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Cómo leer un libro sin morirse de aburrimiento

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lector

Yo diría que, el primer paso, sería tirar el libro por la ventana al primer bostezo, a la primera excusa que emerja del ambiente y nos haga, como al descuido, separarnos de la lectura. Si te resulta fácil y, hasta deseable, que pase “algo” para dejar el libro por ahí, entonces ya no te vas a morir de aburrimiento leyéndolo. Sólo hazlo. Déjalo, abandónalo, que se lo encuentre otro (a lo mejor lo engancha).

Si el tal libro es uno de lectura obligatoria, recurre a la autosugestión, plantéate un reto intelectual. Piensa en tu peor enemigo, y si no lo tienes, imagínate a ese alguien que siempre se destaca, que siempre te hace sentir “feo”. Lo puedes hacer. Imagínatelo así, cuando se levanta, cuando capta la atención del profesor o de los compañeros o de la oficina, del grupo de amigos, de lo que sea, y suena así… interesante, y cita partes de un libro, y todos se quedan admirados, y en cambio a ti… te ignoran por completo. Hasta sus risitas suenan despreciativas cuando les sueltas tu famoso indiferente y heroico: “Yo no leo” o “¿Hay resumen?”. ¡Ah!, derrótalo, tú puedes. Toma a tu enemigo (ese libro tan inocentemente culpable de tu indecible odio) y ráyalo, escríbele al margen comentarios rabiosos de su contenido, despedázalo con tus palabras cínicas, encuéntrale errores, contradicciones, falsos testimonios, amordázalo, hazlo caer en el ridículo, subraya esas frasecitas inocuas y absurdas que dejan ver cierto racismo o tendencia política o retorcidos caminos criminales. Tú puedes, vamos, házlo. Quédate sin dormir (ya lo has hecho por otros motivos menos sádicos) y aparécete con esa aura victoriosa que solía tener tu…tu lo que sea: amigo, cuasiamigo, cuasienemigo, archirecontraenemigo, compa, etc. Eso quedó en el pasado. Ahora entrarás victorioso, te acercarás al grupo, todos te mirarán. Ahí viene el lector de resúmenes resabidos, el que nació vacunado contra el vicio de la lectura, el yonilocomeloleo. ¡Sorpresa! ¿Qué tenemos? Ante la consabida pregunta de si te dormiste en la primera página, tu “desde ahora” grupo de reverentes admiradores abre su boca en gesto magnífico. Haz soltado tu leí de pé a pá esa reverenda basura. Unos se rascan la cabeza, otro se pone serio, el chistoso suelta una broma que nadie sigue, tu cuasi archi recontra lo que sea se espanta y, estupefacto, con un toque de despectiva complacencia, te hace la primera pregunta de su comprobación de lectura. Y tú, desde la cima del poder, le dejas ir, en vez de la respuesta, otra pregunta. Sagaz, directa a su pecho descubierto, le hieres el intelecto, que, con furia, se desata dando atroces cuchilladas. Imposible. Has encontrado todos los defectos (¡para eso no has dormido, con todos los diablos!), todas las demoras, los errores tipográficos… hasta le has agregado un par de comas que no le vendrían mal. Se desata el duelo. Tu rival, desavisado, no ha sido riguroso, no acierta a darte, con la espada mordaz de su lengua, ni una sola estocada. Ja, ja. Le ganaste. Es evidente que ahora yace frente a ti como una mansa ovejita. Tus seguidores ríen satisfechos (en el fondo, ellos también le tienen aversión al fatídico sabelotodo) y se unen, instintivamente, a tu bando.

Valió la pena. Después de todo, nadie ha muerto, y menos de aburrimiento. En realidad, resulta entretenido cuando el muerto no eres tú. En este mundo de ganadores y perdedores, quizás, por primera vez, te encuentras con una gran G en tu frente…hasta el próximo mortal encuentro con -vayas tú a saber- ¡sí!, ¡un libro!; gracias al cual “morir” no llegue a ser realmente la única opción -y menos de aburrimiento-.

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