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Mamita Yunai en las lecturas obligatorias 2011

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¿Nace un mito?

Cuando los costarricenses se dieron cuenta de que Mamita Yunai había sido eliminado de las lecturas obligatorias del MEP, pusieron el grito al cielo y empezaron a moverse.  Un gesto interesante.  Por su lado, el MEP, reaccionó positivamente, y la colocó de nuevo en la lista.  Ambos hechos son muy significativos dentro del contexto histórico actual, pues considero que ambos son absurdos.  Veremos.

De hecho, el pobre señor Ministro se ha cansado de decir que las lecturas son sugeridas.  La lista solamente propone, el profesor dispone. Pero los costarricenses entraron en pánico, reafirmando, una vez más, que no leemos. Nos quedamos en los titulares, no nos tomamos el costo de investigar un poco, sino que nos tragamos ya la materia digerida.   Solo así me puedo explicar un  malestar inmediato frente a una medida fastasma, es más, frente a una lectura que pareciera no haber producido muchos resultados.  ¿Dónde estaban TODOS los estudiantes que, en su momento, leyeron Mamita Yunai, hoy ya mayores de edad, cuando se nos vino encima, por ejemplo, la aprobación del TLC? ¿Dónde estaba toda esa presión opositora, movida y motivada frente a una lectura que denunció hechos muy semejantes que se dieron en la Costa Rica de entonces? ¿Se ha hecho, en realidad, una lectura productiva de una obra profundamente social o, simplemente, se le ha hecho un monumento frío y estático?

Recorramos, sin temor y brevemente, parte de la riqueza semántica de este texto.  En primera instancia, nos enfrentamos a una figura sumamente polémica en el contexto socio-histórico del mundo narrado:  Minor Keith.  Un individuo, visionario y emprendedor, sí, pero que vio, en nuestro territorio, el signo del dólar (¿alguna similitud con la actualidad?).  Keith inició en Costa Rica un emporio bananero, semilla de lo que se conocería con el nombre de Banana Republic, un vergonzante geográfico y fundamento de un  segundo punto de análisis:  los inicios de un énclave de explotación ignominiosa que significó la humillación y muerte de muchos trabajadores, los cuales, hasta hoy, sufren las consecuencias, por ejemplo, del uso indiscriminado de pesticidas que los dejaron estériles.   En tercer lugar, el texto nos muestra la parte más olvidada, la nunca admitida, y nombrada textualmente por Carlos Luis Fallas como la Raza Vencida.  Con esos terribles vocablos se refiere él a nuestra desposeída población indígena, la cual nos retrata manipulada desde una ignorancia que el mismo Estado propició mediante el fraude electoral y pareciera nunca llegar a solventar hasta el presente.  Hasta llegar, finalmente, a la huelga bananera, eje fundamental, germen de todo aquello que hasta ayer fue baluarte y honra de nuestro ser nacional (¡no me atrevo a decir “hasta hoy” y menos, “hasta mañana”).

Particularmente, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que, como resultado de huelgas como la del 34, hemos generado  un país de derecho, contamos con un Código de Trabajo y  gozamos de de garantías sociales.  Recordemos que Calderón Guardia, monseñor Sanabria y el Partido Comunista se aliaron en 1940, y pactaron por las garantías sociales.  Se crearon la CCSS y la UCR, instituciones eje de nuestra idiosincracia:  bienestar social y educación.  Eso es parte del legado mismo de Mamita Yunai, esa es la voz que lanza esta obra a nuestro colectivo social: mostrarnos el desamparo y el sufrimiento de una sociedad donde el Estado liberal forma alianzas con las compañías extranjeras y abandona, a la buena de Dios, a sus ciudadanos.  A partir de la constitución de 1940 se convierte en un estado interventor que es el que vigila el bienestar de toda la población y elcual estamos a punto de perder. Esta decisión se tomó hace 70 años e, irrisoriamente, es adonde quiere llegar el gobierno de Obama hoy, ante la destrucción irremediable  del suelo marino en el Golfo de México.   Hechos recientes muestran la manera en que una perforación petrolera irreflexiva y ambiciosa, se llevó a cabo por una  compañía privada sin regulaciones ni restricciones de ningún tipo, más que las dictadas por la avaricia insaciable.

Eso lo comprendieron y vivieron muy bien mis estudiantes de noveno año cuando organizamos un debate basados es en esta obra. Tomando el lugar de los trabajadores bananeros, los indígenas, la United Fruit Company, los capataces y el gobierno, pudieron vivenciar las frustraciones y las falacias que se construyen alrededor de los hechos históricos, aprendiendo que, cuando les toque el turno de protagonizar la historia, habrá que tomar decisiones, y esas decisiones tendrán repercuciones, positivas o no, a corto, mediano o largo plazo.

¿Entonces?  Ni el MEP quitó realmente esta lectura, porque el que deseara seguir leyéndola estaba libre de hacerlo; ni los cientos (no sé si miles) que firmaron por su defensa, han aprendido la lecciones que nos enseña.  ¿Será entonces que va a engrosar la lista de nuestros mitos:  somos los más lindos de Centroamérica.  Somos amantes insignes de la naturaleza, los más conservacionistas, Crucitas incluido.  Somos los más pacíficos del planeta asesinando a medio mundo en carretera bajo la inconciencia de las borracheras. Y, la cereza del pastel, ¿los más patriotas porque leemos Mamita Yunai?

¿Estaremos, como cuerpo docente, preparados para la libertad de pensamiento gestada por don Leonardo Garnier?, y, mi mayor temor, ¿seguirá el estudiantado ciego y mudo frente a la literatura, dominado por una pereza de pensar heredada y ya casi congénita ?

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Español y Matemática: el divorcio mítico

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Cuántas veces no he escuchado, cuando felicito a un estudiante por su buen trabajo, decir: “Ah, es que yo soy bueno en Español, pero en Mate……soy pésimo”, o al contrario, al entregar una nota baja o mala: “Ay, odio el Español, lo mío son las Matemáticas…” En otras ocasiones, hasta en el aula de profesores es materia de discusión. “Yo es que iba malísimo en Español, pero en cambio, era un as en Mate.” Uno que otro se arriesgará a lanzarme la temible pregunta “¿A vos no te pasaba al revés?”

¡ERROR! Me encantaban mis clases de matemática y a uno de los pocos profesores que recuerdo, estando ya en quinto año, es a don Edwin Bogantes, que en paz descanse. Hasta lo llegué a visitar en su casa de Atenas montones de años después de graduarme. Tres, en efecto, eran mis preferidos: don Edwin, don Guillermo (maestro de Música en la escuela) y sor Bernarda (de Español) en el colegio. Y estas son, casualmente y según he podido ir sabiendo con el correr de mi vida, las tres áreas hermanas, tres ninfas hijas de las mismas aguas: Música, Matemática y Español.

Porque para mí, requiere tanto pensamiento lógico ir armando una oración que ir resolviendo una ecuación. Tanto misterio encierra el sentido de una frase, como una fórmula o el sonido de las notas dibujadas en un pentagrama. Tan musical resulta construir una melodía, como ir despejando incógnitas o desentrañando sentidos.

No está divorciado el comprender el planteamiento de un problema en Física o cualquier otra disciplina similar, como poder llegar a dilucidar la validez de una tesis, lo cual nos llevaría, quizás, a descubrir todo un argumento falaz. De igual modo, se puede comparar con la distribución armoniosa o intencionalmente distorsionada de un compás musical. No es el azar lo que actúa en esos casos, no es la iluminación divina o la casualidad. Es algo tan sencillo, como tres hermanas que se juntan a conversar.

No es tampoco extraño encontrarnos con personas que disfrutan el poder conjugar esas tres artes y logran resultados sorprendentes. Tal vez se les pueda tildar como poseedores de una gran genialidad, pero también puede ser que se traduzca en personas sencilla, pero poderosa y simplemente, creativas.

He podido observar que quien es bueno en Mate, como la llamamos familiarmente, se lleva la admiración de todos. Se susurra su nombre en los pasillos, se le envidia o hasta se le odia, pero jamás se le ignora. He notado, por otra parte, que el bueno en Español, ehhhh…., es un raro: escribe (la mayoría de las veces poesía) pero no le gusta que nadie lo lea (es mostrar el alma). A veces es solitario (¡es un observador!) y muchas, un incomprendido o un ser inadvertido por la mayoría. El músico, probablemente, vuelva loco a todo el mundo, tararea por la calle, inventa melodías, le sigue el ritmo a lo que le rodea (literalmente), mas, vive asido a las palabras porque, a menudo, la música le llega con letra y todo. O si no, baste que se las insinúen, para que logre acomodarlas rápidamente: en su cabeza la fórmula es sencilla; la medida, automática.

Pero, he aquí que, muy temprano en la vida, viene la sanción social. No, no, no, no. ¿Sacó mala nota en el examen de Español?, ¡ah!, por supuesto, es que usted es bueno en Matemática. O lo contrario. Yo, en ambos casos, aconsejaría poner a funcionar un dispositivo, bastante oxidado en estos días, llamado voluntad. Primo hermano del interés. Si se trata de un niño con facultades matemáticas, le toca a los mayores agregar una pequeña extra, hasta lograr tener “buena voluntad” y entonces guiar al pupilo hacia las sendas de las palabras. Acción similar con respecto a los números se debería tomar en el otro caso.

Vemos entonces como se van sumando factores y más factores en la consecución del éxito de las nuevas generaciones, herederas de un mundo construido matemáticamente, víctimas de una maquinaria fabricada por las palabras. Pero es sencillo: se trata, cuando mucho, de desmitificar ese divorcio ancestral y poner en evidencia los lazos que unen estas ciencias.

Al final, con mi visión esquemática y un tanto fantasiosa de la realidad, no veo porqué ni los pensadores críticos señores dueños de las palabras tienen que tener ese seño fruncido, o los matemáticos un halo misterioso y distraído, si pueden, dando un paso, llamar rápidamente a la Música. Seguirle el paso a la armonía del mundo no sería entonces, como es, un objetivo tan pesado; ser reflexivo, tan tedioso y ser exacto, tan exigente.