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Vencidos

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Vencidos
Como estudiosa del Quijote, solía terminar mis lecciones a fin de año con la canción “Vencidos”, grabada años atrás por Serrat. Esa canción musicaliza el poema de León Felipe y de ahí toma su nombre. Pero la utilizaba por contraste, para que mis estudiantes se opusieran (y lo hacían muy a menudo) al hecho de considerar vencido a este personaje único de la literatura.

Aquellos que hayan hecho una lectura seria y continua de esta maravillosa obra de la literatura española, me darán la razón.

Vencidos. Qué adjetivo terrible. Vencido es una palabra que nos deja sin esperanza, marcados por el hierro candente de la derrota absoluta. Rasga la piel profundamente.

Desalentado, amargo, abandonado de todo está ese hablante lírico que busca fundirse en la figura herida del Quijote. Pero, advertencia: es un falso espejo. Por eso yo buscaba contrastar este desafortunado panorama con la propuesta honda y auténtica del caballero andante de todos los tiempos, por siempre, pensaba yo, victorioso.

Hoy, quisiera usar este poema como excusa para escudriñar el porqué este pasaje desafortunado me puede sevir para extrapolar la derrota al ámbito de todos los vencidos (con mayúscula y subrayado). Y pensar un poco hasta dónde ese carácter de término nos cubre a los costarricenses y a miles de latinoamericanos. ¿Hasta dónde fuimos y somos los vencidos de la historia? ¿Hasta qué profundo lugar de nuestro ser llega y vibra la derrota y nos crea y vuelve a recrear el infortunio de haber sido derrotados como hombres, como mujeres, como raza?

Es de esa manera que el Quijote, enfrascado en sus luchas maravillosas, cabalga en espirales fantasmales aproximándonos a simas cada vez más profundas. Y junto con él quedamos, en efecto, vencidos, fantasmales, transparentes.

Entonces, Vencidos se convertiría, fácilmente, en un recurrente histórico y filosófico.

Sin embargo, una parte de mí se rebela: ¡No! ¡Deberíamos ser los victoriosos…seguramente lo somos!… Pero, ¿qué clase de victoriosos…seríamos? Hoy, más que nunca, nos acorralan las superpotencias. Hoy, sin emprender la lucha, nos escondemos bajo las firmas de tratados y soñamos con victorias imaginadas. Hoy, vencidos por las macroeconomías, nos contentamos con creernos muy listos. “Creamos oportunidades”, las aprovechamos, vamos en fila hacia el éxito…vencidos. Nos vence una actitud superflua hacia el consumo sin los mecanismos que sustentan el manejo de desechos que tal consumo genera. Nos vence la ingenua entrega de nuestras tierras ante el espejismo verde de un dólar resquebrajado que no logramos entender más allá de su perspectiva mágica de abrelotodo. Nos vence la vulnerable condición de vasallaje a la cual nos sometemos alegremente. Nos vence la desvalida realidad de despreciarnos entre nosotros. Nos hunde la indigencia de nuestros políticos ante las cámaras representativas internacionales, a la cual acuden sin más propuestas que el plato para mendigar. Nos entierra el tintineo de las monedas arrojadas en él.

Vencidos. Ojalá no fuera esta la medida de todas nuestras angustias ni el resultado de nuestras luchas.