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Riteve de Costa Rica y las “faltas leves”

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Hace pocos días hubo un accidente mortal provocado por un trailer, un trailero, el dueño del trailer, Riteve Costa Rica y el Gobierno.

Quienes han sido dueños de un carro más o menos viejo, de esos que se tienen y nunca se pueden cambiar por modelos más recientes, estarán muy familiarizados con la famosa nota “falta leve”.  Esta se puede asociar con los cinturones, las luces, la placa, las llantas, la suspensión o, en los casos más serios, el sistema de frenado.

“Falta leve” se asocia a “libre para andar el carro un año más”… o, mejor dicho, hasta la próxima “falta leve”, la cual posiblemente para entonces, será una muy grave.  Pero de nuevo,y debido al ingenio que caracteriza a los conductores costarricense, son fallas que se pueden camuflar para que el auto en mientes pase la revisión.  Se buscan llantas y triángulos de seguridad prestados, se recurre a arreglos tipo “Mc Guiver”, se disfraza todo tipo de mal funcionamiento y ¡listo!, se llega a Riteve por segunda o tercera vez y ¡voilá! se obtiene el preciado marchamo.

Se nos olvida que ese carro con faltas leves va nuestro más preciado tesoro:  la familia, los amigos o nosotros mismos.  Se nos olvida que bajo esas faltas leves puede subyacer la cláusula de muerte de un desconocido inocente.  Nos hacemos los tontos, los locos y sordos.  La falta leve no nos hace recapacitar y buscar una pronta solución.  Por el contrario, nos abre el panorama de “un año más” para jugárnosla.

El dueño del trailer que aplastó el auto donde viajaba una familia entera, cometió un asesinato, tal y como reza una reciente propaganda del MOPT.  Y con él, como cómplice más cercano, un chofer irresponsable que andaba con una cola de 27 partes levantados por faltas en las que hasta hubo heridos y demás.  Y, para culminar, en la misma categoría, luce Riteve. Esta empresa encargada de la revisión vehicular en Costa Rica, luego de revisarlo por tercera vez (la tercera es la vencida), sacó a circulación un vehículo de carga pesada, cuyo eje central, para que circule con seguridad, es, sin duda, el sistema de frenado.

Pero el mayor culpable de asesinato es el Gobierno.  Un Gobierno que, alcahuetamente, permite el ingreso, a montones, de unidades deterioradas.  Miles saben que el negocio de “los trailers” ha traído dolor y perversión a nuestro país.  Esos trailers son traídos porque ya no cumplen los estándares de seguridad en Estados Unidos, ese gran protituidor del mundo.  Ellos, con la gran sonrisa, nos venden su basura, y nosotros, con otra, la compramos y distribuimos.

Estamos tan urgidos de la nueva ley de tránsito que la necesidad no puede ser mayor.  Somos tan irresponsables, hemos llegado tan al tope de la necedad y la estulticia, que necesitamos que nos den por donde más nos duele para hacer caso… o sea, el bolsillo.  Las campañas asociadas a los problemas de tránsito han sido enfocadas hacia el corazón y la conciencia, pero de esos ya no hay muchos frente al volante.  Ya dentro de un carro manda el acelerador porque “la de arriba no piensa”.  Estamos tan mal, que la red de complicidad llega a niveles de inconciencia empresarial.

En efecto, el bolsillo, o sea, don dinero, es el intocable.  Por obtener más ganancia es que nos venden vehículos que no pueden circular en el país donde la seguridad del ciudadano “es lo primero”.  Para obtener ganancia hacemos viajes de miles y miles de kilómetros hasta traer esos residuos a nuestro suelo nacional (ojalá, llenos de droga que ayude, aún más, a pervertir a una población en decadencia).  Para obtener ganancia los disfrazamos y les disimulamos las fallas más peligrosas y, para obtener ganancia, ponemos al volante al primer individuo que acepte el más escuálido salario, esto, claro, sin hacer preguntas.  Finalmente, los ponemos a distribuir muerte a diestra y siniestra por las carreteras del país.

Riteve y las “faltas leves” solo son la corona de un estado de cosas descompuesto y pestilente.

Un accidente similar ocurrió el 20 de enero de 2006.  No podemos hacernos los ciegos.

http://www.nacion.com/ln_ee/2009/enero/22/sucesos1848374.html

¿Cuánto vale esa infracción?

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¿Cuál es el trasfondo de la conducta irresponsable? En tránsito y según lo publicado en La Nación hoy 26 de enero es el bajo monto de las multas. Pero, ¿no será más bien porque no hay una multa para cada persona y cada situación? Llegar a un parqueo y estacionar rápidamente ignorando al que ha estado varios minutos esperando con la direccional encendida, se hace… porque NO HAY MULTA. Tomar el lado izquierdo en una calle sabiendo que en unos metros esa vía dará giro solo a la izquierda, para lograr meterse en el carril derecho “a la brava”, como sucede todos los días en la carretera hacia Sabanilla por la rotonda de Betania, se hace… porque, digamos… NO HAY MULTA. Llegar a un semáforo en rojo (o a varios, según la ruta y la hora) y respetarlo como a un simple alto, es una conducta común, pero ¡yo sé por qué: es porque no hay un tráfico a la vista y por lo tanto… no hay multa! Transitar por el carril rápido en las autopistas a una velocidad de carril lento, se hace, ¡porque no hay multa! También ir a 120 por la misma autopista, jugando un nintendo de la vida real, ¡lindo!, es porque ¡no hay tráficos ni multa! Ignorar el semáforo en rojo de un paso peatonal como el de la Pops de Curridabat, pues claro que se hace porque… ¡no hay multa a la vista! Quedarse atravesado en la rotonda de la Hispanidad interrumpiendo el tránsito hacia San Pedro porque vas hacia Zapote…qué más da, porque ¡no te multan! O al bus que te presiona a dos milímetros de la parte trasera del carro para que, no sé, literalmente volés sobre la fila que tenés delante, ¿quién lo multa? Tal vez, quien te da un pitazo apenas el semáforo pasa a verde y, si no acelerás locamente, te pasa despacio al lado (se le olvidó su prisa) y te grita cualquier clase de improperios, ese tal vez dejaría de hacerlo si hubiera una multa de un monto adecuado para tal conducta inadecuada.

Seguir ignorando que somos un pueblo inmaduro e indisciplinado me parece necio. No hemos superado la etapa de la niñez durante la cual abríamos el bolso de mami a escondidas para buscar algún tesoro; o asaltábamos las galletas cuando no había “moros en la costa”; o dormíamos con nuestra mascota a escondidas u ocultábamos un vaso quebrado; todo porque nuestra edad no nos permitía comprender el porqué de los límites: las galletas debían alcanzar para toda la familia, el vaso iba a ser descubierto y en el bolso de mami podía haber documentos que no se podían extraviar.

Pero crecimos, es la ley de la vida. Sin embargo, no fue posible madurar socialmente nuestra conducta. No nos dimos cuenta de que vivimos en un mundo en el cual las reglas son necesarias y establecemos extrañas analogías en virtud de las cuales hacer trampa en un inocente juego de mesa está al mismo nivel que ignorar un semáforo o parquear en zona amarilla: ninguna de las dos conductas es incorrecta si nadie nos descubre. No me interesa el bien común, sino que el mundo marcha al paso de mis congojas. Si tengo prisa, un conocido se convierte en mi mejor amigo en la fila del comedor, con tal de adelantarme al resto. Compro mi tesis, copio trabajos, borro el nombre de otro y coloco el mío, cambio fechas de cheques, falsifico firmas, aporto facturas de compras inexistentes, engordo gastos, me embolso viáticos, copio en exámenes, aseguro haber cumplido con mis deberes sin haberlos hecho, aporto pruebas falsas, busco testigos que jamás vieron nada, huyo del lugar de los hechos, borro pistas, compro licencias, permisos, constancias, me enfermo estando sano, me hago el muerto o me hago el vivo según las circunstancias. Bailo al ritmo de cualquier son, siempre y cuando me convenga.

Señora viceministra de Transportes, peca usted de ingenua en su rápido análisis de lo que se vive en las calles, porque probablemente el taxista que se cita en la noticia, rápidamente pasará de acumular cuatro multas de 20 mil colones, a digamos cuatro de 40 mil y algunas más, tal vez 15, por conducir sin la revisión técnica al día, lo cual, probablemente, lo convertirá en un héroe en la cantina que frecuenta y de donde saldrá para seguir pecando. Al fin y al cabo, si lo logran pescar, los magistrados de la Sala Cuarta encontrarán el medio para que salga libre.

Mientras tanto, en las aulas, maestros y profesores luchamos por “educar en valores”. Asistimos a reuniones, conversamos y planeamos la manera de lograr inculcar en nuestros educandos el valor de la honestidad, la tolerancia o del respeto. La sociedad nos ha encargado de ser los gestores de una ciudadanía ética y moralmente enaltecida, de la cual, por supuesto, todos los demás se desentienden. Uno va a la escuela para que lo eduquen, para que le enseñen, para eso existen los maestros, ¿no? En casa, en la calle, en las oficinas, los periódicos, las revistas, la internet o la televisión, todo ese conjunto de prácticas y vivencias en donde se desarrolla el individuo desde su más tierna edad, eso no, no educa. Fue hecho y existe en un mágico “universo paralelo”. Solo así me explico que nadie se sienta responsable de lo que pasa, se repite y se recrudece ante nuestros ojos.