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La edad que tengo.

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edad que tengo

Esto no va a tratar sobre esa que siento tener sino sobre la que Cronos no perdona y marca en el calendario: la edad que tengo.

En una época en la que se sublima un estado juvenil permanente resulta penoso para muchos envejecer...¿se operaría si pudiera? ¿Dónde? ¿Qué? Esas preguntas me las hizo mi hijo, y mi respuesta, un tanto despaciosa, de mirada hacia adentro, es la que voy a tratar de transcribir.

Operarme significaría tener que mirarme al espejo y no reconocerme. Mi cara es el espejo de mi tiempo, de mi andanza, único y mío. ¿Qué me respondería a mí misma cuando me mirara esa extraña, sea cual sea el resultado que obtuviera? Tendría que borrar las rutas transitadas, unas hacia el dolor, otras hacia la risa. Unas profundas, hondas, misteriosas, que se quedaron en mi piel como mil atardeceres. Otras, bebidas precipitadamente, me habrán rozado imperceptibles, habrán apenas anidado por mi cuello o mis orejas, dándome brillos astrales que ninguna otra tiene. La vejez me está dando a beber de su vaso encantado, y conforme acabo su contenido, sabiamente, ella me va desdibujando y me ayuda a despedirme. Voy perdiendo la vista, y con ello, aprendo a ver el mundo desde una perspectiva diferente, me voy perdonando mis arrugas. La vida me va preguntando por qué insistir en ver hacia fuera, cuando el camino marca hacia un viaje subterráneo, íntimo y acogedor que es solo mío. Por eso voy descubriendo que no ver bien todo el tiempo no es algo malo, reprochable, sino el acto del un prestidigitador ancestral que me toca con su varita y me llena de estrellas el corazón. Con ellas ilumino partes de mí que a la luz de la juventud, permanecieron ocultas. Risueñamente ocultas. Esperando.

Yo soy el testigo de mi paso por la vida, puedo seguir mis propias huellas. Cambia la textura de mi cuerpo con sabiduría, mis huesos se destensan, mis curvas se desdibujan, los tactos pierden lucidez. La veloz tesitura de los caminos va deteniéndose y el paisaje me devela una perspectiva calma realmente hermosa. Puedo, al fin, sentarme en el palco y observar con delicia mi propia obra. Pero como también puedo observar la de los otros, ellos, ustedes y yo, nos convertimos en poderosos testigos de eso que llamamos humanidad.

No voy a intentar detener el tiempo. Por el contrario, me voy a permitir el lujo de envejecer. La idea es irles contando.