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Afganistán: un país de hombres, hombres muertos y viudas

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¿Quién ayuda en una cultura para que prácticas detestables se perpetúen, sino es la educación misma?  Afganistán es un país de hombres, en donde las mujeres “son” solamente si un hombre les otorga un lugar en la sociedad, una existencia, la cual, de otra manera, no poseen.  Y en un país así, conflictuado, invadido, dominado por extremismos, nacer mujer es una desgracia, pero lo cierto es que, de una mujer a otra, de ancestrales madres o, posiblemente, de actuales maestras, a la mujer se le instaura la resignación.  No digamos de ahora, momento al que podríamos llamar “después de” la invasión, sino desde muchísimo antes.

En el video adjunto se habla de que las mujeres quisieran recuperar la vida que tenían antes, pero la pregunta es ¿cuál vida? Es de suponer que se trata de una vida “normal” en la que el número de hombres muertos respondía únicamente a la tasa de mortalidad correspondiente.
Ir a la universidad, como se muestra ahí, ya implica disfrazarse. La astucia de una mujer la hace ocultar, con su atuendo, que vive en un refugio para viudas. Pero sigue siéndolo.  Cuando se gradúe y logre un puesto como maestra, ganará un pequeño salario.  Aspira a ganarlo para poder ¿qué?, ¿vivir independientemente?, según vemos, no. ¿Valerse por sí misma?, no. Por supuesto, será importante no verse obligada a mendigar, pero lo inconcebible será que, probablemente, desde su puesto como educadora, vaya a ayudar a perpetuar un sistema, no digamos anacrónico  sino inhumano (propio del s.XVIII se dice en el video, ¿en qué universo?, digo yo).

Las mujeres en occidente desconocemos un trato similar, por eso, un deseo tan simple como el que puede expresar una mujer afgana pone de manifiesto la extrema humillación en que ha vivido:  desea vivir como antes… y antes era tener una existencia otorgada por el tiempo que le durara un marido.  Veo la mujer madura que aparece en las imágenes y pareciera tener cierto nivel eductivo, pareciera más segura  Pero aún ella misma, ojalá sea por la naturaleza del reportaje, se nota casi anulada por verdades más grandes, las cuales apenas si describe.

Sigo sin entender exactamente cómo, dos millones de viudas, sometidas a la prostitución, a la mendicidad o al ultraje, no vislumbran un futuro distinto para sus hijas ¿siguen esperando que algún día termine la guerra, algún día se detenga la destrucción? y, si bien no regresarán a sus muertos, ¿esperan que algún día sus hijas tengan lo que ellas perdieron:  una vida “normal”, o sea,  encontrar un marido y continuar sometidas?

Me opongo a la supremacía de un sexo sobre su opuesto.  Hoy más que nunca, el mundo precisa de inteligencias, de creatividades, de conciencias, y, por lo que sé, ninguna de ellas llevan el sello de un género, ni mucho menos, un velo que oculte la expresividad que dan los ojos a un rostro humano.  Sin embargo, va ser trabajo de mujeres romper con tan terribles barreras impuestas por los hombres y perpetuado por otras que han vivido subyugadas. Y no creo que vaya a ser un movimiento pacífico.

Nos toca a nosotros desde aquí, educar para que nuestros descendientes tengan claro que, ninguna práctica que vaya en contra de  derechos legítimamente universales y humanos, puede ser legitimada por ninguna religión ni por ninguna cultura (por  ancestral que sea).Por tal razón, no podemos permitir que haya hoy alguien que ignore o permanezca indiferente ante lo que sucede en lugares como Afganistán, no vaya a ser que, en algún momento, se conviertan en víctimas de algo semejante.

La edad que tengo.

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edad que tengo

Esto no va a tratar sobre esa que siento tener sino sobre la que Cronos no perdona y marca en el calendario: la edad que tengo.

En una época en la que se sublima un estado juvenil permanente resulta penoso para muchos envejecer...¿se operaría si pudiera? ¿Dónde? ¿Qué? Esas preguntas me las hizo mi hijo, y mi respuesta, un tanto despaciosa, de mirada hacia adentro, es la que voy a tratar de transcribir.

Operarme significaría tener que mirarme al espejo y no reconocerme. Mi cara es el espejo de mi tiempo, de mi andanza, único y mío. ¿Qué me respondería a mí misma cuando me mirara esa extraña, sea cual sea el resultado que obtuviera? Tendría que borrar las rutas transitadas, unas hacia el dolor, otras hacia la risa. Unas profundas, hondas, misteriosas, que se quedaron en mi piel como mil atardeceres. Otras, bebidas precipitadamente, me habrán rozado imperceptibles, habrán apenas anidado por mi cuello o mis orejas, dándome brillos astrales que ninguna otra tiene. La vejez me está dando a beber de su vaso encantado, y conforme acabo su contenido, sabiamente, ella me va desdibujando y me ayuda a despedirme. Voy perdiendo la vista, y con ello, aprendo a ver el mundo desde una perspectiva diferente, me voy perdonando mis arrugas. La vida me va preguntando por qué insistir en ver hacia fuera, cuando el camino marca hacia un viaje subterráneo, íntimo y acogedor que es solo mío. Por eso voy descubriendo que no ver bien todo el tiempo no es algo malo, reprochable, sino el acto del un prestidigitador ancestral que me toca con su varita y me llena de estrellas el corazón. Con ellas ilumino partes de mí que a la luz de la juventud, permanecieron ocultas. Risueñamente ocultas. Esperando.

Yo soy el testigo de mi paso por la vida, puedo seguir mis propias huellas. Cambia la textura de mi cuerpo con sabiduría, mis huesos se destensan, mis curvas se desdibujan, los tactos pierden lucidez. La veloz tesitura de los caminos va deteniéndose y el paisaje me devela una perspectiva calma realmente hermosa. Puedo, al fin, sentarme en el palco y observar con delicia mi propia obra. Pero como también puedo observar la de los otros, ellos, ustedes y yo, nos convertimos en poderosos testigos de eso que llamamos humanidad.

No voy a intentar detener el tiempo. Por el contrario, me voy a permitir el lujo de envejecer. La idea es irles contando.