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Enseñar español, enseñar a pensar

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El reto de los profesores de lengua

Contra el fin del mundo

Como filóloga, una de las iniciales experiencias que tuve a la hora de corregir aquellos primeros artículos y tesis, consistió en enfrentar a sus autores, quienes la mayoría de las veces no comprendían el por qué de mis correcciones. Ellos se mostraban disgustados, y hasta ofendidos, de que sus escritos no estuvieran perfectos. De hecho, algunas veces pensé que me pagaban por escuchar tal cosa. Esto ocurre porque, por regla general, quien ya culmina un largo proceso académico, está plenamente convencido de su dominio de la lengua. Lo que no comprende la mayoría de las personas es que eso equivale a que yo, por corregir tesis de química, ingeniería civil o fisioterapia, creyera ser ya un profesional en esas áreas.

La cuestión es que, por hablar español y al servirle nuestra lengua como instrumento diario para establecer nexos de todo tipo, el hablante se ve a sí mismo, como un maestro. ¿Para qué estudiar la materia de español por once años si yo ya sé hablarlo desde que tenía uno?

Empecé mi carrera docente siendo profesora de español como segunda lengua, y en ese campo, con estudiantes japoneses, ingleses, alemanes o koreanos, hasta ese momento, pude contemplar, gracias a la perspectiva que tenían esos mismos estudiantes, la grandeza de nuestra lengua. A partir de ese momento, establecí nexos afectivos con su hermosa y riquísima capacidad expresiva, y, con esa impronta, -que no se adquiere en la facultad – pasé a la segunda fase de mi experiencia profesional: convertirme en profesora de español en secundaria.

He andado ya mucho por este camino, y entiendo que mi pasión por nuestro idioma me ha convertido en una profunda estudiosa de la amplia gama de posibilidades que existen para enseñarla. Es quizá esa pasión y ese amor, los que me mueven hoy a escribir.

Debo aclarar, en primera instancia, que mis años de experiencia en la enseñanza, han sido en la educación privada de mi país y por tal razón, mi preocupación nace a raíz del privilegio que se le otorga en ella al dominio de la lengua inglesa, cuya injerencia en nuestra vida diaria es absolutamente innegable.

Hoy veo en aquellas lejanas experiencias, los primeros pasos que me ayudarían para enfrentar luego, como profesora, a mis futuros estudiantes. En primer lugar, y también como madre de niños que estudiaron en escuelas privadas, puedo referirme a los libros de preescolar y a las teachers, ambos maravillosos. Por medio de ellos, el estudiante entra en contacto con las primeras letras, las cuales formarán palabras en inglés (gloria para los padres). También las primeras lecturas serán en inglés. Ni qué decir de las exposiciones, de los carteles en clase, de las propias clases, donde solamente se hablará en inglés. Le siguen a esto los libros de Spelling, Mathematics y Science, todo, hasta tercer grado, será en inglés. Tanto, que cuando se les empieza a dar dichas materias en español, el niño tiene que hacer todo un esfuerzo mental, muy aunténtico, para asimilar los “primeros” contenidos en nuestra lengua. El énfasis en esos primeros años se hará con el objetivo de que el estudiante logre leer, escribir y expresarse oralmente en inglés. Y la sociedad se confabula en hacerle los honores a tal situación, todos nos ufanamos del dominio que alcanzan nuestros hijos en esa lengua extranjera, y casi que nos enojamos con los profesores de español y sus mensajes sobre las faltas de ortografía, llegando incluso a renegar, con pleno convencimiento, de la enemiga número uno de los dictado: la tilde, la cual se cree (por ignorancia) que ya, en este siglo, debiera haber desaparecido.

Una vez en el colegio, los talent shows, los family days, los foros, las discusiones, todo, es en inglés. Los profesores de dicha lengua, campean por las aulas, los pasillos y la sala de profesores, hablando en esa lengua y con ello dejando pensar que dejan a un lado a los colegas “salados” que no les entiendan. Si hay profesores extranjeros, rápidamente comprenderán que no les es necesario aprender ni una palabra en español (lo cual les serviría para interactuar con los profesores de Estudios Sociales , Matemáticas o Español) pues les es suficiente moverse dentro del círculo de los angloparlantes. La categorización está hecha: el inglés gana y el español pierde. Los chicos sacan de la biblioteca libros en inglés, piden los últimos títulos de las publicaciones norteamericanas o inglesas. Se llega incluso a exigir que en los recreos, entre ellos, se hablen en inglés. A los profesores de Literature, Grammar o Drama, también se les prohibe hablarles en español. Carteles, anuncios, comunicados, son en inglés. Algunos estudiantes osados, incluso lanzan sus frases o expresiones en dicho idioma en medio de las clases que son en español, dando por sentado que el profesor de dicha materia no va a entender. El dominio del inglés es motivo de alarde, de orgullo, y si no lo hablas, sos un completo “perdedor”.

Sin embargo, desde mi experiencia, puedo asegurar que estas personitas no son más que víctimas del sistema. Como antes dije, creen y pretenden que, con ser hablantes del español (cosa que está por verse) ya no precisan de mayor adiestramiento. Si a eso sumamos la vox populi (incluyendo manejada por padres y por muchos maestros) de que la obra cumbre de nuestra literatura, don Quijote de la Mancha, es el libro más aburridoooooooooo, absurdoooooooo e inoperanteeeeeeeee jamás escrito, creo que ya tenemos más o menos armado el panorama para que a pocos les interese estudiar nuestra lengua y saber algo sobre nuestra literatura y sus orígenes. Como decir, para los estudiantes de instituciones bilingües, TODO pasa en inglés: los últimos libros, las últimas series, las últimas películas, las últimas canciones, las últimas investigaciones, las últimas teorías, TODO está en inglés. Para ellos, se asocia al español, por decir algo,con las telenovelas mexicanas (sin comentarios). En el cine, con películas, cuanto más, de Almodovar , pues los jóvenes no conocen NADA sobre el cine latinoamericano (y, de paso, en ese medio no se te ocurra ni por asomo ir a ver una película doblada, POR FAVOR, es la máxima polada). Libros en español… pueden citar, digamos, ¿la colección de títulos de Paulo Coelho? (pues ignoran que son traducidos).

Ese es, en pocas palabras, el marco dentro del cual yo me he propuesto enseñar a pensar… en español. Con este objetivo, a lo largo de mis años de enseñanza, he intentado, para empezar, algunos ejercicios de traducción con mis estudiantes, y no han sido precisamente un éxito. Evidencian la debilidad en el vocabulario, la dificultad de construir enunciados coherentes y el escaso manejo de los diferentes tipos de cláusulas nuestro idioma. Eso sin hablar de la deficiencia en el uso de los tiempos verbales, las preposiciones, la puntuación y la ortografía. Los muchachos no son nada ciegos, en poco tiempo se dan cuenta de que el español no es fácil y de que les falta camino por andar. Planteo mis propias argumentaciones, y les explico que mi objetivo es enseñarles a pensar, y que, para hacerlo, debemos manejar vocabulario de alto nivel, para lo que me he visto en la necesidad de rescatar la importancia de conocer y manejar principios de retórica. Esta ciencia ligada a la producción del discurso oral por estar enfocado a un auditorio específico, requiere sin embargo el manejo de diferentes métodos de escritura, así como también enfoca las cualidades del orador y su arte en ingenium, ludicium y consilium. Se le enseña al estudiante, por tanto, a pensarse a sí mismo como generador de un discurso, y con ello, a tomar en cuenta a un receptor y la necesidad que tiene este de que se le plantee una alocución coherente. Pero no termina ahí, además, he comprendido la necesidad de estudiar con mis alumnos principios de lógica, los diferentes tipos de falacias (para usarlas y para descifrarlas), la construcción de analogías (y la deconstrucción del sentido que encierran), hasta llegar a los tipos de argumentación, sin dejar de lado el estudio de algunos principios filosóficos ligados al relativismo, el objetivismo, la actitud racional y la mítica, la paradoja y el absurdo, los cuales deben aprender a reconocer, no solo en la convivencia diaria, sino en muchas de las informaciones y actitudes del contexto cultural.

En este sentido, resulta evidente la necesidad de poner en práctica técnicas como la del debate, la cual ayuda a adiestrarlos en la defensa y el ataque de las diferentes argumentaciones, para lo cual he llevado a cabo otras actividades como las de juicios públicos, donde se han decidido posturas sobre temas como la eutanasia o el poder de un libro en la vida de las personas. Esto ha obligado a los estudiantes, no solo a construir sus argumentaciones, sino a organizarse en la búsqueda de “testigos” apropiados o de expertos que les ayuden a sustentar sus propuestas, así como a colaborar con sus compañeros en el respeto a los diferentes papeles que se cumplan dentro de la clase, convertida para entonces en sala de juicio. Se logra, por ende, que el estudiante estructure su pensamiento mediante la elaboración de ideas que lo ayuden a defender su posición con respecto al tema, no solo de manera teórica o planificada, sino también intuitiva y rápida, tal y como se requiere en una situación similar en la vida real.

Como se puede ver en la breve descripción anterior, enseñar a pensar es un proceso meticuloso que se debe planear con tiempo, con una gran apertura de pensamiento y con una dosis importante de rigurosidad. Si se hace de ese modo, los resultados llegan a ser asombrosos, pues si un estudiante maneja las competencias comunicativas de su lengua materna será capaz de producir un pensamiento claro y estructurado y por lo tanto, estará muchísimo mejor capacitado para desenvolverse en otro idioma. Primero debe estar la excelencia en el desempeño lingüístico en su lengua, y después todo lo demás.

Debo añadir la necesidad de dedicar tiempo al estudio de la literatura de manera paralela a lo anterior. Es de suma importancia iniciar el análisis formal del texto, lograr delimitar sus componentes; reconocer la presencia de arquetipos, así como discutir los estereotipos retratados en una obra, comprendiendo a la literatura como un producto social. Tengo que reconocer la innegable necesidad en que me he visto de dar un recorrido por la literatura griega, lo cual he hecho desde Homero (leyendo la Ilíada) hasta la Comedia Nueva, para llegar a la literatura romana, alcanzar la Edad Media, y llegar al Renacimiento español, con la lectura completa del Quijote, lectura que propuse como una reconstrucción de su texto mediante la escritura de un diario. Esta actividad la han llevado a cabo mis estudiantes escribiendo desde la perspectiva del protagonista, o de algún otro de los personajes, ya sea en un blog , o utilizando la plataforma de edu.glogster.com. Con ello, he conseguido que los muchachos, no solo asimilen el texto, sino que lo transformen en una experiencia de vida, y construyan una nueva realidad, desarrollando así su capacidad creativa y, con ello, su pensamiento. Como práctica textual, este ejercicio ha sido valioso, sin embargo, no he olvidado la escritura del texto formal, al cual he llamado texto académico. Con ello, les he reforzado la necesidad de evitar el plagio, de construir citas, de manejar un sistema de referencias bibliográficos como el APA (American Psychological Association), así como de conocer los componentes del registro escrito y las operaciones lógicas involucradas en su psicología.

No voy a obviar el hecho de que nos hemos dejado llevar, innegablemente, por la fuerza de la expresión poética, no solo mediante el estudio de los tropos con sus hipérboles, metonimias, ironías y metáforas, sino con la construcción y discusión de posibles sentidos mediante el análisis de las propuestas del yo lírico. La poesía, para muchos, ha dejado de ser algo innecesario, enredado y difícil, para convertirse en una forma viva de expresión. En este proceso, también he abierto un espacio donde ha tenido su lugar el estudio del lenguaje publicitario, descifrando todo aquello de lo que se nos quiere convencer, y como resultado hemos llegado a producir, por ejemplo, nuestra propia campaña publicitaria en contra de las atemorizantes teorías del fin del mundo, tan de moda últimamente.

Hay muchas sendas que cruzar, y me resulta difícil reconstruir paso a paso lo que hago en mis clases. Les he enseñado a mis alumnos, por ejemplo, la necesidad de respetar las variantes lingüísticas del español en los diferentes países, así como he tratado de que comprendan la razón de ser de los sociolectos y de que reconozcan y valoren la existencia de los diferentes dialectos en nuestro país. Por otra parte, también, he conseguido que entiendan que no hay palabras buenas ni malas, sino contextos dónde se utilizan, o no, determinados términos; cuestión ligada al dominio pragmático-discursivo de la lengua. En el rango del estudio del origen de nuestro idioma, el sustrato ocupado por el latín toma un rango importantísimo en mi propuesta, razón por la cual les enseño a manejar un promedio de 35 latinismos y quince frases latinas de uso común, en el entendido de que dichos usos permanecen vivos en el habla culta, norma que ellos deben dominar. Por supuesto que hemos discutido, también, de manera general, las recientes propuestas de la Real Academia Española de la Lengua en el ámbito gramatical y ortográfico, reconociendo el hecho de que ha habido algunos pocos cambios, pero que la mayor parte de los planteamientos conocidos hasta hoy, prevalecen todavía. Creo que mis estudiantes tienen claro el hecho de que la lengua es algo vivo, cambiante, pero a la vez, estructurado.

Para mí, enseñar español, es, como se puede observar, la más titánica y enbelesante de las labores, sobre todo si se entiende que debe estar íntimamente relacionada con enseñar a pensar. Enseñar a pensar es capacitar al individuo joven en el desarrollo y el desempeño eficaz de sus competencias lingüísticas, hecho que no puede darse si no existe y se construye un amor y una lealtad total hacia la gran estatura de la lengua materna, la cual tienen muy clara, por ejemplo, los alemanes, con Goethe; los ingleses con Shakespeare: los italianos con Dante o los franceses con Montagne, pero que en nuestro pequeño país pareciera irse cada vez más relegando a un muy mal desprotegido lugar, con nuestro Cervantes y su vilipendiado Quijote, a quien se le categoriza con el lugar común de loco, sin comprender toda la riqueza que encierra su propuesta de transgredir lo establecido, negándose, como se negó, a morir disminuido por la superstructura social que deseaba verlo desaparecer sin darle problemas a nadie. Enseñar a pensar es eso, posibilitar la existencia de seres dispuestos a dar la lucha y a enfrentar el mundo de una manera diferente, en su idioma y a viva voz.

Nancy Chaverri Jiménez, una educadora herida de muerte

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Desde que se perpetró el terrible atentado en contra de la vida de la educadora Nancy Chaverri Jiménez, directora del Colegio Montebello, no ha pasado un momento sin que yo eleve mi pensamiento y mis súplicas por esta educadora.

¿Quién de nosotros, educadores,  no se ha sentido tocado, en lo más profundo?  Creo que cada uno se siente identificado, en estos aciagos momentos, con Nancy.  Ella, quien al ser atacada físicamente, hoy se encuentra postrada debatiéndose entre la vida y la muerte, también ha sido lesionada en su ser más íntimo y superior, pues su lesión fue causada por un alumno.  Si partimos del hecho de que para una gran mayoría de los educadores, los estudiantes son como hijos, entonces lo que hizo este muchacho equivale a un matricidio.  ¿Cómo sanar, entonces, estas terribles heridas, estas zanjas, que, como lo dice César Vallejo en una de sus poesías, son abiertas por verdaderos heraldos negros?

Para la Costa Rica responsable, para la Costa Rica serena, estos heraldos traen noticias abominables, traen espejos en donde se nos obliga a mirar rostros que no deseamos ver. Acarrean dolor e incertidumbre.  Amenazan nuestra raíz más profunda, una raíz que, desgraciadamente, se está alimentando de aguas tóxicas.
Desde el punto de vista puramente educativo, y en específico, de  la enseñanza privada, yo desearía, con fervor, que se estudiaran los currículos saturados, por cuyos laberínticos recovecos, los buenos estudiantes conocen, antes de tiempo, gastritis crónicas; en donde, desde temprano, algunos (esos estudiantes buenos y otros que no lo son) encuentran en el licor un rápido antídoto para el olvido transitorio de sus deberes (jamás conclusos) o de sus fracasos (a la orden del día).  Eso si no en drogas (legales, como el cigarrillo, o peores). Todo bajo el auspicio del dinero paterno.  Y por ese mismo laberinto caminamos los profesores, corriendo por cumplir el plan de estudios, pensando en nuevas estrategias, tratando de “ponernos al día” con la tecnología, obteniendo créditos académicos para mejorar salarios, etc. ¿A quién o a qué apunta esta loca carrera?  No sé por qué, al final del túnel, y como respuesta a una pregunta aparentemente retórica, me parece vislumbrar un signo de dólar.

Algo parecido debe pasarle a los profesores en la educación pública, quienes batallan con aulas de hasta 45 estudiantes.  Estos, tal vez no gozarán de la plata fácil de papi y mami, o del celular regalado, o la última compu, pero muchos ya han encontrado otros medios para conseguirlos, ya sea trabajando (lo cual no debería ser), o, en el peor de los casos, robando (de lo cual no se excluyen los de clases altas tampoco).

Sin embargo, el centro educativo que no ofrezca cursos avanzados para la universidad, se queda atrás en la lista de los favoritos.  El que no llene académicamente de deberes, trabajos, proyectos, enseñe de todo y más, no es una buena opción para los padres de familia, quienes, enceguecidos por las vitrinas del consumismo, deseamos que nuestros hijos tengan las bolsas llenas de dinero, aunque su corazón esté dormido; posean destrezas tecnológicas mientras la conciencia, esa vieja compañera de camino, desaparece entre chips, recetándole un cómodo “delete”.

Mientras tanto, Nancy sigue postrada. Su futuro, hasta hace pocos días prometedor, hoy es incierto.  Un alumno bajo su cargo y dirección, uno de esos a quienes todos los profesores conocían por su nombre y apellido, saludaron cada mañana, corrigieron apegados a un reglamento, exigieron de acuerdo con los lineamientos de la institución, ese, planeó su muerte.  Fue que le salió mal.  Este muchacho, hijo de una familia promedio, de nivel medio-alto, a todas vistas “cuidado”, ese, fue capaz de tomar un arma, guardarla en su bulto, pasearla todo el día por el colegio, de aula en aula, para, después del último recreo, dispararla en la sien de la Directora de su colegio.  ¿Cómo va a recuperarse de esta tragedia, física y emocional?

Nuestra juventud vive tiempos aciagos.  Estos tiempos son producto histórico.  Entonces, leamos correctamente.  Entendamos lo que está pasando a través de una lectura efectiva y eficaz de los hechos que se han dado en países a quienes hemos copiado los modelos de desarrollo.  Hemos sido lo suficientemente ingenuos como para pensar que copiaremos dichos modelos de forma aislada, pero que las consecuencias serán otras. No.  Las consecuencias son similares, por no decir exactas.  Hoy nuestros jóvenes, que hasta hace poco vivían en casa hasta el matrimonio, se están yendo cada vez más temprano.  Escuché en el bus ayer, a una joven universitaria que comentaba cómo su amiga, a los 17 años, se había ido de la casa, y todas sus interlocutoras lo celebraban abiertamente con palabras como: dichosa, así debe ser, qué rico.

Ahora, nuestros jóvenes se casan menos.  Se juntan para ver cómo les va, y eso se celebra.  Observo cómo en muchos hogares, de fuerte arraigambre católica, se les deja a los hijos sin bautizo para que ellos “escojan libremente” lo que quieren ser cuando estén grandes.  Y esos muchachos, hoy adolescentes, están escogiendo … NADA, quieren ser “nada”.  Estos muchachos están en nuestros colegios, son amigos de otros adolescentes, se vuelven “cool”.  Todos quieren ser Hanna Montana, vestirse así, vivir así. O ser Lindsay Lohan, hoy presa por manejar borracha. Tener carro a los dieciséis y “volar lejos” (espero que no directo a un precipicio).  Se alimentan de programas como “Sweet Sixteen”, donde padres absurdos se parten el alma por regalarles a las hijas una fiesta digna del mejor show de Las Vegas (y así se visten).

Nuestros muchachos están viendo “Madre a los 16”, en un intento disparatado de mostrar las frustraciones que acarrea ser madre a esa edad. Pero, ¿qué están, en última instancia, entendiendo nuestros adolescentes? ¿Que le pasa a mucha gente? ¿Que se puede, y de hecho, se sobrevive a este tipo de situaciones? ¿Que la mayoría de los hombres “huyen” y aún así las criaturas pueden tener una “vida”?, no sé, para mí es una incógnita y creo que ningún adolescente debe ver este tipo de programas sin supervisión y, menos, sin discutirlo con un adulto responsable.

Nuestros estudiantes están viendo (y leyendo) “Sin tetas no hay paraíso”, pero ¿con qué criterio?  Siguen telenovelas de adultos, con narcotráfico incluido.  Escuchan música que altera al más cuerdo.  Ven pornografía bajo nuestras narices.  Y, con las cámaras de sus laptop están haciendo desafueros.  Por decenas, nuestros jóvenes no se suman a celebraciones religiosas en el colegio, alegando que no son católicos (¿irán a las celebraciones de otras religiones?).  No quieren saber nada de valores y los adultos no sabemos cómo abordarlos.  ¿Será que a muchos les parecen también aburridos? ¿Será que muchos tienen miedo o están inseguros? ¿Será que los  programas de muchos adultos, padres y profesores, son Sex and the city, Desperate Housewives, Los caballeros las prefieren brutas, America’s Next Top Model, 30 rock, o algo por el estilo?

La condición de Nancy, desde su cama de hospital, desde cuidados intensivos, nos lanzó una advertencia para que despertemos, y es algo que debe estar en las agendas de cada colegio, de cada profesor, al regreso a clases.

Con enorme pesar, tengo que agregar a esta estrada, que hoy, 11 de julio, Nancy murió.  Gracias a Dios, creo adivinar que nunca supo qué le pasó, seguramente, solo sintió que una luz se apagaba, sin pasar por la cruel conciencia  de que uno de aquellos a quienes amó, uno de aquellos por los cuales decidió apostar su vida profesional, en un acto  infame, le puso fin a sus sueños y a sus proyectos.

Descanse en paz esta educadora, porque a nosotros, los que seguimos en esta lucha, nos tocará no dejar de creer, seguir amando nuestra labor y a nuestros estudiantes,  sin temor, como sin duda ella nos hubiera aconsejado.

Adiós, Nancy, jamás te olvidaremos.

Un amor loco…Crazy love

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Una breve nota sobre el Quijote

¿Qué se puede decir de un amor loco o de un loco amor? Hoy, en una de las entradas a su glog, una estudiante añadió la canción Crazy love, de Michael Bublé, la cual me sirvió para recordar mi loco amor por el Quijote, personaje que vivo y revivo por sendas que trazan mis estudiantes a través de la escritura de sus diarios de viaje. Una andanza que no termina, una locura reiniciada. Crazy love, traído a la actualidad, nacido de la fijación y del encanto… solo puedo sentir una honda emoción al saber que este caballero andante puede cabalgar por el siglo XXI sobre la ruta que traza un loco amor. Y yo voy tras él. Quien desee dar un vistazo a una página del diario al que me refiero, que pulse el siguiente link y se deje llevar por su encanto (y no olviden pulsar el botón del audio).

Diario del Quijote, cap. 23 a 26 I Parte

La belleza de los objetos

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A menudo, en la búsqueda de sentidos profundos, de valores humanos, dejamos de lado los objetos, incluso se les llega a ver con desprecio. Cuando un alumno llora porque se le perdió un lápiz, lo primero que se le ocurre al maestro es regañarlo, ¿cómo llora por un lápiz? ¡un lápiz no vale nada!  Pero si después pierde el bulto, bueno, a ese sí debiera valorarlo.  ¿Cuéstión de tamaño?  Para un pequeñín que apenas se empieza a adentrar en el mundo de la economía, de donde se agarra para poder juzgar o sopesar el mayor o menor valor de uno o de otro objeto.  Otras veces, cuando algo ya no está tan “bonito”, tan “limpio”, tan “nuevo” (todas estas son apreciaciones personales), decidimos, de buenas a primeras, que hay que botarlo.  El valor emocional de tal objeto, sobre todo si no es nuestro, ya no interesa.  Olvidamos, así, de pronto, que aquello probablemente haya adquirido una connotación valorativa, la cual, muchas veces despreciamos.  ¡Luego nos quejamos de que, en un mundo materialista, botamos y desechamos millones de “cosas”!…¿Contradictorio, no?

Quizás no sea una de las relaciones más claras que haya encontrado, pero, observando cómo este fotógrafo cuya muestra adjunto, logra captar, en la inercia de la imagen, el poder de ciertos objetos, me puse a reflexionar sobre su belleza y su valor intrínseco, no solo como producto del intelecto humano, sino per se, el cual, sin duda, hemos olvidado.  Enseñamos muchas veces que las “cosas” no valen, y está bien, ¿pero hasta dónde es totalmente cierto?

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Valores en la educación: Educar almas es educar con alma I

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gato mi daimonion

Muchas veces les he explicado a mis estudiantes la siguiente constante en la literatura: en situaciones de gran conflicto político, religioso, etc., el autor que no opta por el exilio, como intérprete de su momento histórico, se sirve de la fábula para denunciar los hechos que se están dando y, de esta manera, no puede ser acusado por nadie. El problema de tal mecanismo radica en que una gran mayoría de los lectores o de los espectadores no entiende el mensaje y este, por lo tanto, no logra su objetivo primordial, es decir, evidenciar ese algo que, en última instancia, debería promover el cambio.

Tener la oportunidad de observar en pantalla la adaptación de ese recurso en una película como La brújula dorada fue toda una experiencia, pues llevar nuestra alma en forma de daimonion a nuestro lado y que haya una institución encargada de separar a los niños de ella es una imagen extraordinariamente impactante. Eso porque, si fuera así, me pregunté: ¿cuidaríamos más de ella? ¡Cuántas veces no habremos escuchado -o dicho- “se me salió el alma del cuerpo” sin pensar en el significado profundo que encierra!

La magia de la animación nos permite ver en pantalla nuestro pequeño daimonion imaginada por el autor con forma animal, lo cual provocó en mí toda una suerte de preguntas retóricas. ¿Debemos ver materializada nuestra alma para tener una conciencia permanente de ella? ¿Existe en el universo animal nuestro daimonion respectivo, con cuya desaparición nos autodestruimos inexorablemente? ¿A quién y para qué interesa vernos separados de nuestro daimonion? ¿Cuál es la consecuencia real de esa separación? ¿Necesitamos de él para ser y permanecer como libre pensadores?

No sé si Philip Pullman, autor de la trilogía en la cual se basa esta película, llega a resolver estas interrogantes en su libro, pero en un extenso editorial, el periódico del Vaticano lo atacó a aduciendo que el público encontraría en ella solamente “un gran frío”. Bastante obvio si solo se ve la nieve, porque, de otra manera, no hay forma de ver el frío por ninguna parte. Al contrario. Pero acá lo que interesa no es el frío o el calor, sino más bien preguntarse: ¿es ,o mejor, por qué debe ser el Vaticano el único interesado en el mundo católico por el bien o mal “estar” de las almas?

Como educadora, mi respuesta es un rotundo NO DEBE SER. Cualquier persona del mundo que tenga trato con otra, entra, por lo tanto, en contacto con esa otra alma. Llevar al lado y tener que cuidar la propia (según se ve en la propuesta cinematográfica) nos conduciría inexorablemente a llevar al lado y cuidar la del otro. Educar, por tanto, en mi caso, me duplica la responsabilidad. La gran pregunta sería qué creemos tener los profesores al frente en nuestras aulas. Marionetas, objetos, números, contestaría más de un osado. Personas, digo yo. Mas, qué es una persona (desde mi primigenia formación católica) sino la unión o conjunción de alma y cuerpo. Y el alma, ¿el alma qué es? No sé si recuerdo algo así como la parte mía más semejante a Dios, o el soplo divino que me dio vida. Eso es la persona.

Pero no sé cuántos estarían de acuerdo conmigo cuando afirmo que el alma, esa sutil conexión divina, provoca una especial reverencia. Es como si, por sí misma, por su sola presencia dijera: “ cuidado con lo que haces conmigo, porque te lo estás haciendo a ti mismo”. Entonces, ¿por qué no sucede lo mismo cuando tenemos al frente a una persona, cuya fórmula sería “persona = alma + cuerpo”? Me estremezco al pensar en la dualidad alma-cuerpo porque se me hace más fácil enfocar mi esfuerzo diario en conceptos como “inteligencia”, “capacidad”, “conocimiento”, “creatividad”, “producción”, “asimilación”… son más cómodos, más maleables. Me complacen.

Pensar que tengo frente a mí, cada día, una cierta cantidad de almas que me están viendo, que esperan algo de mí, me produce escalofríos. Tendría entonces que pensar…¿pensar en qué? Quizás, se me ocurre, en algo como “crecimiento espiritual”. En gozo. En alegría. En recogimiento. En contemplación. En juego. En armonía. En equilibrio.Y es que no sé por qué, pero “alma” me remite a conceptos como paz, luz, energía, vitalidad.

Cambiaría, para mí, entonces, el enfoque de la enseñanza. Debería, casi por lógica, tener más ratos de esparcimiento (¡quién quiere a todos esos daimonions encerrados hora tras hora en esas temibles habitaciones llamadas aulas!) Debería, por tanto, abrir un espacio para la diversión. Luego buscaría poner orden –nunca debe faltar- pero con cierta…diría yo “benevolencia”. Habría tiempo para hablar y reflexionar. Podríamos, en algún momento, contarnos cosas. Eso abriría espacios para descubrir y descubrirnos. Buscaríamos y encontraríamos verdades para seguir buscando y, probablemente, no habría lugares para absolutos (¿no tiende el alma, por su naturaleza, a lo infinito?) Presiento que habría en todo eso un cierto gozo, que se haría todo con alegría. Antes de descansar, podríamos tendernos y respirar a un ritmo sano… buscaríamos la forma de armonizar nuestros pulsos a un ritmo cósmico –quizá para entonces, se habría descubierto la pulsación de las estrellas- y entonces, dormir sería un lógico descanso a la mano de todos, porque estaríamos, al final del día, satisfechos de haber ido y haber sido una escuela –en su sentido más amplio-.

Así las cosas, mi escalofrío inicial se desvanece. Educar almas, de pronto, se me aparece sencillo y natural. Solo tengo que dejar hacer a mi propia alma y, aquella labor que en un principio me pareció duplicada, en un decir amén se me simplifica. No me preocupa ni siquiera lo de “…te lo haces a ti mismo”, pues para es entonces habré hecho bien. Paz, luz y energía, llegarán a ser visitantes permanentes y queridos. Y finalmente, aquellos rebuscados conceptos cuya enumeración empezaba con “inteligencia”, vendrán cada día de la mano y se sentarán en nuestro círculo de amigos, completamente asimilados al grupo.