederá ahora, gracias a una gargantilla que me compró mi esposo en una calle de Antigua.

Era una mañana llena de sol, recién salíamos de la mágica experiencia de las catacumbas de la Catedral, cuando, en una esquina, una pequeña familia de indígenas que vendía sus artesanías, se nos acercó. La niña más pequeña, enseguida nos cautivó. Era alegre, con una alegría que le venía de todo su cuerpecito moreno y apretado y se le salía por unos ojos increíblemente redondos y oscuros. Al sonreir, nos mostraba unos dientecillos blancos diminutos, como quien nos enseñara en carne y hueso el consabido símil de los granitos de maíz.
Así fue como, por la impronta de un encanto, le compramos a la madre los collares.

El collar en mientes, consiste en una fila de mujeres indígenas unidas por un confitillo de cuentas. Pintadas con primor, lucen sus trajes llamativos, peinadas al centro sus largas cabelleras negras. Y es precisamente su hermosa sencillez la que ha llamado la atención de mis estudiantes, quienes, atraídos por su raro colorido siempre se acercan a curiosearlo. De ahí nace el collar de mis afectos.

Son cinco las indígenas representadas. Pero ellas, como dije, con sus enaguas de colores y su pelo peinado en dos largas trenzas, no son ya más las cinco indígenas cuya razón de ser desconozco. Son cinco de mis alumnas, es más, son diez o quince. Todas se han encontrado un sitio en mi collar.

-Esta soy yo y esta es usted… yo soy la amarilla.

– Yo soy la verde, esta.

– Pero profe, no hay ninguna con mi color de pelo- exclama otra.

– No importa – le respondo- se lo voy a pintar castaño.

– Aquí estoy yo- dice, finalmente, otra.

Así, la historia se repite, a lo largo de los recreos, cuando nos encontramos en los pasillos, a la salida de la soda, en el almuerzo. Ellas me han preguntado el significado del collar y yo no he sabido qué contestarles, pensando en mi falta de curiosidad al comprarlo y no haber hecho la misma pregunta a quiénes lo diseñaron, allá en Antigua, la ciudad mágica. Pero, como tantas circunstancias en la vida, la respuesta la tenía el collar mismo. Él la gestaba y me la estaba dando cada día, porque, en la maraña de las significaciones, lo que es y significa algo, viene desde un milagroso “nosotros”.

En efecto, aquel nudo de cuentas y figuras, de colores trenzados y de caras, guarda el dulce significado del encuentro y de los afectos. Así me mezclo yo a la semántica de la enseñanza, donde todo es uno y uno es todo. Cinco figuras que me traje de allá, son hoy sus múltiplos en el encaje prodigioso donde me encuentro inmersa. Yo soy esa, vos aquella. Ahora sé lo que significa: es mi collar… mis afectos.