Archivos Mensuales: abril 2008

A propósito de los sensatos

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Borges, a sus 85 años, nos recomienda en su poema Instantes, cometer más errores. Suena atroz. Me gusta pensar que con eso se refiere, específicamente, a lo de no mortificarse con la perfección, como continúa en el verso siguiente. Relajarse y ser más tonto, ¿hacerse el tonto? Tal vez. Correr riesgos, viajar, contemplar los atardeceres. Comer más helados y menos habas… pero bueno, supongo que vivió tanto porque no siguió tales consejos… Vivir sensatamente, para los que lo hacen, podría resultar, al final de la vida, aborrecible. Así le pasó a él. Vivir el momento…¿quién dice que los sensatos no viven cada momento? Además, viajar liviano y descalzo podría traducirse en muchos problemas, tanto en verano como en invierno… y sin paraguas, ni qué decir.

Ver más amaneceres, jugar con niños… En fin, ¿cuál poeta no retomaría la vida en sus postreros momentos –si le da tiempo, por supuesto- y no los aprovecharía para lanzar, líricamente, una que otra frase metafórica?

Pues bien, creo que algo queda por rescatar de lo anterior.

Lo de cometer más errores me sigue molestando. Repito. Los errores son inevitables, no creo en la posibilidad de cometerlos intencionalmente. Se trata de preocuparnos menos con eso de ser perfectos, no temerles, no limitarnos a ellos, no magnificarlos. Equivocarse puede ser superado.

Me gusta lo de ser más tonto, no sé por qué, pero siempre he identificado la inteligencia con la intolerancia, el orgullo y la autosuficiencia, las cuales muchas veces existen solapadamente. Y es que no necesariamente se trata de ser tonto, sino tal vez, más ingenuo. Ir por el mundo con menos prevención, aunque aumente la posibilidad de sufrir más desengaños. Supongo que a eso se refiere Borges.

Sin embargo, lo de cuestionar la sensatez o divorciarla de los buenos momentos es lo que más me estorba del poema. La sensatez nos salva, precisamos de ella. Es más, creo que los buenos momentos dependen de este imprescindible ingrediente.

La insensatez seduce. Tiene brillo, es hilarante. Va y viene llena de una aparente alegría. La encontramos en los rostros de muchos conocidos, amigos o familiares que viven despreocupadamente. Mientras nosotros estudiamos, ellos se divierten. Cuando más nos abruman los trabajos y las investigaciones, ellos pasan a nuestro lado y se despiden para irse a sus fiestas. Van a nuestra boda y disfrutan a muerte, porque -como se encargan de hacernos saber- ¡permanecen solteros!

Alguno que otro sufrirá un traspiés, pero la intensa luz que irradian los insensatos nos impide darle la correspondiente medida. Acuden al bautizo de nuestros hijos, y a lo mejor llegan a ser padrinos o madrinas, porque su insensatez nos sigue atrayendo. Una que otra vez, en las reuniones que coincidimos, habrá muchas bromas sobre nuestra sensata y aburrida vida, tantos hijos, tantos préstamos, tanto dinero en escuelas, en uniformes, en libros. Tantos buenos ratos perdidos, tantas chicas o chicos que no conocimos, tantos bares nuevos que no estrenamos, películas que nos perdimos, obras de teatro que no imaginamos, viajes que no realizamos… ¡Ah!, la insensatez, qué bella. Y no es que el matrimonio, los hijos o los grados académicos nos vacunen contra ella. No. Está en todas partes.

El cónyuge que realiza verdaderos esfuerzos por no perderse de los bares, las películas, los viajes, la compañía a la que supuestamente renunció, es un gran amigo de lo insensato. Tiene un pie en tierra firme y otro en el abismo, pero ¡se le ve tan contento! ¡Ese sí sabe hacerlo!

En cambio el sensato se queda en casa, cumple con sus responsabilidades y, probablemente, se pierde uno que otro estreno, moda, fiesta o viaje. Pareciera que la vida le pasara por encima y lo superara. Mientras estudia, se hace cargo de los que hacen poco o nada. Cuando trabaja, lo hace intensamente. Busca las responsabilidades, se siente atraído por ellas, pero más de una vez suspira… ¡oh insensatez! que bella pareces.

Estamos tan obnubilados por lo insensato que nos olvidamos de todo lo que vamos construyendo y, a veces, hasta llegamos a despreciarlo. En el proyecto matrimonial invertimos con valor el tesoro de nuestros sentimientos. Con nuestros hijos, la vida nos abre puertas desconocidas, nos olvidamos de nosotros mismos, renacemos. En nuestra casa, las paredes se llenan de recuerdos donde el amor y el empeño crecen vigorosos. En nuestros días sin bares o teatros, inventamos la obra irrepetible de cada día, en la cual, sin duda, el ingenio fue un invitado. Nuestro trabajo sosegado sustentó nuestra familia y aquellos otros, esos que jamás conocimos, sin duda, no nos hacen falta. Pasamos por la vida sin ver muchas cosas, pero vivimos intensamente otras. Cuidamos de nuestra pareja, pasamos noches en vela a la par de un hijo enfermo. Nos preocuparon las mensualidades, los gastos. Tuvimos mascotas, nos complicamos… y, por eso mismo, ¿hasta qué punto, me digo, no fuimos insensatos?

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El valor de educar

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Mejor que educar en valores, es educar con valor. Porque hay que tener valor para enfrentar en el aula las mil y una circunstancias que se presentan y nos ponen a prueba.

Enfrentar al que llora porque se siente mal y no sabemos qué tiene, y nos tambaleamos dudando “¿será cierto?”; levantar al que se cayó con todo y pupitre y preguntarle qué le pasó, mientras nos dominamos para no enojarnos ante el descuido, el juego que precedió a la caída, el alumno inquieto que sufrió el accidente. Enfrentar al que se niega a trabajar con la pareja asignada, y cuando sondeamos las razones de tal negativa se nos susurra: “es que estamos enojados”, y entonces recordamos nuestras propias experiencias de trabajo con personas que no nos agradaban, mientras se nos cruzan alguna serie de mandatos o amenazas que moverían de inmediato al insurrecto que no sigue instrucciones porque nuestra actividad está perfectamente planeada en un grupo donde perfectamente tenemos el ansiado número par de alumnos.

Enfrentar al que nos pide permiso para ir al baño inmediatamente después del recreo, con cara de urgencia…y sabemos que los permisos de esta clase están prohibidos por la Dirección.

Enfrentar a quien no se atreve a hablar, a discutir, a preguntar o al que no para de hablar, siempre discute todo o pregunta hasta llegar al absurdo.

Educar con valor porque abrazar al que se siente mal requiere detener la clase, decidir si dejar solos a los demás y correr a la enfermería o permitir que lo acompañe su mejor amigo (que en última instancia no sabemos qué tan amigo es y, muchas veces y casualmente, no es el mejor estudiante de todos)

Valor porque aceptar la probabilidad de un accidente “verdadero” no es tan loca y requiere de valor evitar falsear la imagen de un estudiante ante los otros.

Requiere valor decidir cuán importante es un ambiente cordial en clase, para lo cual llamamos aparte a los enojados y les explicamos que la necesidad de resolver la actividad en parejas se debe a un objetivo académico específico, o hasta llamar a otro par de estudiantes y negociar la posibilidad de intercambiar a los muchachos… requiere de valor, porque invertimos tiempo, lo cual, seguramente, no ayuda en la disciplina general o nos retrasa.

Educar con valor porque en cualquier momento surge la oportunidad de que el callado hable, de que el tímido exponga su opinión y el que discute no encuentre más argumentos, o quizá, el que pregunta neciamente, logre un día, dar con la pregunta central que nos ayude a fortalecer nuestros planteamientos.

Valor para que nuestra clase sea un espacio vital y requiere valor enfrentarlo con vitalidad. Que en ese espacio sea posible llorar, quejarse, preguntar… que sea posible enfermarse, toser, tener ganas de ir al baño aunque sea para estirar las piernas y refrescarnos por dos minutos… que sea posible ahí consolarnos, reír, bailar y, en última instancia… crecer, crecer como seres humanos que nos queremos y a ratos nos repudiamos; que estudiamos y nos cansamos; que podemos tener dolores que “no se ven” como de cabeza, de ojos, de tobillo; un lugar donde puedo aprender a “ser” sin temor a ser avergonzado y puedo comunicar mis temores y que mi perrito se murió o que me nacieron siete gatitos, claro, no a mí sino a mi gata blanca. O podemos hablar del libro que me regalaron y me gusta o no, y también comentamos el hambre que tenemos, que estamos sedientos y que hace calor o frío. En ese espacio podemos dejar olvidado nuestro lapicero preferido y podemos regresar a recogerlo. Podemos actuar incorrectamente y, aunque seamos reprendidos lograremos rehacernos, reconciliarnos, alcanzaremos aprender mucho y podremos cuestionar para qué nos sirve.

En el espacio de nuestra aula es posible educar con valor sin esperar un trofeo. Reconfortar al enfermo sin ser doctor, acompañar sin juzgar, escuchar sin censurar, corregir sin humillar, resolver el problema de una cremallera que no sube o que se bajó para siempre, un ruedo suelto o un borrador que mancha la hoja.  Y es que a menudo tenemos medida para las situaciones…para el dolor o la tragedia, pero de acuerdo con nuestra perspectiva de adultos.  Olvidamos la angustia que causa el solo hecho de llegar tarde a clase; que no te crean cuando se te olvidó la tarea, que tu perro se haya escapado en la noche; que tu abuelo está enfermo o que tu corte de pelo no te sienta.  

En ese pequeño territorio que tarda el tiempo de una clase, podemos ser el hada o decidir ser el ogro. Lo que yo me digo es: si enseñar es una aventura, ésta puede convertirse en una de las más bellas e impredecibles o en una torturante y aniquiladora. Es quien está a cargo el que decide.

El Día de la Tierra

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De pronto, en medio de mi trajín diario, me di cuenta -como quizá lo hago cada año- de que el 22 de abril era el Día de la Tierra. Sin embargo, esta vez no quise dejarlo pasar, sino celebrarlo con mis estudiantes y proyectarlo a todo el colegio en una fiesta que resultó maravillosa.

Como yo, otros tantos redescubrieron el día, y aunque para algunos era la primera vez que lo escuchaban, todos se identificaron de inmediato con el tema.

Al principio, hubo miradas indiferentes (nunca faltan), pero luego, todos fueron quedando cautivados con las imágenes que se iban proyectando en una pantalla grande, y en donde se mostraba cómo se ha celebrado este día en otros puntos del planeta o cuan maravilloso luce nuestro hogar desde el espacio, magnífico y fecundo; hasta las fotografías en las cuales se observaba con claridad la terrible contaminación en que se encuentran muchos de nuestros mares y ciudades.

Al compás de lo anterior, escuchamos la narración pausada del porqué se eligió esta fecha, quién la promovió y el deseo de convertir a nuestro colegio en un lugar limpio donde, personas conscientes de la imperiosa necesidad de actuar, construyan un ambiente armonioso.

Era el Día de la Tierra. Un día sonoro e inmenso, que nos sobrepasaba a todos. Un solo día de reflexión, de sintonía de corazones.

Cantamos ese día, y el canto era nostálgico y aleccionador, nos daba un mensaje que nos sacudía con su ritmo y a la vez nos movía las conciencias.

Hubo preguntas ese día. Preguntas que no son comunes: ¿qué hacemos hoy por la Tierra?… ¿a quién vamos a culpar después?…¿adónde vamos a ir cuando no haya adónde ir?

Todos tuvimos en nuestras manos un recordatorio sobre la huella de carbono que vamos dejando a nuestro paso por el mundo…¿será profunda y negra, como anuncio de la noche que fabricamos para el futuro?

También hubo narraciones ese día. Supimos cómo una compañera había bajado muy profundo en el océano y ahí había encontrado latas de refresco.

Desconozco el momento exacto que me dispuse a asumir el reto, a buscar la letra de la canción, a proponerlo en la Dirección, a mover voluntades, pero si me detengo a reflexionar en este instante, siento que obedecí a una voz grabada profundamente en mi ser que me decía: levántate y anda… haz algo, y como Lázaro, lo inerte que yacía dentro de mí cobró vida: decidí correr la voz.

A la llamada de ese imperativo me moví y se movieron muchos más. Probablemente, hace mucho tiempo mis maestros sembraron la semilla de la preocupación sobre el medio ambiente en mí. Y estoy segura de que, sobre todo, lo aprendí de mi padre, amante insigne de los árboles. Por eso me siento agradecida.

Era el Día de la Tierra y de todos los que habitamos en ella. Ese momento tendrá repercusiones, las estoy esperando, porque mi trabajo no terminó ahí, es imposible, es como si una fuerza telúrica se apoderara de las voluntades en un llamado ancestral y terrible por ser agonizante.

Vamos, levántate, haz algo más que vegetar, aceptar y resignarte. El tiempo de dormir ha pasado.

De celulares y carros

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Viajamos recientemente a Guatemala…pero cuánto lo pensé. Me hicieron grandes advertencias sobre la inseguridad en aquel país, los ataques en las calles, las maras, en fin… no me aconsejaban caminar por las calles, tomar un taxi y, menos, alquilar un carro. No debía conversar con extraños, salir después del atardecer y JAMÁS, pero jamás, deberíamos ir al centro histórico o al mercado de artesanías sin un guía autorizado. Hasta el último momento sentí un gran temor y una gran indecisión.

Pese a lo anterior, mi sentido común y los razonamientos de mis hijos mayores que no viajaban con nosotros, me hicieron ver la situación de manera más tranquila. ¿Adónde puede ir un tico que sea REALMENTE más peligroso que vivir en Costa Rica, transitar por una calle en San José, o llegar a la casa? Con las precauciones del caso, en efecto, no creo que existan muchos lugares tan peligrosos como nuestro suelo nacional.

En 15 meses, 38 muertos…9 asesinatos por asalto en lo que va del año…¿y el botín? celulares, carros, obras de arte, joyas… ¡Qué extraño!, cuando voy a pagar el celular a la sucursal del ICE en San Pedro, la fila generalmente llega hasta la calle. Debo explicarle al guarda que restringe el acceso la razón de mi ingreso, y, para mi sorpresa, la fila para pagar ¡está vacía! Miles de líneas para celular, y, como ya se ha demostrado, muchas líneas perdidas por falta de pago. Todos queremos un celular pero no todos tienen dinero para pagar la cuenta… ¿Cuántos, además, desean tener uno y están dispuestos a matar a cualquiera por obtenerlo?

Las quejas por el mal estado de las carreteras son constantes y muy bien sustentadas. Pero, al igual que los celulares, todos queremos carro, ojalá regalado… Muchos lo llevan a la práctica y, en cuestión de segundos, se llevan la preciada prenda a costa de la vida y del dolor ajeno.

Ir a Guatemala resulta, después de todo, casi un juego. Entre la congoja de saber que uno de nuestros hijos salió sin su celular y no nos podrá llamar en caso de emergencia, está la zozobra de que lo use “y se lo vean” o que lo asalten y, sin muchas preguntas, lo acuchillen o lo baleen … Entre la idea de que atraviese San José caminando y transite por varias calles solitarias hasta llegar a la casa; que salga tarde de clases; que espere mucho en una parada de bus desierta; que un chofer borracho lo atropelle… está la opción de endeudarse en un carro, le quiebren un vidrio en la primera rotonda, puente o túnel, que sufra un bajonazo o hasta que lo maten en la puerta del garaje.

¿Pensándolo dos veces para viajar a México, Colombia, Brazil, New York, Pekín, Tokio o cualquier “peligroso” país centroamericano? Si de estar preparado se trata, nadie mejor que un tico… vivimos en tal entrenamiento diario que nos han salido ojos en la espalda, no damos la hora si nos la preguntan, no vamos solos ni al baño, no contestamos llamadas de números desconocidos, no decimos para dónde vamos ni de dónde venimos, elegimos la modalidad de “privado” para nuestros teléfonos, tenemos perros entrenados, dormimos con la luz prendida, pagamos a tres guardas, no abrimos la puerta cuando tocan el timbre, tenemos un arma, las mujeres nos olvidamos de usar cartera y hemos aprendido a enviar mensajes de texto al puro cálculo metiendo la mano en el bolsillo. Transitamos solo por avenidas concurridas e inspeccionamos a cada transeúnte que se acerca a cruzar la calle.

Hemos perdido la tranquilidad y, a cambio, somos malcriados, desconsiderados, desconfiados, groseros… en una palabra: ahora somos “ligth”… ya nos acostumbramos a decir “salado” y nos regodeamos de que “casi me toca pero no me tocó a mí”. Todo por un estilo voraz de vida que nos dice quién somos por lo que tenemos, adónde vamos y con quién nos codeamos. Deseamos “entrar” en círculos cada vez más reducidos de “VIP” que, para cuando llegamos, ya han subido a otros superestratos. En esa cola, ¿por cuál número van y cuál es el que le tocó a uno?

Cuba, mártir o santa

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Hace pocos días nos llegaron las últimas noticias desde Cuba: ya los cubanos pueden comprar celulares, computadoras y hasta pueden hospedarse en los hoteles antes reservados para los turistas. Qué alivio y qué perturbador. Porque para comprender los alcances de estas noticias es necesario haber estado en Cuba hace poco y haber observado “de primera mano”, lo que era y posiblemente seguirá siendo por un tiempo, Cuba NO para los cubanos, el mundo NO para los cubanos, los avances tecnológicos NO para los cubanos; pues la realidad cotidiana para ellos ha sido tiendas inaccesibles, restaurantes inaccesibles, hoteles inaccesibles, medicinas inaccesibles, comidas inaccesibles, medios de transporte inaccesibles, libros inaccesibles, comunicaciones inaccesibles, entretenimiento inaccesible, libre expresión inaccesible, y así repetidamente en una lista, a su vez, inaccesible por desconocida para los extranjeros pero muy, muy extensa por intuición.

¿Cuánto tardará en despertar este pueblo que por 49 años ha estado convencido de que en Cuba hubo, hay y habrá solamente tres jóvenes revolucionarios -como tan campantemente anuncian cada cierta distancia vallas enormes en sus carreteras-? ¿Cuánto tardará en tomar las riendas de su destino, un joven de 49 años después de tener por padre a un enajenado que lo decidía todo?

Recorrí La Habana de principio a fin por calles y callejuelas. No vi a nadie con una sola escoba, con un solo tarro de pintura, con una esponja, limpiando aquellas casas de hermosísimas y sucias escalinatas de mármol y agonizantes fachadas. Razón: era prohibido. Prohibido porque ¿de dónde sacó, camarada, para comprar pintura en el mercado negro con prohibidos dólares? Hablé con jóvenes de la edad de mis hijos que no conocían una computadora. Vi carretones cargados con familias enteras que se desplazaban un domingo a la playa donde “era permitido” ir. Vi cabezales a los que se les enganchaban dos “vagones” los cuales se llenaban hasta reventar de gente; eran los llamados “camellos”. Les tenía gran temor por el ruido de sus motores, la velocidad con la que se desplazaban y su aspecto siniestro. Los cubanos los llaman “tanda’e tres”: sexo, sudor y lágrimas, porque, una vez adentro, cualquiera de esas tres palabras se te puede convertir en realidad. Vi una novia acongojada porque su noche de bodas estaba arruinada por un trámite traspapelado en el Comité Central de no sé qué cuántos. Oí a un niño que nos preguntaba “¿me tengo que ir con ustedes?”, después de regalarle unos confites. Escuché a una joven preguntarme cuándo me iba para ir a recoger mis pantalones de mezclilla. Vi a un equipo de futbol juvenil jugar un partido SIN ZAPATOS y vi al equipo costarricense, después de ganarles y con mucha vergüenza por supuesto, quitarse hasta las medias y dejárselas de regalo…quizás lo más triste fue observar la alegría con que se dejaban aquellos sudados tesoros.

Yo no sé si Raulito, como se le ha conocido en algunos medios al hermano de Fidel, hace bien o mal en no destapar la olla de una sola vez. No sé tampoco qué va a pasar con la bendita posibilidad de comprar celular o computadora, porque “entre dicho y hecho hay un gran trecho”. Pero, en realidad, las posibilidades múltiples y los últimos acontecimientos demuestran una inquietud, posiblemente acumulada durante años, por Raúl.

El pueblo cubano es un fenómeno mundial sin precedentes. Formado por gente buena y leal, ha elevado a la sétima potencia estas características. Ha tocado fondo en pos los ideales representados por aquellos tres jóvenes revolucionarios cuya fecha de nacimiento suena, para los más jóvenes, como sinónimo de tiempos farahónicos. Han comido lo que el Comandante les ha permitido comer; han vestido lo que el Comandante les ha permitido vestir; han leído y repetido lo que el Comandante les ha permitido leer y repetir; han pensado a unísono con él; han aplaudido un discurso repetido y vergonzosamente pronunciado, una y otra vez, en la plaza de una añeja revolución. Esta revolución venció a un gobierno deplorable pero convirtió a la ciudadanía en un ejército desdibujado y feroz al que se le enseñó a odiar la diferencia, a desconfiar, a dejar de imaginar porque había un Otro, el Comandante, que era el único que “sabía”. ¿Qué sabía?, pues de carros nuevos y buenos, como los Mercedes Benz blindados y último modelo en los cuales se desplazaba por entre ruinosos Ford del año 1950. ¿Qué sabía?, sabía que el mundo avanzaba, y las comunicaciones y los descubrimientos y entonces decidió que nadie podía saberlos, y si los sabía, no tendría acceso a ellos.

Pero no basta creerse un dios, autoproclamarse padre de un pueblo o dictador de un país. Hace falta el apoyo popular y un enorme mecanismo de represión, una organización cuyos tentáculos se extiendan hasta por debajo de las camas o de la piel. La fragua en donde se forjó la Cuba de hoy es complicada. La red de las imposiciones se mezcló, para un pueblo afectuoso, con las emociones más profundas y las certezas más equívocas. El mal trago de la pobreza y el silencio, se lo bajó Cuba entera al ritmo de un son que, mientras para ellos era un medio de supervivencia, para el resto del mundo se convirtió en el himno inexplicable de un pueblo sonoro, amable y oprimido.

No dudo del amor que Fidel puede sentir por su pueblo, pero en nombre del amor se han cometido en este mundo grandes atrocidades. Se habla de mártir cuando alguno muere en nombre de una causa, entonces, Cuba entera sería la gran mártir del socialismo recrudecido. Cayó Rusia, pero no cayó Cuba. Qué orgullo el continuar blandiendo tal bandera. Asentada en míseros individuos, junto con ella se denigró el más elemental derecho del ser humano a ser respetado y a tener respeto por sí mismo.

A este país mítico, atrapado entre las garras de un tiempo y unos jóvenes igualmente míticos –dos de ellos muertos hace décadas- lo hemos visitado muchos como quien acude a un gran museo: el museo de la supervivencia y la necesidad. Hemos llorado en el vestíbulo del edificio consagrado a José Martí y sus ideales de libertad: “La libertad-reza una de sus frases- para ser viable tiene que ser sincera y plena. Si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.” Y el remedo de república que creó Fidel seguía eligiendo una y otra vez al mismo individuo que les escribía esta y otras frases semejantes en letras doradas y enormes, como enorme era la desvergüenza de un hombre que traicionó los fundamentos del pensamiento martiano hasta lo indecible. Un hombre sin decoro, como diría Martí, le robó el decoro al pueblo de Cuba. Lo violentó, lo redujo al miedo y la impotencia, le doblegó el pecho recio que con tanto orgullo levantó en su única y verdadera victoria contra Batista. Y Fidel encontró sus cortesanos, se rodeó de todas las águilas convertidas, rápidamente, en ovejas. Los talentos se volvieron serviles, y Fidel delimitó su feudo, a costa del dolor de todos, a costa de la rabia de muchos, a costa del pensamiento de unos pocos persistentes y “necios”.

Entonces anidó el odio, el recelo, la hipocresía. Todos repudiados, en su momento, por Martí como los vicios más bajos de un pueblo. La patria dejó de ser la dicha de todos, para convertirse en una desgracia colectiva. Y aún así, Cuba siguió amando, porque no ha habido, ni habrá, amante más fiel que ella sobre la tierra. Recela, odia a veces y, por supuesto, dirá una que otra mentirilla blanca, pero siguió fiel a su hombre, mientras la dominó y le pegó “para que se le quedara tranquila”.

¿Mártir? ¿Santa? Cuba, posiblemente, nos dará muchas sorpresas en un plazo corto y será un tema que, conforme salga a la luz pública, nos mantendrá interesados en cada movimiento; porque no dudo que los habrá a montones y serán, todos, justos. Asistiremos entonces a ver concretarse lo que un día nos dijera aquel gran poeta: Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército.