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Educación: una búsqueda constante y universal

Estándar

Sin duda alguna, hablar sobre educación da para mucho. Y hoy no es la excepción, ni a nivel nacional ni a nivel regional (consúltense las Metas Educativas para el 2021).  Uno de los más claros ejemplos es el de Estados Unidos de Norteamérica, donde se encuentra muy candente la puesta en marcha de lo que han llamado Common Core, una propuesta que busca unificar estándares, y esta vez, se trata de estándares muy elevados.

En ese sentido, puedo decir que el Common Core, en específico, me ha hecho reflexionar sobre nuestro “equivalente”bachillerato nacional, ese de tan temidas pruebas, el cual siempre he considerado y considero un verdadero desperdicio de recursos si no se restructura de manera profunda y, por qué no, de forma muy similar (se vale copiar) a lo que se está pretendiendo en nuestro vecino país del norte. 

En primer lugar, no es posible, en la prueba de Español (materia que imparto) algún genio maquiavélico haya estructurado varias preguntas sobre la existencia o no de encabalgamientos en poesía, donde el signo de puntuación presente, hacía dudar al estudiante.   O tal vez fueron peores las preguntas sobre la obra Bodas de sangre, obra que, perfectamente hubo estudiantes en el país que no leyeron debido a la amplia variedad de lecturas posibles para undécimo año. Tales preguntas, dicho sea de paso, requerían haber hecho, no solo la lectura, sino el análisis de los personajes y, por supuesto, habérselo aprendido de memoria, ya que no hay manera posible de que nadie pueda deducir la respuesta. Lo mejor de todo esto es que, cuando me atrevo a externar este tipo de comentario ante mis colegas, me arriesgo (obviamente me ha pasado) a que, con expresiones de asombro (interpretación muy condescendiente) se me diga: “Tranquila, vos apelás la pregunta, y ya.” O peor: “Pero si siempre anulan como cuatro preguntas, así que eso compensa los resultados.” Eso significa que, cómplices todos de una irremediable mediocridad sin sentido, al final nos debemos aferrar a los números y ya. Tranquilos. Si hay cientos de estudiantes que estudiaron, leyeron, se preocuparon o no, pero que de igual modo no lograron superar la prueba, o sea. ¡cero estrés! Siempre queda el viejo y efectivo recurso: ¡Los estudiantes son unos vagos!  Y no digo que algunos no lo sean, pero yo creo que no solo hay estudiantes vagos, también hay algunos profesores vagos, algunos directores vagos, algunos cordinadores vagos distribuidos a lo largo y ancho del territorio nacional.

La educación, esa que ha preocupado a la humanidad por siglos de siglos, ha tenido el cambio como una de sus constantes.  Y de eso se trata, de cambiar, modificar, introducir variaciones que vayan de acuerdo con los tiempos.  En la actualidad, los estudiantes no son, digámoslo con todas sus letras, NO SON como hace diez años, ni siquiera como hace cinco.  Ya los muchachos no quieren sentarse a oir y oir, copiar y copiar. Los jóvenes con los que yo trabajo quieren preguntar, tienen dudas, cuestionan. Desean ser partícipes de su formación.  Pueden llegar a ser verdaderos gestores de su aprendizaje.  Por ese motivo, entre otros,  no es posible que, después de que muchos profesores han imaginado, creado e implementado nuevas formas de dar clases, esos estudiantes lleguen a un examen de bachillerato donde se les pregunta si un grupo de palabras se formó por derivación, composición o si son onomatopeyas.  No puede ser que toda la fuerza y el entusiasmo de docentes innovadores se reduzca a que los estudiantes reconozcan entre formas verbales regulares e irregulares, tipo “corrieron” y “durmió”.  Preguntas como estas hay otras muchas, que, por referirse a conocimientos tan básicos, plantearlas de manera “ingeniosa” y complicada las ha llegado a convertir en absurdas.

No pongo en duda que mover toda la plataforma educativa que se ha construido a lo largo del tiempo en nuestro país sea una empresa gigantesca.  Pero tampoco dudo de que se puedan modificar, no solo los contenidos, sino el enfoque de las pruebas en sí mismo.  Numerosas veces he expresado mi malestar por ellas, así como mi deseo de que desaparezcan.  Con el tiempo y la experiencia, me he resignado a concebir su cambio. No es posible seguir ingnorando que los estudiantes de hoy son diferentes.  Es insostenible negarle el paso a la tecnología en el aula.  Es imperdonable el miedo a introducir nuevas corrientes, enfoques, objetivos y evaluaciones a lo que, como ya dije y por su naturaleza, es sinónimo de trasformación. Es imperativa la unificación de voluntades dispuestas a aventurarse en lo desconocido, con el pensamiento puesto siempre en el bien común y en la construcción de una patria donde el entusiasmo y el empeño por alcanzar la excelencia y hacer posible una nueva realidad, sea el objetivo común de unos ciudadanos que reconocen su responsabilidad con el futuro.

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